El aplauso inconformista

“Sí, a la gente se la reconoce por lo que aplaude, el modo en que aplaude y a quien aplaude.

Y hay también un tipo de aplauso creativo. Como una performance solitaria. A la manera del vagabundo de Charlot que todos llevamos dentro. El aplauso de quien cae de culo y se levanta con una segunda vida.

De esa naturaleza era el último aplauso más conmovedor del que tengo noticia. El aplauso de Rafael Azcona. ¿A quién aplaudía el guionista de Plácido, El verdugo o La lengua de las mariposas? Cuando ya estaba golpeado por la enfermedad, se levantaba cada mañana laboriosamente, se miraba al espejo del baño y aplaudía. Decir que Azcona aplaudía a Azcona sería una versión vulgar de la historia. Era el ser humano que aplaudía, aupado por el asombro, con frágil ironía, la oportunidad de otra sesión en la película de la vida. Un día más sobre la tierra. Un día más.”

Fragmento del artículo “El aplauso inconformista”, de Manuel Rivas. El País, 7 jun 2015

Documetal completo: La doctrina del Shock

Como está disponible en código abierto, hoy traemos on-line y subtitulado el documental completo dirigido por Michael Winterbottom y Mat Whitecross, La doctrina del Shock, que es la adaptación del libro de la periodista canadiense Naomi Klein, una radiografía de la situación económica actual que trata el modo en que la gente es manipulada por los medios a través del miedo al terrorismo para someterles a su voluntad y su óptica sobre la situación.  La película sigue el rastro de las teorías de Milton Friedman y su puesta en práctica por los llamados Chicago boys durante los pasados cuarenta años, poniendo en evidencia las consecuencias de su legado y destapando el lado más oscuro de las tesis que sostiene han conducido a la situación actual y que, por su impopularidad, solo pudieron imponerse en numerosos lugares mediante la tortura y la represión.

La autora desmonta, con argumentos suficientemente convincentes, el mito según el cual el mercado libre y global triunfó democráticamente, y que el capitalismo sin restricciones va de la mano de la democracia. Por el contrario, Klein sostiene que ese capitalismo utiliza constantemente la violencia, el choque, y pone al descubierto los hilos que mueven las marionetas tras los acontecimientos más críticos de las últimas cuatro décadas.

Klein demuestra cómo el capitalismo emplea constantemente la violencia, el terrorismo contra el individuo y la sociedad justificándolo con las necesidades para lograr sus objetivos como panacea de la paz mundial. Lejos de ser el camino hacia la libertad, aprovecha las diversas crisis cíclicas para introducir impopulares medidas de choque económico, a menudo acompañadas de otras formas de shock no tan metafóricas.

El documental es un repaso por la historia mundial reciente (de la dictadura de Pinochet a la reconstrucción de Beirut; del Katrina al tsunami; del 11-S y la invasión de Irak al 11-M), para dar la palabra a un único protagonista: las diezmadas poblaciones civiles sometidas a la voracidad despiadada de los nuevos dueños del mundo, el conglomerado industrial, comercial y gubernamental para quien los desastres, las guerras y la inseguridad del ciudadano son el siniestro combustible de la economía del shock.

La película no habla de nada que no sepamos o hayamos podido intuir en algún momento, pero no se puede negar que el análisis es bastante diferente a cuantos nos han venido vendiendo hasta la fecha. Discutible como tantos otros, nadie es poseedor de la verdad absoluta, pero indudablemente  resulta una buena ayuda para reflexionar sobre lo que ha pasado, lo que está pasando y lo que puede acontecer. El debate está servido, porque si de lo que nadie duda es del desmantelamiento progresivo del estado del bienestar de la mano incluso de quienes antaño lo defendieron, en nombre y salvaguarda de la crisis económica que parece hemos provocado entre todos, lo que no es tan evidente es si en breve la defensa de las migajas que restan del Estado benefactor, baluarte de la timorata batalla que hoy protagoniza la izquierda en nuestro país, no tenga que verse sustituida por otro frente: el de defender los derechos fundamentales y más básicos de los ciudadanos. Es decir, que la crisis deje de ser solo económica y los nubarrones financieros den paso a otras tormentas, como el cuestionamiento de las mínimas libertades democráticas. Esperemos equivocarnos.

¡Indignaos! (Stéphane Hessel)

Stéphane Hessel es el autor de este breve e interesante libro que nos invita a reflexionar y actuar contra la dictadura de los mercados. A sus 93 años tiene en su haber la experiencia de la Resistencia a la invasión nazi en Francia durante la Segunda Guerra Mundial, de haber colaborado en la redacción de la Declaración de Derechos Humanos o de ocupar desde 1977 un asiento en Naciones Unidas como embajador de Francia. Cuando un superviviente militante de esta catadura llama a la insurrección pacífica, a desperezarse y rebelarse, hay que escucharlo porque sabe de qué habla. “Indignaos“, dice, “hoy se trata de no sucumbir bajo el huracán destructor del consumismo voraz y la distracción mediática mientras nos aplican recortes a nuestros derechos“.

Se atreven a decirnos que el Estado ya no puede garantizar los costes de estas medidas ciudadanas. Pero ¿cómo puede ser que hoy no haya suficiente dinero para mantener y prologar las conquistas de la sociedad del bienestar cuando la producción y la riqueza han aumentado considerablemente desde que Europa salió de una guerra que la dejaba en ruinas? El poder del dinero nunca ha sido tan grande, insolente, egoísta con todos, desde sus propios siervos hasta las más altas esferas del Estado. Los bancos, privatizados, se preocupan en primer lugar de sus dividendos y de los altísimos sueldos de sus dirigentes, pero no del interés general. Nunca había sido tan importante la distancia entre los más pobres y los más ricos, ni tan alentada la competitividad y la carrera por el dinero

Indignaos! es el grito de Hessel dirigido a los jóvenes. De la indignación, afirma, nace la voluntad de compromiso con la historia. De ella nació la resistencia al nazismo y todas las conquistas sociales que, desde el punto de inflexión del 11-S, vienen marcando el camino inverso a una velocidad alarmante. Cuidado, nos dice, “hemos luchado por conseguir lo que tenéis, y lo hicimos con menos medios que ahora, desde una Europa totalmente destruida por la guerra. Ahora os toca a vosotros defenderlo, mantenerlo y mejorarlo; no permitáis que os lo arrebaten. Luchad por mantener los logros democráticos, los valores éticos, de justicia y libertad que poco a poco se materializaban desde la dolorosa guerra. Para distinguir entre opinión pública y opinión mediática, para no sucumbir al engaño propagandístico

Cinco euros y poco más de treinta páginas. Un alegato contra la indiferencia, contra el atropello a los derechos colectivos conquistados que hoy están seriamente amenazados. Nada nuevo que no se sepa, por otra parte, pero motiva que venga a decirlo un señor que ya ha cumplido su papel para con la sociedad y para con la vida, porque algo no debe andar demasiado bien cuando este llamamiento contra la indiferencia colectiva no se hace desde cualquiera de nuestros pretendidos representantes, signos y colores al margen.

Es posible que en el mundo actual, como bien dice, sea bastante más complicado que antaño identificar a los responsables físicos del retroceso, por lo que el conformismo se halla generalizado. Mientras tanto, lo que está en juego es la libertad y los valores principales de la humanidad. “Las razones para indignarse pueden parecer hoy menos nítidas o el mundo demasiado complejo, pero sigue ahí, en la dictadura de los mercados, en el trato a los inmigrantes, a las minorías étnicas. Buscad y encontraréis, coged el relevo, indignaos, la peor actitud es la indiferencia. De lo contrario, perdéis uno de los componentes esenciales que forman al hombre: la facultad de indignación y el compromiso que le sigue”. Pues a ver si prende de una vez por todas la mecha.

Blackwater: Yonquis de adrenalina, putas de la guerra.

Jeremy Scahill , autor de este libro, es periodista de investigación y habitualmente colabora en la revista The Nation. Entre sus méritos está el haber ejercido una dilatada labor como reportero en Irak, Yugoslavia y Nigeria. “Blackwater, el auge del ejército mercenario más poderoso del mundo” es su primera publicación en el mundo editorial. Narrada con estilo periodístico directo y sencillo, saca a la luz uno de los asuntos más oscuros de este principio de siglo: el cómo y el porqué del gasto millonario a cargo del erario público en la construcción de un ejército privado paralelo al militar en los Estados Unidos, cuyo control resulta tan complicado como amenazante, ya que sus propias características lo convierten en extremadamente escurridizo.

Hoy, la Guerra de Irak cuesta al gobierno norteamericano 1.300 dólares por segundo (¡hagan cálculos!). Todo un descalabro económico que tiene bastante que ver con el reciente desplome de la Bolsa, la devaluación del dólar frente al euro, y en que tanto EEUU como Europa se vean sumidas en la actual coyuntura de crisis económica generalizada. La guerra, en Irak, se les ha ido de las manos. La invasión y sustitución de Sadam que pensaban resolver en unos meses con su poderoso ejército dura ya cinco años. Y se han visto obligados a desplegar tal cantidad de recursos humanos que el ejército por sí sólo no puede protegerlos; amén de la sombra de un nuevo Vietnam, tan políticamente costosa . Una solución a la indisponibilidad de recursos oficiales es contratar empresas privadas capaces de desplegar mercenarios en los puntos más conflictivos. Blackwater no es la única pero sí la mayor, puesto que se trata del ejército mercenario más poderoso del mundo. Según Scahill, posee tanques, cazas de combate y unos efectivos de más de 25.000 hombres que se han convertido en algo así como una guardia pretoriana que no respeta ninguna ley y sólo obedece fielmente a quien le paga: la Administración Bush. Porque esta maquinaria, al no ser parte integrante del aparato del Estado y tratarse de civiles con un contrato administrativo, está totalmente exenta del control parlamentario y es igual ante las leyes a cualquier otra empresa, como McDonald´s o la Coca-Cola.

La cifra oficial de mercenarios desplegados en Irak asciende a 30.000. Casi todos tienen historial en las fuerzas especiales, aunque cada vez ingresan más “yonkis de adrenalina” (como los llama Scahill) procedentes de otros países. En Irak, Blackwater cuenta con un número importante de mercenarios chilenos (por citar el ejemplo de un país) muchos de ellos formados durante el régimen de Pinochet: “Registramos hasta los confines de la Tierra en busca de profesionales”, declaró en una ocasión su presidente, Gary Jackson. También, si algún aliado tiene problemas con mandar a miembros de su ejército bajo el mando de los EEUU, puede prestar su adhesión reclutando voluntarios a las órdenes de estas fuerzas privadas en misiones de apoyo y seguridad, que son en realidad las que oficialmente tienen encomendadas. Pero sus motivaciones no son ni patrióticas ni ideológicas. Más bien sus hombres podrían calificarse como auténticas “putas de la guerra” a razón de 1.500 dólares diarios por estar en Irak (unos 1.000 euros); cantidad irrisoria comparada con los 5.000 dólares diarios que factura Blackwater al Gobierno Bush por cada uno de ellos. 30.000 paramilitares rapados al uno cepillo, enfundados en sus uniformes negros y chalecos antibalas, brazos como jamones, gafas pegadas a la piel del cráneo, iPod con Slayer sonando en una oreja, en la otra el intercomunicador, y un M4 que dispara 900 balas por minuto: “Hablan poco, tienen el gatillo fácil y han protagonizado ya miles de incidentes, muchos de ellos con bajas civiles“. El último, el pasado 15 de noviembre, cuando un grupo abrió fuego en un mercado de Bagdad tras una revuelta y mató a 17 personas, todos civiles que huían mientras los mercenarios continuaban disparando por la espalda.

El mundo se enteró por primera vez de la existencia de compañías militares privadas tras una emboscada de la que fueron víctimas cuatro soldados de Blackwater en Faluya, el 31 de marzo de 2004. Este asesinato supuso el punto de inflexión entre la invasión y el inicio de la resistencia iraquí. Las noticias no se referían a las víctimas como soldados sino como “personal civil contratado” o “trabajadores de reconstrucción“, como si se tratase de ingenieros, obreros o proveedores de ayuda humanitaria. Casi nunca se usó la expresión “mercenarios” para describirlos, como tampoco se hace en la actualidad. Sin embargo, una de las consecuencias de la emboscada fue que Blackwater alcanzara una posición de privilegio para influir en la supervisión (o ausencia de ésta!) de otras empresas privadas con encargos similares en la zona.

Blackwater sólo tiene 11 años de vida, pero su ascenso y enriquecimiento es toda una epopeya en la historia del complejo militar-industrial. La viva imagen de los cambios en la revolución de los asuntos militares que apuntaba Donald Rumsfeld, Secretario de Defensa, un día antes de los atentados contra las Torres Gemelas, cuando presentaba en el Pentágono un proyecto para pacificar Oriente Medio que incluía un nuevo Pearl Harbour como acelerador de sus planes, ahora expandido desde la administración Bush bajo la capa de guerra contra el terrorismo. Shadill afirma que “El auge de esta fuerza mercenaria podría presagiar la fase final de la caída de la democracia estadounidense“. Su creación se remonta a 1996, cuando sus visionarios construyeron el primer campamento privado de instrucción militar con el fin de “Satisfacer la demanda prevista de externalización desde el Estado de la formación en el manejo de armas de fuego y en el campo de la seguridad“, continua con los contratos del 11-S y pasa por la sangre en las calles de Faluya, en las que los cadáveres de sus mercenarios fueron colgados de un puente a la vista de todos. Como represalia, el ejército aplastó la ciudad al grito de “Pacifiquemos Faluya“. Pero también hay, entre otras hazañas, una expedición al mar Caspio donde se envió a Blackwater a establecer una base junto a la frontera iraní, una incursión en las calles de Nueva Orleans cuando fue arrasada por el huracán, y “muchas horas en los salones de Washington D.C., donde sus ejecutivos son recibidos con los brazos abiertos y saludados como los nuevos héroes de la guerra contra el terrorismo“. Una compañía que dirige un sólo hombre, Erik Prince, miembro de una archimillonaria familia cristiana y derechista radical de Michigan. La familia Prince lleva décadas gastando auténticas fortunas para facilitar la llegada al poder a los republicanos, y la recompensa ha tenido como resultado el meteórico ascenso de su empresa más beneficiosa en la actualidad: Blackwater. Entre sus dispendios caritativos resaltan el aporte de generosas sumas a la guerra de la derecha religiosa contra el laicismo, contra los derechos de los homosexuales, contra las regulaciones de las emisiones de CO2, el aborto o el respeto a las minorías.

La extensa narración de todos los detalles de esta paulatina y alarmante transformación de las fuerzas militares de combate en una empresa lucrativa se encuentran en este libro. De su lectura conocemos un poco más del mundo en el que vivimos, de sus clases dirigentes tan discrecionales a la hora de señalar con el dedo quiénes son los terroristas, y de quién se está forrando en Irak a base de destrucción, sangre y dolor humano. Un libro duro, muy duro, pero tan recomendable como necesario.