El pasajero negro (Schwarzfahrer)

El autor del cortometraje que hay a continuación es Pepe Danquart,  escritor y director de cine alemán, profesor en Berlín de la Academia Alemana de Cine y, desde 2008, de la Facultad de Bellas Artes de Hamburgo. Casi toda su filmografía la componen cortometrajes y documentales que reflejan la sociedad alemana contemporánea.

El pasajero negro es uno de sus trabajos más relevantes, por el que obtuvo en 1994 el Oscar al mejor cortometraje de ficción. El trabajo trata desde un sentido del humor ciertamente negro, valga la expresión, prejuicios que desafortunadamente persisten en nuestra sociedad, en concreto los que alimentan el racismo y la xenofobia. Lo hace, además, desde dos vertientes: por un lado la activa, la postura abiertamente ofensiva hacia otras razas y culturas; por otro la pasiva, la de la tolerancia frente a la injusticia cotidiana.

La película se rodó en 1993, y puede ser interpretada como reacción a los acontecimientos que tuvieron lugar en Alemania un año antes del rodaje. El Bundestang acababa de aprobar una ley que permitía la rápida deportación de extranjeros y abría el camino para dificultar cada vez más las solicitudes de asilo en el país. La citada ley fue rechazada en numerosos círculos progresistas por entenderla condescendiente frente a la escalada de atentados racistas que por aquella época se venían produciendo. En 1992 la Bundeskriminalamt (Policía criminal) registró en sus archivos 435 atentados incendiarios, algunos con víctimas, en diferentes ataques contra intereses de extranjeros perpetrados por organizaciones y asociaciones de la extrema derecha alemana.

El pasajero negro es un film sencillo, rodado con poco presupuesto y sin efectos especiales, del que merece la pena pararse, además de en su mensaje, en el apartado técnico, ya que casi todas las sensaciones que transmite se apoyan en la utilización de la luz, el manejo de tonalidades y el trabajo de cámara. El uso exclusivo del blanco y negro ayuda a que el espectador se concentre en el mensaje contra la discriminación, ya que tiene el efecto de atenuar las diferencias físicas entre los personajes. Danquart se sirve también de la luz para enfatizar el estado de ánimo que prevalece en cada escena, ayudándose de un tono más oscuro cuando recrea ambientes y discursos más tensos. A medida que el tranvía se mueve, el sol ilumina parcialmente el rostro de casi todos los pasajeros, a excepción del de la anciana, paradigma de las ideas más retrógradas en la sociedad actual. Pero lo mejor del apartado técnico es el trabajo de cámara y su movimiento, que hacen tan especial esta película y que muestran un Berlín bucólico a la vez que multicultural y diverso. El ángulo de la cámara es casi siempre neutral, enfocando personajes inmersos en la situación o su entorno, y solo en el caso de la anciana racista la cámara pierde este punto de vista para pasar a enfocarla muy de cerca, acompañada solo del pasajero negro, e incluso sola y ocupando el plano completo, lo que sugiere en el espectador: a) posturas minoritarias -una sola persona en todo el vagón- y b) alerta sobre el peligro de que realmente prendan ideas xenófobas, a pesar del caso omiso de la mayoría -o gracias precisamente a ello-, y a que puedan llegar imponerse en una parte importante de la sociedad.

Frozen River (Courtney Hunt, 2008)

Frozen River es la carta de presentación de la norteamericana Courtney Hunt, responsable del guión y dirección de esta doble historia, personal y social, galardonada con el Premio del Jurado en Sundance, que logró colarse en la final de la selección a la candidatura a los Oscar en la categoría de mejor guión y mejor actriz protagonista (Melissa Leo). Noventa minutos exactos necesita Frozen River para contarnos esta inquietante historia de inmigración ilegal, indios confinados en reservas, racismo, precariedad económica, soledades, ludopatías, tabaquismo y, por encima de todo, dos mujeres empeñadas en sacar adelante, como sea (en sentido literal) a sus respectivas familias. Hunt, sin demasiadas concesiones a créditos iniciales, presenta en unos minutos casi todas las cartas y nos sumerge de lleno en materia: Ray, madre de dos hijos, sin apenas recursos para afrontar sus necesidades básicas, se ve cada vez mas ahogada en facturas por pagar y amenazas de embargo, y Lea, madre soltera, capea entre las tradiciones de la reserva donde vive y el vacio legal para con los indios.

Frozen River no es un film de realismo social modernizado, bajo fríos paisajes canadienses a lo Fargo, ni tampoco es una película éticamente edificante, a pesar de que sus mensajes rocen demasiadas veces cantos a la esperanza o a la comprensión. Melissa Leo, protagonista indiscutible, tampoco interpreta precisamente el arquetipo patrón del sueño americano, más bien se acerca a la versión femenina de Mickey Rourke en su reciente “El luchador”: mujer fracasada, al borde del abismo, con la piel manchada y tatuada, fumadora empedernida, a la que no le queda nada excepto dos críos y una roulotte en lamentable estado, sin trabajo ni perspectivas, sin amigos y muy lejos de ser la madre perfecta, conduce su viejo vehículo a través del helado rio St. Lawrence, fronterizo con Canadá con chinos o pakistaníes en el maletero a cambio del parné que le permitirá salvar sus deudas y sin plan B sobre qué hacer con su familia en caso de ser detenida o asesinada. Siempre proponiéndose dejarlo, claro, aunque nunca lo cumpla o tal vez no pueda permitirse hacerlo. Película oscura que se convierte en el conmovedor retrato de una mujer cuya vida es un continuo precipicio, pero que sin embargo logra resultar un personaje incómodamente simpático para quien la observa en la sombría atmósfera del hielo que cruje bajo sus pies, paisaje helado manchado por marcas de neumáticos, donde el aliento queda suspendido en el aire entre el humo lóbrego de un forzado tubo de escape, seguramente porque el papel es tan creíble que en no pocas ocasiones se tiene la sensación de estar delante de un documental sobre una persona al límite de lo soportable. La otra protagonista es Lila,  socia de negocios mohawk, correcto trabajo de Misty Upham, quien la supera en precariedad y no dispone de coche para ir a trabajar. La situación de ambas mujeres establece la razón por la que decidirán colaborar en el contrabando de personas ilegales a través del rio congelado que separa Canadá de Estados Unidos.

El guión entreteje el rol personal de cada una con la realidad de la inmigración ilegal y la precariedad en la que subsiste la cara oculta del país más poderoso del mundo. El amenazante crujido de la capa de hielo que cubre el rio bajo el coche no es sino una gran metáfora de la delgada línea que separa lo correcto de lo que no lo es, la lucha por la supervivencia del inevitable abismo, la reserva india del mundo de los blancos o la poco apreciable diferencia entre las esperanzas que anhelan los ávidos de una vida mejor en el primer mundo y la triste realidad que les espera en la supuesta tierra prometida. La película tiene numerosos defectos, pero también algunas escenas muy bien logradas y emotivas. Las principales actuaciones, sobre todo la de Melissa Leo, cuya nominación me parece sobradamente merecida, justifican el notable, a pesar de cojear en los papeles de los secundarios y de desaprovechar el tono in crescendo del que hace gala con un final tal vez demasiado predecible. Defectos que pueden justificarse por tratarse de una ópera prima y que no ensombrecen la seductora perspectiva de que hoy en EEUU también se realiza un cine de calidad más allá del inflado espectáculo para la inmediata taquilla.