Headhunters, de Morten Tyldum

Del director noruego Morten Tyldum, Headhunters es una adaptación del best seller homónimo del músico y escritor de novela negra  Jo Nesbo, convertido para la pantalla en un thriller salvaje lleno de asesinos excéntricos que combina sórdidas explosiones de violencia con una delirante sátira del espionaje empresarial.

Roger Brown (Aksel Hennie) es un cazatalentos con síndrome de hombrecito por su estatura (1,68 es muy poco para un nórdico) y su aspecto de poca cosa, que alimenta su necesidad de liquidez constante con el robo de obras de arte. Utilizando la información que le brinda el trabajo como pollster de candidatos para puestos ejecutivos, Roger irrumpe en las casas de sus contactos y remplaza su arte por copias baratas. El dinero lo necesita para saldar las enormes deudas que genera su vida fastuosa y mantener feliz a una esposa escultural que cree no merecer (Synnove Macody Lund, crítica de cine y debutante como actriz), propietaria de un galería de arte. Buena posición social y mucha pasta para gastar justifican sus razones para que semejante hembra continúe enamorada de alguien tan insignificante como él. Claro que, las cosas se complican cuando una de sus víctimas resulta ser un ex-mercenario del ejército (Nikolaj Coster-Waldau, el de Juego de Tronos) especializado en la detección y persecución del personal vía GPS. A partir de aquí se suceden espeluznantes asesinatos, infidelidades, cambios de juego y confusiones de identidad dando como resultado un conjunto laberíntico de giros, falsas complicidades y pistas engañosas que dan poca tregua al espectador.

El actor Askel Hennie, se ve mucho mejor luciendo su alopecia

Headhunters se sucede a un ritmo vertiginoso, aunque después de una primera mitad  brutal el ritmo decae levemente para remontar al final. Muy al estilo de Hitchcock, el suspense se regocija en un protagonista cruel y grotesco que cae en desgracia pero se las arregla para, usando su ingenio, sacar las fuerzas necesarias y lograr sobrevivir. El elemento fuerte es la trama bien construida, que se retuerce y mantiene a la audiencia cautivada y entretenida. A lo que se añade el uso del splastick y del gore, con algún que otro susto pero sin regocijarse, y las bromas sarcásticas en momentos inapropiados estimulando cierto humor cínico con reminiscencias a los Hermanos Coen en Sangre fácil. Destacable también el realismo y la gracia con el que se retrata el personaje de Roger Brown –con más vidas que un gato, eso sí-, aunque la tónica general de los personajes presente como denominador común una palpable superficialidad. Asken Hennie ofrece una actuación suficientemente convincente del hombre de negocios inseguro, confundido y atrapado en un laberinto de engaños. En general, thriller bien armado y muy entretenido, no sería de extrañar que algún vulgar remake se estuviera cociendo ya al otro lado del Atlántico.

 

Los colores de la montaña, de Carlos Cesar Arbeláez

Si leemos la sinopsis en cualquier medio de información, la película es la historia de tres chavales a la captura de un balón de futbol que les ha caído en un campo minado. Si Los colores de la montaña, ópera prima del colombiano Carlos Cesar Arbeláez, fuese solamente esto, estaríamos ante un inolvidable drama filmado en Antioquia, en la parte andina de Colombia. Pero más allá del conflicto infantil que presenta, la historia tiene como telón de fondo la violencia inherente a una Colombia compleja. Los enfrentamientos cotidianos y los deseos de niños y adultos, demasiadas veces frustrados, envueltos en un macrocosmos sin salida, donde el horror sobrevuela día a día la fragilidad de los protagonistas. La maestra, con no más de una veintena de alumnos de cinco grados  distintos en la misma clase, cada día tacha alguno de la lista porque sus familias han huido o simplemente han muerto asesinadas. Las violentísimas relaciones dentro de esas familias, donde las mujeres guardan siempre silencio porque su condición social no es más importante que la de la vaca que les da sustento. El drama de los desplazados por una guerra enquistada donde la dura realidad impone a todos sus particulares reglas de terror y los campesinos son acosados permanentemente y demasiadas veces asesinados por militares, paramilitares o guerrilleros de las FARC.

Para bien o para mal, el Cine ha caído muchas veces en la tentación de contar la guerra desde la mirada de la inocencia infantil. Pero también es cierto que las formas de abordar la violencia y de humanizar la guerra son muy variadas, y solo algunos cineastas logran implementar una sensibilidad especial sin caer en el maniqueísmo y la manipulación del espectador. En Los colores de la montaña los auténticos protagonistas son los niños, y la guerra es solo el telón de fondo donde sobreviven con sus ilusiones que probablemente jamás lleguen a alcanzar. Uno de los  momentos de mayor tensión del film es cuando los tres muchachos, Manuel, Julián y Poca Luz, tratan de recuperar el preciado balón suspendidos de una cuerda que pende de un árbol. En ese momento el público gira la cara o cierra los ojos, no quiere ver que alguno caiga al suelo y pise accidentalmente una mina.  Carlos Cesar Arbeláez se hace con el espectador construyendo con sensibilidad sus personajes, y consigue una película emotiva porque deja la violencia más agria fuera del cuadro, a través del sonido del helicóptero policial, de los silencios, del mural del colegio o de un simple camina, no te des la vuelta, no mires atrás de la maestra al alumno, lo que probablemente hace esa violencia, si cabe, más efectiva.  Ofrece una mirada privilegiada a una realidad a la que asistimos demasiadas veces desde la lejanía de nuestro televisor, y lo hace con ausencia de cualquier tipo de componenda moralizante o ilusoria. Una película, además, realizada con un presupuesto irrisorio y con medios muy rudimentarios, pero que tiene la virtud de no dejar indiferente a nadie a pesar de, o gracias precisamente a, la belleza y la sencillez con la que se aborda esa  durísima realidad a la que sobreviven miles de personas cuyas existencias parecen olvidadas por el resto del planeta.

El demonio bajo la piel (The killer inside me), Michael Winterbottom (2010)

Michael Winterbottom es uno de los directores más eclécticos del actual panorama europeo. A ritmo de una película por año y aventurándose cada vez en géneros distintos, cada una de sus propuestas es una auténtica caja de sorpresas. Su cine nunca deja indiferente y es habitual entre la crítica opiniones encontradas para todos los gustos. The killer inside me se presentó en el pasado Festival de Berlín como no podía ser de otro modo: denostada por muchos, alabada solo por algunos. Idéntico resultado ha obtenido allá donde se ha estrenado. Estaba deseando poder ver esta película porque, hasta ahora, pocos son los trabajos de Winterbottom que me hayan defraudado y casi siempre logra sorprenderme.  Además me intrigaban las reseñas que a lo largo de estos meses he podido ir leyendo, sobre lo brutal que resultaban algunas escenas.

La verdad es que brutal, en cuanto a violencia, desde luego, lo es. Además se trata de una violencia muy poco contenida, nada de ficción y palomitas, hay escenas poco fáciles de digerir. La película es una adaptación cinematográfica de la novela homónima de Jim Thompson, uno de los autores de género negro norteamericano más importantes del siglo XX. Cuenta la historia del ayudante del Sheriff, Lou Ford (Casey Affleck), que ejerce en un pequeño pueblo al oeste de Texas. “El problema de crecer en un pequeño pueblo es que todo el mundo piensa que sabe quien eres“, dice Lou en un momento de la película. Y es que Lou Ford lleva una doble vida. La cortés reputación de caballero que tiene entre los habitantes del pueblo, donde ha vivido desde que nació, oculta la verdadera naturaleza de un hombre perturbado y extremadamente violento, un sádico asesino que un buen día tropieza con una prostituta local (Jessica Alba) que no hace ascos a su sadismo. Pero el asunto se le va de las manos y una cadena de asesinatos comienza a desencadenarse mientras trata de ocultar cualquier huella que conduzca al fiscal del distrito a sospechar de él.

The killer inside me es una película que se presta a la crítica fácil de misoginia y violencia gratuita. Crítica absolutamente superficial pues Winterbottom no hace sino adaptar una novela y demostrar un gran estilo cinematográfico y de dirección a la hora de retratar de manera bastante fiel tanto la psicología del personaje como el ambiente y el aroma de un pueblo tejano en los años 50. Como thriller dramático, la película funciona perfectamente. Es áspera, sombría, con buenas interpretaciones, montaje más que correcto y bien dirigida. Winterbottom captura, además, el ambiente de época en numerosos detalles, ayudado por la música country que acompaña toda la película.

La trama, aunque está narrada de manera lineal en el tiempo, hace uso ocasional del flashback y de una serie de saltos que complican el formato al espectador, y muchas escenas comienzan a comprenderse del todo cuando ya ha transcurrido algo de tiempo desde el inicio. Este requerimiento de cierto esfuerzo, unido a algunas escenas eróticas de corte sado-masoquista explícito son características que, con bastante probabilidad, han tenido como consecuencia el rechazo de un sector de crítica y público. Es cierto que son duras de ver y algunas rozan un grado de violencia perturbador. Sin embargo, la manera en que todo sucede no es gratuita, ya que contribuye a que el lado oscuro de Lou Ford sea creíble y nos permite comprender  los entresijos de la mente psicótica del protagonista. A este objetivo se añaden los diálogos interiores de Lou, elaborados con un negrísimo sentido del humor, unas actuaciones espléndidas y el buen hacer de Winterbottom para mantener el pulso de una película que parte de un guión que muestra  casi todas sus cartas en los primeros minutos. Desde la segunda escena sabemos que el protagonista es un asesino demente y sus preferencias sexuales, sin embargo,  Winterbottom  consigue llevarnos por el camino menos esperado: creemos que sabemos qué sucederá pero casi siempre estamos equivocados.  Y hecha la advertencia de que se enfrentan a uno de los films noir más sádicos y gráficos que se han hecho recientemente, quienes se atrevan con ella tienen asegurado 108 minutos pegados al sofá tras los cuales podrán sacar sus propias conclusiones. Por mi parte, una película notable.

Plano secuencia (12): Irreversible, Gaspar Noé

Irreversible es una película francesa de 2002 que provoca sensaciones encontradas. No creo que sea la obra maestra que algunos reivindican, pero tampoco me parece merecedora de los calificativos de obscena, desdeñable y gratuita que otros le atribuyen. No es apta para todos los estómagos, pero a mi me gustó, creo que a pesar de su crudeza es una buena película que pretende plasmar los extremos emocionales que puede vivir el ser humano sin medias tintas y que, además, cuenta con un estilo narrativo original y planificado al milímetro, lejos de la gratuidad con la que muchos la califican. Irreversible cuenta la historia de tres personajes, Alex (Mónica Bellucci) y Marcus (Vincent Cassel), una joven pareja enamorada que vive en París y un día deciden ir a una fiesta en compañía de Pierre (Albert Dupontel), ex novio de Alex y amigo de Marcus. A lo largo de la noche Marcus se excede en el consumo de alcohol, drogas y coqueteo, por lo que Alex -molesta- decide marcharse a su casa. Pero de camino, al cruzar un túnel subterráneo es salvajemente violada por un desconocido que la deja en estado de coma. Marcus y Pierre irán en busca del violador movidos por su sentimiento de venganza. Claro que todo esto lo sabemos una vez vista la película completa, porque los hechos están narrados de modo inverso, al igual que lo hiciera Memento de Chritopher Nolan, y las escenas más salvajes las vemos durante la primera mitad sin comprender los motivos que asisten a los protagonistas, lo que ayuda a la sensación de gratuidad y a que muchos espectadores se levanten hartos de presenciar tanta barbarie sin sentido aparente. Comienza con los títulos de crédito finales e inmediatamente asistimos a una violentísima escena en la que un hombre es brutalmente golpeado en la cabeza y asesinado con un extintor en un club nocturno. Los primeros diez minutos, muy explícitos, con la cámara frenética agitándose y girando constantemente, a lo que hay que añadir el uso de la luz parpadeante, provocan auténtica sensación de angustia y logran que uno se sienta realmente aturdido, porque nos asiste un sentimiento de no poder soportar ni un solo golpe más sin gritar basta y levantarse de la butaca.

Poco más tarde otra escena salvaje y despiadada, que roza lo insoportable, es la de la violación, de unos diez minutos, interminable, violenta y bárbara como pocas, punto donde muchos espectadores abandonan la película. Sin embargo, a pesar de su tremenda crudeza, y tras haber asimilado todas las connotaciones del film, caben dos puntualizaciones en favor del sentido que Gaspar Noé pretende con esta secuencia. La primera es la distancia con la que la cámara nos muestra los hechos, es la única secuencia en la que la cámara permanece quieta y lejos de los personajes. Busca el retrato de la perversión de la que es capaz el ser humano, su lado más miserable de manera objetiva, al contrario que en el asesinato inicial, donde empleaba la cámara subjetiva para hacernos partícipes del sentimiento de venganza del protagonista. La intención no es sino que nos sintamos violados en nuestros principios y en nuestra moral, enfrentarnos directamente con el lado más asqueroso e irracional del ser humano, abatir al espectador que sigue mirando las aberraciones que algunas personas son capaces de cometer. La segunda puntualización es aquel hombre cuya sombra vemos asomar al final del túnel, aproximadamente a mitad de la escena, ese que observa unos instantes y se da media vuelta huyendo del lugar, fiel reflejo de  la doble moral humana que gira la cabeza ante las atrocidades y se niega a ver y aceptar la realidad que se cruza en el camino: ojos que no ven, corazón que no siente, toda la hipocresía de la que somos capaces reflejada en unos segundos delante de nuestras narices. A todo ello se suma que, al estar la película narrada al revés, tenemos la constante sensación de que cuanto vemos es gratuito, un ejercicio de violencia morbosa carente de sentido. Entonces vamos atrás en el tiempo, a solo unos minutos de la violación y comenzamos a comprender la secuencia inicial y las reacciones de los protagonistas. Asistimos a escenas de romanticismo feliz y somos dolorosamente conscientes del triste destino que les espera de manera irreversible. Y de que Irreversible es una película sobre muchas cosas: la inexorabilidad del tiempo, la crueldad, la tendencia natural de venganza, la hipocresía, el azar de la vida, la tristeza de la realidad cotidiana. A la gente buena le suceden algunas veces estas y otras cosas en la vida. Ya sería bonito que el mundo fuese un cuento de hadas que perpetuara nuestra necesidad de falsedad. Frente a esto, Irreversible desprende una filosofía demoledora y tremendamente nihilista. Tal como dice la película, en boca de Philippe Nahon: el tiempo, ese que todo lo destruye.

En el aspecto formal, la película emplea una serie de técnicas artísticas con el fin de provocar determinados efectos. En la escena del asesinato el sonido es exorbitantemente amplificado y se hace más repugnante por el violento y constante girar de la cámara. Cuanto oímos durante la primera hora también está medido para crear sensación de angustia en el espectador, utilizando un nivel de hercios específicamente diseñados para este fin. La elección de los colores rojo y blanco en los créditos de inicio alude a los contrastes dramáticos radicales del relato. Los contrastes de iluminación, que van del casi negro de los bajos fondos de París al blanco brillante de las escenas finales repletas de luz, pasando por el rojo de la violación, sirven al director para expresar el tono del metraje y la carga dramática en cada momento, al igual que los movimientos de cámara de 360º que vemos entre las escenas que sugieren, además del retroceso en el tiempo, la inevitabilidad de los acontecimientos que tienen lugar en la narración. La película termina con una serie de imágenes alternantes en blanco y negro que tienen un efecto hipnótico, con clara intención desorientadora en el trágico camino circular de la vida a la muerte. No traeré para esta sección ninguna de las dos escenas comentadas más arriba que han otorgado la fama, para bien o para mal, a Irreversible. Me parecen excesivas, sobre todo contempladas en un contexto aislado para quien no haya visto todavía la película. Hay que llegar al final para entender todo su significado. Me quedaré con la secuencia del metro de París, camino de la fiesta, la penúltima, que no desvela ninguno de los secretos del film. Es uno de los trece planos secuencia con los que está montada la película y refleja bastante bien la relación que existe entre los tres protagonistas.

Más sobre plano secuencia

El truco del manco, de Santiago A. Zannou

cartel-el-truco-del-manco“El truco del manco” es la ópera prima del director Santiago A. Zannou, una historia marginal de supervivencia en las calles más duras de Barcelona, con un protagonista minusválido que lo tiene todo mucho más complicado que el resto pero que, a pesar de ello, continua adelante con sus sueños con una determinación realmente sorprendente. Un debut bastante digno, porque a pesar de que se le puedan reprochar al film  diversos defectos, Zannou es capaz de lograr con su trabajo algo de lo que han carecido muchas producciones patrias con bastante más presupuesto e incondicional apoyo académico, que es conmover, sorprender y entretener al espectador.

El retrato de la vida en los barrios desamparados de las grandes urbes ha sido un tema recurrente por parte de muchos cineastas y, en ese sentido, la ambientación de la película y la estampa de la marginalidad no es el descubrimiento del año, pues se trata de una historia que, de un modo u otro, ya hemos visto muchas veces en el cine. Donde la película logra realmente destacar no es en el esquema, sino en el uso de la narrativa cinematográfica para su desarrollo y en la descripción de personajes subrayada por ese ambiente suburbial, ambiente particularmente bien recreado y trasladado a la pantalla. Todos, sin excepción, desde los dos protagonistas hasta los personajes más secundarios, respiran autenticidad, humanidad y naturalidad por todos los poros. Sus diálogos (algunas veces incomprensibles), sus reacciones, sus movimientos, van dibujando como piezas de un puzle cada una de esas personalidades distintas y alejadas de la mayoría de nosotros pero que el director nos va mostrando con  sorprendente sensibilidad hasta lograr nuestra indulgencia. La escena de “El Cuajo” (apócope de “renacuajo”, el protagonista parapléjico) bajando con tremenda dificultad la escalera, pero negándose a ser ayudado, hasta llegar a la parada del autobús, la conversación mientras espera con la camarera, la secuencia en la que se ve a los dos colegas sentados en un banco con los abrigos de visón que pretendían vender puestos, las relaciones entre la cuadrilla de paletas inmigrantes que construyen el estudio, desprenden una humanidad sorprendente que hace que, aunque la mayoría no compartamos nada con ninguno de estos personajes, no se pueda sino comprenderlos y observarlos con simpatía (incluso para los que no somos demasiado amantes del hip hop). zn_el_truco_del_manco1La película se desarrolla envuelta en un halo entre dramático y pesimista, con pocos momentos para la comedia, pero cuenta con un guión bien trabajado (aunque algunas veces previsible) y una puesta en escena minuciosa en todos los detalles, seguramente porque el cineasta es conocedor de primera mano de muchos de los ambientes que envuelven la película, en el que conviven la extrema pobreza con el mestizaje de etnias y culturas, la droga, la delincuencia y los núcleos familiares desintegrados, panorama en el que cobra importancia vital la lealtad y las relaciones de confianza entre colegas, y que el director logra trasladarnos fielmente a la pantalla con su cámara y con el trabajo actoral de unos protagonistas absolutamente desconocidos a excepción del cameo que realiza Mala Rodríguez en el papel de “la Tsunami”.

Se le podrían hacer, sin embargo, algunos reproches, sobre todo en lo que concierne a su precipitado final, en el que da la sensación de querer concluir  con excesiva rapidez en la escena delatora que desemboca en el incendio, secuencia desde mi punto de vista bastante desaprovechada, tal vez por inexperiencia del director, tal vez por falta de presupuesto y que, además, incluye un mensaje de autosuperación que peca de trascendental y aleccionador en exceso. También hay algunas partes demasiado ambiguas que adquieren sentido por conclusión del espectador al hilo de posteriores secuencias, como son la detención de los dos amigos explicada sólo con el protagonista colocándose los cordones de la zapatilla en el metro, o la venta del coche para obtener el dinero que deben, que se conoce porque directamente lo dice el protagonista, eso sí, algunos minutos más tarde. Otras son francamente inverosímiles, como vender una buena cantidad de videocónsolas en la puerta de un instituto a 200 euros (además de ser caro, ya quisieran los chavales llevar esa cantidad encima), o que el chino del todo a cien compre visones por 2000 euros… Con todo, y dado el panorama cinéfilo de la próxima edición de los Goya, “El truco del manco” es, con diferencia, de lo mejor que seguramente se presente y un más que digno debut de Zannou, director a tener muy en cuenta que, hasta ahora, sólo se había aventurado en el campo del cortometraje.

La Ola (Die Welle), de Dennis Gansel

die-welleEl director alemán Dennis Gansel (Napola, 2004, o Los muertos vivientes, 1998) acostumbra a dirigir, escribir, incluso participar en el elenco de sus películas. La Ola, sin embargo, está basada en el libro del norteamericano Tod Strasser, que narra los acontecimientos reales que sucedieron en 1968 en un instituto de California, en el que un profesor desarrolla un trágico experimento didáctico con sus alumnos de último curso para explicar a los adolescentes en sus propias carnes cuales son los mecanismos capaces de generar la autocracia. Trasladado a Alemania y a la época actual, el profesor de Educación Física, al que se le encomienda impartir una semana monográfica sobre la autocracia, pondrá en marcha el citado experimento y provocará, mediante una serie de actitudes consistentes en gestos, saludos, vestimenta, disciplina, obediencia al líder, etc… que, en una sola semana, los chavales se transformen en aquello que siempre rechazaban, demostrando cómo la inseguridad, la falta de referentes, la competitividad individualista del mundo que se les avecina o incluso la crisis económica pueden ser o son caldo de cultivo imperecedero del totalitarismo. die-welle-the-wave-german-film1Película muy interesante y atractiva para el público joven, pues resulta inevitable su identificación con los diversos personajes y sus caracteres y, de paso, seguramente algo de la lección quede acerca de cómo se manejan los grupos extremistas (incluso las sectas) para integrar o doblegar las voluntades de los más inexpertos; lo cual siempre es interesante, porque la lección no refiere la historia pasada más inmediata, sino que demuestra en ellos mismos cómo se manejan los pretendidos líderes conduciéndolos a la identificación con un grupo, a la exclusión del que no se une, la anulación de la propia personalidad y, en consecuencia, a la manipulación de voluntades, base que sustenta toda dictadura.

En cuanto a las interpretaciones, todas correctas, destaca el trabajo de Jürgel Vogel en el papel de profesor, hilo conductor in crescendo de las vivencias colectivas del aula en esa especie de semana temática en la que se sumerge el grupo. die-welle-22big1Sin embargo, la película peca en exceso de estereotipos a la hora de dibujar a los personajes, tanto por lo que se refiere a los alumnos (la empollona, el pellero, el contestón, el rockero, el hacker, la tímida, el guaperas….), los profesores (el carcamal, el enrrollao, la exigente, la directora conciliadora y comprensiva de todos…), e incluso a los padres (los pasotas, los progresista, los autoritarios…), hecho que conduce a que resulte más interesante como arma didáctica que como trabajo cinematográfico propiamente dicho, pues su mérito reside en lograr que el público (sobre todo el joven) vaya sintiendo auténtico pavor ante los mecanismos que hacen posible toda dictadura y las consecuencias terribles que conlleva, que no es poco. Habrá que hacerse con el libro, tal vez en él se pueda encontrar lo que aquí falta: el detalle en las contradicciones propias de cada personaje, esa profundización en las razones del protagonista y de su pareja y, sobre todo, una justificación más coherente de porqué en una sola semana se pudieron generar tal como se describen estos acontecimientos que desembocaron en un final tan trágico. Una pena, porque si la película hubiese reparado en estos elementos, además de didáctico podríamos estar hablando de un film maduro y realmente recomendable.

Gomorra, de Matteo Garrone

Había puesto en el visionado de esta película bastantes expectativas, fundamentalmente porque me gusta el cine europeo con contenidos, que no se limite a una historia de buenos y malos para pasar el rato, buscando un punto de vista diferente o novedoso a lo que ya existe y, también, porque me interesa el tema, aunque el libro no he tenido todavía oportunidad de leerlo. Desnudar los entresijos de la camorra napolitana le ha costado a Roberto Saviano, escritor del libro en el que se basa la película, serios problemas con la mafia, y en la actualidad se encuentra escondido en algún lugar desconocido como consecuencia de las amenazas sobre él y su familia. Lo que es cierto es que 1,5 millones de ejemplares vendidos en 30 idiomas dan para pagar mucha seguridad y probablemente vivir más que bien, hecho que no obvia el admirar su valentía, pues no todos estarían dispuestos a asumir tan terribles consecuencias.

Hay que decir que la película no es una adaptación del contenido completo del libro, pues tan sólo recoge 5 de sus 11  capítulos; los suficientes, sin embargo, para hacerse una idea de la magnitud de poder que en la actualidad poseen estos delincuentes y de cómo su modus vivendi forma ya parte de la idiosincracia de toda una región en el país. Resaltar el buen trabajo de documentación previo al film, del que después de su visionado no cabe la menor duda. La película mueve su argumento entre cinco elementos en los que la camorra es influyente: la guerra entre mafias en el barrio napolitano de Secondigliano, considerado uno de los lugares más peligrosos de Europa; la industria textil de Tersigno, lugar en el que se produce en negro gran parte de la moda italiana que se vende en tiendas de lujo; el barrio dormitorio de Scampia, en el que no hay tiendas, ni bares, ni transporte público, pero sí uno de los mayores mercados de la droga al aire libre donde la policía ni se atreve a entrar; el negocio de los residuos tóxicos en la región de la Campania, competitivo basurero de la industria italiana que ha relanzado la economía de esta región a costa del pánico de la población y la vista gorda de las autoridades; y, finalmente, la historia personal de tres adolescentes, que rondarán los 15 años, aunque podría ser la de muchos otros tempranamente reclutados por la mafia para hacer de palos, historia que el director maneja como telón de fondo de las otras cuatro y a la que trata de dar un carácter más argumental, mostrándonos unos jóvenes tan peligrosos como inexpertos que van a planear el desafío al poder de los capos, lógicamente, con fatales consecuencias para ellos.

Se nota que Garrone apuesta en este film, que como ya he dicho es un trabajo bien documentado, por plasmar con vehemencia y bastante crudeza el mundo de la mafia tal cual, sin adornos que dirijan nuestra mirada a otra parte u a otras historias personales del resto de protagonistas, salvando los adolescentes. Todo el trabajo está concentrado en sacar a relucir la crudeza de esta realidad, sin maniqueísmos, sólo la sordidez de su denuncia. Lo que sucede es que una película es algo más que eso. Incluso, si el director hubiese optado por el documental, no bastaría con coger la cámara y filmar una serie de escenas que por su dureza resulten expresivas. Tampoco se trata de exigir que sea una obra de arte que nos maraville, tan sólo que tenga un argumento conexo y no sea una sucesión de hechos montados uno detrás de otro, que el citado argumento se acompañe de un desarrollo comprensible, que el trabajo actoral esté mínimamente elaborado, sean o no profesionales, que se cuide la iluminación y no sea unas veces insuficiente y otras excesiva, que la fotografía no corte la cabeza de los protagonistas como sucede en numerosas ocasiones, que los planos sean detallados... Gomorra carece, desafortunadamente, de los ingredientes necesarios para ser considerada un trabajo cinematográfico de mínima calidad, porque es una sucesión de escenas descuidadas, inconexas, por momentos poco comprensibles, rodadas con una cámara que se mueve sin sentido de modo constante, con escenas largas en las que no sucede nada (ni argumental ni artístico) y otras demasiado breves para su comprensión, sin ahondar en ninguno de los personajes y con algunas puestas en escena e interpretaciones que rozan lo lamentable. La película se hace larga, agria y cansina, porque en realidad no dice nada que no hayamos podido sospechar alguna vez ni contiene elementos artísticos que la hagan de interés. No sé si definitivamente leeré el libro; lo que es seguro es que, si os interesa el tema, lo mejor será optar por esa lectura, ya que después de visionar un film tan lleno de destinos como este, es bastante probable que cualquier motivación caiga en picado de modo considerable, ya que la única conclusión a extraer de la película es aquello de “qué malo está el mundo” y la sensación de haber perdido dos horas de tiempo y algo más de 6 euros en la taquilla.

La desconocida (Giuseppe Tornatore, 2006)

Giuseppe Tornatore se dio a conocer hace ya algunos años por su mítica “Cinema Paradiso“, una obra sobre un viejo cine y los recuerdos de la infancia (todavía hoy tengo intacta en mi memoria la sensación que me causó la escena del muelle, o la de la tragedia en la plaza, o el final, uno de los más emotivos que he visto en el cine). Si bien “La Sconosciuta” (título original) nada tiene que ver con sus anteriores producciones, el hecho de estar firmada por el maestro italiano ya es, a priori, toda una garantía de buen cine. Y la verdad es que no decepciona lo más mínimo, porque nada se puede reprochar a esta su última propuesta; una película en la que el director se mueve como pez en el agua por diversos géneros cinematográficos: drama que desemboca en suspense, con algún atisbo de cine social (sin moralina ni maniqueísmo de ningún tipo) y policial para volver de nuevo al suspense y ofrecernos escenas finales sobrecogedoras.

La película trata la historia de Irena, inmigrante ucraniana que llega a algún lugar del norte de Italia huyendo de su reciente y oscuro pasado en busca de una segunda oportunidad en la vida. Allí la protagonista encuentra trabajo como niñera con una familia que tiene una hija pequeña aquejada de una extraña enfermedad neurológica que no le permite tener reflejos, con la que Irena va a establecer un vínculo especial. El director va descubriendo la historia de la protagonista en dos hilos narrativos diferenciados. Por un lado, su misterioso pasado, servido mediante justos y justificados flashbacks que permiten comprender la trama pero sin excesos en su uso; por otro, los verdaderos motivos de la estancia de Irena en la ciudad. Ambos no serán desvelados hasta casi el final del film, garantizando el suspense y la atención del espectador. Así, lo que comienza con atisbos de drama se convierte en un thriller psicológico que va ganando nuestra curiosidad con el paso de los minutos. Porque en esta cinta nada es lo que parece y el director juega hábilmente con el espectador en secuencias que van adquiriendo sentido a medida que la película avanza a través de un guión magníficamente orquestado para llevarnos poco a poco a su terreno. Nada en ella sobra, todas las escenas contienen esa información trascendente ofrecida en pequeñas y magníficas dosis que obligan a no perderse ni un segundo. La carga dramática, medida a la perfección y muy contenida, mantiene la tensión y consigue atmósferas repletas de intriga, al tiempo que nos muestra escenas crudas y frías de violencia sexual explicita para denunciar el infierno que actualmente viven miles de mujeres como Irena, sumidas en la esclavitud sexual.

La desconocida es un film sólido que se sustenta en un guión lúcido y magníficamente elaborado, desplegado con una fuerza poco usual que logra crear una atmósfera digna del mejor thriller europeo. Cuenta con muy buenas actuaciones, entre las que destacan, además de la protagonista (Ksenia Rappoport), la actuación de la niña (Clara Dossena), o la de Michele Plácido, que consigue poner los pelos de punta, e incluso Angela Molina en un papel secundario. La factura se completa con la excelente banda sonora a cargo del maestro Ennio Morricone; banda sonora a la altura de otras compuestas por él como Cinema Paradiso o La leyenda del pianista en el Océano, aunque para este caso ha sabido imprimirle  ese necesario toque más oscuro. La cinta se estrenó ayer viernes 26 de septiembre en España, a pesar de que fue rodada hace un par de años y acumula varios premios europeos. Confieso que la vi con cierto escepticismo, porque los últimos trabajos de Tornatore no estaban, en mi opinión, a la altura de lo que esperaba (es inevitable comparar después de una obra maestra como Cinema Paradiso); pero he de decir que, aún siendo una  trama difícil de seguir y que requiere mucha atención, no sólo no me decepcionó en ningún momento sino que no puedo más que recomendarla porque se trata de una película excelente.

Armonías de Werckmeister (Béla Tarr, 2000)

Armonías de Werckmeister es una de las películas más bellas que he visto. La afirmación no es exagerada, lo digo sin el más mínimo atisbo de duda. Cierto que no es film para cualquier momento, pero si alguna vez les apetece un director que deja de lado convencionalismos y clichés, descubrir una película distinta al cine entendido como personajes-trama-desenlace aderezado de trucos de cámara o efectos especiales, que no busca sólo el espectáculo de la acción para entretenerse un rato, y desean ver una obra de arte filmada, poesía en blanco y negro, lirismo desde la primera escena, adentrarse en un mundo de sensaciones, muchas veces claustrofóbicas, opresivas, demenciales, hasta absurdas, pero a la vez salvajemente hermosas, háganse con cualquier film del genio húngaro Béla Tarr y disfrutarán de una experiencia tan radical como fascinante. Sólo he tenido oportunidad de ver dos de sus películas: Sátántángo y Armonías de Werckmeister, ambas inolvidables, sublimes, pero si no conocen ninguna de ellas les recomendaría esta última que, a pesar de ser más breve (Sátántángo dura 480 minutos, Armonías de Werckmeister algo más de 120), posee su mismo y extraño pesimismo metafórico y a la vez una belleza visual extraordinaria, realmente incomparable.
Algunos cinéfilos encuentran muchas semejanzas entre el cine del húngaro Bela Tarr y el de Tarkovsky. La utilización de la imagen de modo lento y poético para narrar historias generalmente desestructuradas puede llevar a estas conclusiones. Pero Bela Tarr es un rebelde y posee un estilo único, no sólo en el argumento de sus películas (siempre se destruye para luego construir), también en su estructura narrativa (tomando el punto de vista del personaje más vulnerable), en los planos (desde detrás de esos personajes, como persiguiéndoles) y hasta en la iluminación (claroscuros para las escenas más violentas y espacios abiertos para las más cotidianas e íntimas). Semejante o no (en mi opinión, más bien no), poco o casi nada se echa de menos del buen cine del maestro ruso una vez visionado este film; cuya calidad, sin embargo, sí se prestaría a ser comparada.

La escena del monólogo a cargo del músico Erszt contra las aportaciones al sistema musical de Werckmeister, en la que se explaya en la necesidad de volver al origen de la música, idea que hace extensiva al conjunto de nuestra cultura, es imperdible. Su piano sigue desafinado por voluntad decidida, como el mundo en su caos imperante, superior a cualquier posible solución. No en vano la película se basa en la novela “Melancolía de la resistencia”, de László Krasznahorkai. .. O la escena del camión que porta el nuevo y amenazante circo-espectáculo llegando a la ciudad, atravesando sus calles de noche, lentamente, que parece que sólo con su sombra vaya engullendo una a una las casas… La masa enfurecida, desatada, la cámara siguiendo a esa multitud ávida de sangre mientras lo único que se oye son sus sobrecogedores pasos… El cuerpo del viejo desnudo, esquelético, desamparado, paralizado por el miedo, bellísima escena que sólo por su existencia hace merecedor al film del calificativo de obra de arte… La barbarie de la civilización al descubierto, la cruel represión, la muerte, la locura, el regreso al caos… En realidad hay pocas escenas de esta película que no sean dignas de elogio.
Merece la pena ver este film, porque a pesar de emanar el más radical pesimismo (del que también podría deducirse su lectura política), a pesar de su larga duración y de que su pulso es deliberadamente lento, las secuencias son de una belleza tan brutal, el trabajo de iluminación es tan perfecto y los personajes son tan intensos que esta vez creo que siquiera recomendaré el cafecito de rigor como suelo hacer en este tipo de películas. Una monumental obra de arte sin parangón en el actual panorama del cine europeo que ningún amante del buen cine debiera perderse. Para ir abriendo boca, les dejo los diez primeros minutos y… juzguen ustedes mismos.

Tropa de élite: Proselitismo fascista

Quiero suponer que el objetivo de Jose Padilha no era otro sino condenar la violencia que se vive en las favelas brasileñas, y que dicha condena abarcara también la violencia policial extrema practicada al amparo de resolver la conflictiva situación.  Pero sucede que nada en este mundo es imparcial y, en ocasiones, restregar la realidad al público de la mano exclusiva de quien sí toma partido puede desembocar en que el tiro salga por la culata. Sea como sea, el resultado de este film es, como yo lo veo, una justificación completa de la barbarie policial que ejerce el Batallón de Operaciones de la Policía Especial (BOPE) en Brasil:

A lo mejor piensan que los narcotraficantes son las grandes multinacionales de la droga, auténticas redes de poder bien organizadas que actúan amparándose en la legalidad para ganar millones y millones de dólares. A tenor del mensaje de la película,  se equivocan ustedes. Los auténticos narcotraficantes están en las favelas, no tienen más de 25 años y no saben leer ni escribir. Bueno, algunos sí, esos jóvenes hijos de papá que lavan sus conciencias en una ONG, aunque en realidad suben a la favela a conseguir droga para sus porros y alguna raya de coca, o incluso un poquito más para hacer de camellos en la facultad.

Temible la visión que tienen estos individuos del BOPE sobre las favelas. Cierto que, como vimos en “Ciudad de Dios” están armados hasta los dientes, se enzarzan cada dos por tres en tiroteos y sus jefes causan el terror entre los habitantes de estos barrios. La pregunta, si acaso, es: ¿De dónde sacan las armas? ¿Quién les suministra la droga?… O ¿tal vez ambas cosas nacen por generación espontánea en las colinas de Río de Janeiro?. Pero de esto no se habla, representando una realidad muy distorsionada y maniquea, en la que la única alternativa son los cuerpos paramilitares sin control de nadie. A ver si van a pensar ustedes que esto se resuelve con democracia y margaritas.

No voy a entrar en valoraciones técnicas de la película tipo si está bien rodada, la calidad fotográfica, el montaje o la interpretación. Porque en este caso me da la sensación que es lo menos relevante. La película es crudísima; he disfrutado con películas de terror gore y hoy, sin embargo, he estado a un tris de levantarme y marcharme de la sala. La voz en off del jefe del comando, martilleando fascistadas durante casi dos horas, justificando la barbarie policial que pasa por delante de nuestras narices en este film, me ha resultado más que espeluznante, vomitiva; porque esto existe, es real, no es ficción para entretener. Y si hay algo que tengo clarísimo es que la única garantía para la libertad en nuestra sociedad es que quien tiene el poder esté, más que nadie, sometido a la Ley y a las instituciones. Cierto, hay policías corruptos, y militares, y gobernantes, y jueces… pero esta premisa es la única que permite atajarlo en baneficio de las libertades colectivas e individuales. Y en los últimos años, da la sensación que mucha de la propaganda que se hace, precisamente desde algunas instituciones estatales, va más en la línea del mensaje de esta película que en fomentar la confianza positiva, abandonando algunas de las bases de cualquier garantía democrática. Se justifica invadir un país en nombre de esa democracia, matar civiles luchando contra el terrorismo, alargar la jornada laboral a 60 horas para ser solidaros con la crisis o proponer a Al Gore para Nobel de la Paz… y luego nos extrañamos de que un chavalín de 2º de la E.S.O. se descuelgue con que los inmigrantes vienen a robarnos!

Lo que tendría que estar claro es que el fin nunca puede justificar los medios, mucho menos si esto se hace desde los aparatos del Estado, y uno de ellos es la policía y sus cuerpos de élite. Porque, si esto se admite, estamos abocados a cualquier política que en nombre de la paz y el orden social se saque de la manga el tirano de turno. De hecho, este tipo de tesis son las que justifican la existencia de dictaduras de corte fascista: la actuación indiscriminada e ilegal de las fuerzas represivas, su justificación en los medios de quienes tienen el poder y la presunta garantía de la convivencia a punta de pistola. Puestos a elegir, prefiero quedarme como estoy antes que personajes portadores de semejante ética venga a arreglar el mundo.

Lo triste es que la mayor parte de la crítica vea en “Tropa de élite” una buena película. Y que haya salido triunfante en un festival como el de Berlín. El mundo cinéfilo intelectual me tenía perpleja cuando, por ejemplo, aplaudía pseudo-críticas sociales tipo Ken Loach (de esas de qué malo está el mundo…). Ahora empiezo a comprender. Porque, efectivamente, es la otra cara de las favelas tal cual… pero, seguramente, esta sea la realmente peligrosa y la cinta anda muy lejos de dejarlo claro. Bueno, se me olvidaba: en la película hay un policía negrito que tiene principios. Estudia en la universidad, quiere ser policía, pero también abogado. Quiere conocer la ley, y quiere aplicarla tanto para acabar con el narcotráfico como con la corrupción policial. Pero el broche de la cinta es, ni más ni menos, el honrado personaje “viendo definitivamente la luz” y su ascensión a jefe de comando; se lo ha ganado exterminando a media favela y metiéndole un balazo entre ceja y ceja al jefe de los peligrosísimos narcos: un desgraciado yonqui analfabeto de no más de 20 años. Indignante.

Blackwater: Yonquis de adrenalina, putas de la guerra.

Jeremy Scahill , autor de este libro, es periodista de investigación y habitualmente colabora en la revista The Nation. Entre sus méritos está el haber ejercido una dilatada labor como reportero en Irak, Yugoslavia y Nigeria. “Blackwater, el auge del ejército mercenario más poderoso del mundo” es su primera publicación en el mundo editorial. Narrada con estilo periodístico directo y sencillo, saca a la luz uno de los asuntos más oscuros de este principio de siglo: el cómo y el porqué del gasto millonario a cargo del erario público en la construcción de un ejército privado paralelo al militar en los Estados Unidos, cuyo control resulta tan complicado como amenazante, ya que sus propias características lo convierten en extremadamente escurridizo.

Hoy, la Guerra de Irak cuesta al gobierno norteamericano 1.300 dólares por segundo (¡hagan cálculos!). Todo un descalabro económico que tiene bastante que ver con el reciente desplome de la Bolsa, la devaluación del dólar frente al euro, y en que tanto EEUU como Europa se vean sumidas en la actual coyuntura de crisis económica generalizada. La guerra, en Irak, se les ha ido de las manos. La invasión y sustitución de Sadam que pensaban resolver en unos meses con su poderoso ejército dura ya cinco años. Y se han visto obligados a desplegar tal cantidad de recursos humanos que el ejército por sí sólo no puede protegerlos; amén de la sombra de un nuevo Vietnam, tan políticamente costosa . Una solución a la indisponibilidad de recursos oficiales es contratar empresas privadas capaces de desplegar mercenarios en los puntos más conflictivos. Blackwater no es la única pero sí la mayor, puesto que se trata del ejército mercenario más poderoso del mundo. Según Scahill, posee tanques, cazas de combate y unos efectivos de más de 25.000 hombres que se han convertido en algo así como una guardia pretoriana que no respeta ninguna ley y sólo obedece fielmente a quien le paga: la Administración Bush. Porque esta maquinaria, al no ser parte integrante del aparato del Estado y tratarse de civiles con un contrato administrativo, está totalmente exenta del control parlamentario y es igual ante las leyes a cualquier otra empresa, como McDonald´s o la Coca-Cola.

La cifra oficial de mercenarios desplegados en Irak asciende a 30.000. Casi todos tienen historial en las fuerzas especiales, aunque cada vez ingresan más “yonkis de adrenalina” (como los llama Scahill) procedentes de otros países. En Irak, Blackwater cuenta con un número importante de mercenarios chilenos (por citar el ejemplo de un país) muchos de ellos formados durante el régimen de Pinochet: “Registramos hasta los confines de la Tierra en busca de profesionales”, declaró en una ocasión su presidente, Gary Jackson. También, si algún aliado tiene problemas con mandar a miembros de su ejército bajo el mando de los EEUU, puede prestar su adhesión reclutando voluntarios a las órdenes de estas fuerzas privadas en misiones de apoyo y seguridad, que son en realidad las que oficialmente tienen encomendadas. Pero sus motivaciones no son ni patrióticas ni ideológicas. Más bien sus hombres podrían calificarse como auténticas “putas de la guerra” a razón de 1.500 dólares diarios por estar en Irak (unos 1.000 euros); cantidad irrisoria comparada con los 5.000 dólares diarios que factura Blackwater al Gobierno Bush por cada uno de ellos. 30.000 paramilitares rapados al uno cepillo, enfundados en sus uniformes negros y chalecos antibalas, brazos como jamones, gafas pegadas a la piel del cráneo, iPod con Slayer sonando en una oreja, en la otra el intercomunicador, y un M4 que dispara 900 balas por minuto: “Hablan poco, tienen el gatillo fácil y han protagonizado ya miles de incidentes, muchos de ellos con bajas civiles“. El último, el pasado 15 de noviembre, cuando un grupo abrió fuego en un mercado de Bagdad tras una revuelta y mató a 17 personas, todos civiles que huían mientras los mercenarios continuaban disparando por la espalda.

El mundo se enteró por primera vez de la existencia de compañías militares privadas tras una emboscada de la que fueron víctimas cuatro soldados de Blackwater en Faluya, el 31 de marzo de 2004. Este asesinato supuso el punto de inflexión entre la invasión y el inicio de la resistencia iraquí. Las noticias no se referían a las víctimas como soldados sino como “personal civil contratado” o “trabajadores de reconstrucción“, como si se tratase de ingenieros, obreros o proveedores de ayuda humanitaria. Casi nunca se usó la expresión “mercenarios” para describirlos, como tampoco se hace en la actualidad. Sin embargo, una de las consecuencias de la emboscada fue que Blackwater alcanzara una posición de privilegio para influir en la supervisión (o ausencia de ésta!) de otras empresas privadas con encargos similares en la zona.

Blackwater sólo tiene 11 años de vida, pero su ascenso y enriquecimiento es toda una epopeya en la historia del complejo militar-industrial. La viva imagen de los cambios en la revolución de los asuntos militares que apuntaba Donald Rumsfeld, Secretario de Defensa, un día antes de los atentados contra las Torres Gemelas, cuando presentaba en el Pentágono un proyecto para pacificar Oriente Medio que incluía un nuevo Pearl Harbour como acelerador de sus planes, ahora expandido desde la administración Bush bajo la capa de guerra contra el terrorismo. Shadill afirma que “El auge de esta fuerza mercenaria podría presagiar la fase final de la caída de la democracia estadounidense“. Su creación se remonta a 1996, cuando sus visionarios construyeron el primer campamento privado de instrucción militar con el fin de “Satisfacer la demanda prevista de externalización desde el Estado de la formación en el manejo de armas de fuego y en el campo de la seguridad“, continua con los contratos del 11-S y pasa por la sangre en las calles de Faluya, en las que los cadáveres de sus mercenarios fueron colgados de un puente a la vista de todos. Como represalia, el ejército aplastó la ciudad al grito de “Pacifiquemos Faluya“. Pero también hay, entre otras hazañas, una expedición al mar Caspio donde se envió a Blackwater a establecer una base junto a la frontera iraní, una incursión en las calles de Nueva Orleans cuando fue arrasada por el huracán, y “muchas horas en los salones de Washington D.C., donde sus ejecutivos son recibidos con los brazos abiertos y saludados como los nuevos héroes de la guerra contra el terrorismo“. Una compañía que dirige un sólo hombre, Erik Prince, miembro de una archimillonaria familia cristiana y derechista radical de Michigan. La familia Prince lleva décadas gastando auténticas fortunas para facilitar la llegada al poder a los republicanos, y la recompensa ha tenido como resultado el meteórico ascenso de su empresa más beneficiosa en la actualidad: Blackwater. Entre sus dispendios caritativos resaltan el aporte de generosas sumas a la guerra de la derecha religiosa contra el laicismo, contra los derechos de los homosexuales, contra las regulaciones de las emisiones de CO2, el aborto o el respeto a las minorías.

La extensa narración de todos los detalles de esta paulatina y alarmante transformación de las fuerzas militares de combate en una empresa lucrativa se encuentran en este libro. De su lectura conocemos un poco más del mundo en el que vivimos, de sus clases dirigentes tan discrecionales a la hora de señalar con el dedo quiénes son los terroristas, y de quién se está forrando en Irak a base de destrucción, sangre y dolor humano. Un libro duro, muy duro, pero tan recomendable como necesario.