Los colores de la montaña, de Carlos Cesar Arbeláez

Si leemos la sinopsis en cualquier medio de información, la película es la historia de tres chavales a la captura de un balón de futbol que les ha caído en un campo minado. Si Los colores de la montaña, ópera prima del colombiano Carlos Cesar Arbeláez, fuese solamente esto, estaríamos ante un inolvidable drama filmado en Antioquia, en la parte andina de Colombia. Pero más allá del conflicto infantil que presenta, la historia tiene como telón de fondo la violencia inherente a una Colombia compleja. Los enfrentamientos cotidianos y los deseos de niños y adultos, demasiadas veces frustrados, envueltos en un macrocosmos sin salida, donde el horror sobrevuela día a día la fragilidad de los protagonistas. La maestra, con no más de una veintena de alumnos de cinco grados  distintos en la misma clase, cada día tacha alguno de la lista porque sus familias han huido o simplemente han muerto asesinadas. Las violentísimas relaciones dentro de esas familias, donde las mujeres guardan siempre silencio porque su condición social no es más importante que la de la vaca que les da sustento. El drama de los desplazados por una guerra enquistada donde la dura realidad impone a todos sus particulares reglas de terror y los campesinos son acosados permanentemente y demasiadas veces asesinados por militares, paramilitares o guerrilleros de las FARC.

Para bien o para mal, el Cine ha caído muchas veces en la tentación de contar la guerra desde la mirada de la inocencia infantil. Pero también es cierto que las formas de abordar la violencia y de humanizar la guerra son muy variadas, y solo algunos cineastas logran implementar una sensibilidad especial sin caer en el maniqueísmo y la manipulación del espectador. En Los colores de la montaña los auténticos protagonistas son los niños, y la guerra es solo el telón de fondo donde sobreviven con sus ilusiones que probablemente jamás lleguen a alcanzar. Uno de los  momentos de mayor tensión del film es cuando los tres muchachos, Manuel, Julián y Poca Luz, tratan de recuperar el preciado balón suspendidos de una cuerda que pende de un árbol. En ese momento el público gira la cara o cierra los ojos, no quiere ver que alguno caiga al suelo y pise accidentalmente una mina.  Carlos Cesar Arbeláez se hace con el espectador construyendo con sensibilidad sus personajes, y consigue una película emotiva porque deja la violencia más agria fuera del cuadro, a través del sonido del helicóptero policial, de los silencios, del mural del colegio o de un simple camina, no te des la vuelta, no mires atrás de la maestra al alumno, lo que probablemente hace esa violencia, si cabe, más efectiva.  Ofrece una mirada privilegiada a una realidad a la que asistimos demasiadas veces desde la lejanía de nuestro televisor, y lo hace con ausencia de cualquier tipo de componenda moralizante o ilusoria. Una película, además, realizada con un presupuesto irrisorio y con medios muy rudimentarios, pero que tiene la virtud de no dejar indiferente a nadie a pesar de, o gracias precisamente a, la belleza y la sencillez con la que se aborda esa  durísima realidad a la que sobreviven miles de personas cuyas existencias parecen olvidadas por el resto del planeta.

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Incendies (Denis Villeneuve, 2010)

Premiada en diversos festivales europeos y finalista al Oscar, Incendies nos sitúa en el escenario de una de las regiones con el pasado más turbulento del planeta, convenientemente descontextualizada y hasta atemporal, que hace de envoltorio de este drama familiar. Secretos de familia, pasado por descubrir, la guerra en el Próximo Oriente y héroes inmersos en el horror en busca de su redención. Denis Villeneuve se basa en un guión teatral de Wajdi Mouawad para reconstruir la historia de una mujer que sobrevive al pasado de una de las épocas más feroces de su país con la determinación de vengar a los ídolos del fanatismo religioso que dividió a su pueblo en dos y marcaron para siempre su vida. La historia de una tragedia personal que ella jamás ha revelado siquiera a sus seres más cercanos.

La búsqueda de la verdad y los orígenes son el leimotiv cuando, tras morir accidentalmente la madre, el notario lee a los dos huérfanos gemelos el legado, una carta destinada al padre y otra al hermano, desconocidos hasta la fecha por ambos y que deberán buscar y entregar a sus respectivos destinatarios. El viaje de regreso al pasado de la madre y de ambos, conduce a los hermanos por las heridas de un país y una familia que nunca conocieron.

Una escritura alegórica de una guerra intemporal, donde la familia se funde con lo etnográfico, lo personal camina hacia la historia de un fratricidio, el ciclo interminable de la sangre, la semilla del odio que solo genera más odio y lesiones ocultas en el alma difíciles de sanar, dejando cicatrices que perduran a lo largo de los diferentes giros argumentales.

Conviene no saber demasiado sobre el desarrollo del argumento antes de verla, pero sí diré que es una de las propuestas más interesantes de la cartelera y que merece la pena. Una de esas películas que te mantiene con el corazón en un puño algo más de dos horas, una tragedia trazada con la precisión de un relojero suizo donde todos los elementos están ensamblados con auténtica maestría y nada es banal, nada sobra. La búsqueda de la verdad conduce a los hermanos a un viaje a la crueldad y al horror de la guerra siempre mostrados mediante una sucesión de elipsis que no merman en ningún momento la atrocidad y el horror de la realidad que supera, por sí sola, cualquier relato de terror. El viaje de ambos nos va desgranando sus orígenes y el carácter de cada uno de ellos. Los vínculos se forman de manera casi silenciosa, sin discurso psicológico innecesario y la imagen no es sino una resonancia de la verdad que conduce la seductora intriga llena de emociones y tragedias.

Denis Villeneuve se sirve de determinados recursos dramáticos para, de manera muy estilizada, crear un ambiente asfixiante, mientras el enfoque sugerente de las imágenes la hacen impactante y duradera en la memoria del espectador. La escena del asalto al autobús, el capítulo de la mujer que canta en la celda 72 o la misma secuencia de apertura, niños afeitándoles el cráneo, una escena ralentizada y pautada con los acordes de Radiohead (You and Whose Amy?), sintetizan el horror y la violencia de la guerra evitando siempre la innecesaria pornografía del horror como recurso visual. Y a pesar de que el guión y la tragedia familiar se van complicando a lo largo del film hasta puntos que podrían merecer el plagio por parte de algún culebrón caribeño, Villeneuve sabe salir airosa aplicando en todo momento un discurso sobrio y digno que consigue nuestra empatía y el respeto hacia sus personajes.

Nanking! Nanking! (Ciudad de vida y muerte), de Lu Chuan – 2008

naking_naking cartel chinoNanking! Nanking! es un film que recrea los acontecimientos sucedidos en 1937 en esta ciudad, la por entonces capital china, asediada y devastada en el marco de la Segunda Guerra Chino Japonesa. Una masacre brutal a cargo del Ejército Imperial nipón (aliado de Alemania) en la que murieron cerca de 300.000 personas en sólo unas semanas, de la que no escaparon ni militares ni civiles, niños o mayores, hombres o mujeres, constituyendo uno de los episodios más dantescos de la Historia Contemporánea. Narrada en blanco y negro, a base de secuencias largas y sin apenas música, la película está propuesta a modo coral siguiendo la suerte de diversos personajes que encauzan la trama. A partir de un soldado chino que intenta organizar una resistencia mínima al cerco japonés, Lu Chuan nos muestra en confrontación las situaciones y el papel jugado por los distintos personajes, desde el chino colaboracionista capaz de cualquier cosa por la seguridad de su familia, el oficial japonés Kadokawa (al mando de la intervención), el papel de la mujer en la resistencia (pocas veces abordado en una película oriental), o la maestra u otros residentes de la zona de seguridad protegida por John Rabe, un personaje real  recientemente recreado en la película alemana homónima de 2009, que se presentó este año en el Festival de Berlín, miembro del partido nazi y al que se le atribuye la salvaguardia de la vida de más de 200.000 chinos; aunque en Nanking! Nanking!, lejos de representarlo como el “Oscar Schindler de China”, se le retrata como un hombrecillo pusilánime, incapaz de mediar en el conflicto, que acaba aceptando marcharse a fin de proteger su propia vida.vlcsnap-8392857

La película comienza con la entrada del ejército japonés en la ciudad,  dispuesto a eliminar cualquier vestigio de resistencia y matar a todos los soldados chinos que hallen en el camino. Posteriormente, asistimos al racionamiento de los recursos y la implantación del terror entre los habitantes. Las escenas son brutales, desgarradoras, crueles… sin embargo, las imágenes poseen una belleza visual tan extraordinaria que invitan, por sí solas, a continuar viendo la película, desmarcándose de cualquier producción occidental al uso, a pesar del horror sobre el comportamiento humano mostrado in crescendo a medida que pasan los minutos. Además, aún habiendo momentos en los que da la sensación de falta de hilo conductor entre las diferentes historias que narra, a riesgo de convertirse en un mero recreo de crueldades, la película logra aunarlas  y mantener el interés, probablemente porque el director no cae en el recurso fácil de satanizar por completo al invasor y elevar la víctima a la categoría de héroe, recurso del que ha abusado más de un film bélico hollywoodense, incluso europeo, logrando la sensación de que los hechos están tratados con la objetividad suficiente de esa verdad, muchas veces incómoda, que  a ninguna de las partes termina de satisfacer. vlcsnap-8389355

Lo cierto es que se trata de una superproducción de China Film Group, Stella Megamedia, Hong Kong’s Media Asia y Jiangsu Broadcasting que ha contado con un holgado presupuesto de 12 millones de dólares,  estrenada  en las salas chinas el pasado mes de abril, que ha sido un éxito de taquilla y que habrá pasado convenientemente los filtros de la censura de un gobierno que no es seguramente el más indicado ni disfruta de autoridad moral para mostrar masacres de autoría ajena (por más reales que sean y pese a las víctimas, siempre inocentes) sin haber hecho jamás atisbo autocrítico alguno de unas cuantas con las que carga a sus espaldas. Pero también es cierto que Lu Chuan ha abierto con la película un debate social en China sobre esta y otras realidades históricas, que ha recibido amenazas de los sectores más conservadores de su país que le acusan de simpatizar con los japoneses, y de estos últimos que le tachan de exagerar convenientemente los sucesos. A mí, personalmente, al margen de una polémica en la que no quiero entrar, pues no creo poseer los suficientes conocimientos sobre los hechos para juzgarla, me gustó mucho y me parece altamente recomendable, por su enorme factura técnica y porque se trata de una magnífica película de guerra que se aleja de la narración habitual de un film de acción y también del melodrama de tantos otros sobre genocidios, relatando con acierto y objetividad unos hechos desde la perspectiva de lo terrorífico del comportamiento humano cuando goza del poder absoluto para decidir entre la vida y la muerte de las personas que estaban ahí porque la vida y la Historia quisieron caprichosamente colocarles.vlcsnap-8417653

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Remordimiento (Broken Lullaby), de Ernst Lubitsch (1932)

brokenlullaby-cartel“Cuando miles de hijos ajenos fueron asesinados lo llamamos victoria y lo celebramos con cerveza.

Y cuando miles de hijos nuestros fueron asesinados ellos lo llamaron victoria y lo celebraron con vino. ¡Padres brindando por la muerte de hijos! Mi corazón ya no está con ustedes, ancianos. Mi corazón está con los jóvenes, muertos y vivos, de todas partes, de cualquier parte.

Delante de este hotel vi pasar a mi hijo desfilando. Iba camino de la muerte. Y yo aplaudía…”

El nombre de Ernst Lubitsch es recordado sobre todo por un par de sus trabajos más tardíos: Ninotchka, de 1939 y To be or not to be, de 1942. Sin embargo, su extensa filmografía y sus aportaciones a los inicios del cine sonoro, sobre todo por lo que a la comedia se refiere, son imprescindibles para entender el cine moderno. Lubitsch nació en 1892 en Berlín y a los 15 años ya trabajaba en el teatro. Después hizo de actor en diversas películas mudas y empezó a dirigir en 1915. Su obra más importante del período alemán es Madame DuBarry (1919), que le valió la reputación tanto a él como a la actriz protagonista, Pola Negrín, en los EEUU. En 1923 se trasladó a Hollywood, donde rápidamente cosecharía éxitos. Allí hizo quizás su mejor película muda; una adaptación de la obra de Oscar Wilde, El abanico de Lady Windermere (1925), que según algunos críticos mejoró sustancialmente la original. A final de la década de los 20 y principios de los 30, fue uno de los principales directores de la Paramount, estudio que dirigió, además, durante un año. En la Paramount asumió el advenimiento del sonido en el cine con reconocidas comedias como Un ladrón en la alcoba, Una mujer para dos, El bazar de las sorpresas, Ninotchka con Greta Garbo y, finalmente, Ser o no ser, con Carole Lombard y Jack Benny, una comedia que apuntaba explícitamente contra Hitler.

vlcsnap-66762_122_1030lo-1Sin embargo, a pesar de que su género habitual es la comedia romántica, casi nunca exenta del mensaje contra la guerra, en 1932 se salió de esta tónica general para hacer una rara incursión en el drama creando Remordimiento (Broken lullaby o The man I killed). Una película en la que también incluye una enamorada pareja, pero esta vez va a actuar como bisagra de la ansiedad de una sociedad hostil, dividida por la estupidez de la guerra, en la que un soldado francés, recién acabada la Primera Guerra Mundial, inicia una relación sentimental con la novia de un soldado alemán (Nancy Carroll) al que mató en el frente.

Paul Renaud (Phillips Holmes) es un soldado francés profundamente dolido por haber asesinado a un joven alemán en la trinchera. Junto al cadáver, una carta dirigida a su novia. Torturado por la culpa, busca consuelo en la iglesia, pero al no hallar ni esto ni las respuestas que necesita, decide visitar a la familia en Alemania en busca del perdón. La película está repleta de escenas impagables: Lubitsch es un auténtico maestro de la cámara, que sabe aprovechar cada escena para, además de ponerla al completo servicio del argumento, representar mediante un fondo, un gesto o una mirada fugaz, un conjunto de conceptos mucho más allá de lo que simplemente estamos oyendo o viendo. vlcsnap-65817_122_69lo-2Es difícil, por tanto, seleccionar las mejores, porque la película dura sólo 70 minutos y no hay lugar para el desperdicio en ningún rincón se mire por donde se mire. Pero la secuencia de la iglesia, con el cura hablando mientras los soldados rezan y se ven sus bayonetas ordenadas rozando el suelo, ruido de sables tras el confesionario; o la confesión del francés, que no es sino un claro discurso sobre la doble moral de la iglesia, o la escena de las madres en el cementerio (Louise Cartell, Emma Dunn) conversando aparentemente de recetas de cocina cuando en realidad están dejando patente su sufrimiento, como el de toda la población, alemana o francesa ajena a los intereses de quienes provocan el enfrentamiento; todas y cada una de las expresiones de la madre y el padre del soldado fallecido; o las palabras del médico (Lionel Barrymore) en la taberna, no más de dos minutos, pero quizás el mejor alegato antibelicista jamás oído en el cine:

Desconozco las razones por las que “Remordimeinto” es la película olvidada de Lubitsch, que siquiera existe en DVD en EEUU, sólo hay una edición que salió a la venta en noviembre de 2007 para la zona europea (no se puede ver en América del Norte) con subtítulos en castellano. Esta suerte hemos tenido por aquí, así que no dejéis de verla si tenéis oportunidad porque es una auténtica maravilla, de una envergadura artística e intelectual como pocas películas, que la elevan a mi modo de ver a la categoría de auténtica obra maestra. Y, a pesar de ser un drama, no está exenta del famoso “toque Lubitsch“, término que se usa con asiduidad para sus comedias (aunque nadie lo ha definido todavía, quizás porque se le ocurrió a un publicista, no a un crítico). Lubitsch dota a todos sus personajes de ese algo que las hace especiales, que logra se note quien es su autor, tal vez porque poseen cierta carga de dramática que sabe resaltar sin hacerlo demasiado evidente, pero queda ahí, traspasando a los propios protagonistas y lo que está contando. Remordimiento, a pesar de prestarse a ello, escurre el drama fácil y lacrimógeno, los personajes asumen cierto aire cómico, entrañable, como si la vida se riese de ellos constantemente y, aún a costa de su dolor, decidiesen cínicos y refinados seguir adelante. Tal vez tenga esto algo que ver con el toque Lutisch, o no, en cualquier caso, la siguiente escena es un ejemplo de cómo este genio transforma el material cinematográfico con ese estilo tan personal, tan propio y tan genial que hace de su cine una experiencia inolvidable.

Katyn, de Andrzej Wajda (2007)

katynafpKatyn comienza con una escena en un puente cercano a Cracovia  repleto de personas que se cruzan y chocan intentando avanzar en direcciones opuestas. Estamos en 1939: por el oeste llegan los que huyen de la invasión nazi hacia posiciones ocupadas por el ejército liberador soviético; por el este, aquellos que escapan de las tropas rusas, pues toman prisioneros tanto a civiles como a soldados polacos. Caminan campesinos, profesores de Universidad, comerciantes, estudiantes, trabajadores, funcionarios, familias enteras con sus pertenencias a cuestas. No saben hacia dónde se dirigen ni cual será el mejor camino para huir de la tragedia. Hitler y Stalin han hecho un pacto: los alemanes no avanzarán más, el ejército ruso no se enfrentará a ellos y hará, además, el trabajo sucio. Muchos son soldados que pertenecen a la reserva y huyen con sus familias al completo. Casi todos creyeron que entregándose al amparo de los rusos hallarían la liberación y ya se veían trasladados a Rumanía o la misma Rusia; gentes ajenas a la guerra, la mayoría no eran militares de profesión sino reservistas, muchos de ellos profesionales e intelectuales,  potencialmente peligrosos para los regímenes totalitarios de cualquier ideología: cuanta más cultura tiene un pueblo más difícil es manejarlo al antojo de la demagogia y la mentira. Ya en Auschwitz, en 1939, antes de servir al exterminio judío, los primeros prisioneros en ocupar el campo fueron los intelectuales polacos.

En Katyn, 22.000 personas, uno de ellos el padre de Andrzej Wajda, fueron asesinadas y enterradas en fosas comunes cavadas en el bosque, en 1940. Durante 47 años, el gobierno de Polonia culpó de la masacre al ejército alemán, al tiempo que el mundo occidental callaba y asumía la versión de los hechos. Incluso se levantaron cínicamente monumentos oficiales en recuerdo a los desaparecidos. No será hasta 1990, tras la caída del muro, cuando el Kremlin reconocerá sus crímenes de guerra. Lo que sucedió antes y después de la matanza está narrado por Wajda con el realismo y la honestidad propia de las víctimas anónimas silenciadas sin otro remedio durante casi cinco décadas. A pesar de que el film no ahorra en crudezas y vemos a militares soviéticos asesinando uno a uno en un sótano a un regimiento entero de soldados, al tiempo que otros riegan cubos de agua sobre el tobogán para lavar la sangre como si de un matadero se tratase, Wajda no se limita a hacer de la narración un alegato contra el horror, sino que nos habla del silencio y la tergiversación de la historia que sobre los hechos vivió su pueblo durante años. Para Wajda, los auténticos protagonistas no son sólo todas esas personas asesinadas impunemente, es también la angustia de las familias (como la suya propia) que sufrieron durante décadas la incertidumbre humana, buscando a sus desaparecidos, esperando fieles cada día el regreso, convencidas cada vez que llamaban a la puerta que detrás estaría su hijo, su hermano o su marido. vlcsnap-15935788A través de sus más de 50 películas, también del teatro, como si de un escaparate de la historia se tratase, a pesar de la censura y la represión del régimen, Wajda ha revelado siempre, no sin serias dificultades y más de un necesario enroque narrativo, la realidad social y política de su país: el Guetto de Varsovia (Sansón, 1961), la resistencia al régimen soviético (Cenizas y diamantes, 1968), el Holocausto en Polonia (Semana Santa, 1995) o el movimiento Solidaridad (Hombre de Hierro, con Lech Walesa) son sólo algunos ejemplos. Sin embargo, hacer un film sobre los sucesos de Katyn no habría sido posible en la época comunista, porque la imagen de los soviéticos auspiciada por el régimen era obligatoriamente asociada siempre a la liberación. “…Sobre esa mentira reposaba la sumisión de Polonia a Moscú”, dice Wajda. Para el cineasta, a sus 82 años, contar esta doble historia, la de los crímenes y la de la mentira, era un deber moral, consigo mismo y con su país.

Sin embargo, Katyn es mucho más que cine entendido como testimonio de la historia, porque como maestro que es, la película cuenta con un guión sólido y una estudiada construcción de todos los personajes. A la narración la recorre el ritmo pausado propio del cine europeo, y mantiene la tensión gracias a la rigurosa planificación y cuidadoso montaje, y a una puesta en escena en la que siempre se pueden encontrar detalles sugerentes, donde el relato discurre sin divorcio de las emociones, las justas y siempre contenidas a pesar de lo relatado. Si a todo ello le sumamos una modélica dirección de actores, el trabajo debería ser de visionado casi obligatorio, porque no es demasiado habitual en el cine el retrato realista de la historia que a la vez sea una obra de arte por la fuerza de sus imágenes, lo implícito de cada mirada y aquello que sugieren sus estudiados silencios. La calidad visual es también única porque, como valor añadido  al buen hacer con la cámara, Wajda ha querido dotar a la producción  de un extra con la aplicación de la nueva tecnología 4k, hasta la fecha sólo usada experimentalmente en algunas producciones norteamericanas. Katyn es la primera película hecha en Europa con esta tecnología que hace posible trabajar los detalles más pequeños y corregir con mucha precisión cada imagen, mantener los colores reales y alcanzar espectaculares efectos de profundidad.katyn02

vlcsnap-15949211Andrzej Wajda es una de las mayores figuras del cine europeo y mundial, y ha recibido numerosos reconocimientos internacionales. Es director artístico del Teatro Powszechny de Varsovia y en el año 2001 fundó la Andrzej Wajda Master School of Film Directing. Entre otros reconocimientos posee el Oscar honorífico por su contribución al mundo del cine, otorgado por la academia de Hollywood  en el año 2000, y en 2006 recibió el Oso de Oro honorario por sus logros en el Festival Internacional de Berlín. Katyn fue nominada al Oscar a la Mejor Película Extranjera en la pasada edición; aunque en España, cómo no, se conozca su trayectoria más bien poco y la distribución de este último film se haya visto limitada a ámbitos muy reducidos y siempre fuera de círculos comerciales.

Vals con Bashir, de Ari Folman (2008)

Resulta bastante complicado comentar esta película; un documental animado realizado por el director israelí Ari Folman basado en las masacres de Sabra y Shatila ocurridas en 1982, en las que murieron miles de civiles (todos libaneses) y cuyas responsabilidades a día de hoy todavía no han sido depuradas. La dificultad reside en que la cinta, como animación arriesgadísima en su apartado técnico, me ha parecido lo mejor que he visto en muchos años y, sin embargo, tras verla, queda un cierto sabor amargo sobre los posicionamientos y alguna que otra justificación repartida a lo largo del metraje. He leído más de una crítica que aclama el valor de la película centrándose en su contenido humano o testimonial. En mi opinión, es precisamente este contenido el que no se puede sino observar desde un punto de vista muy, pero que muy crítico, dados (además) los últimos acontecimientos y el cariz que están tomando los asuntos en la región.

Aún a riesgo de extenderme demasiado, conviene repasar un poco de historia previa para abordar los sucesos que trata la película. Al margen del conflicto general entre Líbano e Israel, cabe recordar que Bashir Gemayel era el líder de la fracción de los autodenominados falangistas cristianos libaneses (F.L.F., leales y dispuestos para con el gobierno de Israel) que disfrutaban del poder en el gobierno tripartito; gobierno que trataba de mantenerse, desde hacía muchos años, en el frágil equilibrio entre cristianos, la OLP y los radicales islámicos (actualmente en mayoría). El asesinato de Bashir en 1982 provocó la réplica de los falangistas quienes, tras acusar del atentado a la OLP (que siempre negó tales hechos), perpetraron su venganza en lo que fue una de las mayores masacres contra civiles de la conocida Guerra del Líbano. La carnicería comenzó la noche del 16 de septiembre del 82 con la suelta de una manada de perros salvajes en un campo de refugiados de Sabra, y se prolongó durante los dos días siguientes con el ataque constante por parte las fuerzas gubernamentales. Hoy se sabe que horas antes hubo una reunión en los cuarteles de las F.L.F. en Karantina y que, entre otros, participaron Ariel Sharon, Amir Druri y Eli Hubaiqa (jefe del aparato de seguridad de las F.L.F.) donde se acordó facilitar la entrada de grupos armados de la seguridad en el campamento de Shatila. Poco después, se vio como se agrupaban estas fuerzas en el aeropuerto de Beirut preparándose para la hora del ataque y, en cuanto la noche cubrió el campamento y sus alrededores, el ejercito sionista israelí comenzó a iluminar con bengalas el escenario de operaciones, donde los falangistas libaneses iban atacando a la población mientras dormía. Los carros de combate israelíes cerraron todas las salidas de socorro de los campamentos, impidiendo la huida  de sus habitantes y , bajo amenaza de abrir fuego, les obligaban a retroceder. Observadores y fotógrafos extranjeros, trabajadores de la Media Luna Roja e instituciones internacionales, coincidieron con el periodista sionista Amnon Kapilock en sus declaraciones: “La matanza comenzó rápidamente y continuó sin interrupción durante cuarenta horas. Miles de personas, inocentes y desarmadas, fueron asesinadas. Durante las primeras horas, las milicias falangistas masacraron a centenares de personas, disparaban contra todo lo que se movía en los callejones bajo la consigna de “eliminar terroristas”, matando casa por casa a familias enteras mientras estaban simplemente cenando”.  Debido al eco internacional que tuvo la matanza, el estado hebreo, cuyo ejercito invasor ocupaba ya Beirut, tuvo que constituir una comisión para investigar los hechos, bajo la presidencia de Isaac Kahana, presidente del Tribunal Supremo. La investigación se limitó a culpar a las F.L.F. haciéndolas responsables de la masacre, eludiendo la participación sionista en los hechos, así como la de de las fuerzas armadas leales a Israel procedentes del sur del Libáno de Saád Haddad, limitando la responsabilidad de Israel tan solo a la negligencia y su mala estimación de la situación en aquellos momentos. Por supuesto, la supuesta responsabilidad de Ariel Sharon y Amir Druri (jefe del área norte de operaciones del ejército israelí), se acotó sólo a su participación en reuniones, donde se discutía la entrada de elementos de la falange a los dos campamentos, dentro del marco de una operación de participación falangista para dominar Beirut oeste.

Pues bien, el director Ari Folman realiza sobre estos acontecimientos un documental animado a partir de su experiencia personal como soldado israelí destinado en los alrededores de estos campamentos. 20 años después de los hechos, el soldado sufre una especie de amnesia provocada por el horror de lo vivido. Además, es preso de una pesadilla recurrente en la que una jauría de perros le persigue o corre amenazante al ataque de gentes que desconoce, en otras ocasiones aparecen soldados israelís tiroteados por francotiradores o se ve a sí mismo como un zombie vagando en el aeropuerto de Beirut ahora desierto de gente. Ya no puede más y decide buscar a antiguos compañeros que estuvieron con él en la batalla para que testimonien y den sentido a su pesadilla, pretendiendo con esto esclarecer cuáles fueron esas vivencias que no recuerda y arrancar de su mente la tormenta.
La animación es muy arriesgada, con figuras estilizadas a la vez que realistas, casi siempre monocromáticas rotas por tonos tenues, amarillos y rojizos, acordes a la noche iluminada por bengalas y a los sentimientos de horror e impotencia. A pesar de ser bastante explícita en los detalles de los episodios de violencia (mostrados siempre ajenos al ejército israelí, hay que decirlo), las escenas se centran principalmente en el recuerdo del trauma individual del soldado. Las entrevistas fueron grabadas en vídeo y los animadores se basaron en ellas para confeccionar los dibujos. Destilan cierta megalomanía en planos como la del tanque israelí aplastando vehículos en su avance, u otra en la que el soldado recuerda escapar de un ataque gracias a una mujer gigante que surge desnuda de la playa y le permite flotar postrado sobre su cuerpo. O cómo sobrevive a una emboscada acurrucado en cuclillas tras una roca durante horas, al amparo de la oscuridad y es felizmente encontrado por el regimiento que él mismo abandonó.
Es una película dirigida sin duda al público israelí, que no pretende justificar las masacres de Sabra y Shatila (es más, las denuncia claramente) aunque sí dejar constancia de la escasa o nula vinculación de Israel en ellas, a pesar de que tácitamente lo permitiera, del mismo modo que lo hace el sueño de Folman, que se presenta como una sucesión de realidades que él cree que ha reprimido concluyendo al final en que en verdad nunca las ha experimentado. Folman, en su recorrido en formato de entrevistas, fusiona convenientemente el Líbano de 1982 con la realidad actual, pero también con los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial de su anterior generación, vinculando los sueños referidos a la masacre de los palestinos con la experiencia narrada por los padres del propio Folman en Auschwitz, cuando su amigo le dice aquello de “la masacre ha estado contigo desde que tenías seis años; en realidad tú no participaste en ella, pero te persigue y te hace sentir culpable”. La frasecilla tiene su qué… Alguna explicación, auto-justificativa si cabe, habrían de darle, y la película, además de técnicamente buena, sí muestra el drama real de uno de los hechos más vergonzosos de la historia reciente, a pesar de situar a sus soldados como meros espectadores cuya responsabilidad fue únicamente “dejar que ocurriera” sin hacer absolutamente nada para impedirlo… Existiera alianza o fuera un sólo “dejar hacer”, no viene mal recordar que sí ocurrió, por aquello de la memoria histórica; aunque la historia, como la memoria, sufran demasiadas veces del enroque al servicio de la interesada propaganda.

Algunos Números sobre Sabra y Shatila:

Fuerzas: Israel – Falange:  Falange Libanesa con apoyo logístico del Ejército Israelí /Refugiados Palestinos: Inexistentes

Muertos: Israel – Falange: 2/Refugiados Palestinos: Entre 700 (cifra israelí) y 6000 (incluyendo desaparecidos)

Combatientes: Israel – Falange: 150 dentro de los campos/Refugiados Palestinos: Población civil desarmada

Comandantes a cargo: Israel – Falange: Ariel Sharon y Elia Hobeika/Refugiados Palestinos: Sin dirección militar

El niño con el pijama de rayas, de John Boyne

Advertencia: Esta reseña puede contener spoilers

Una de las cosas que más me ha sorprendido leyendo las críticas del reciente estreno de la película basada en este libro es que dicen que falta profundización en los personajes. No puedo hablar del film porque confieso que no lo he visto (ni probablemente lo haga), pero digo que me ha sorprendido porque un ahondamiento en personajes adultos no sería en realidad demasiado fiel al libro, puesto que es algo de lo que la novela carece por completo. Es un libro que leí hace algún tiempo (las estanterías de las librerías, con una cincuentena de ejemplares en vertical, hacen que no pase desapercibida e invitan a ello) y, táchenme de insensible o de prosaica si quieren, pero no causó en mí tanta conmoción como las críticas se han venido a adjudicar.
La historia, después de su magna promoción, casi todos la conocerán: Bruno, el hijo de un alto cargo militar nazi, describe sus vivencias cuando su familia se traslada a vivir a Auschvitz al ser destinado su padre a la dirección del campo de exterminio. Allí establecerá una curiosa amistad con otro niño, judío y prisionero en el campo; amistad que se desarrolla a través de una valla electrificada, cada uno en su lado, y que desembocará en un final trágico.
De la lectura se deduce que el objeto de la novela es dibujar la inocencia infantil frente a los horrores de la guerra: ya se sabe; los niños son siempre inocentes y víctimas de la sociedad que les toca vivir. Ellos no eligen en qué bando están, del mismo modo que no eligen en qué familia nacen. En el fondo, descubrimos en este libro que no son tan distintos; es más, sus inquietudes son similares a pesar de ser uno el hijo de la víctima y el otro del verdugo.
No hay más. El niño con el pijama de rayas no descubre nada nuevo acerca del holocausto nazi. En realidad, no creo que su autor tuviese la intención de hacer un libro sobre este tema, tema que sólo es el escenario en el que se desarrolla la historia del pequeño, pero en el que no profundiza ni hace denuncia alguna que invite a pensar que ese fuese el objeto de la narración. Consecuentemente, los personajes adultos (el padre-jefe del campo de concentración, el lacayo Pavel o incluso el médico judío venido a camarero y sirviente en la casa) están dibujados tal como los ve el niño, sin pretender hacer un análisis exhaustivo de ellos, y narrando tan sólo las vivencias del protagonista en su interrelación diaria con ellos.
Lo primero que no encaja en la historia es que un chaval de 9 o 10 años viva durante casi un año en la misma casa que quien dirige el horroso exterminio en el campo de concentración y no se percate en absoluto de cual es la situación. Él contempla, a través de la ventana de su terrible casa, circular montones

de personas en pijama, establece amistad con un niño del campo, con los sirvientes de la casa (todos prisioneros)… y sigue tan inocente como antes. Más que inocencia, la visión que el autor otorga al chavalito es ciertamente cándida: todos los días lleva comida para su amigo de detrás de la valla sin percatarse de que es un prisionero; es más, el niño judío (de su misma edad) tampoco es consciente de que lo es, creyendo que está allí por decisión de su familia. Estos y otros detalles hacen de este un relato poco creíble; un relato que se comienza a leer con interés pero que va decayendo a medida que avanza, porque lo hace sin verosimilitud y da la sensación de estar utilizando un tema tan importante como lo es el exterminio planificado de 6 millones de personas, para acabar narrando una historia sensacionalista que, además, carece de credibilidad de modo evidente. Pero, es más, ni siquiera puede decirse que haya la más mínima denuncia o puesta de manifiesto de la barbarie, porque lo que realmente conmociona al lector, no nos engañemos, es la muerte del niño alemán… su amigo, el del pijama a rayas, y todos los miles de individuos que vestían pijama y caminaban en círculo, parece que ya estaban, de antemano, destinados al crematorio.
El niño del pijama con rayas no es sino un producto más prefabricado y que engorda la producción de novela consumista tan habitual del mundo editorial. Y aunque Miramax/Disney traten de aprovechar el tirón de ventas que ha supuesto el libro, no creo que dentro de algunos años forme parte de la historia de la literatura del recién comenzado siglo. Su éxito reside en saber tocar la fibra sensiblona del lector al escoger como protagonista al inocente niño, sacando filón esa idea tan extendida en la actualidad de que en la guerra no hay buenos ni malos, que en realidad todos somos víctimas. Y, personalmente, comienzo a estar harta de tanto pseudo-humanismo facilón; porque, señores, sí hay víctimas y sí hay verdugos, no nos engañemos. Porque una cosa es la guerra ejército contra ejército, y otra muy distinta es la guerra contra la población civil, desarmada, cuyo único delito consiste en haber nacido en un determinado país, pertenecer a una etnia o practicar una religión. La diferencia es obvia: en unas guerras se dirimen intereses políticos o económicos de las clases dirigentes de los países (con víctimas civiles, como en todas las guerras), y en otras se masacra a las personas indiscriminadamente y se llama genocidio, y merece ser recordado y enseñado a las nuevas generaciones como lo que es, con sus víctimas y con sus verdugos, si no queremos abrir la puerta a que la historia se repita.