Elena, de Andrey Zvyagintsev

De cómo el Cine se convierte en medio reflexivo del poliedro social sin recurrir a explicaciones retóricas ni llamadas a la conciencia, tan solo mediante planos y diálogos tan naturales como técnicamente rigurosos.

De cómo desde los tradicionales temas de familia y dinero se construye una auténtica metáfora social de la Rusia que encara el fracaso de su revolución.

De cómo se puede pasar en unas cuantas décadas de los ideales de igualdad y progreso al exhibicionismo capitalista construido sobre el consumismo obsceno de un puñado de oportunistas para envidia de la mayoría.

De cómo la egolatría individualista va desterrando cualquier atisbo de humanismo y solidaridad a medida que transcurren las generaciones.

De cómo el pesimismo social se instaura en las familias, para quedarse, arrebatándoles su dignidad y el anhelo para luchar por sus vidas.

De cómo la rabia por el fracaso individual y social se transforma en fascismo hacia los marginados.

De cómo la necesidad de supervivencia auto-justifica la ausencia de prejuicios éticos en todas las clases sociales.

O de cómo las mujeres asesinan a sus mariditos, sin propaganda mediática.

Todo eso es Elena, rotunda obra maestra cinematográfica del siglo XXI.

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Plano secuencia (y 20): Tarkovsky, Offret (Sacrificio)

La última escena de la última película que rodó Tarkovsky necesitaba hacerse a la primera, porque el incendio de la casa escenario de Sacrificio es real y no disponían de más oportunidades. El montaje de rieles sobre los que se desplazaría la cámara, los ensayos con los elementos, la planificación milimétrica de dónde colocar a cada uno de los personajes, el momento del día a la que debía rodarse para absorber mejor los efectos naturales de la luz, todo estaba preparado para rodar una de las secuencias más costosas de realizar e intensas de la filmografía de Tarkovsky. Pero falló la cámara y la desesperanza se adueñó del equipo. Unas semanas después retomaron el trabajo, se reconstruyó la casa y se volvió sobre el rodaje. No es complicado hacer el ejercicio de imaginar la tensión que vivirían durante los seis minutos del segundo y definitivo intento.

Toda una filigrana cinematográfica que no es la única presente en la película, porque Sacrificio es un continuo derroche de cine coreográfico y milimétrico donde los personajes van evolucionando escena a escena sin necesidad de cambiar de plano, en un entorno que permanece estable pero que progresa al unísono que esos personajes mediante una compleja técnica de utilización de luz, color y cámara que confluyen en planos secuencia en los que casi nada se mueve en la estancia familiar, pero a la vez todo se transforma en un crescendo que culmina en la escena final. La amenaza de destrucción masiva, una guerra inminente que está por venir, es el motivo del sacrificio de Alexander quien, después de pasar una noche con María, sirvienta con fama de bruja, condición necesaria para que la amenaza desaparezca, lleva a cabo su promesa y quema la casa aprovechando que toda su familia está fuera. Cuanto constituye la vida de Alexander desaparece con la casa pasto de las llamas como gesto de verdadero amor hacia su familia, por la que acaba sacrificando todo.

La película fue filmada en la isla de Gotland, en Suecia, como homenaje a Bergman y contó con el cámara favorito del cineasta sueco, Sven Nykvist, y con el actor Erland Josephson, otro habitual de Bergman, en el papel protagonista, quien ya había colaborado con Tarkovsky en Nostalgia. Sacrificio ganó cuatro premios en el Festival de Cannes, hecho sin precedentes en el cine ruso. Tarkovsky no pudo asistir porque durante aquellos días se encontraba ya seriamente enfermo de cáncer, y fue su hijo Andriushka quien recibiría en su nombre una de las ovaciones más emotivas que se han dado en el Festival. Ivan, el árbol y el niño en la infancia de su cine; Alexander, un árbol, un niño y esa casa cerraban su carrera. Después murió.

Puedes ver aquí la serie completa Plano secuencia

Plano secuencia (13): Alexandr Sokurov, Rusian Ark

El arca rusa es una película realizada en 2002 por el cineasta ruso Alexandr Sokurov que nos invita a un recorrido por la historia, en particular a 300 años de la de Rusia, muy interesante y recomendable, tanto por su alcance artístico y plástico como político, esto último de manera muy sutil, y también por su contenido experimental, combinando medios técnicos vanguardistas sin perder las referencias al lenguaje cinematográfico de los grandes clásicos del cine. Sokurov convierte el Museo del Hermitage en el arca rusa, como si del arca bíblica se tratara, contenedor celoso de la historia, el arte y el testimonio de supervivencia de un pueblo que ha atravesado momentos de explosión artística y glorias reconocidas, pero también  grandes tragedias humanas a lo largo de los tiempos.

Rodada en un único plano secuencia durante 96 minutos, el escenario es el interior del Palacio de Invierno (hoy convertido en Museo Hermitage) de San Petesburgo. Comienza cuando un marqués decimonónico, francés para más señas, despierta de su sueño trasladado a la actualidad, un lugar y tiempo para él desconocidos. Como si se tratase de un fantasma, nadie puede percatarse de su presencia excepto el narrador, a quienes acompañamos  con su cámara subjetiva y voz en off en este recorrido por la historia rusa a través de las distintas salas del museo. Un paseo por el tiempo a lo largo de 300 años narrados de modo alterno, nunca  cronológico, donde los pasajes cobran vida a la vez que personajes tan variados como Catalina la Grande o Pushkin invaden los espacios, donde de pronto nos topamos una recepción a la embajada persa o una visita a los lienzos confinados al sótano del museo, que recrean los 900 días de asedio de Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial. Sokurov pretende, sin duda, una reflexión política y artística en constante relación con Europa, representada por el marqués (interpretado por Sergei Dontsov), quien a través de su diálogo con el narrador exhibe una constante relación que va del amor al odio para con Rusia. El climax es la escena del baile real, acompañado de la música de Mikhail Glinka, en la que cientos de participantes ataviados con trajes de época interpretan una excelente coreografía junto a la orquesta que dirige Valery Gergiev, a lo que sigue la salida, lentamente recreada, del público por la escalera de palacio, escena en la que la cámara deja de observar para pasar a mezclarse entre la multitud de manera muy simbólica. Al final, el narrador abandona el museo por una salida lateral, representando el edificio a modo de gran arca flotando en el mar.

Al margen de la temática, de indudable interés, la película supone un logro técnico importante. Rodar un film completo en una sola toma ya lo había llevado acabo Hitchcock en “La soga” quien, sin embargo, tuvo que introducir algunos disimulados cortes para cambiar el rollo de la película, pues el desarrollo tecnológico por aquel entonces no daba para más fiesta. Sokurov recurre a la tecnología digital usando el mismo tipo de cámara que utilizara George Lucas para rodar la Star Wars, ya que con una cámara convencional de 35mm no es posible rodar más allá de 10 o 12 minutos ininterrumpidos, tal como lo haría Brian de Palma en Snake Eyes. Pero el mérito de Sokurov, además de la innegable calidad artística, reside en planificar una espectacular coreografía sin cortes de más de 90 minutos de duración en la que intervienen 350 actores y cerca de 900 extras moviéndose a lo largo de 33 salas, a lo que se suma la diversidad de ambientes y caracterizaciones logradas, además de coordinar a un gran número de técnicos y todo esto organizado para que salga de una sola vez vez. No hay montaje posterior, ni postproducción, ni recompresión técnica de la imagen. En cuanto a recursos narrativos, el rodaje continuo obliga a la supresión de primeros planos y contraplanos,  escaseando el enfoque de detalles, recursos tan habituales y efectistas en el cine moderno. En este sentido, se podría afirmar que Sokurov utiliza una técnica de vanguardia para devolvernos el lenguaje tradicional del cine clásico hoy prácticamente extinguido de la producción cinematográfica, salvo en contados casos en los que se encontraría, como no, el cine de Andrei Tarkovsky, maestro e inspirador de Sokurov.

El personaje del marqués que vemos en la película, que acompaña al narrador a través de la visita al Hermitage, y al que éste se refiere como “el europeo”, está basado en el Marqués de Custine,  quien tras visitar Rusia en 1839, escribe un libro manifestando sus impresiones. De este personaje se muestran, además, algunos elementos autobiográficos, como la amistad de la familia con el escultor italiano Canova. La fortuna del Marqués provenía de la fabricación de porcelana, de ahí que se resalte la vajilla de  Sèvres en la escena de la espera de la recepción diplomática. En el libro, Custine se da a la burla de la cultura rusa mostrándola como una civilización de raíces asiáticas que se pretende europea, tachando a la nobleza rusa de meros actores teatrales en el escenario de la Europa del siglo XIX. En realidad la película no deja de ser una representación teatral del zarismo ruso, pero la utilización del personaje por Sokurov tiene un sentido absolutamente político y no exento de cinismo respecto a la aceptación europea de Rusia, al menos históricamente.

Algo muy curioso es el manejo que hace Sokurov del factor tiempo. Partimos de que una sola toma se daría en tiempo real, sin embargo Sokurov juega con numerosos saltos temporales para recorrer 300 años de historia rusa, que van desde la actualidad (por momentos vemos salas con visitantes reales observando obras de arte), pasando por las épocas anteriormente mencionadas e, incluso, una incursión en la etapa socialista, en la que se hace bastante patente un punto de vista relativamente conservador, que diríase destila cierta añoranza de Sokurov por la grandeza anterior de Rusia como imperio frente al tono monocromático con el que representa el período socialista. Todo ello siempre hecho de manera muy sutil, se podría decir que casi susurrante, como cuando sugiere determinadas obras encerradas en el sótano donde hace corresponder el asedio del nazismo con retratos de situación de la Revolución Rusa.

También cabe señalar que, si bien se representan figuras y momentos históricos reales, lo hace en muchas ocasiones a través de situaciones en realidad irrelevantes. Así, personajes relevantes aparecen, sin embargo, en actos  muchas veces intrascendentes. Como cuando vemos a Catalina la Grande retratada en su búsqueda desesperada de un urinario, al zar Nicolás II recreado cenando con su familia, ignorante de la revolución que se fragua en el país, o a Pushkin en una fugaz aparición persiguiendo a una moza entrada en carnes. Otro tanto sucede con la leve mención a Glinka, responsable del desarrollo de la Escuela Musical Rusa en la segunda mitad del siglo XIX y a quien se ha atribuido la mazurka, baile que se utiliza en la escena más importante de la película. Hay que suponer que tampoco es el motivo del film un enfoque global histórico del zarismo, sino unas pinceladas no exentas de ironía y, también, de implícita pero manifiesta añoranza.

El director de fotografía Tilman Büttner fue quien realizó la toma durante hora y media con steadycam, que se hizo el 23 de diciembre de 2001. A día de hoy, El arca rusa continúa siendo la toma sin cortes más larga de la Historia del Cine. La iluminación, muy importante al estar rodada por completo en interiores, así como los efectos de sonido, corrieron a cargo de Bernd Fischer. Debido a que era necesario cerrar el Hermitage al público para el rodaje, solo se disponía de una jornada para filmar la película. Se hicieron tres intentos fallidos y se logró completar en la cuarta toma. Fueron necesarios cerca de 22 meses de ensayos y preparación para que todo saliese ese día tal como estaba planeado. Uno de los problemas importantes fue el idioma, pues Sokurov solo hablaba ruso y Büttner alemán, de manera que un traductor estaba permanentemente trabajando con ambos, además de con los siete técnicos de Büttner. Se utilizaron tres orquestas distintas para la toma y 22 asistentes de dirección, encargados de marcar la salida y entrada de actores a cada escenario. La voz en off es la del propio director, Alexandr Sokurov. (Fuente: Revista Zinema.com)

Zoom in: Sergei M. Eisenstein, El Acorazado Potemkin

Más de 80 años desde que Eisenstein rodara esta secuencia de las escaleras de Odessa en 1925 y continua ocupando un lugar privilegiado entre las mejores escenas de la Historia del Cine. Basada en hechos reales, tuvo un fuerte papel propagandístico en la época, y es que Eisenstein logra calar hondo gracias a su frenética forma de narrar los hechos, un montaje que fue todo un logro para la época y un control planificado y majestuoso de la puesta en escena. Es el drama de las víctimas inocentes literalmente aplastadas por la opresión del Estado, plasmado en unos minutos con una fuerza tan inusual que embarga de emociones, todavía hoy, a quien por primera vez la contempla. Las gentes de Odesa, en las escaleras esperando la llegada del barco con los suyos, los marineros amotinados en protesta por las condiciones opresivas que sufren a bordo. Y, de pronto, aparece un destacamento de cosacos y abre fuego sobre la multitud.

Eisenstein enfoca diversos planos de la escalera y los rostros de los personajes comienzan a hablar sin necesidad de pronunciar una sola palabra. De los soldados solo apreciamos el avance uniforme, anónimo y sin rostro, de sus botas y rifles marchando de manera despiadada mientras las gentes tratan de huir en todas direcciones. El momento de mayor intensidad es el de la madre con el niño en brazos y la imagen del cochecito precipitándose escaleras abajo. Los muertos cubren el escenario pisoteados por miles de personas que se desperdigan en todas direcciones de modo caótico. Es la representación llena de significado del poder armado en la parte superior mientras el pueblo huye hacia el escenario inferior. Al principio, hay incluso alguien que parece mofarse del fervor revolucionario. Eisenstein manipula con destreza absoluta la composición y el movimiento dentro del plano único de la escalera para contrastar unas imágenes con otras, y el rendido espectador no puede sino identificarse con el pueblo enfrentado a la crueldad del ejército zarista. Planificación narrativa milimétrica y todo un prodigio del montaje que dieron como resultado una de las mejores películas propagandísticas de la historia, precursora de los efectos especiales y del montaje cinematográfico tal como lo conocemos en la actualidad, de la que han bebido durante años numerosos maestros del Cine.

Gadkie Lebedi (The Ugly Swans), de Konstantin Lopushansky

Esta semana tenía intención de comentar en el blog algún estreno, pero no va a ser así. Quedé el pasado viernes con ganas de ver Canino, dirigida por el griego Yorgos Lanthimos, pues su anterior film, Kinetta, me dejó muy buen sabor de boca. Ninguna sala de Valencia, ciudad donde vivo, se ha dignado en estrenarla así que, mi gozo en un pozo, optamos por pagar la entrada para la versión de Alicia de Tim Burton. Sobre Burton empiezo a pensar aquello de fue bonito mientras duró; vamos, que la cosa no da para más (espero, sinceramente, equivocarme en esta predicción). Obviaré también comentario alguno sobre Furia de Titanes, pero recomiendo encarecidamente, a quien le interese aquello de ver como quedó el remake, espere a que salga el DVD: decepcionante, robo de los siete euros más palomitas, con mayúsculas y en negrita. Por último, si este fuese un blog de música rock (y empieza a gustarme la idea de abrir uno), cabría reseñar Nadie sabe nada de gatos persas, una propuesta distinta al cine iraní al que estamos más o menos acostumbrados, pero que se queda en buenas intenciones, nada a destacar especialmente, la película va menguando el interés conforme avanza y el final remata, a excepción de la BSO y cierta añoranza rebelde que puede causar en la generación que andamos superando la cuarentena, aunque en este caso frente al monstruo fundamentalista, además de lo curioso de alguna escena, como la de un cuarteto tocando heavy metal en un granero y en persa. Así que continuaré reseñando películas raras, o menos comerciales, de las que acumulo una buena colección, entremezcladas en un tercer disco duro casi completo. Dudo tener el tiempo material suficiente para verlas todas calculando que viva otros cuarenta años más,  y sospecho que siguiendo este ritmo tendre que pensar  dejarlas en herencia a quien pueda interesarle. En cualquier caso, visto lo visto, me parece (al menos esta semana) mejor opción la siguiente, puestos a escribir recomendando algo de cine.

Así que os presento a Gadkie Lebedi, film ruso dirigido en 2006 por Konstantin Lopushansky e interpretado por Gregory Gladiy, Laura Pichelauri, Alexey Kortnev y Leonid Mozgovoy (¿A que os suenan todos, eh?). The Ugly Swans es su título internacional, y obtuvo alguna nominación, en Rusia. Es una película de ciencia ficción basada en una novela de los hermanos Strugatsky. Como reclamo, decir que estos hermanos firmaron también la historia de Stalker, que la música es de Andrei Sigle, el compositor habitual de Alexander Sokurov, y que el director es uno de los discípulos y seguidores de la escuela cinematográfica de Andrei Tarkovsky. Ahora seguro que empieza a verse mejor.

El protagonista se llama Víctor Banev, un exitoso escritor que es enviado por la ONU a un pueblo (en los confines rusos) que ha resultado inundado por completo e invadido por un grupo de mutantes de inteligencia superior, que se dedican al secuestro de niños -como si se tratase de una secta- para lavarles el celebro a fin de convertirles en seres de inteligencia sin límites. Más allá de la misión política, Banev tiene la intención de encontrar a su hija, que se ha apuntado a la escuela para superdotados de los mutantes.

La película es una de esas rarezas que difícilmente pueden encontrarse fuera de los festivales de cine (se pasó en Sitges), pero que compensan al espectador por su poderío visual y su cruda y desconcertante puesta en escena. El ambiente se mueve entre un tono opresivo y apocalíptico: vemos un bosque eterno en llamas mientras el protagonista viaja en el tren, o una especie de extraña lluvia incesante sobre la ciudad al unísono de la inquietante luz roja que tiñe los edificios de óxido y humedad. Hacia mitad de la película pierde un poco el rumbo, y se entretiene demasiado quizás en las contradicciones de la hija para con el padre, pero la película logra recuperar el tono hacia el final, con una magnífica e intensa secuencia colofón que equilibra el conjunto.

La calidad visual es, junto con su dramático final, lo mejor de la película. Ambos están a la altura de un buen film de ficción y del legado del maestro Tarkovsky. No es demasiado difícil conseguirla en internet, tampoco los subtítulos gogleando un rato, así que tomad buena nota de esta interesante película de acción y ciencia ficción que, sin ser ninguna maravilla, entretiene y resulta todo un placer para la vista.

Buen fin de semana a todos!

Mongol, de Sergei Bodrov

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Impresionante película épica, rodada en Mongolia y de nacionalidad kazajstana, que nada tiene que envidiar a algunas superproducciones de la industria de Hollywood y sí mucho que resaltar ante estas. La historia de Temudjin (nombre de nacimiento de Gengis Kan) contada desde su infancia, quien sufre la soledad del niño alejado de su tribu (su padre, líder, envenenado por un rival tártaro), supera la adversidad guiado por el Cielo (crueles encarcelamientos para impedir el destino por parte de sus enemigos, entre ellos su ex amigo, Jamukha; o el secuestro de su novia, Borpe), y que, forjado por el fuego de los Dioses (el trueno que todos los demás mongoles temen) unificó a los mongoles y se convirtió en Kan de todos los Kanes para emprender la conquista de medio mundo. Dicen los críticos que la cinta resalta el aspecto más humano del guerrero, su debilidad respecto a su mujer y los valores éticos que profesa para con la tropa y los enemigos. mongolSi bien esto es así, cabe decir que se trata de la primera entrega de un biopic de cerca de 400 horas que, en principio, se servirá al público en tres partes, siendo esta la primera de ellas, en la que nos narra la infancia del héroe y cómo se convierte en líder de su pueblo. Queda por saber qué tratamiento dará el director al resto de la producción; pero centrándonos en esta, lo mejor no es seguramente su argumento, en el que nos presenta un hombre íntegro pero víctima de su propio tiempo, más cerca de un ídolo multicultural que de un despótico emperador. En realidad se trata de un trabajo ajeno a cualquier perspectiva histórica de los conflictos políticos o étnicos que lo definieron, centrando el relato (tal vez en exceso) en cómo los diferentes caracteres o personalidades de los personajes se combinaron para llevar a este hombre al liderazgo. Pero con estas películas siempre sucede lo que con la novela histórica: nos sirven para recrear esos pasajes del tiempo en un contexto que existió, pero adolecen de la credibilidad necesaria para que lo que cuentan sea fidedigno, pues pertenecen, sin duda, a la ficción. large-mongol31Sin embargo, leyendo determinadas críticas da la sensación de que la pretendida humanización del caudillo Gengis kan de la que hace gala la película resulta bastante creíble a más de uno, tal vez porque la historia cuando se ve con la perspectiva de los años pierde su virulencia, y es entonces cuando la leyenda sustituye a los hechos y la idolatría a la denuncia. La realidad del personaje seguramente se acerque más a la de un líder ambicioso que se erige como Kan porque su pueblo está convencido de que así lo habían querido los espíritus, que aniquiló a cuantos se negaban a someterse, desde los Urales a la India, del Mar Caspio hasta Pekín (la muralla más larga del mundo se construye defensivamente por el miedo de sus vecinos chinos), que logró reunir a todos los pueblos mongoles en uno sólo (con no demasiada delicadeza, todo hay que decirlo) para forjar su poderoso imperio, dejando tras sí enormes extensiones de tierras devastadas y montañas de cabezas. Habrá que esperar, pues, al resto de entregas para valorar el acercamiento del director al personaje, aunque tampoco es necesario pedir esa objetividad en el tratamiento de la historia a una película, pero sí lo es partir de la premisa de que estamos ante un producto, como debe ser, para el puro entretenimiento, sin pretender extraer de él más conclusión cultural que esta.mongol21ft7La película es una co-produción de Kazajstán, Rusia, Alemania y Mongolia dirigida por el ruso Sergei Bodrov, quien da la sensación que haber puesto toda la carne en el asador en el proyecto porque es una maravilla en cuanto a dirección y producción se refiere. Las imágenes, auténticas obras de arte fotográficas, juegan con las tonalidades, la luz, los colores, como pocas películas épicas, y la estética en general o el tratamiento de los paisajes abiertos en escenarios naturales son simplemente descomunales. El despliegue de medios, brutal: las escenas de las batallas, cuidadas al extremo, están realizadas con extras de verdad, aquí no hay demasiados trucos informáticos, y no son escenas precisamente sencillas o cortas, pero tienen esa elegancia y a la vez contundencia que sólo el cine asiático sabe darle. La interpretación, a cargo del actor japonés Tadanobu Asano en el papel protagonista roza la perfección y ensombrece al resto, que no es que lo hagan mal (todas están a un gran nivel), pero el trabajo de Asano es simplemente magistral. mongol10tr0El pulso de la cinta, a diferencia de otras producciones occidentales de este corte, es algo lento y se recrea en muchas escenas que tratan de transmitir el contenido humano del personaje, su relación con su mujer y sus dos hijos, con la tropa, sus hermanos de sangre, la tribu, los enemigos… aunque todas bien combinadas con la acción de las batallas, logrando mantener atento al espectador durante los 126 minutos que dura el film. Mongol es, en definitiva, una película de corte épico completamente recomendable, porque no cae en la trampa de rodar un cúmulo de barrabasadas cargadas de efectos a lo “Braveheart” o “300”, sino que se centra en la historia del personaje, profundizando en él y en su enfoque humano, y todo ello completado con un buen trabajo general en los demás aspectos. Claro que esto para la industria no ha sido nunca lo más importante, si tenemos en cuenta que Mel Gibson acumuló cinco Oscars y Mongol sólo ha sido nominada como mejor película de habla no inglesa y siquiera se han molestado en doblarla para su presentación en las salas comerciales. Aunque a los que nos gusta el Cine nos resulta mucho más atractivo escuchar el film en mongol (suena estupendamente) con sus correspondientes subtítulos. A mí, personalmente, me ha gustado mucho, no se me han hecho largas las más de dos horas de duración y estoy deseando que salga la segunda parte de la trilogía para verla; y ojalá pueda ser, como esta, en la sala de cine, porque es realmente espectacular. Vedla, merece la pena de verdad.

Aleksandra

No tengo demasiado que añadir, en cuanto a mi opinión se refiere, al comentario que escribí sobre esta soberbia película dirigida por el ruso Alexandr Sokurov en 2007. Finalmente, el día 30 de mayo, un año después de su presentación en el festival de Cannes, se ha estrenado en España; gesto que es de agradecer, porque son muchas las producciones europeas de cine independiente que no llegan a las salas comerciales y que sólo podemos visionar un tiempo después de su lanzamiento acudiendo al videoclub o descargándolas en internet (¡bendito medio!).

Para los que estéis interesados en verla, decir que sólo se proyecta en cinco o seis de las principales ciudades de España, y que no andan demasiado pródigos en cuanto a intención de pases se refiere. En concreto, en la ciudad donde vivo (Valencia), tan sólo se ha proyectado en una sala que habitualmente emite cine de autor (la única), y hay previstos en principio sólo los dos pases nocturnos realizados el sábado día 31 de mayo. Es de suponer que esperarán a echar cuentas y decidir. Menos es nada…

Podéis leer en este enlace el comentario que publiqué en el blog hace unos meses, donde encontraréis también un trailer de la película.
Un saludo.