Una mujer en la arena (Suna no onna), de Hiroshi Teshigahara (1964)

Un hombre (Eiji Okada) busca insectos en una región aislada y desértica de Japón. Es profesor, entomólogo. Pierde el autobús, el último autobús del día que vuelve a Tokio. Los lugareños le ofrecen hospitalidad en el pueblo: “Me encanta hospedarme en casas particulares“, dice el hombre. Le llevan a una casa excavada en la arena. Hay que descender por una escalera de cuerda. Una mujer (Kyôko Kishida) vive allí, sola. Le prepara cama y cena. A medianoche, el hombre despierta y observa a la mujer cavando, fuera. Si no cava, la arena inundará la casa. Por la mañana, ella duerme. Su cuerpo está desnudo y cubierto de una fina capa de arena. Entonces quiere marcharse, pero la escalera ha desaparecido. La música martillea mientras el hombre trata de ascender por las paredes de la duna. Tarea imposible, si continua, perecerá bajo la arena que desprende más y más de la ladera a medida que lo intenta. Se espera que el hombre permanezca en el agujero, esclavo para siempre, unido a la mujer. Recogerá cada día la arena que se subirá en cestos que se venderán en una cooperativa. Ilegalmente, más barata, para la construcción de vigas. Contiene demasiada sal y no es apta. El hombre se ve forzado a trabajar en la sima para su propia supervivencia, de lo contrario la arena terminará por tragárselos. La mujer sigue allí, forma parte del paisaje y de su existencia. Él buscaba la soledad con su afición, lejos de la ciudad, y la ha encontrado.

Las situaciones que narra la película tienen diferentes lecturas. Hay abundante contenido erótico en el film; al fin y al cabo, además de trabajar para sobrevivir, su vida se reduce ahora a dormir, comer  la ración que se les facilita a ambos y al sexo. La mujer ofrece su cuerpo a cambio de una servidumbre de por vida a un hombre errante que quedó atrapado en su tela de araña. La relación entre ambos está muy bien descrita, aunque no se expliquen los motivos fehacientemente. Al principio hay cierta desconfianza mutua, pero ella va invadiendo la vida del protagonista de modo tan lento como implacable, del mismo modo que lo hace la arena en el inhóspito lugar. La primera vez que aparece cierta tensión sexual es durante una pelea por el agua, pero el tira y afloja se mantiene a lo largo de la película por medio de la hostilidad, el primer inconformismo convertido en resignación y la esclavitud que somete a ambos en su hábitat común. Una de las relaciones afectivas más absurdas y extrañas que jamás se han visto en el cine; relación que Teshigahara desarrolla magistralmente con asombrosa habilidad a la hora de filmar escenas inimaginables en un entorno tan pequeño, pero que reflejan a la perfección la cambiante atmósfera que se da en esta peculiar relación.

También puede entenderse la película como la metáfora de una sociedad indiferente, donde las individualidades poco importan. De hecho, los protagonistas carecen de nombre, han sido retenidos por la fuerza y no pueden escapar. Forman parte de la escena del mismo modo que la arena forma parte de sus vidas y, al igual que ésta, sus movimientos están determinados por la necesidad natural de supervivencia. Las voluntades, los deseos, tienen poca relevancia. La frase en la que él pregunta a la mujer “¿Excavas para sobrevivir o sobrevives para excavar?” recoge bastante bien el contenido filosófico de la película. Lo cierto es que toda ella recuerda mucho al mito de Sísifo (La Odisea), castigado a empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, pero antes de alcanzar la cima de la colina la piedra siempre rueda hacia abajo. Sísifo se ve obligado a empezar de nuevo, desde el principio, una y otra vez, o a perecer aplastado por la enorme losa unida a su destino.

La película, a pesar de las situaciones que describe, está narrada con grandes dosis de realismo, y a la vez es deliberadamente lenta. La vida en la duna es relatada mediante innumerables sutilezas con las que el espectador va conformando su idea de la cotidianidad de los protagonistas. La fotografía (Hiroshi Segawa) subraya constantemente el clima de desasosiego que vive el hombre hasta que, casi al final, termina por aceptar la situación. Entonces Teshigahara recurre a otros elementos para desatar la tensión: La escena del foso de arena convertido en escenario de violencia sexual mientras los aldeanos les rodean con sus tambores y máscaras practicando antiguos rituales; o esa otra en la que ruega le devuelvan a la casa, atrapado entre las arenas movedizas; o la escalofriante escena de la huida, cuyo mezquino objetivo resulta ser ver el mar, son una buena muestra de la inquietante tensión que sabe sobradamente crear el cineasta.

El guión pertenece al escritor nipón Kobo Abe, y está basado en una novela homónima que él mismo había publicado unos años antes. Kobo Abe siempre se declaró incondicional admirador de Kafka y, aunque no he leído su libro, viendo un film tan extremo y desafiante, no me cabe la menor duda de ello. Porque, además de radical es enormemente absurdo, y la angustia que logra generar consigue, como en el caso de las narraciones del checo, mantener el pulso y los nervios in crescendo. Una experiencia tan única como extraña, tan hermosa como hipnótica. En ningún momento queda claro si la mujer está en el agujero por voluntad propia o fueron los lugareños quienes la obligaron a estar ahí, como le ha sucedido al hombre. Lo que es evidente es que ambos están cautivos, al margen de que uno lo acepte como natural y otro intente huir constantemente de su destino. Comparten el trabajo y no pueden escapar de él. Tampoco deben, porque de su trabajo depende, además de su propia existencia, la economía de la comunidad.  Tal como le relata la mujer una noche mientras cenan, por extensión, dependería de ello el resto del mundo. Consuelo ciertamente poco tangible, pero dadas las circunstancias, el único posible. Más vale tener ese que ninguno para tratar de mantener la cordura, porque sus vidas, al igual que ocurre con la arena, seguirán su propio proceso, el establecido como natural, en el que podrán variar los términos pero no el acuerdo ya que, como sucede con la naturaleza (simbolizada por la arena), la vida termina desarrollándose al margen de la voluntad de quienes traten de abrir caminos para cambiarla.

El paseo repentino

Cuando por la noche uno parece haberse
decidido terminantemente a quedarse en casa;
se ha puesto una bata; después de la cena se ha
sentado a la mesa iluminada, dispuesto a hacer
aquel trabajo o a jugar aquel juego luego de
terminado el cual habitualmente uno se va a dormir;

cuando afuera el tiempo es tan malo que lo más
natural es quedarse en casa; cuando uno ya ha
pasado tan largo rato sentado tranquilo a la
mesa que irse provocaría el asombro de todos;
cuando ya la escalera está oscura y la puerta de
calle trancada;

y cuando entonces uno, a pesar de todo esto,
presa de una repentina desazón, se cambia la
bata; aparece en seguida vestido de calle;
explica que tiene que salir, y además lo hace
después de despedirse rápidamente;

cuando uno cree haber dado a entender mayor
o menor disgusto de acuerdo con la celeridad
con que ha cerrado la casa dando un portazo;
cuando en la calle uno se reencuentra, dueño de
miembros que responden con una especial
movilidad a esta libertad ya inesperada que uno
les ha conseguido;

cuando mediante esta sola decisión uno siente
concentrada en sí toda la capacidad
determinativa; cuando uno, otorgando al hecho
una mayor importancia que la habitual, se da
cuenta de que tiene más fuerza para provocar y
soportar el más rápido cambio que necesidad de
hacerlo, y cuando uno va así corriendo por las
largas calles, entonces uno, por esa noche, se
ha separado completamente de su familia, que
se va escurriendo hacia la insustancialidad,
mientras uno, completamente denso, negro de
tan preciso, golpeándose los muslos por detrás,
se yergue en su verdadera estatura.

Todo esto se intensifica aún más si a estas altas
horas de la noche uno se dirige a casa de un
amigo para saber cómo le va.

Franz Kafka, 1913