Privatización + Rescate = Catastroïka

La imagen pertence a http://loscalvitos.com/

La enésima vuelta de tuerca a la verdad y la claridad informativa en España consiste en presentar el rescate a los bancos españoles como un logro del propio gobierno: He presionado yo, decía Marianico tras anunciar como un triunfo de su ejecutivo un rescate de cien mil millones de euros, minutos antes de despegar hacia Polonia para asistir al partido del mundial de fútbol. Y tan campante, que ni San Fraga cuando lo de Palomares.

Pero a nadie, ni siquiera a sus votantes, se le escapa que el rescate ha sido impuesto y que lo vamos a pagar los ciudadanos y no los bancos. La impunidad para fenómenos como los de Bankia, por hablar solo del más reciente, no hace pensar precisamente que va a ser la banca quien asuma su deuda. Es más, el gobierno pretende evitar a toda costa que los responsables de esta crisis, que tienen nombre y apellidos, se sienten algún día en el banquillo de los acusados. La deuda española, en su mayor parte ilegítima por haber sido generada por operaciones inmobiliarias y financieras claramente fraudulentas, se va a resolver con más políticas de ajuste y una clara radicalización en cuanto a privatizaciones de bienes y servicios sociales, proceso al que ya venimos asistiendo en algunas comunidades autónomas desde hace unos cuantos años.

La situación no es tan distinta como quieren pintarla en la otra punta de Europa. Para ilustrar algunas de estas reflexiones, los periodistas griegos Katerina Kitidi y Ari Chatzistefanou, han lanzado un interesante e ilustrativo documental que lleva por título Catastroika. Más allá de lo que vemos, sufrimos y sufriremos los ciudadanos europeos, especialmente los rescatados, el documental pretende dejar patente una idea realmente inquietante: cada vuelta de tuerca en los ajustes sociales entraña, sin que casi se note, una nueva restricción a las libertades, erosionando no solo las condiciones de vida de los ciudadanos sino, lo que es aún más grave, los principios democráticos y del Estado de derecho. Una perversa pendiente que algunos paises han comenzado a descender en forma de  criminalización de las protestas ciudadanas, aliento de la xenofobia, reforzamiento del estado policial, militarización de espacios públicos… o, directamente, sustituyendo a gobernantes que, por más incompetencia que podamos imputarles, han sido legítimamente elegidos por sus ciudadanos. Revertir las agresivas políticas fiscales y de privatización, rechazando el grueso de la deuda que no pertenece a los ciudadanos, escalonar el pago de la que sea realmente pública, probablemente sea buen camino para sortear la perspectiva de servidumbre indefinida en manos de poderes financieros y especulativos que pretenden convertir, han convertido ya en algunos lugares, a los gobiernos y las instituciones democráticas en intermediarios políticos a su servicio.

1 hora y 27 minutos. Documental completo, subtitulado en castellano. Y tras este desvío, en el próximo post continuaremos con nuestros temas habituales.

Los tiempos cambian…

En breve, este blog reiniciará su andadura. Mientras tanto, os invito a recuperar una escena de Cine, como no, de la mano del gran Charles Chaplin, hace mucho tiempo, allá por 1940.

Recordad que después de rodar El Gran Dictador, Chaplin fue perseguido y tuvo que salir de los EEUU y refugiarse en Francia.

Pero los tiempos cambian, sin duda para mucho mejor…

Feliz comienzo de 2012 con mis mejores deseos para todos los lectores de este espacio. Hasta muy pronto 😉

Trust, de David Schwimmer (2011)

Observando el Cine desde el punto de vista puramente industrial, la diferencia principal entre un telefilm y un largometraje es que en el caso del primero estaríamos hablando de un producto diseñado para emitirse exclusivamente por televisión. Al telefilme se le presupone un presupuesto menor, protagonistas menos conocidos, escenarios y decoración más rudimentaria y un acabado menos artístico. Aunque muchas veces la televisión mezcla en horario vespertino películas expresamente filmadas para el medio con títulos que en determinado momento pasaron por la cartelera cinematográfica, el resultado no es sustancialmente distinto, pues sea como sea, suelen lograr el objetivo de que el espectador recién comido eche la cabezadita de rigor sin demasiado rubor tan pronto como la trama ha sido presentada. Desde este punto de vista, la televisión cumple como servicio público a la hora de contribuir a conciliar el sueño de medio país cada fin de semana; objetivo que difícilmente lograría si les diera por emitir la versión en DVD de determinadas obras maestras cinematográficas. Aceptando pulpo como animal de compañía, el problema surge cuando pagamos una entrada de cine para ver un largometraje y nos ofrecen a cambio un producto cuya calidad y trama no dista demasiado de cualquier dramón de sobremesa, porque en este caso la sensación de engaño, de pura estafa a la que nos  vemos sometidos genera el lógico cabreo y en consecuencia aquello de si lo sé me la bajo de internet y me ahorro una pasta. Si han llegado hasta aquí con la lectura, tomen esta parrafada como mera advertencia para cuando se estrene Trust, un drama norteamericano que he tenido oportunidad de ver este fin de semana, de los que están moviendo conciencias y bolsillos al otro lado del Atlántico y que presumiblemente llegará por nuestros pagos el próximo otoño. En una línea dramática que evoca por momentos a Yo, Cristina F, aunque cinematográficamente mucho más de andar por casa, el actor y productor David Schwimmer, que para quienes no le conozcan interpretaba a Ross en la serie televisiva Friends, dirige ahora este thriller dramático sobre los peligros que acechan en internet, las redes sociales, el incómodo tema de los pederastas, la seguridad de los menores y las consecuencias muchas veces irreversibles que puede tener la falta de educación y protección por parte de los padres.

Annie tiene 14 años y es la típica adolescente preocupada por sus cosas, sus estudios, lograr ser la más popular y que la admitan en el equipo de vóley del instituto. Gracias al mac que sus padres le compran por su cumpleaños, logra entablar una relación más profunda con un hombre a través del chat para adolescentes y comienza a separarse de su vida perfecta, su familia y sus amigos. Este aislamiento permite que la táctica depredadora de Charlie se afiance, haciéndole sentir, a pesar de la diferencia de edad, que son almas gemelas. Con el paso del tiempo, a Charlie no le cuesta demasiado quedar en un centro comercial y coaccionar a la muchacha para acabar con ella en la habitación de un motel donde graba el encuentro, desapareciendo después y dejando a Annie confundida y triste. La confidencia que hace la joven a su mejor amiga advierte a un profesor en la escuela, y la violación acaba convirtiéndose en chisme de instituto y en caso para el FBI. A pesar de todo, cuando la policía y sus padres tratan de apoyarla, Annie no se siente en un primer momento víctima. Solo reconoce haber sido engañada respecto a la edad por parte de Charlie. Al fin y al cabo no entiende porqué es tan ilícito para los adultos, cuando además la mayoría de sus compañeros afirman haber tenido ya sus primeras relaciones sexuales, aunque en su caso la experiencia no haya sido todo lo idílica que ella hubiese imaginado. Poco a poco le van haciendo comprender que efectivamente fue víctima de un violador de menores de guante blanco que ha hecho lo mismo con muchas otras como ella, lo que conduce a la chica a un estado de depresión autodestructiva que afectará a toda la familia. Por otra parte, la lógica reacción del padre, empeñado en la búsqueda de venganza, evade enfrentar el problema con su hija, quien por otra parte le rechaza continuamente.

Si bien las interpretaciones están bastante logradas, la narración de la película es absolutamente lineal, apelando en todo momento al lado más sensible del espectador sin ofrecer a cambio una calidad narrativa, de imagen o montaje que destaque por encima de cualquier producción televisiva. El interés del film reside en que puede dar pie al debate pedagógico sobre su contenido. Por un lado, la yuxtaposición entre Annie siendo cortejada en línea por un cuarentón y la carrerea de su padre como ejecutivo de finanzas, rodeado -como requiere el marketing- de modelos para anuncios publicitarios dirigidos a sectores con poder adquisitivo suficiente en los que se utiliza a la mujer como mero objeto de atracción sexual. Todo ello mientras trata de educar a su hija en la autoestima y la confianza, en que ha de hacerse valer por lo que es y no por su físico o su supuesta popularidad. Una llamada de atención más que interesante sobre la hipocresía y el efecto dominó en nuestra cultura, promotora de diversas actitudes inconscientes que subyacen respecto a las mujeres y la sexualidad. Por otro, el tema de cómo se mueven los asuntos afectivos entre los más jóvenes en internet puede resultar interesante para padres y educadores en cuanto a nuestra comprensión sobre las posibilidades y peligros que ofrecen las relaciones en las emergentes y cada vez más numerosas redes sociales. En este sentido, echarle un vistazo con nuestros hijos adolescentes puede fomentar un debate que contribuya a la educación y la no siempre fácil protección más allá de un simple no hables ni des datos personales a desconocidos.

Inside Job (Charles Ferguson, 2010)

Estaba esperando que se estrenase este premiadísimo documental sobre el lado oscuro del capitalismo pero ninguna distribuidora ha tenido a bien dejar una copia en ningún cine de la Comunidad Valenciana, así que he tenido que invocar poderes de telekinesis y ayer me pude poner a ella cuando apareció en mi IBM. Película obligatoria aunque, la verdad, terminas de verla de muy mal humor, advierto. El mundo está sembrado de canallas, pero nunca se tiene la misma conciencia cuando se intuye que cuando te lo restriegan por delante de las narices con pelos y señales, sobre todo si tenemos en cuenta que el mayor de ellos se llama mercados financieros y que, como todo lo que no tiene nombre y apellido, casi nadie sabe exactamente a quien nos referimos con el palabro. También es cierto que a nadie que se mantenga mínimamente informado se le escapa que el causante de esta crisis económica global no ha sido la suma de actitudes del ciudadano que no ha sabido elegir bien sus inversiones y se ha dedicado al atraco de bancos y resto de entidades financieras para costearse 70, 80 o 90 metros cuadrados donde caerse muerto y, por si fuera poco, vota libremente a políticos mediocres que para resolver sus problemas emiten bonos de deuda que ellos mismos y sus hijos habrán de pagar.


La película destripa bastante bien los mecanismos de ingeniería financiera que han hecho posible llegar a esta situación centrándose en el año 2008, momento en que el Lehman Brothers se hunde arrastrando con él las bolsas de medio mundo. La radiografía de cómo se manejan esos mercados de las finanzas y el montaje especulativo que ha derivado en la crisis actual resulta creíble, y la tesis fundamental que argumenta que el capital financiero tiene cogidos por los huevos al poder político norteamericano y a las universidades más prestigiosas donde se forman los futuros cuadros del sistema, es del todo convincente.

Las prácticas criminales de bancos y grandes entidades de crédito, sostenidas por la desregulación de los mercados, la pasividad ofensiva de ciertos organismos internacionales y la capitulación de demasiados gobiernos durante décadas, son sin duda la madre del cordero. Hasta aquí lo soportable, digo, porque llevamos dos años transigiendo con cierta concupiscencia mediática y casi  nos hemos ya acostumbrado. El punto obsceno del metraje viene cuando muestra a los buitres de esos mercados financieros ocupando plazas directivas en las mejores universidades norteamericanas, o designados a dedo como altos cargos políticos de absoluta confianza por, por ejemplo, Obama, la esperanza de cambio para millones de estadounidenses, al tiempo que un  cabezapensante bancario chino se explaya cada quince minutos en alguna que otra lección de ética o la ministra de economía francesa, Christine Lagarde, entre otros prestigiosos políticos, dirime la coyuntura con una presunción que roza lo insultante.


Cinematográficamente, es un documental  al uso, bastante bien trabajado en cuanto a entrevistas y tempos, abundante en material de archivo y un discurso que discurre fluido, fruto de las bondades del guión, muy bien planificado, al que cabe añadir un cuidadoso montaje. Nada que ver, por tanto, con las gansadas más o menos simpáticas de Michael Moore, aunque bastante más cercano a cualquier producto televisivo bien realizado que a una película de Cine propiamente dicho, a pesar de incluir algún que otro plano aéreo general para conferir vuelo al relato.

Logra también el objetivo de dar pie al debate, tan de actualidad entre los dirigentes mundiales, sobre la necesidad urgente de cambiar el modelo económico. Papel mojado, si tenemos en cuenta que son esos mismos mercados financieros los que imponen las reglas para salir de una crisis que ellos mismos han provocado, a costa del sobreendeudamiento público y de gobiernos que, a merced de esas mismas entidades que les financian, se muestran incapaces de dar una respuesta sobre las medidas a tomar frente a esta crisis planetaria. Se continua en la línea de bendecir a los gigantes de las finanzas mundiales, esos entes macroeconómicos intangibles que se suponen necesarios para salir de esta, y que siempre llevan las de ganar a la hora de castigar a quienes, en un ejercicio de cinismo galopante, señalan como auténticos responsables de la situación, estos sí, materiales y tangibles, los ciudadanos de a pie que deben pagar sosteniendo la deuda generada. Esos somos ni más ni menos que todos y cada uno de nosotros y, lamentablemente, el futuro de nuestros descendientes.

¡Indignaos! (Stéphane Hessel)

Stéphane Hessel es el autor de este breve e interesante libro que nos invita a reflexionar y actuar contra la dictadura de los mercados. A sus 93 años tiene en su haber la experiencia de la Resistencia a la invasión nazi en Francia durante la Segunda Guerra Mundial, de haber colaborado en la redacción de la Declaración de Derechos Humanos o de ocupar desde 1977 un asiento en Naciones Unidas como embajador de Francia. Cuando un superviviente militante de esta catadura llama a la insurrección pacífica, a desperezarse y rebelarse, hay que escucharlo porque sabe de qué habla. “Indignaos“, dice, “hoy se trata de no sucumbir bajo el huracán destructor del consumismo voraz y la distracción mediática mientras nos aplican recortes a nuestros derechos“.

Se atreven a decirnos que el Estado ya no puede garantizar los costes de estas medidas ciudadanas. Pero ¿cómo puede ser que hoy no haya suficiente dinero para mantener y prologar las conquistas de la sociedad del bienestar cuando la producción y la riqueza han aumentado considerablemente desde que Europa salió de una guerra que la dejaba en ruinas? El poder del dinero nunca ha sido tan grande, insolente, egoísta con todos, desde sus propios siervos hasta las más altas esferas del Estado. Los bancos, privatizados, se preocupan en primer lugar de sus dividendos y de los altísimos sueldos de sus dirigentes, pero no del interés general. Nunca había sido tan importante la distancia entre los más pobres y los más ricos, ni tan alentada la competitividad y la carrera por el dinero

Indignaos! es el grito de Hessel dirigido a los jóvenes. De la indignación, afirma, nace la voluntad de compromiso con la historia. De ella nació la resistencia al nazismo y todas las conquistas sociales que, desde el punto de inflexión del 11-S, vienen marcando el camino inverso a una velocidad alarmante. Cuidado, nos dice, “hemos luchado por conseguir lo que tenéis, y lo hicimos con menos medios que ahora, desde una Europa totalmente destruida por la guerra. Ahora os toca a vosotros defenderlo, mantenerlo y mejorarlo; no permitáis que os lo arrebaten. Luchad por mantener los logros democráticos, los valores éticos, de justicia y libertad que poco a poco se materializaban desde la dolorosa guerra. Para distinguir entre opinión pública y opinión mediática, para no sucumbir al engaño propagandístico

Cinco euros y poco más de treinta páginas. Un alegato contra la indiferencia, contra el atropello a los derechos colectivos conquistados que hoy están seriamente amenazados. Nada nuevo que no se sepa, por otra parte, pero motiva que venga a decirlo un señor que ya ha cumplido su papel para con la sociedad y para con la vida, porque algo no debe andar demasiado bien cuando este llamamiento contra la indiferencia colectiva no se hace desde cualquiera de nuestros pretendidos representantes, signos y colores al margen.

Es posible que en el mundo actual, como bien dice, sea bastante más complicado que antaño identificar a los responsables físicos del retroceso, por lo que el conformismo se halla generalizado. Mientras tanto, lo que está en juego es la libertad y los valores principales de la humanidad. “Las razones para indignarse pueden parecer hoy menos nítidas o el mundo demasiado complejo, pero sigue ahí, en la dictadura de los mercados, en el trato a los inmigrantes, a las minorías étnicas. Buscad y encontraréis, coged el relevo, indignaos, la peor actitud es la indiferencia. De lo contrario, perdéis uno de los componentes esenciales que forman al hombre: la facultad de indignación y el compromiso que le sigue”. Pues a ver si prende de una vez por todas la mecha.

Pagarás el cine con el sudor de tu frente

La asociación de consumidores  Facua-Consumidores en Acción ha realizado, durante el segundo semestre de 2009, un estudio de campo sobre el precio de las entradas de cine en diversas capitales del mundo. Para llevarlo a cabo se han comparado 419 salas pertenecientes a 118 ciudades de sesenta países repartidos por continentes.

Analizando como único factor el precio, la entrada más cara la pagan los japoneses que viven en Tokio, a quienes les llega a costar 14,33 euros la broma durante el weekend. En el otro extremo estaría Managua, cuyos habitantes solo abonan 1,99 euros por pase.

Claro que no es lo mismo el poder adquisitivo y el coste de la vida en Japón que en Nicaragua. Por eso, resulta más interesante analizar los números tomando también como referencia cuánto le cuesta de ganar a un trabajador en los diferentes países.  Si tenemos en cuenta este dato, ni unos ni otros salen especialmente desproporcionados, pues los más sangrados en la taquilla son los pekineses, ya que el precio a pagar por el espectáculo equivale aproximadamente a dos horas y media de su jornada laboral. A tenor de este factor, que sitúa las cosas de manera mucho más objetiva, otras ciudades donde sus habitantes pagan el cine con mucho sudor de su frente son Caracas, Ciudad de México, Bucarest y Sofía. En el otro extremo, donde menos horas de trabajo son necesarias para costear la entrada es en Copenhague, Nueva York, Luxemburgo, Berlín o Zurich, ya que el equivalente en trabajo se situaría por debajo de la media hora de la jornada laboral, a pesar de que sus entradas sean sensiblemente más caras.

Teniendo en cuenta solo Europa, el precio medio de una entrada varía hasta un 183% de un país a otro. Madrid se coloca en el puesto 21 de las 44 ciudades analizadas, justo por detrás de París y antes que Londres. En Europa, los cines más caros son los de Zurich, seguidos de los de Oslo, Berna, Helsinki y Copenhague, y los más baratos los de Belgrado, Vilna, Sofía, Riga y Bucarest.

Todos estos datos están referidos a una entrada normal durante un fin de semana, porque si nos ponemos a ver el precio para una proyección en 3D, en Abu Dhabi (Emiratos Árabes) nos pueden soplar la friolera de 18,54 euros, mientras que en Quito solo pagaríamos 3,74. En América, las salas con los precios más elevados en fines de semana son las de Nueva York, Caracas, Toronto, Ottawa y Sao Paulo, y más baratos en Managua, Asunción, El Salvador y San José.

Pero vayamos a las diferencias que existen en España de una ciudad a otra a la hora de pagar una entrada, diferencias que persisten si lo que queremos es ver la película en 3D. Según se desprende del estudio, si vives en Barcelona pagarás una media de 7,26 euros -según cines, puede llegar a superar los 8 euros-, mientras que si resides en Teruel sólo te costará 3, alrededor de un 140% más barata. En cuanto a las películas en 3D los precios van -siempre refiriéndonos al fin de semana- entre los 6,50 euros de Zamora y Ciudad Real y los 10,50 de, otra vez, Barcelona. Una, que ha vivido en la ciudad condal unos cuantos años, puede asegurar que tal vez allí en algunos sectores se pueda cobrar un salario un poco más elevado que en otros sitios de nuestra geografía, pero solo en algunos y solo algo más, ni por asomo para tan sangrante diferencia. Por no entrar en el coste de bebidas y palomitas que seguramente acompañen la fiesta -sustancialmente mayor que, por ejemplo, en Valencia, os lo aseguro-, a lo que hay que añadir el precio del transporte público para llegar o tarifa de parking si te llevas el coche, también más elevados. Porque si se te ocurre dejarlo mal aparcado, la grúa llega en un plis y, al menos hace unos años, venía directamente con guripa incorporado al servicio. Vamos que, en un visto y no visto estaban allí plantados, bajando de la camioneta, y mientras uno te ponía la multa el otro te echaba el cepo, en el tiempo de una meadita.

En la web de Facua encontrareis todos los detalles y la tabla de resultados de este interesante estudio.

24 City, de Jia Zhang-ke (2008)

Otra película magistral del joven director chino Jia Zhang-ke, otra visita fabulosa y ambivalente a la China actual, esta vez la crónica de la desconstrucción de una fábrica de componentes para aviación y municiones en la ciudad de Chengdu, de la que dependían unos 30.000 trabajadores dedicados a ella no solo como profesión, sino como forma de vida. Jia Zhang-ke no aborda casi nunca temas que directamente puedan figurar entre los intocables de las listas gubernamentales, pero no cabe duda que la metáfora de la actualidad de su país, tratando de hacerse un hueco en un mundo globalizado, es abierta y contundente. Como punto de partida la demolición de la fábrica de propiedad estatal, reemplazada hoy por un complejo de viviendas de lujo gigantesco llamado Ciudad 24 (24 City). Si Naturaleza muerta (Still life) era el escaparate del desarraigo de miles de personas desubicadas y puestas a trabajar en la presa de las Tres Gargantas, esta vez, también a modo de documental, moviéndose en la frontera entre ficción y realidad, nos ofrece una alegoría del paso inverso, materializado en la construcción del complejo residencial sobre la base de la destrucción de casi todo aquello por lo que lucharon quienes fueron trasladados desde otros lugares en 1958 para crear de la nada una urbe industrial, hoy en vías de desaparición, cediendo paso a la nueva modernidad, la especulación, los servicios financieros y el lujo como adalid de felicidad para las nuevas generaciones.

El que se haga bajo formato documental o lo implícito de la denuncia contenida no aparta ni un ápice el rigor formal y artístico. Complejidad formal y grandes dosis de sensibilidad con las que entreteje una elaborada red de conexiones, mediante entrevistas a los empleados de la antigua fábrica, integradas de manera fluida con monólogos de actrices, viejas consignas incitando al trabajo o a la construcción del socialismo,  retratos de grupo y las imágenes de un paisaje cuya transformación camina pareja entre grietas a las nuevas aspiraciones vendidas ahora a la mayoría. Tres historias de ficción, a partir de tres mujeres de una misma familia, y el testimonio de cinco trabajadores reales que nos cuentan sus recuerdos. Introspección y melancolía, gentes llenas de experiencias que les unen emocional y materialmente a la planta. Sus vidas, sus medios de vida e incluso su autoestima están indisolublemente ligados a la fábrica, orgullosos de su trabajo y su contribución al desarrollo del país. Escucharles de cerca nos ayuda a comprender el coste humano de los cambios que aborda China en la actualidad.

Desde el punto de vista formal, lo realmente interesante es el modo en que Jia Zang-ke utiliza la cámara. Su movimiento cadente es el lenguaje con el que escribe y muestra al mundo la historia reciente de China, documentando con asombroso lirismo la realidad de manera conmovedora y elocuente. Curtidas transformaciones con la mirada puesta en un mañana que se construye sobre la demolición física de un pasado que un día les hicieron creer glorioso. Los requiebros de una China que avanza a marchas forzadas hacia la industrialización, que despierta de la utopía socialista para descubrir la sociedad de consumo y el capitalismo tardío. Poemas entre ruinas sobre los que se levanta un progreso ficticio,  a base de una ingente acumulación de capital que lleva implícito descomunales movimientos migratorios interiores, exteriores, el desarraigo -de nuevo- de miles de sus trabajadores y sueldos míseros (para el que logre tenerlos) capaces de competir en la frágil balanza de la economía internacional. Me he permitido subir este recorte: la poesía puede a veces ser infinitamente más subversiva que mostrar al mundo una salvaje carga policial o la intervención armada y brutal del ejército para resolver cualquier manifestación civil.

La frase dice: “”Todo lo que hemos hecho e imaginado, debe desperdigarse y diluirse. Como leche que se vierte en el suelo” (W.B. Yeats)

The World, de Jia Zhang Ke

Temáticos: China

El traductor, de Daoud Hari.

El traductor es un estremecedor relato sobre la experiencia vivida por Daoud Hari (autor del libro) en uno de los conflictos más agudizados, todavía hoy sin resolver, de nuestra historia reciente: la guerra en Darfur (Sudán). La historia en primera persona de un hombre que escapó del asalto a su aldea y logró llegar a un campamento de refugiados de Chad, donde comenzó a ejercer como traductor para los medios de comunicación occidentales a fin de llamar la atención internacional sobre el actual genocidio que padece su pueblo. Pero además de su testimonio personal y el de su familia, es un esclarecedor documento de qué está pasando en realidad en esta región. Muchas veces la información que nos llega acerca de Darfur no es del todo completa, dando lugar a la idea de que se trata de una guerra tribal o un conflicto étnico-religioso agudizado por el hambre, pero provocado en realidad por el viejas rencillas entre la población civil. Nada más lejos de la realidad. Sudán es un país en medio del desierto que, tras lograr la independencia de Gran Bretaña en 1955, descubre en el estado de Darfur una poderosa fuente de minerales, la existencia de diversos puntos de los que es posible la extracción de petróleo y una de las bolsas de agua subterráneas más importantes de África. Si bien el poder en Sudán está desde su independencia en manos de árabes, la mayoría de habitantes de la región de Darfur son centroafricanos autóctonos; poblados con tradiciones ancestrales que poco o nada tienen que ver con los musulmanes, con los que han convivido pacíficamente muchos años hasta que los intereses económicos han salido a la luz.

Desde hace unos años, la población autóctona esta siendo sistemáticamente asesinada y desplazada por el gobierno sudanés como parte de la solución a eliminar la distensión política que ellos mismos han creado enfrentando a la población, acabar así los desafíos al poder y las reivindicaciones autonomistas de la región, abrirse el camino a la explotación de recursos sin oposición y convertir a una minoría en una mayoría impuesta. Es decir, disponer de un territorio matando a todos los que se interpongan en el camino, un genocidio con mayúsculas sin ninguna clase de dudas. Daoud Hari explica cómo el gobierno sudanés, una vez logrado que un número importante de aldeados haya tenido que abandonar sus tierras huyendo de la masacre sin más salida que refugiarse en el  vecino Chad, provoca el enfrentamiento entre diversos grupos tribales para después hacer que los árabes tradicionales también luchen unos contra otros, financiando tanto a rebeldes como a supuestos leales en un intento de acabar con la población y dominar unas tierras ricas en recursos, sobre todo en lo que a petróleo se refiere.

Daoud Hari procede de esa población autóctona; el hijo menor de una familia de pastores del desierto que trabajó para poder ofrecerle estudios en la ciudad. En 2004, cuando se desencadena la guerra en Darfur, la crisis humanitaria más grave del mundo actual, su pueblo es incendiado y destruido. Parte cruzando el desierto con las gentes de su aldea hacia los campos de refugiados de Chad, y es entonces cuando hacen presencia la prensa y los grupos de ayuda internacional (que en la actualidad han tenido que abandonar el territorio, todavía en guerra, pues permanecer allí supone un grave peligro para sus vidas) y se ofrece como traductor. Su objetivo no es otro que volver a internarse en Sudán acompañado de los periodistas británicos a fin de que todo el mundo conozca la masacre, pues tal como él dice, “El único modo de que el mundo pueda decir no a los futuros genocidios es asegurarse de que las gentes de Darfur vuelvan a sus hogares y reciban protección. Si el mundo permite que el pueblo de Darfur sea desplazado para siempre de su tierra y de su modo de vida, el genocidio volverá a repetirse en alguna otra parte, pues se demostrará que así puede lograrse el objetivo”.

Pero “El traductor” no es sólo una denuncia de estos sucesos, es a la vez que un relato profundamente conmovedor sobre los sentimientos que en el autor produce el dolor de una guerra en un continente al parecer olvidado, una guerra civil sin causa aparente, con unos refugiados que han perdido todo y son poco más que muertos vivientes, de porqué Darfur es una de las zonas del planeta en la que los índices de hambre y déficit sanitario son más elevados a pesar de su potencial riqueza… También es la narración cálida de sus recuerdos de infancia, un relato conmovedor que nos sumerge en sus costumbres (sorprendentes y absolutamente desconocidas aquí), en los valores y en el modo de vida de las gentes del desierto central africano. Unas historias que desprenden humanidad, relatadas con extremada sencillez a modo de carta contada a un amigo, y una prueba real de cómo un solo hombre, cuyas únicas armas son su valor y sus palabras, algunas veces puede hacer mucho para cambiar esas tremendas injusticias que, nos guste o no verlas, les demos o no la espalda, ocurren todavía hoy en el mundo.

La estrella ausente (Gianni Amelio, 2006)

La última propuesta del director italiano Gianni Amelio, que compitió por el León de Oro en 2006 en el Festival de Cine de Venecia, es una nueva muestra de la versatilidad de este cineasta para retratar temas tan diversos como la emigración del sur al norte en Italia (Niños robados, 1992), la Italia de la posguerra desde el más absoluto neorrealismo (L´América, 1994) o las relaciones humanas con conmovedora sencillez pero que a la vez lleven implícita la reflexión no exenta de sacudida emocional (Las llaves de casa, 2004).

La stella che non c´è” narra, a modo de cuaderno de viajes, la historia de la división de culturas y puntos de vista entre Oriente y Occidente a través de su personaje, Vincenzo, un ingeniero italiano que se ve involucrado en un viaje que le cambia la vida. Lo mejor de esta película es, sin duda alguna, la utilización de los paisajes que retrata, de la vida de sus gentes y de esos matices culturales tan desconocidos para nosotros. El retrato de la China urbana comienza en Shanghai, ciudad a la que llega Vincenzo en busca de una pieza para una máquina, que sirve como excusa al director para sumergirnos en un recorrido por la China industrial profunda y menos amable: las ciudades toscas, la pobreza, los polígonos industriales, los paisajes urbanos y los desniveles sociales, así como los modos de vida absolutamente distintos al de urbes más pobladas y mucho más industrializadas, véase Pekín o Shanghai; esas ciudades que emergieron con la Revolución Cultural, que todavía no han sufrido los procesos de transformación e industrialización de la costa este de China ni figuran aún entre los planes de su Gobierno, pero conforman el tejido de la industria base de todo el país. El retrato le sirve a Gianni Amelio para mostrar también sus costumbres, sus relaciones sociales y sus presupuestos, tanto éticos como morales, tratados todos ellos siempre desde un exquisito respeto a la cultura y modos de pensar de sus gentes. Una precisa y luminosa fotografía acompaña el exótico y fascinante viaje de los protagonistas, como si de un compañero de tour más se tratara, haciendo que nos deleitemos como turistas de su paisaje y de sus gentes.

La película, sin embargo, decae en cuanto a guión se refiere. Comienza en alguna ciudad italiana, en una siderurgia casi desmantelada a la que acude un grupo de empresarios chinos para comprar sus piezas. Vincenzo es consciente de que no todas están en buen estado, incluso algunas podrían causar más de un accidente. Tratando de advertir a los compradores, conoce a una joven traductora china, única persona a través de la cual puede comunicarse con éstos. Al no lograr su objetivo, decide viajar a China en busca de la pieza defectuosa. Pero cuando llega a Shanghai, la pieza ya ha sido vendida a otra fábrica. A partir de aquí se desencadena el viaje de Vincenzo en busca de la fábrica que utiliza la pieza por toda la China industrial. Pero el guión tiene numerosos agujeros y demasiadas casualidades resueltas superficialmente. ¿Cuáles son en realidad las motivaciones del protagonista para abandonarlo todo y recorrer un país extraño sin billete de vuelta? ¿Cómo y quién financia su costoso viaje? o simplemente ¿De dónde sale la ropa que lleva puesta, dado que sólo le vemos una pequeña bolsa para todo su recorrido?… Otro error garrafal en el guión es el casual encuentro con la traductora, meses después de coincidir en Italia, que le acompañará durante la película: Vincenzo llega a Shanghai (18.450.000 habitantes y una densidad de población de 6.340 habitantes por km cuadrado) y tropieza, por el más absoluto de los azares, sin buscarla siquiera, con la muchacha en una biblioteca a la que acude en busca de información sobre industrias siderúrgicas en China (además, ¿existirá información en italiano en las citadas bibliotecas?…).

Con todo, las interpretaciones resultan bastante buenas, no ya sólo la del multifacético Sergio Castellito, también sorprende y conmueve la jóven actriz china Ling Tai, que logra momentos realmente intensos en la película. Un film para ver, viajar y disfrutar sin demasiadas exigencias en cuanto a la historia se refiere, pero que consigue atrapar al espectador abriendo su mente al conocimiento de otras culturas, hecho que al fin y al cabo resulta meritorio y acrecienta el interés de esta película.

Blackwater: Yonquis de adrenalina, putas de la guerra.

Jeremy Scahill , autor de este libro, es periodista de investigación y habitualmente colabora en la revista The Nation. Entre sus méritos está el haber ejercido una dilatada labor como reportero en Irak, Yugoslavia y Nigeria. “Blackwater, el auge del ejército mercenario más poderoso del mundo” es su primera publicación en el mundo editorial. Narrada con estilo periodístico directo y sencillo, saca a la luz uno de los asuntos más oscuros de este principio de siglo: el cómo y el porqué del gasto millonario a cargo del erario público en la construcción de un ejército privado paralelo al militar en los Estados Unidos, cuyo control resulta tan complicado como amenazante, ya que sus propias características lo convierten en extremadamente escurridizo.

Hoy, la Guerra de Irak cuesta al gobierno norteamericano 1.300 dólares por segundo (¡hagan cálculos!). Todo un descalabro económico que tiene bastante que ver con el reciente desplome de la Bolsa, la devaluación del dólar frente al euro, y en que tanto EEUU como Europa se vean sumidas en la actual coyuntura de crisis económica generalizada. La guerra, en Irak, se les ha ido de las manos. La invasión y sustitución de Sadam que pensaban resolver en unos meses con su poderoso ejército dura ya cinco años. Y se han visto obligados a desplegar tal cantidad de recursos humanos que el ejército por sí sólo no puede protegerlos; amén de la sombra de un nuevo Vietnam, tan políticamente costosa . Una solución a la indisponibilidad de recursos oficiales es contratar empresas privadas capaces de desplegar mercenarios en los puntos más conflictivos. Blackwater no es la única pero sí la mayor, puesto que se trata del ejército mercenario más poderoso del mundo. Según Scahill, posee tanques, cazas de combate y unos efectivos de más de 25.000 hombres que se han convertido en algo así como una guardia pretoriana que no respeta ninguna ley y sólo obedece fielmente a quien le paga: la Administración Bush. Porque esta maquinaria, al no ser parte integrante del aparato del Estado y tratarse de civiles con un contrato administrativo, está totalmente exenta del control parlamentario y es igual ante las leyes a cualquier otra empresa, como McDonald´s o la Coca-Cola.

La cifra oficial de mercenarios desplegados en Irak asciende a 30.000. Casi todos tienen historial en las fuerzas especiales, aunque cada vez ingresan más “yonkis de adrenalina” (como los llama Scahill) procedentes de otros países. En Irak, Blackwater cuenta con un número importante de mercenarios chilenos (por citar el ejemplo de un país) muchos de ellos formados durante el régimen de Pinochet: “Registramos hasta los confines de la Tierra en busca de profesionales”, declaró en una ocasión su presidente, Gary Jackson. También, si algún aliado tiene problemas con mandar a miembros de su ejército bajo el mando de los EEUU, puede prestar su adhesión reclutando voluntarios a las órdenes de estas fuerzas privadas en misiones de apoyo y seguridad, que son en realidad las que oficialmente tienen encomendadas. Pero sus motivaciones no son ni patrióticas ni ideológicas. Más bien sus hombres podrían calificarse como auténticas “putas de la guerra” a razón de 1.500 dólares diarios por estar en Irak (unos 1.000 euros); cantidad irrisoria comparada con los 5.000 dólares diarios que factura Blackwater al Gobierno Bush por cada uno de ellos. 30.000 paramilitares rapados al uno cepillo, enfundados en sus uniformes negros y chalecos antibalas, brazos como jamones, gafas pegadas a la piel del cráneo, iPod con Slayer sonando en una oreja, en la otra el intercomunicador, y un M4 que dispara 900 balas por minuto: “Hablan poco, tienen el gatillo fácil y han protagonizado ya miles de incidentes, muchos de ellos con bajas civiles“. El último, el pasado 15 de noviembre, cuando un grupo abrió fuego en un mercado de Bagdad tras una revuelta y mató a 17 personas, todos civiles que huían mientras los mercenarios continuaban disparando por la espalda.

El mundo se enteró por primera vez de la existencia de compañías militares privadas tras una emboscada de la que fueron víctimas cuatro soldados de Blackwater en Faluya, el 31 de marzo de 2004. Este asesinato supuso el punto de inflexión entre la invasión y el inicio de la resistencia iraquí. Las noticias no se referían a las víctimas como soldados sino como “personal civil contratado” o “trabajadores de reconstrucción“, como si se tratase de ingenieros, obreros o proveedores de ayuda humanitaria. Casi nunca se usó la expresión “mercenarios” para describirlos, como tampoco se hace en la actualidad. Sin embargo, una de las consecuencias de la emboscada fue que Blackwater alcanzara una posición de privilegio para influir en la supervisión (o ausencia de ésta!) de otras empresas privadas con encargos similares en la zona.

Blackwater sólo tiene 11 años de vida, pero su ascenso y enriquecimiento es toda una epopeya en la historia del complejo militar-industrial. La viva imagen de los cambios en la revolución de los asuntos militares que apuntaba Donald Rumsfeld, Secretario de Defensa, un día antes de los atentados contra las Torres Gemelas, cuando presentaba en el Pentágono un proyecto para pacificar Oriente Medio que incluía un nuevo Pearl Harbour como acelerador de sus planes, ahora expandido desde la administración Bush bajo la capa de guerra contra el terrorismo. Shadill afirma que “El auge de esta fuerza mercenaria podría presagiar la fase final de la caída de la democracia estadounidense“. Su creación se remonta a 1996, cuando sus visionarios construyeron el primer campamento privado de instrucción militar con el fin de “Satisfacer la demanda prevista de externalización desde el Estado de la formación en el manejo de armas de fuego y en el campo de la seguridad“, continua con los contratos del 11-S y pasa por la sangre en las calles de Faluya, en las que los cadáveres de sus mercenarios fueron colgados de un puente a la vista de todos. Como represalia, el ejército aplastó la ciudad al grito de “Pacifiquemos Faluya“. Pero también hay, entre otras hazañas, una expedición al mar Caspio donde se envió a Blackwater a establecer una base junto a la frontera iraní, una incursión en las calles de Nueva Orleans cuando fue arrasada por el huracán, y “muchas horas en los salones de Washington D.C., donde sus ejecutivos son recibidos con los brazos abiertos y saludados como los nuevos héroes de la guerra contra el terrorismo“. Una compañía que dirige un sólo hombre, Erik Prince, miembro de una archimillonaria familia cristiana y derechista radical de Michigan. La familia Prince lleva décadas gastando auténticas fortunas para facilitar la llegada al poder a los republicanos, y la recompensa ha tenido como resultado el meteórico ascenso de su empresa más beneficiosa en la actualidad: Blackwater. Entre sus dispendios caritativos resaltan el aporte de generosas sumas a la guerra de la derecha religiosa contra el laicismo, contra los derechos de los homosexuales, contra las regulaciones de las emisiones de CO2, el aborto o el respeto a las minorías.

La extensa narración de todos los detalles de esta paulatina y alarmante transformación de las fuerzas militares de combate en una empresa lucrativa se encuentran en este libro. De su lectura conocemos un poco más del mundo en el que vivimos, de sus clases dirigentes tan discrecionales a la hora de señalar con el dedo quiénes son los terroristas, y de quién se está forrando en Irak a base de destrucción, sangre y dolor humano. Un libro duro, muy duro, pero tan recomendable como necesario.