No mercy, de Kim Hyeong-joon-I (2010)

Pocas veces me animo ya con un thriller policial, es un género del que francamente he llegado a cansarme, seguramente por el exceso de lugares comunes, siempre buscando que nos pongamos en la piel del protagonista a fuerza -demasiadas veces- de estirar innecesariamente la trama o la carga dramática, que demasiadas veces también apuesta por ideas vagas o situaciones un tanto recurrentes que tienen como consecuencia que casi todo nos parezca previsible y  tenga poco que aportarnos porque todo, absolutamente todo parece estar inventado. Con el paso de los años hay una ingente cantidad de películas de este tipo que podríamos incluir en un mismo paquete: bueno inagotable físicamente y diligente como pocos, al que se le añade una guapísima chica en alguno de los bandos y multitud de giros manidos con conclusiones que ya nos sabemos casi de memoria. Algunas rezuman incluso cierto aire de moraleja final que deja regusto a intento manipulador o demagógico.

Pues bien, No mercy, que no se puede ver en el cine porque ninguna distribuidora española la ha comprado de momento, a pesar de que en Corea del Sur rivalizó en recaudación de taquilla con Avatar en su estreno y haya sido reconocida por la crítica como uno de los mejores y más sorprendentes thrillers del año (la cosa huele a remake), consigue mantener el interés hasta -sonará pedante, lo sé- para los que estamos un poco de vuelta de series y películas criminalísticas. Con sus fallos e incontables lugares comunes en el género, tiene un buen final que casi nadie -siempre hay algún cerebrin- puede imaginar pasadas las casi dos primeras horas de película. La historia recuerda a esas novelas de suspense en las que el protagonista se debate en la encrucijada entre la integridad profesional y el interés personal, otra vez la línea que separa la justicia retributiva y la venganza -tratada en este caso con punto de ironía-, pero hay que reconocerle el mérito de saber mantener la atención hasta el último momento gracias a sus permanentes giros en el guión que la convierten en una especie de montaña rusa emocionante que invita a no perderse detalle, a lo que se suma que algunos momentos clave para la resolución del caso pasen casi desapercibidos en  principio, jugando en este sentido muy bien con el factor sorpresa, y la casi impecable realización en los aspectos técnicos.

Un poco gore para mi gusto en cuanto a autopsias, se podían también haber pulido algunos detalles para darle más veracidad a lo contado, algún que otro lugar común a sus compañeras y los fallos habituales de cualquier ópera prima, pero me ha tenido pegada al sofá durante más de dos horas que se han pasado volando. El final deja buen sabor de boca, no decepciona, a pesar de ser extremadamente dramático -característico del cine coreano- es la parte más inquietante de la película, que  después de idas y venidas alucinantes comienza justo cuando la historia llega a su fin. Por eso, No mercy, junto a contados thrillers policiales, queda salvada de la quema por mi parte. Y Kim Hyeong-joon-I apuntado en el tablón para que no se me olvide seguirle la pista. Gracias, Jorge, por tu -insistente- recomendación.

Los cuatro ríos (Fred Vargas y Edmond Baudoin)

La lectura de esta novela gráfica, recientemente editada por Astiberri, ha sido todo un hallazgo. Hacía tiempo que no comentaba en el blog nada sobre el género, aunque algo ha caído en mis manos, pero «Los cuatro ríos» destaca (y mucho) de lo que se viene editando en este tipo de formato, por lo que no está de más hacer un alto en la rutina de la cinefilia para recomendar el trabajo que, además de buena calidad literaria, ofrece un interesante relato capaz de enganchar al lector desde la primera página. La artífice del guión es la escritora francesa Fred Vargas a quien, tras dos décadas publicando novela negra, le llegó el éxito en 1991 cuando dio vida al inspector de policía Adamsberg en el libro «El hombre de los círculos azules«. Desde entonces, Adamsberg se ha convertido en gancho inevitable para el público francés que sigue sus novelas (5 millones de ejemplares, ahí es nada). En España, menos popular, sus trabajos se publican con regularidad por la editorial Siruela. El inspector Adamsberg y otro de sus enrevesados casos son también el hilo conductor de “Los cuatro ríos”, que no es una adaptación de un texto pre-existente, sino que se trata de un guión original especialmente creado por la escritora para esta edición ilustrada. Un trabajo conjunto con el artista francés Edmond Baudoin (El viaje, 2005; Piero, 2007), autor de las imágenes, en algo así como una especie de encuentro entre la novela negra y el cómic con un resultado altamente satisfactorio.

La novela gráfica es un tipo de literatura considerada tácitamente como género menor, producto para público joven o personas a las que se les hace pesado involucrarse en la lectura de un libro, por aquello de que las imágenes puedan sustituir gran parte del contenido narrativo y, con ello, convertirse en una lectura chica, al tratarse de un producto aparentemente más fácill y accesible. Una visión lamentablemente errónea de un género injustamente subestimado, entre otras razones, porque los cómics o la literatura gráfica son, también, literatura sin dejar de ser arte; a pesar de que la cultura emocional de las nuevas generaciones no dependa de ellos en la misma medida que dependió la mía, y a pesar de que determinadas editoriales se empeñen  (como ocurre en el mundo del cine) en promocionar novelas gráficas que abusan de modo recurrente de temas similares, algunas veces , incluso, de los mismos autores, aunque esto sería objeto de tema aparte.  Pues bien, aparentemente todo esto no tiene nada que ver con Fred Vargas ni con “Los cuatro ríos”. Sólo aparentemente porque, para empezar, el libro carece por completo de texto narrativo en sentido estricto. Todo el desarrollo se sustenta única y exclusivamente en la interactuación de los personajes mediante el diálogo, con el que la escritora va adentrándonos  en la trama y desnudando a sus personajes con fluidez y naturalidad que se agradece: lenguaje dinámico, por momentos coloquial, lleno de «gags», sin demasiadas florituras estilísticas, pero  también cargado de sensibilidad, imaginación y, de vez en cuando, alguna que otra dosis de ironía. El resultado es un trabajo de buena calidad, muy ameno, que hace que las algo más de 200 páginas de esta historia de robos, intrigas policíacas, relaciones familiares un tanto peculiares, oscuros asesinos psicópatas, investigaciones y sospechas logren enganchar al lector desde el principio hasta el final sin mermar en ningún momento su calidad literaria.
Además, la energía del relato y la sencillez en el lenguaje no impiden a Vargas profundizar en los personajes, cuyos caracteres dibuja con sensibilidad a través de esos diálogos hasta hacernos simpatizar con su extravagante y humana singularidad: el padre empeñado en replicar la escultura de Bernini en el vertedero de los suburbios parisinos donde vive, el joven Grégoire integrado en la delincuencia menor que se va a ver envuelto sin quererlo en un homicidio, el pintoresco aprendiz de actor recitando textos clásicos en busca de su gran oportunidad o el chico formal que tiene un empleo con el que logra a duras penas mantener al resto de su familia. El trabajo se complementa muy bien con el trazo grueso y desdibujado de Edmond Baudoin quien, con sus ilustraciones diríanse minuciosamente inacabadas, como si se tratase de primitivos bocetos, perfila los personajes e imprime al texto el realismo natural del paisaje de la «banlieue» parisina, colaborando en el disfrute de la obra sin entorpecer en ningún momento la eficacia de lo narrado. Un buen ejemplo de convergencia entre novela y cómic, lugar común donde cada artista aporta la riqueza que posee con su medio de expresión y cuyo resultado es un trabajo intrigante, enérgico, ingenioso, divertido, bien construido  y  totalmente recomendable. A ver quién, después de su lectura, se atreve a afirmar que esto no es Literatura…

Transsiberian (Brad Anderson, 2008)

Resulta complicado hablar de la nueva propuesta de Brad Anderson sin desvelar su argumento, porque en él y en el trabajo de los actores residen los puntos fuertes de Transsiberian; una película que nuevamente se mueve en el género del suspense, aunque propuesta como thriller, tocando también la intriga policial, el drama y algunos atisbos del género de terror. Sin duda alguna, la historia es lo mejor de la película. Un argumento en principio nada complejo pero que a lo largo de los minutos el director sabe manejar con buen pulso para sorprendernos en numerosas ocasiones, a pesar de que el broche sea un final un tanto predecible.

Transsiberian trata de la historia de Jessie (Emily Mortimer -Scream 3, Match Point- en una estupenda acuación) y Roy (Woody Harrelson), una joven pareja norteamericana que, después de pasar un tiempo en Pekín como colaboradores de una organización humanitaria, deciden viajar en el mítico Transiberiano, ferrocarril que une Moscú y la capital China por la extensa estepa rusa y Mongolia. En el tren viajan gentes de diversas nacionalidades de lo más variopintas, amén de la agria y algo tétrica tripulación. Los protagonistas entablan amistad con Carlos (un correcto Eduardo Noriega) y Abby (la americana Kate Mara, de Shooter), otra pareja con la que comparten vagón y con la que vivirán más de una situación de tensión al cruzarse sus caminos con el inspector ruso de policía Ian, fantástico trabajo a cargo de Ben Kingsley, que es sin duda la mejor interpretación en la película.
Como ya nos tiene acostumbrados Anderson en sus anteriores trabajos (El Maquinista, Sessión 9), su capacidad para sorprender al espectador y de enmarañar las situaciones a partir de un guión en principio bastante simple, resulta ser el punto fuerte del film que, a pesar de sus casi dos horas de duración, se desenvuelve con agilidad y sin cansar en ningún momento gracias al cóctel de misterio, asesinatos, tráfico de drogas, traiciones, terror y deseos que con sorprendente habilidad ofrece Anderson en casi todos sus films, en los que sabe transmitir muy bien al espectador esas sensaciones de angustia y misterio cuyo objeto es mantener la intriga y la tensión a lo largo de la película. El resultado es una cinta más que correcta al igual que lo fueron sus anteriores trabajos; trayectoria que va convirtiendo a Anderson en un director muy a tener en cuenta en el panorama cinéfilo actual, y a Transsiberian (sin ser una obra maestra), en una buena película, quizás de lo mejor que se estrenará este no demasiado prolífico año para el cine.
Transsiberian es una coproducción española e inglesa. A pesar de ello, se ha estrenado primero en Estados Unidos, el pasado mes de julio. En España estaba prevista para abril, pero se ha ido postergando como tantas otras y las últimas noticias apuntan a un inminente estreno en octubre, aunque no hay confirmada fecha oficial. Esperemos que así sea, porque a estas alturas ya circulan copias por la red en inglés… Como casi siempre, aquí seguimos en la cola; en este caso, a pesar de tratarse de una película propia. Hace años se oía en boca de muchos eso de «Spain is diferent», ahora ya casi olvidado, aunque todo hace pensar que será por tópico, porque cosas como esta no hacen sino traérmelo a la cabeza. Esperemos pues poder disfrutar pronto la película como merece.