Lake Tahoe, de Fernando Eimbcke

Vuelta de vacaciones, vuelta a la rutina. Han sido días de desconexión casi total, sin horarios, sin ataduras, hasta llegar a no saber ni en qué día de la semana se vive. Ha habido tiempo para la lectura, para descansar, para ir al cine o para buscar esa película en internet que nadie se ha decidido a traer a nuestras salas -alguna ni a la venta en DVD- y tener tiempo para verla cuando apetece. Del cine, como cada mes de agosto, poco a destacar, excepción hecha de la que motivó la interrupción de mi descanso bloguero para recomendarla; me refiero a la argentina El hombre de al lado, formidable film que me he dado el placer de ver dos veces y que aprovecho para volver a recomendar.

Vía internet ha habido varios descubrimientos interesantes, uno de ellos Lake Tahoe, segundo largometraje de Fernando Eimbcke, de esas películas con las que una tropieza de modo accidental, curioseando rarezas por internet, anotadas cierto día en un pequeño bloc para llegada la ocasión rescatarlas de los pliegues de la memoria. Lake Tahoe se presentó en la Berlinae hace un par de años y también en el Festival de San Sebastián, fuera de la sección oficial. Pero su difusión ha sido prácticamente nula a excepción de  determinados festivales, a falta de saber la repercusión mediática que haya podido tener en su propio país, México.

La película parte de unas premisas francamente sencillas. Comienza con el sonido de un accidente de tráfico. Es Juan, un adolescente de dieciséis años cuyo viejo coche acaba de estrellarse contra un poste en medio de la nada. Juan recorre el paisaje casi vacio de algún lugar del interior de la península de Yucatán en busca de una pieza de recambio para su coche averiado, tropezando aquí y allá con una serie de personajes a los que pide ayuda, cada cual volcado en sus propias obsesiones: un anciano solitario que vive acompañado de su perro Sica, una chica de su edad que comparte el trabajo en la única tienda del pueblo entre un anticuado radio-casete y la atención a su bebé, un mecánico obsesionado por Bruce Lee o una ancianita que se dedica al proselitismo del advenimiento del Señor.

Juan va cruzando planos fijos encadenados en los que aparece por un lado de la pantalla para desaparecer por el opuesto. La cámara casi no se mueve, excepción hecha de alguna concesión ocasional al traveling. La acción se desarrolla en un solo día, de esos días que pasan como un sueño, en los que parece imposible que las cosas salgan del derecho porque la física se las ingenia para plagar de obstáculos el camino. Los diálogos son escasos, los precisos, y la banda sonora esta compuesta únicamente -excepto al final- por sonidos ambientales naturales y el continuo ladrido de los perros. Como una road movie, pero a pie, donde aparentemente nada de lo que vemos conduce a ninguna parte. Solo aparentemente, porque cuando se termina de ver la película reparamos en el sentido del comportamiento del personaje y en la reflexión hecha sobre la vida y sobre la muerte. En definitiva en que, sin darnos cuenta, esa cámara estática, esa fotografía sobria e insistente, machacándonos el árido paisaje y los pequeños detalles mostrados en cada una de las situaciones, terminan por levantar toda una epopeya de densidad dramática más que suficiente, invitándonos a otro modo de concebir el cine, pero también la comedia.

Los planos son amplios, largos y pausados, y cumplen su papel de expresión en la imagen de la misma problemática abordada en la narración. Narración cinematográfica, ni más ni menos. Las tensiones personales y generacionales están inmersas en esa tensión primitiva del protagonista, que se nos antoja minúsculo frente a la vastedad del entorno. Fernando Eimbcke nos presenta siempre el lugar antes que a los personajes porque en ningún otro marco podría desarrollarse una historia semejante. Esto le ayuda también a introducir un tipo de comicidad muy especial, en la que todo se puede ver amenazado por el surgir de un leve contratiempo, lo que provoca situaciones que rozan muchas veces el absurdo. No es un humor fácil, porque lo cómico se estrella constantemente contra la lentitud del conjunto y exige por parte del espectador una actitud de observación frente a lo que permanece a primera impresión inmóvil, tan solo roto por algunos fundidos a negro, bastante pronunciados, que parecen querer poner sobre aviso de la necesidad de una mirada más activa. Solo al final logramos comprender el hilo completo de cuanto se cuenta. Una propuesta muy arriesgada, alejada de clichés y de convencionalismos propios del cine más comercial, también de la comedia al uso, en la que merece la pena sumergirse porque el resultado es una historia muy bien construida que acaba por regalarnos una variada e ingeniosa paleta de emociones.

El hombre de al lado, de Mariano Cohn y Gastón Duprat

Leonardo es un distinguido diseñador que vive con su mujer y su hija adolescente en la Casa Curutchet de Buenos Aires, el único edificio diseñado por Le Corbusier en toda América Latina. Una buena mañana se despierta por los ruidos de la obra de su vecino Víctor, que pretende abrir una indiscreta ventana para capturar algunos rayos de Sol con los que iluminar la oscuridad de su dormitorio. El suceso, aparentemente anecdótico, se convierte con el paso de los días en un auténtico duelo donde mentiras, medias verdades, estrategias dialécticas y veladas amenazas escenifican un corrosivo retrato interclasista.

Todo un estudio antropológico de la naturaleza humana, tejido con un guión sólido y sin fisuras, que pone de relieve la condición de distintos arquetipos humanos fácilmente reconocibles a la vuelta de cada esquina. De un lado Leonardo, prestigioso arquitecto con su vida aparentemente resuelta bajo el falso convencionalismo de felicidad conyugal y complicidad paterno-filial. Frio y aséptico lujo que no oculta sino toneladas de cursilería y un refinado desprecio frente a quienes considera inferiores. Del otro, Víctor, personaje hosco, imprevisible, provocador. Un vulgar vendedor de coches de segunda mano de aspecto grosero, lenguaje rústico,  escasa cultura y chabacana gestualidad, dispuesto a no dar su brazo a torcer frente a lo que cree su legítimo derecho.

Cada cual en su lado de la pantalla, cada uno en un plano de la vida, dos caras en definitiva de una misma pared, una clara y soleada, otra gris e incierta, uno queriendo un poco de la luz del otro, el otro negándose a prestarla. Y en el fondo la sempiterna lucha de clases, el miedo a aceptar cuanto nos es diferente, lo que alguna gente está dispuesta a hacer para quitarse los problemas de en medio y el contraste entre la apariencia y el fondo de todos los seres humanos. Otra buena película de las que en los últimos años está dando el cine argentino, llena de simbolismos, brillante en la descripción de personajes y situaciones, con un guión plagado de diálogos inteligentes y todo recorrido por un negrísimo sentido del humor, elementos que se conjugan cual coreografía para componer esta acertada tragicomedia de la vida moderna.

Brevemente, pero merecía la pena abrir un paréntesis durante las vacaciones para recomendar este estreno, tardío en España, puesto que el film fue rodado en 2009, premiado en Argentina y Sundance, y nominado a los Goya en 2010 como mejor película hispanoamericana. Pero como lo de entender los criterios con los que se seleccionan los títulos a estrenar es harina de otro costal, en cualquier caso, más vale tarde que nunca, dijo el desesperado. Ha sido como encontrar un oasis en medio del desierto de interés en que se convierte año tras año la cartelera del verano. Imprescindible hasta por los créditos finales.

Los colores de la montaña, de Carlos Cesar Arbeláez

Si leemos la sinopsis en cualquier medio de información, la película es la historia de tres chavales a la captura de un balón de futbol que les ha caído en un campo minado. Si Los colores de la montaña, ópera prima del colombiano Carlos Cesar Arbeláez, fuese solamente esto, estaríamos ante un inolvidable drama filmado en Antioquia, en la parte andina de Colombia. Pero más allá del conflicto infantil que presenta, la historia tiene como telón de fondo la violencia inherente a una Colombia compleja. Los enfrentamientos cotidianos y los deseos de niños y adultos, demasiadas veces frustrados, envueltos en un macrocosmos sin salida, donde el horror sobrevuela día a día la fragilidad de los protagonistas. La maestra, con no más de una veintena de alumnos de cinco grados  distintos en la misma clase, cada día tacha alguno de la lista porque sus familias han huido o simplemente han muerto asesinadas. Las violentísimas relaciones dentro de esas familias, donde las mujeres guardan siempre silencio porque su condición social no es más importante que la de la vaca que les da sustento. El drama de los desplazados por una guerra enquistada donde la dura realidad impone a todos sus particulares reglas de terror y los campesinos son acosados permanentemente y demasiadas veces asesinados por militares, paramilitares o guerrilleros de las FARC.

Para bien o para mal, el Cine ha caído muchas veces en la tentación de contar la guerra desde la mirada de la inocencia infantil. Pero también es cierto que las formas de abordar la violencia y de humanizar la guerra son muy variadas, y solo algunos cineastas logran implementar una sensibilidad especial sin caer en el maniqueísmo y la manipulación del espectador. En Los colores de la montaña los auténticos protagonistas son los niños, y la guerra es solo el telón de fondo donde sobreviven con sus ilusiones que probablemente jamás lleguen a alcanzar. Uno de los  momentos de mayor tensión del film es cuando los tres muchachos, Manuel, Julián y Poca Luz, tratan de recuperar el preciado balón suspendidos de una cuerda que pende de un árbol. En ese momento el público gira la cara o cierra los ojos, no quiere ver que alguno caiga al suelo y pise accidentalmente una mina.  Carlos Cesar Arbeláez se hace con el espectador construyendo con sensibilidad sus personajes, y consigue una película emotiva porque deja la violencia más agria fuera del cuadro, a través del sonido del helicóptero policial, de los silencios, del mural del colegio o de un simple camina, no te des la vuelta, no mires atrás de la maestra al alumno, lo que probablemente hace esa violencia, si cabe, más efectiva.  Ofrece una mirada privilegiada a una realidad a la que asistimos demasiadas veces desde la lejanía de nuestro televisor, y lo hace con ausencia de cualquier tipo de componenda moralizante o ilusoria. Una película, además, realizada con un presupuesto irrisorio y con medios muy rudimentarios, pero que tiene la virtud de no dejar indiferente a nadie a pesar de, o gracias precisamente a, la belleza y la sencillez con la que se aborda esa  durísima realidad a la que sobreviven miles de personas cuyas existencias parecen olvidadas por el resto del planeta.

Historias extraordinarias (Mariano Llinás, 2008)

Decir que Historias Extraordinarias es un conjunto de relatos que se entrecruzan a la espera del encuentro final que nunca llega a producirse sería quedarse muy corto para describirla. Llinás parte de tres historias cuyo hilo conductor son tres personajes distintos y desconocidos entre sí, a los que no pone nombre, les llama simplemente X, Z y H. Sus caminos se bifurcan para dar lugar a nuevos personajes, por momentos parece un juego de muñecas rusas, o desvia hacia otro personaje que surge de la simple observación de una escena.

Hay una voz en off que adopta formas realmente insólitas, porque no se limita a narrar cuanto ocurre, también opina e incluso adelanta de vez en cuando lo que vendrá, hasta ironiza sobre hechos que en realidad no suceden; en definitiva, es un ente independiente, lleva su propio rumbo a la hora de contar. Imagen, voz y caminos paralelos, se apoyan,  se complementan y consiguen que, al tiempo que estamos viendo una película de la sensación de que nos están contando un cuento sorprendente.

¿Qué tiene de novedoso una serie de relatos desordenados, basados en imágenes, de bajo presupuesto, narrados la mayor parte del tiempo con el apoyo de una voz en off?  Muchas veces el cine peca de excesiva rigidez a la hora de dirigir al espectador hacia un determinado objetivo, todo está demasiado planificado, demasiado encarrilado a que veamos y concluyamos aquello que se pretende, y los recursos se ponen al servicio de lograr lo perseguido de antemano. Sin embargo, viendo Historias extraordinarias se tiene la sensación de espontaneidad total, de que no se conduce al espectador ni se le pone límites, aún con la persistente narración de la voz, tal vez porque la casualidad, el puro azar, tiene la misma importancia para sus personajes que podría tener en la vida real, lo que desemboca en que las aventuras de los protagonistas cambien de rumbo de manera natural, muchas veces sobre la marcha, incluso ante el propio asombro de la voz narradora. Las historias se van ramificando hacia situaciones absolutamente sorprendentes e inesperadas, pero siempre posibles. Llinás construye este puzle con total libertad y confiere a esa voz un papel protagonista absoluto, que no molesta ni resta peso a la creación de la cámara.

Me ha dejado gratamente sorprendida, a pesar de haberme sentado a verla con algunas reservas. Cuando se habla del nuevo cine argentino he de confesar que, sin ser gran conocedora de la cinematografía de aquel país y basándome solo en aquello que mi tiempo -e internet- me han permitido ver y juzgar como mera aficionada, no he conseguido encontrar diferencias sustanciales en los lugares comunes y la estructura narrativa más habitual que recorre buen número de sus películas, con independencia de que unas me parezcan sensiblemente mejores que otras. Y solo un par de Albertina Carri se me han antojado con la suficiente distancia de lo contado mil veces, lugar al que cabría añadir a Mariano Llinás, un cineasta sin miedo a narrar y contar y contar y contar, sin caminos prefijados ni clichés -propios o extranjeros- que se utilizan ligeramente modificados o adaptados por la nueva generación.

Cuatro horas me ha tenido Historias Extraordinarias sentada en el sofá sin levantarme ni a coger un cigarrillo. La tenía hace algún tiempo y no recordaba que fuese tan larga, porque probablemente no me hubiese puesto a ella, o al menos me lo hubiese pensado más. Ahora, que termino de verla, he de confesar que de haberse alargado un poco más, todavía estaría disfrutándola embobada y tan ricamente.

“Neds”, “Biutiful”, “Poesía” y “En el camino”

Unos cuantos días sin actualizar el blog, que no son síntoma de no haber ido al cine sino de que las cuatro películas que he podido ver ninguna en realidad ha acabado de gustarme. Y esto, unido a una falta de tiempo notable en las últimas semanas, es lo que me ha mantenido al margen de comentarios y actualizaciones. Cuesta más sentarse a escribir sobre lo que no nos gusta que sobre lo que nos satisface, pero hoy he encontrado el momento de liberarme de la pereza y dar unas breves pinceladas que solo pretenden ser una opinión relajada sin entrar en excesivos detalles críticos.

Nada más enterarme de su estreno, fui a ver Neds (No educados y delincuentes).  Según declaraciones del director, Peter Mullan, la película tiene tintes autobiográficos. Neds sigue los pasos de John desde su infancia (Gregg Forrest) hasta la adolescencia (soberbia interpretación de Conor McCarron) en el Glasgow de principios de los 70, donde el joven protagonista pasa de niño premiado en un lúgubre y estricto colegio privado a pandillero y navajero adolescente, o de monaguillo a esnifador de pegamento, según el tramo que se escoja. Todo ello justificado, presuntamente, por la violencia social imperante, la desestructuración familiar, los castigos físicos a los que son sometidos los chavales y una falta de expectativas abrumadora que lleva a nuestro protagonista a perderse mientras buscaba su lugar en el mundo desesperadamente.

En los puntos a favor, la película hace gala de buenas interpretaciones (destaca Conor McCarron en el papel del John más crecidito y la caracterización del propio director en el de padre borracho y maltratador), buena composición y puesta en escena a la hora de recrear la vida interior del protagonista o los acontecimientos y personajes que le rodean, y una banda sonora de rock setentero que subraya las calles frías, la rendición interior del niño y los sombríos y turbios anocheceres en los que la violencia impera oscura y amenazante. Conjunto que tiende a poner de manifiesto -y a la vez justificar- el destino de algunos -porque la realidad es para todos la misma y la mayoría sí supieron salir adelante, cabe recordarlo- a la que se le ve demasiado una clara influencia loachiana (Peter Mullan ha trabajado en varias ocasiones como actor con el británico, la más destacada en Mi nombre es Joe) y tal vez sea ese su principal problema, ya que el resultado es una historia de perdedores, de jóvenes que por más que luchen nunca acabarán encontrando la luz al final del túnel que deja una sensación agria, porque esa supuesta predestinación a la que nos somete la sociedad imperante y el sistema se muestra siempre desde el punto de vista más pesimista. Tanto que,  cuando el chaval intenta abordar un futuro, el pasado más reciente pesa de tal manera que inevitablemente le conduce de nuevo a la violencia. Pero para ver que la violencia encuentra su máxima justificación en las carencias del sistema educativo, y que la ignorancia es el caldo de cultivo perfecto para determinada conductas callejeras, todo muy dentro del free cinema británico, mejor revisar films como “La soledad del corredor de fondo“, bastante más didáctico y con un desarrollo narrativo infinitamente más ejemplar de la situación social del momento.

Unos días después de Neds, por si me había sabido a poco, entro en el cine a ver Biutiful. Me gusta el cine realista, ese que muestra verdades que no vienen en los folletos turísticos de las ciudades. Si además al relato se le suman personajes complejos y están espectacularmente interpretados por un rotundo Javier Bardem, pues la película tenía, a priori, todos los ingredientes para dejarme pegada a la butaca. El problema del realismo cinematográfico es traspasar la muchas veces delgada línea que separa la excelencia de la vulgaridad, cayendo incluso en la manipulación. Sale una con una sensación más que desagradable por la tremenda sucesión de desgracias que van aconteciendo a cada uno de los personajes, que si bien comienzan con mal pie, todos, sin excepción, acaban al final mucho peor. Seguramente Iñárritu supera la línea, confundiendo el recreo en la evidencia y el feísmo de lo cotidiano con el realismo maniqueo so pretexto de dejar  profunda huella en el espectador. Tendencia en boga, al fin y al cabo el cine también es un medio de comunicación que ha cumplido históricamente -y cumple- su papel. Y si la prensa y los canales amarillos ganan audiencia, por qué el cine iba a estar al margen de los designios de la moda, por lo que no es de extrañar un aumento de producciones tipo Gomorra o la que nos ocupa, aunque el Cine, como arte (aunque sea séptimo) debería ser otra cosa.

No sé yo que le encuentran de artístico retratar a los olvidados del sistema observando una playa repleta de cadáveres inocentes durante varios minutos para hacernos una idea de la explotación a la que se somete a los inmigrantes, ni recrear el abuso infantil hasta extremos ofensivos, ni ver un enfermo terminal orinando sangre para intuir que juega con la muerte a plazo fijo con demasiadas cuentas todavía por saldar. En defecto de guión pesa más el circo de la miseria a la que nos somete el mexicano que el logrado retrato (aunque poco elegante) del microcosmos en el que se mueve Uxbal, tanto en el terreno de supervivencia económica como personal. El divorcio de su guionista no ha sido una decisión acertada para Iñárritu. Pensando en los tandem director/guionista, habrá que considerar la reivindicación de que una película es tanto de quien la dirige como de quien la escribe, y que incluso en determinados casos podría tener mayor peso y responsabilidad el guión. Iñárritu/Arriaga podían ser buen ejemplo. Cuando a Amenabar le falta Mateo Gil, también.

Poesía, de Lee ChangDong es una película que tenía muchas ganas de ver. Me gusta el cine coreano y no le hago ascos a los tempos lentos y al letargo contemplativo de la imagen, porque generalmente estos recursos vienen asociados por los orientales al guión, sin divorcio que suponga un recreo injustificado o innecesario para cuanto están contando. El cine oriental se caracteriza, entre otras cosas, por una utilización formal de la imagen en el lenguaje narrativo como pocos, que ha hecho escuela en más de un cineasta independiente occidental. La película, premio al mejor guión en Cannes, trata de vincular diversas capas tramáticas en torno a un personaje principal, una anciana que padece alzheimer en su fase inicial y que tiene a cargo un nieto adolescente que acaba de cometer un delito de violación. El trabajo de la protagonista, la actriz Yun Yunghee, es sencillamente magnífico interpretando a esta abuela coraje que nos sitúa en la encrucijada de tener que defender a nuestros hijos (nieto en este caso) aún a sabiendas de su culpabilidad simplemente por el amor que profesamos hacia ellos, a pesar de que vaya a suponer serias contradicciones morales con los principios propios y la ruina económica de la familia. Situaciones inesperadas para las que la vida no suele dar aviso previo.

Hay algunos destellos de grandeza en el film: el encuentro de la anciana con la madre de la chica, la conversación con el policía a la salida de sesión de terapia poética, el momento cuando observa desde fuera la reunión del resto de padres del grupo, e incluso el final, esa especie de tránsito hacia la adolescencia mientras se evoca el cadáver de la chica flotando en el pantano. Es una pena que, a pesar de estos destellos, la evidente falta de ritmo, la excesiva lentitud casi siempre injustificada, y las sesiones de lectura de poesía (que son lo menos poético de la película) hacen de Poesía un film alargado y pesado, casi soporífero, y una sale con la sensación de que todo lo contado podría haber dado para no más de un mediometraje, porque se añaden innumerables escenas y momentos para el sensacionalismo de la taquilla, cabe suponer. Últimamente he visto varias películas protagonizadas por ancianas, parece una tendencia al alza en las miras de los nuevos directores, pero puestos a escoger, ninguna ha superado la polaca Tiempo de morir, reseñada hace unos meses en este blog, y que dada la coincidencia formal con las pretensiones de la que nos ocupa, aprovecho para recomendarla de nuevo, encarecidamente, porque es una delicia como pocas de las que he podido ver en tiempos recientes.

Y la última, En el camino, de la bosnia Jasmila Zbanic, de la que esperaba bastante más y tampoco logró seducirme demasiado. La película explora la relación de una pareja joven, ambos musulmanes, de buena posición social, trabajo estable y proyectos por delante. Un buen día, él se queda sin trabajo y un antiguo compañero de instituto le ofrece dar clases en un campamento para niños. A partir de aquí todo cambia en la relación de la pareja: ella continúa con su trabajo, tratando de animarle y ayudarle a salir adelante, mientras él sufre una inexplicable transformación hacia el radicalismo islámico. Me producía curiosidad la película porque esta tendencia hacia el radicalismo de carácter religioso, que es cierta y parece haberse puesto de moda en algunas sociedades como respuesta a la dura represión que años atrás ejercieran determinados regímenes, se hace por primera vez (que yo sepa) en un film europeo desde un punto de vista interno de los propios musulmanes. Pero en realidad no me ha ofrecido ninguna de las respuestas que buscaba: por qué personas con un nivel cultural suficiente se dejan seducir por discursos tan radicales, en las antípodas del ejercicio de la libertad individual y de pensamiento, o el porqué de esta nueva tendencia -desde un punto de vista social- que va ganando terreno en estos países por mucho que nos quede lejano o giremos la vista hacia otro lado.

La película se limita a mostrar el creciente convencimiento de él en contraposición con la resistencia que ella ofrece, mezclada con el miedo a la manipulación y a las consecuencias que, como mujer, ve venir de seguir la relación con su pareja. Y nada más. Ella sufre a un hombre cada vez más desconocido al que no acaba de darle puerta (¿?), mientras él intenta convencerla de su decisión e ir limando hacia su nueva ideología los comportamientos de ella y su familia. El personaje: la madre poniendo los puntos sobre las íes, a cada uno en su sitio, lo menos insano de la película. Al margen de la trama monotemática, y de que algunos capítulos se hacen excesivamente monótonos, ya sea por desinterés o por aportar poco al argumento, las interpretaciones no pasan de normalitas, mientras en el plano formal se aprecian numerosos defectos que cabe suponer se deben a la escasez de presupuesto. Obviable si no se está interesado en el tema, y en caso contrario, tampoco ofrece demasiadas pistas de cara a extraer conclusiones relevantes.

Elsa y Fred, en memoria de Manuel Alexandre

El pasado 12 de octubre fallecía Manuel Alexandre, actor que casi nunca había interpretado papeles como protagonista principal, por lo que se ganó el apodo de “secundario de oro” del cine español. Sin embargo, resulta muy difícil echar la vista atrás y tratar de hablar de la historia del cine patrio sin una merecida referencia a su carrera, avalada por más de trescientos títulos a sus espaldas. Porque cuesta imaginar películas como “¡Bienvenido, Míster Marshall!“,”Amanece que no es poco“, “El ángel de la guarda” “Calle Mayor” “Plácido“, “Atraco a las tres” o hasta “Muerte de un ciclista” sin la huella de Manuel Alexandre, sin la aportación de su trabajo, imprimiendo una particular emoción muy bien dosificada a sus personajes, de una ternura y credibilidad sorprendentes, que hacía que siempre terminaran resultando entrañables.

Como hace tiempo que este blog no posteaba ninguna película en la sección on-line, qué mejor momento para recordar a este actor tan cercano y cálido que quedará siempre en la memoria de todos como parte indiscutible de nuestro cine. Elsa y Fred es una pequeña comedia romántica en la que Manuel Alexandre interpreta a Fred, un viudo hipocondríaco que a los 77 años acaba enamorándose perdidamente de su vecina Elsa, magníficamente interpretada por China Zorrilla, octogenaria actriz argentina, de origen uruguayo, que derrocha carisma y ganas de vivir en un papel que encaja y explota sus mejores atributos. Elsa y Fred es una coproducción hispano-argentina de 2005, con guión y dirección de Marcos Carnevale. Cuenta una historia sencilla, pequeña si acaso, pero hace pedazos el estereotipo común del abuelo, presentando dos personajes repletos de deseos y ganas de vivir en una lograda mezcla de humor, emociones y cotidianeidad, adjetivos en consonancia con cómo muchos recordaremos siempre al actor. “La dolce vita” de Fellini hace las veces de hilo conductor o Mcguffin argumental, en particular la famosa escena en la que Anita Ekberg arrastra a Mastroianni a chapotear en la Fontana di Trevi.

Unos de los pocos papeles en los que Manuel Alexandre desempeñó el rol protagónico y que le valió por primera y única vez la candidatura al Goya como mejor actor, premio que obtuvo  en 2003 de manera honorífica al conjunto de su carrera cinematográfica. Valga pues como pequeño homenaje desde este blog a una de las figuras más entrañables de nuestro cine. Elsa y Fred completa, en memoria de Manuel Alexandre. Que la disfruten.

Carancho, de Pablo Trapero

22 muertos por día, 683 por mes, más de 8.000 por año, 100.000 muertes en la última década.
En Argentina, los accidentes de tránsito son la principal causa de muerte en menores de 35 años.
Esto sostiene un millonario negocio en indemnizaciones.

Con esta leyenda comienza Carancho, película dura, incisiva, sin concesiones, dirigida, producida y montada por el propio Pablo Trapero, quien también ha participado en la elaboración del guión. Carancho es en Argentina un ave carroñera que se alimenta de animales muertos y pequeños reptiles. Los personajes hacen honor a la rapaz, pues cual buitres acechan la ocasión para hacerse con un buen botín, formando parte de un engranaje en el que están implicados abogados, compañías de seguros, cínicas privadas, bancos, e incluso la propia policía o el sistema judicial. Todos los ingredientes del cine negro apoyado en dos intérpretes notables, Ricardo Darin y Martina Gusman, que viven su historia de amor, lágrimas y sangre con el telón de fondo del negocio de la mafia, que en esta ocasión toma como escenario accidentes de tráfico reales o ficticios. Interesante trama que podría haber dado bastante más de sí, porque a pesar de que el oficio de Pablo Trapero queda suficientemente demostrado, el conjunto respira demasiados lugares comunes en casi todos sus registros. Desde la temática, que inevitablemente trae a la mente una de las obras más importantes del gran Billy Wilder, Perdición, magistral crónica negra que también exploraba la corrupción de ciertos profesionales y los fraudes de las aseguradoras, a lo que se añaden primeros planos con ciertas dosis tarantinianas o la puesta en escena de un mundo implacable con personajes siempre al filo de la navaja que me evocaban en numerosos momentos la orientación de Scorsese en Al límite, cuyo personaje principal, interpretado por Nicolas Cage, resultaba ser también, qué casualidad, un paramédico montado en una ambulancia. Es precisamente este exceso de lugares comunes los que hacen observar con cierta distancia un fenómeno sociológico que, en principio, se presenta como propio de Argentina, pero también el que Trapero contraponga de manera constante la sordidez del relato con la ternura de una historia de amor entre un turbio abogado con propósitos redentores y la pluriempleada médico en prácticas que ha de recurrir a las drogas para soportar el envite de los abarrotados pasillos de un hospital público.

Lo cierto es que no se le puede negar una demostración rotunda de malabarismo manejando los ingredientes más elementales del cine negro (violencia extrema, ambición, engaños y traiciones, intriga, muerte…), además de saber aprovechar suficientemente los recursos propios del lenguaje cinematográfico para el desarrollo de una trama de estas características (diálogos escasos, abundancia de sonido ambiental acorde a lo narrado, sirenas, choques, tiros, insultos, gritos desgarradores de dolor o los de una máquina de contar billetes), planos cercanos y largos en los momentos más intensos y un uso casi magistral de la elipsis para cuanto debe ser innecesariamente explicado. Todo ello sumado al rápido desarrollo de los acontecimientos, sin treguas para el espectador, al que sumerge, cámara al hombro en muchos momentos, en la intensidad opresiva y abrumadora que se pretende.

Pero toda esta notable utilización de recursos tropieza con un guión que promete pero en realidad avanza poco, porque todas las cartas de la trama se muestran desde el principio y se limita a reiterarlas, si acaso ampliarlas, a lo largo de 107 minutos. También podría haber dado más de sí la propia historia de amor entre los dos personajes principales que, escasamente labrada, resulta a partes iguales artificial y demasiado dependiente del envoltorio, perdiéndose entre trepidantes guardias hospitalarias y la visceralidad de las escenas, dando como resultado una película irregular, que destaca en el manejo de los elementos y en el trabajo actoral, pero con evidentes carencias de guión, a la vez que abusiva en demasiados momentos de los tópicos tantas veces vistos en el género. En la balanza gana esa sensación de dejavú que recorre la película, buena muestra de ello es la increíble escena final, de estética cuidadísima y rodada a modo de plano secuencia, pero que desemboca en un suceso que no desvelaré aquí, tan innecesario para la trama como evocador de otro final made in Hollywood que protagonizaba, hace ya unos cuantos años, un madurito Jack Nicholson y…. (no daré más pistas) en uno de sus trabajos dramáticos más destacados.