Sílení, de Jan Svankmajer (2005)

Sileni es el largometraje más reciente del infatigable director surrealista checo Jan Svankmajer. La película, de “terror filosófico” (como el mismo director la define), ambientada en Francia, finales del XVIII, es un extraño cuento, una parábola llena de alegorías sobre la libertad y la represión que combina relatos del Marqués de Sade y Edgar Allan Poe con sus lenguas y sesos animados, que constituyen casi una marca registrada del director. Lo cierto es que ambos autores ya habían figurado en obras anteriores de Svankmajer, en cuya trayectoria encontramos cortometrajes basados en relatos como “La caída de la casa Usher” o “El pozo y el péndulo”; incluso obras que rinden claro homenaje a Sade, como sería el caso de “Los conspiradores del placer ( Spiklenci Slasti, 1996) en su descarada y subversiva retórica plagada de fetichismo. En esta ocasión, “El entierro prematuro” y “El Sistema del Dr Tarr y el profesor Fether” son quienes proporciona la base narrativa a gran parte del guión, en el que el protagonista, un joven con numerosos conflictos emocionales tropieza con el inimaginable mundo de un Marqués (figura directamente inspirada en Sade, cita en la película discursos literales de sus obras), amigo de oscuras orgías sadomasoquistas y terapéuticos enterramientos para curar el miedo a la catalepsia en un extraño y grotesco sanatorio en el que el citado marqués ejercerá de guía del joven, al que somete a una perturbadora  terapia purgante para la cura de todos sus temores a cambio de depositar en él su confianza.

Svankmajer deja a un lado en esta ocasión la representación del hombre como títere de la sociedad que le ha tocado vivir (animaciones de marionetas que utiliza simbólicamente en sus anteriores películas) para construir, esta vez, una parábola sobre los mismos pilares en los que se sustentan la ética de la sociedad y las imposiciones del sistema. A modo de microcosmos de esa sociedad, presenta un sanatorio mental donde los pacientes se rigen por la disciplina autoritaria y la violencia, y en la que cualquier anormalidad mental es reprimida a través del castigo físico. El mundo del marqués tiene, como contrapartida, la visión del lado opuesto, el de la condena de la razón y las costumbres de la moral; es el mundo de los deseos reprimidos liberados, la blasfemia, la búsqueda desenfrenada del deseo y las fantasías sexuales. Svankmajer disecciona el totalitarismo y la autocracia, probablemente representando el régimen anterior checo, y el western social que supuso la llegada de la nueva democracia a través de los unos pacientes del sanatorio a los que, de manos del marqués, se les permite absoluta libertad para satisfacer sus deseos. Mientras el film desarrolla su trama, trozos de carne, celebro, ojos y lenguas son liberadas y animan el decorado paseándose por los escenarios, retozándose en el barro o bailando al son de la música. Pero la carne termina como producto de consumo, en bandeja y precintado, respirando a través del plástico en la estantería de un supermercado. Su libertad sacrificada al consumo de la demanda, sugiriendo de forma más que evidente que esa aparente libertad de mercado no tiene necesariamente como consecuencia la libertad real, sino más bien una nueva forma de comercialización de la imaginación y del deseo.

Destaca una sólida labor interpretativa por parte de todo el reparto actoral, en especial la figura del marqués interpretado por Jan Triska, asombroso trabajo que me recordó en numerosas ocasiones pasajes de “La vía Láctea” de Buñuel. Es un film que seguramente, debido a lo grotesco y surrealista de su desarrollo, resultará difícil de ver a mucha gente, pero que contiene muchos matices que, si somos capaces de entrar en su juego, promete un rato muy entretenido no sólo por lo que respecta a su argumento (hay que decir en su contra que el final resulta más que previsible), sino por su diversidad creativa, su punto de vista lúdico y su blasfemo humor negro que logra ese ambiente insano que recorre toda la película y que deja la sensación de haber visto un film único, realmente irrepetible.

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Madrid, de Basilio Martín Patino (1987)

Hans (Rüdiger Vogler) es un realizador alemán que está en Madrid para hacer un programa de televisión sobre la capital con motivo del 50 aniversario de la Guerra Civil. Le acompaña Lucía (Verónica Forqué), responsable del montaje y su operador Goyo, con los que recorrerá la ciudad grabando imágenes, tratando de descubrir sus espacios y sus gentes, revisando y montando materiales de archivo de la época. Hans se interroga y duda sobre el sentido de su trabajo, hasta acabar disintiendo con sus productores, que le sustituyen en una realización que comenzaba a apasionarle. Pero ha de tomar partido: Seguir las directrices de su trabajo, o apostar por la libertad.

…Conocer sus antecedentes, reconstruir las imágenes de lo que desapareció en el tiempo, conocer las formas de vida que han ido conformando el presente, captar sus silencios, sus días, su contenido, su mirada, su luz. Traspasar las apariencias, sugerir… Están todavía aquí, siguen mirándonos directamente a los ojos, como podrían mirarnos los protagonistas de una película inventada. Siguen estando aquí, ninguna otra forma de certeza más irrefutable dada la capacidad de la fotografía para mentir. No nos inquietan por cuanto significan una copia de la realidad, sino por el misterio. Paradoja de que sigan estando aquí, protagonistas anónimos visibles aún sus rostros entre el holocausto colectivo…

…Necesitaban testimoniar desesperadamente sobre el horror, gritar con sus tomavistas, protestar contra quienes rompían la armonía del mundo. Les instrumentalizaban comités, partidos, comisarios, burócratas… Gobiernos obligados a conformar la opinión sobre los poderes en pugna. De todo aquel trasfondo doctrinario, permanece la sensibilidad herida de aquellos que se limitaban a transmitir una verdad elemental, lúcida, fehaciente. Y supieron elegir y estar en su tiempo y en su espacio, como cazadores tras el ojo del visor. Sólo lo que se filma sinceramente, subjetivamente, quizás desesperadamente, trasciende sobre cualquier pequeña realidad. Qué instinto es el que incita a tomar una cámara o un pincel, para dejar tan expresiva constancia?…

…Duplicar la realidad, copiarla, retratar el tiempo. Capturarlo en el espacio, poseerlo dentro de un reducido fragmento de mundo. Una ciudad es un nombre, áspero o cordial. ¿Qué factores humanos lo determinan? ¿Qué influencia tiene su escenografía? Contradicción de la fotografía como imagen de vida; el acto de fotografiar o de filmar como presagio de cuanto se acaba, como anticipación mágica de la muerte. La muerte, protagonista absoluta del tiempo. Lo más impresionante es que se quedara el pueblo solo, el Gobierno se fue a Valencia. El enemigo estaba a pocos metros, al otro lado del rio… Bucear en el caos del tiempo, fotografiar lo fotografiado, recomponer espacios, indagar el existir de otros. Pero, ¿Por qué el de otros? ¿Noticia? ¿Espectáculo? ¿Ficción? Al pasar la realidad por el objetivo, ¿deja de ser realidad? ¿Documentar, expresar? Inquietantes testimonios reales de artistas como Velázquez o Goya. Aventura, hipnosis, excitante disección del caos… De su simplicidad o su polivalencia depende el que nos estremezca o que nos adormezca aún más. ¿No será la hora ya de elegir definitivamente? ¿Recompensas? ¿Libertad?…
El director salmantino Basilio Martín Patino (“Nueve cartas a Berta“, “Canciones para después de una guerra” y más recientemente “Paraísos perdidos“, “La seducción del caos” o “Capea“) pertenece a esa generación de cineastas que hace algunos años se bautizó como “nuevo cine español”. Un cine surgido de los intentos de evasión de censura del franquismo que despuntó con la nueva democracia y que, a lo largo de los años, se han ido bifurcando por caminos diversos en el panorama cinéfilo patrio. Unos apostaron por aprovechar generosamente las ayudas provenientes del Estado o de las Comunidades Autónomas; ayudas que si bien en su momento sirvieron de empuje a una industria cinematográfica hasta entonces rancia y censurada al extremo, con el paso de los años se han convertido, probablemente, en una nueva soga al cuello de cualquier creación que se aparte de determinados proyectos no exentos de intereses unas veces comerciales, otras personales, de quienes deciden a quién y a qué van destinadas las citadas subvenciones, convirtiéndose en una nueva censura, si no política, sí inclinada a impulsar y promocionar cierto tipo de cine quizá más comercial (desde sus puntos de vista) o más acorde con quien encabece en cada momento las riendas culturales y, cómo no, de los beneficios económicos que conlleven.

Y, lamentablemente, el resultado no es tan sólo que muchas nuevas propuestas no encuentren espacio para su difusión; es, además, que un número importante de cineastas vean cada vez más cerrados sus caminos y no puedan seguir haciendo películas. Pero dentro de este panorama, aún quedan algunos directores íntegros (Martín Patino, Víctor Erice, Guerín, Cesc Gay, Isaki Lacuesta, por citar algunos), que mal o bien siguen trabajando cómo y en lo que quieren sin depender de si su proyecto es amparado por el correspondiente organismo oficial o se es más colega del académico de turno. Basilio Martín Patino es uno de esos pocos cineastas dignos que quedan en el panorama cinéfilo patrio que con películas como “Madrid” demostraron no sólo estar a la altura de un gran cineasta y de su tiempo, sino que, de paso, asestan un repaso moral a más de uno de sus compañeros de profesión. Mérito, pues, no le falta.