Agosto Augusto

Agosto, mes de 31 días, al igual que julio, meses que por estos pagos soportamos muchas veces con calor insufrible, no siempre tuvieron el mismo número de días ni existieron con esta denominación en el calendario. Durante sus primeros años, el calendario romano comenzaba en marzo y terminaba en el mes décimo (hoy diciembre), y cada mes contaba con 36 días. Para completar los 365 se celebraban 5 días de fiestas saturnales, en honor a Saturno, dios de la Agricultura, que en principio quedaban excluidos de la cuenta. Estas fiestas tenían lugar cuando concluía el año, dando origen su cierre a uno nuevo, y poseían algunas connotaciones que heredaría la Navidad cristiana posterior, pues se acostumbraba a celebrar banquetes públicos gratuitos, la familia se hacía regalos y los esclavos disfrutaban de raciones extra y tiempo libre.

Fue Julio Cesar, allá por el 46 a. C. quien decidió añadir dos meses al calendario, enero y febrero, a fin de ajustar mejor los tiempos al ciclo lunar y ganar en exactitud. Es lo que se conoce como calendario juliano, cuyos meses contarían en principio con 30 días, que suman en total 360 anuales más cinco saturnales. En honor a Julio Cesar no solo se otorga nombre al nuevo calendario sino que el mes anteriormente llamado quintilis (el quinto, pues enero y febrero se añaden en un primer momento al final del calendario) pasará a denominarse Iulius (hoy julio) y tener un día más que los otros por ser un mes destacado, esto es, 31 días. Posteriormente se eliminarían las fiestas saturnales, integrándolas en el calendario entre el 19 y el 25 de diciembre (mes que pasaría tiempo después al final, tras la conversión de Roma al cristianismo), y los cinco días quedarían distribuidos entre los meses impares. Así, tendrían 31 días mayo, el séptimo (septiembre) y el noveno (noviembre) más el penúltimo, enero. Como al alternar los meses entre 30 y 31 días suman en total 366, decidieron quitarle un día a febrero, por ser el que cerraba el año, que quedó con 29.

Muerto Julio Cesar, le sucedería en el trono su hijo adoptivo, Cayo Julio Cesar Octaviano, designado como Emperador bajo el título de Augustus (“El que es respetado y venerado”). No queriendo ser menos que su predecesor, el emperador Augusto reclamó tener también su propio mes. Augusto elegiría el mes sextilis, porque en él venció a Cleopatra y Marco Antonio, entrando triunfador en Roma, de ahí que sextilis pasara llamarse Augustus (actualmente agosto). Pero claro, su mes no podía tener menos días que el del anterior siendo él Emperador, por lo que alteró la duración de varios meses quitando y poniendo días hasta lograr que agosto tuviese también los 31 que en rigor habían de corresponder a su persona. Como estas alteraciones tenían como consecuencia que de nuevo volviese a sobrar uno en el calendario, otra vez la pagaron con febrero; mes que, salvo los años bisiestos agregados más tarde, conserva los 28 hasta nuestros días.

Redondeando cuentas, hace ya 2000 años de todo esto. Disfruten del presente agosto y… cuidadín en la carretera 😉

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Madrid, de Basilio Martín Patino (1987)

Hans (Rüdiger Vogler) es un realizador alemán que está en Madrid para hacer un programa de televisión sobre la capital con motivo del 50 aniversario de la Guerra Civil. Le acompaña Lucía (Verónica Forqué), responsable del montaje y su operador Goyo, con los que recorrerá la ciudad grabando imágenes, tratando de descubrir sus espacios y sus gentes, revisando y montando materiales de archivo de la época. Hans se interroga y duda sobre el sentido de su trabajo, hasta acabar disintiendo con sus productores, que le sustituyen en una realización que comenzaba a apasionarle. Pero ha de tomar partido: Seguir las directrices de su trabajo, o apostar por la libertad.

…Conocer sus antecedentes, reconstruir las imágenes de lo que desapareció en el tiempo, conocer las formas de vida que han ido conformando el presente, captar sus silencios, sus días, su contenido, su mirada, su luz. Traspasar las apariencias, sugerir… Están todavía aquí, siguen mirándonos directamente a los ojos, como podrían mirarnos los protagonistas de una película inventada. Siguen estando aquí, ninguna otra forma de certeza más irrefutable dada la capacidad de la fotografía para mentir. No nos inquietan por cuanto significan una copia de la realidad, sino por el misterio. Paradoja de que sigan estando aquí, protagonistas anónimos visibles aún sus rostros entre el holocausto colectivo…

…Necesitaban testimoniar desesperadamente sobre el horror, gritar con sus tomavistas, protestar contra quienes rompían la armonía del mundo. Les instrumentalizaban comités, partidos, comisarios, burócratas… Gobiernos obligados a conformar la opinión sobre los poderes en pugna. De todo aquel trasfondo doctrinario, permanece la sensibilidad herida de aquellos que se limitaban a transmitir una verdad elemental, lúcida, fehaciente. Y supieron elegir y estar en su tiempo y en su espacio, como cazadores tras el ojo del visor. Sólo lo que se filma sinceramente, subjetivamente, quizás desesperadamente, trasciende sobre cualquier pequeña realidad. Qué instinto es el que incita a tomar una cámara o un pincel, para dejar tan expresiva constancia?…

…Duplicar la realidad, copiarla, retratar el tiempo. Capturarlo en el espacio, poseerlo dentro de un reducido fragmento de mundo. Una ciudad es un nombre, áspero o cordial. ¿Qué factores humanos lo determinan? ¿Qué influencia tiene su escenografía? Contradicción de la fotografía como imagen de vida; el acto de fotografiar o de filmar como presagio de cuanto se acaba, como anticipación mágica de la muerte. La muerte, protagonista absoluta del tiempo. Lo más impresionante es que se quedara el pueblo solo, el Gobierno se fue a Valencia. El enemigo estaba a pocos metros, al otro lado del rio… Bucear en el caos del tiempo, fotografiar lo fotografiado, recomponer espacios, indagar el existir de otros. Pero, ¿Por qué el de otros? ¿Noticia? ¿Espectáculo? ¿Ficción? Al pasar la realidad por el objetivo, ¿deja de ser realidad? ¿Documentar, expresar? Inquietantes testimonios reales de artistas como Velázquez o Goya. Aventura, hipnosis, excitante disección del caos… De su simplicidad o su polivalencia depende el que nos estremezca o que nos adormezca aún más. ¿No será la hora ya de elegir definitivamente? ¿Recompensas? ¿Libertad?…
El director salmantino Basilio Martín Patino (“Nueve cartas a Berta“, “Canciones para después de una guerra” y más recientemente “Paraísos perdidos“, “La seducción del caos” o “Capea“) pertenece a esa generación de cineastas que hace algunos años se bautizó como “nuevo cine español”. Un cine surgido de los intentos de evasión de censura del franquismo que despuntó con la nueva democracia y que, a lo largo de los años, se han ido bifurcando por caminos diversos en el panorama cinéfilo patrio. Unos apostaron por aprovechar generosamente las ayudas provenientes del Estado o de las Comunidades Autónomas; ayudas que si bien en su momento sirvieron de empuje a una industria cinematográfica hasta entonces rancia y censurada al extremo, con el paso de los años se han convertido, probablemente, en una nueva soga al cuello de cualquier creación que se aparte de determinados proyectos no exentos de intereses unas veces comerciales, otras personales, de quienes deciden a quién y a qué van destinadas las citadas subvenciones, convirtiéndose en una nueva censura, si no política, sí inclinada a impulsar y promocionar cierto tipo de cine quizá más comercial (desde sus puntos de vista) o más acorde con quien encabece en cada momento las riendas culturales y, cómo no, de los beneficios económicos que conlleven.

Y, lamentablemente, el resultado no es tan sólo que muchas nuevas propuestas no encuentren espacio para su difusión; es, además, que un número importante de cineastas vean cada vez más cerrados sus caminos y no puedan seguir haciendo películas. Pero dentro de este panorama, aún quedan algunos directores íntegros (Martín Patino, Víctor Erice, Guerín, Cesc Gay, Isaki Lacuesta, por citar algunos), que mal o bien siguen trabajando cómo y en lo que quieren sin depender de si su proyecto es amparado por el correspondiente organismo oficial o se es más colega del académico de turno. Basilio Martín Patino es uno de esos pocos cineastas dignos que quedan en el panorama cinéfilo patrio que con películas como “Madrid” demostraron no sólo estar a la altura de un gran cineasta y de su tiempo, sino que, de paso, asestan un repaso moral a más de uno de sus compañeros de profesión. Mérito, pues, no le falta.

Assembly (Feng Xiaogang, 2007)

Assembly es una superproducción china, del director Feng Xiaogang, que ha tenido muy buenos resultados en la taquilla de su país. Una obra épica de gran presupuesto (el más caro hasta la fecha para una película de producción exclusivamente china), que trascurre en la Guerra Civil que siguió a la Segunda Guerra Mundial. La película se estrenó en Pekín y Shangai el 27 de diciembre de 2007, y el 8 de enero de 2008 en Estados Unidos. En España todavía no está prevista su proyección, y sólo se pudo ver en la inauguración de BAFF (Festival de Cine Asiático de Barcelona) el pasado 25 de abril con bastante buena reacción por parte de público y crítica.
Con 130 minutos de duración, comienza en 1948 durante la campaña militar de Huaihai, al norte de China, y está dividida en dos partes claramente diferenciadas. La primera mitad es una espectacular película bélica que derrocha escenas de acción y efectos especiales; una cinta desgarradora y sangrienta que resulta un prodigio de fotografía, montaje y puesta en escena a pie de batalla, con el impresionante paisaje de invierno de la China profunda como telón de fondo, que hará las delicias de los amantes del género.
Sin embargo, en el ecuador de la película se produce un punto de inflexión para dar un giro de 180 grados al derroche verista bélico que hasta ese momento ha sido un sin cesar de secuencias a cual más bellamente elaborada. A partir de aquí, finalizada la Guerra Civil, nos situamos en 1956, la guerra ha terminado y el protagonista se adentra en una lucha personal contra la burocracia del Ejército Rojo para restaurar el honor de sus compañeros fallecidos en combate y, al tiempo, encontrar su propia redención.
Si bien las trazas de esta película no tienen nada que envidiar a superproducciones como “Salvar al soldado Ryan” o la coreana “Lazos de guerra”, reproduciendo de manera fidedigna los terribles avatares de la guerra, una ambientación brutal e interpretaciones más que correctas, la película quiere ser un homenaje a los caídos en la Guerra Civil China y adopta unos tintes entre lo humanista y lo oficialista reveladores de la actual política gubernamental china, que en unos años ha pasado del estricto centralismo democrático al humanismo individualista tan característico de la cara B de una filosofía que, desde los aparatos de Estado, se potencia en las economías de mercado occidentales.
A pesar de ello, la película no deja de ser interesante. Los amantes del cine de acción, bélico e histórico podrán deleitarse con una primera parte muy lograda y cuidada que reproduce y transporta al espectador a caóticas y descorazonadoras batallas de modo muy realista. La segunda parte, mucho más contextualizada y propagandista, tiene como objetivo un mensaje antibelicista que muestra las siempre negativas consecuencias de la guerra pero que, al tiempo, no sólo no cuestiona sino que enaltece el protagonismo y el papel del ejército en China.
En definitiva, una perfecta vuelta de tortilla con mensaje de la que podría aprender más de un director occidental oficialista. Porque esto es propaganda gubernamental bien hecha: humanismo antibélico y patriótico con patrocinio del Oficial Bank of Beijing, del que tal vez no tarden demasiado en hacer un remake norteamericano. Podrían cambiar las banderas rojas por barras y estrellas, pero no será tan facil encontrar sustituto para el oficial político. Y con curas, pues… nunca será lo mismo.