Mary and Max, de Adam Elliot (2009)

Adam Elliot, director australiano de animación premiado en diversos festivales por su corto Harvie Krumpet , regresa con sus figuras de arcilla esta vez con un largometraje, su primera película. Mérito no le falta pues son muy pocas las productoras que se animan en la actualidad con el laborioso stop-motion,  corren tiempos donde los trabajos de animación sucumben a novedosos placeres informáticos y los colocan en clara extinción, así que no se puede sino aplaudir  y reconocer el trabajo personalísimo que implica y las grandes dosis de  cariño y horas de trabajo necesarias para crear y dar vida a cada una de estas figurillas y escenarios. Personalísimo porque la verdadera estrella de todo esto es Adam Elliot, su maravillosa imaginación y su casi infinita paciencia: los personajes se hicieron uno a uno, los interiores y paisajes de Australia y Nueva York son maquetas de escenarios reales y la película cuenta con alrededor de 132.480 meticulosos fotogramas montados secuencialmente.

Mary and Max nos cuenta la historia de una niña de 8 años que vive en Australia. Para escapar de su soledad inicia una amistad por correspondencia con un desconocido de Nueva York que padece síndrome de Asperger. Entre ambos surge gradualmente una fuerte y sincera amistad que se consolida a lo largo de los años. Al hilo de esta relación vemos cómo ambos van evolucionando y hacen frente de manera muy distinta cada uno a su propia realidad. Hay que decir que, al igual que sus anteriores trabajos, es una animación orientada para adultos. El rechazo social, el suicidio, la depresión, el alcoholismo, la agorafobia, distintas patologías psicóticas, la orientación sexual o las creencias religiosas son algunos de los temas que aborda la película.

De particular interés es la estética,  utilizada aquí por Elliot como elemento narrativo de primer orden. Es un trabajo casi monocromático, en el que como contraposición al mundo de la niña, al que dota siempre de una paleta de tonos marrones, encontramos los grises de la ciudad donde vive el adulto y el color rojo, que aparece circunstancialmente para poner de relieve los elementos más importantes y simbólicos. Todo utilizado siempre sin abuso de estridencias  y manteniendo una estética lo más minimalista posible, acompañando y enfatizando a los personajes de modo absolutamente eficaz. En cambio la música es utilizada con mayor moderación y sirve más como cambio de ubicación entre las distintas escenas que para representar un estado de ánimo  o enfatizar el guión. La narración se desarrolla por acumulación de distintos matices y rarezas de cada uno de los personajes más que por la propia acción. Prestan su voz destacados actores como Philip S. Hoffman, Toni Collette o Eric Bana, hecho que rompe la tónica de los trabajos anteriores de Elliot en los que no existía el diálogo y la voz en off del narrador era el vehículo de conexión entre la imagen y el espectador. Hoffman me gustó especialmente, en mi opinión el más convincente con su peculiar voz interpretando a ese hombre deprimido y sin esperanza, y aunque sólo podemos escucharlo, su aportación al papel es innegable.

La película se presentó en Sundance con muy buena acogida. Desconozco si algún día será posible verla en España o habrá edición en DVD en nuestro idioma, pero merece la pena conseguirla (se ponga como se ponga nuestra señora Ministra) porque es una de esas joyas imperdibles de esta técnica en extinción de modo lamentable. Es un placer visual que recomiendo no perderse, porque además de ser encantadora, irónica y conmovedora casi a partes iguales, cada uno de los personajes, con sus imperfecciones y casi siempre al borde de la autodestrucción, están tratados con esa inspiración y cariño especiales que se palpa en todas las escenas, y seguramente sea esto y no sus particularidades lo que hace que la película resulte realmente conmovedora.

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