El demonio bajo la piel (The killer inside me), Michael Winterbottom (2010)

Michael Winterbottom es uno de los directores más eclécticos del actual panorama europeo. A ritmo de una película por año y aventurándose cada vez en géneros distintos, cada una de sus propuestas es una auténtica caja de sorpresas. Su cine nunca deja indiferente y es habitual entre la crítica opiniones encontradas para todos los gustos. The killer inside me se presentó en el pasado Festival de Berlín como no podía ser de otro modo: denostada por muchos, alabada solo por algunos. Idéntico resultado ha obtenido allá donde se ha estrenado. Estaba deseando poder ver esta película porque, hasta ahora, pocos son los trabajos de Winterbottom que me hayan defraudado y casi siempre logra sorprenderme.  Además me intrigaban las reseñas que a lo largo de estos meses he podido ir leyendo, sobre lo brutal que resultaban algunas escenas.

La verdad es que brutal, en cuanto a violencia, desde luego, lo es. Además se trata de una violencia muy poco contenida, nada de ficción y palomitas, hay escenas poco fáciles de digerir. La película es una adaptación cinematográfica de la novela homónima de Jim Thompson, uno de los autores de género negro norteamericano más importantes del siglo XX. Cuenta la historia del ayudante del Sheriff, Lou Ford (Casey Affleck), que ejerce en un pequeño pueblo al oeste de Texas. “El problema de crecer en un pequeño pueblo es que todo el mundo piensa que sabe quien eres“, dice Lou en un momento de la película. Y es que Lou Ford lleva una doble vida. La cortés reputación de caballero que tiene entre los habitantes del pueblo, donde ha vivido desde que nació, oculta la verdadera naturaleza de un hombre perturbado y extremadamente violento, un sádico asesino que un buen día tropieza con una prostituta local (Jessica Alba) que no hace ascos a su sadismo. Pero el asunto se le va de las manos y una cadena de asesinatos comienza a desencadenarse mientras trata de ocultar cualquier huella que conduzca al fiscal del distrito a sospechar de él.

The killer inside me es una película que se presta a la crítica fácil de misoginia y violencia gratuita. Crítica absolutamente superficial pues Winterbottom no hace sino adaptar una novela y demostrar un gran estilo cinematográfico y de dirección a la hora de retratar de manera bastante fiel tanto la psicología del personaje como el ambiente y el aroma de un pueblo tejano en los años 50. Como thriller dramático, la película funciona perfectamente. Es áspera, sombría, con buenas interpretaciones, montaje más que correcto y bien dirigida. Winterbottom captura, además, el ambiente de época en numerosos detalles, ayudado por la música country que acompaña toda la película.

La trama, aunque está narrada de manera lineal en el tiempo, hace uso ocasional del flashback y de una serie de saltos que complican el formato al espectador, y muchas escenas comienzan a comprenderse del todo cuando ya ha transcurrido algo de tiempo desde el inicio. Este requerimiento de cierto esfuerzo, unido a algunas escenas eróticas de corte sado-masoquista explícito son características que, con bastante probabilidad, han tenido como consecuencia el rechazo de un sector de crítica y público. Es cierto que son duras de ver y algunas rozan un grado de violencia perturbador. Sin embargo, la manera en que todo sucede no es gratuita, ya que contribuye a que el lado oscuro de Lou Ford sea creíble y nos permite comprender  los entresijos de la mente psicótica del protagonista. A este objetivo se añaden los diálogos interiores de Lou, elaborados con un negrísimo sentido del humor, unas actuaciones espléndidas y el buen hacer de Winterbottom para mantener el pulso de una película que parte de un guión que muestra  casi todas sus cartas en los primeros minutos. Desde la segunda escena sabemos que el protagonista es un asesino demente y sus preferencias sexuales, sin embargo,  Winterbottom  consigue llevarnos por el camino menos esperado: creemos que sabemos qué sucederá pero casi siempre estamos equivocados.  Y hecha la advertencia de que se enfrentan a uno de los films noir más sádicos y gráficos que se han hecho recientemente, quienes se atrevan con ella tienen asegurado 108 minutos pegados al sofá tras los cuales podrán sacar sus propias conclusiones. Por mi parte, una película notable.

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Los cuatro ríos (Fred Vargas y Edmond Baudoin)

La lectura de esta novela gráfica, recientemente editada por Astiberri, ha sido todo un hallazgo. Hacía tiempo que no comentaba en el blog nada sobre el género, aunque algo ha caído en mis manos, pero “Los cuatro ríos” destaca (y mucho) de lo que se viene editando en este tipo de formato, por lo que no está de más hacer un alto en la rutina de la cinefilia para recomendar el trabajo que, además de buena calidad literaria, ofrece un interesante relato capaz de enganchar al lector desde la primera página. La artífice del guión es la escritora francesa Fred Vargas a quien, tras dos décadas publicando novela negra, le llegó el éxito en 1991 cuando dio vida al inspector de policía Adamsberg en el libro “El hombre de los círculos azules“. Desde entonces, Adamsberg se ha convertido en gancho inevitable para el público francés que sigue sus novelas (5 millones de ejemplares, ahí es nada). En España, menos popular, sus trabajos se publican con regularidad por la editorial Siruela. El inspector Adamsberg y otro de sus enrevesados casos son también el hilo conductor de “Los cuatro ríos”, que no es una adaptación de un texto pre-existente, sino que se trata de un guión original especialmente creado por la escritora para esta edición ilustrada. Un trabajo conjunto con el artista francés Edmond Baudoin (El viaje, 2005; Piero, 2007), autor de las imágenes, en algo así como una especie de encuentro entre la novela negra y el cómic con un resultado altamente satisfactorio.

La novela gráfica es un tipo de literatura considerada tácitamente como género menor, producto para público joven o personas a las que se les hace pesado involucrarse en la lectura de un libro, por aquello de que las imágenes puedan sustituir gran parte del contenido narrativo y, con ello, convertirse en una lectura chica, al tratarse de un producto aparentemente más fácill y accesible. Una visión lamentablemente errónea de un género injustamente subestimado, entre otras razones, porque los cómics o la literatura gráfica son, también, literatura sin dejar de ser arte; a pesar de que la cultura emocional de las nuevas generaciones no dependa de ellos en la misma medida que dependió la mía, y a pesar de que determinadas editoriales se empeñen  (como ocurre en el mundo del cine) en promocionar novelas gráficas que abusan de modo recurrente de temas similares, algunas veces , incluso, de los mismos autores, aunque esto sería objeto de tema aparte.  Pues bien, aparentemente todo esto no tiene nada que ver con Fred Vargas ni con “Los cuatro ríos”. Sólo aparentemente porque, para empezar, el libro carece por completo de texto narrativo en sentido estricto. Todo el desarrollo se sustenta única y exclusivamente en la interactuación de los personajes mediante el diálogo, con el que la escritora va adentrándonos  en la trama y desnudando a sus personajes con fluidez y naturalidad que se agradece: lenguaje dinámico, por momentos coloquial, lleno de “gags”, sin demasiadas florituras estilísticas, pero  también cargado de sensibilidad, imaginación y, de vez en cuando, alguna que otra dosis de ironía. El resultado es un trabajo de buena calidad, muy ameno, que hace que las algo más de 200 páginas de esta historia de robos, intrigas policíacas, relaciones familiares un tanto peculiares, oscuros asesinos psicópatas, investigaciones y sospechas logren enganchar al lector desde el principio hasta el final sin mermar en ningún momento su calidad literaria.
Además, la energía del relato y la sencillez en el lenguaje no impiden a Vargas profundizar en los personajes, cuyos caracteres dibuja con sensibilidad a través de esos diálogos hasta hacernos simpatizar con su extravagante y humana singularidad: el padre empeñado en replicar la escultura de Bernini en el vertedero de los suburbios parisinos donde vive, el joven Grégoire integrado en la delincuencia menor que se va a ver envuelto sin quererlo en un homicidio, el pintoresco aprendiz de actor recitando textos clásicos en busca de su gran oportunidad o el chico formal que tiene un empleo con el que logra a duras penas mantener al resto de su familia. El trabajo se complementa muy bien con el trazo grueso y desdibujado de Edmond Baudoin quien, con sus ilustraciones diríanse minuciosamente inacabadas, como si se tratase de primitivos bocetos, perfila los personajes e imprime al texto el realismo natural del paisaje de la “banlieue” parisina, colaborando en el disfrute de la obra sin entorpecer en ningún momento la eficacia de lo narrado. Un buen ejemplo de convergencia entre novela y cómic, lugar común donde cada artista aporta la riqueza que posee con su medio de expresión y cuyo resultado es un trabajo intrigante, enérgico, ingenioso, divertido, bien construido  y  totalmente recomendable. A ver quién, después de su lectura, se atreve a afirmar que esto no es Literatura…