Network, un mundo implacable. Sidney Lumet

networkHace escasas semanas podíamos presenciar el apuñalamiento en directo de un muchacho por parte de un ultra mientras comíamos viendo el telediario. Lo había grabado una cámara de seguridad y se pasaba por La 1, televisión que pagamos con nuestro impuestos. Pero también se hacían eco otros canales privados, paradójicamente alguna cadena que presume de no ser sensacionalista como La 4, o algún periódico más o menos serio y con alardes progresistas como es El País en su edición digital.  De estas cosas ni nos asombramos, nos tienen tan habituados los telepredicadores a la barbarie informativa, que el público nos hemos vuelto casi inmunes. Pensándolo bien, no deja de ser triste, pero este es el mundo en el que vivimos, guste o no, quizás por ello tendemos cada vez más a encerrarnos en nuestra propia parcela existencial y ocuparnos en menor medida de los asuntos colectivos que en definitiva nos atañen a todos. Y lo peor, quizás ello haga que las generaciones futuras sean más impermeables a la manipulación informativa, pero al mismo tiempo mucho menos sensibles a lo cotidiano siempre que puedan cerrar la puerta de su parcela hipotecada a los sentimientos ajenos. Casualmente anduve revisando Network, una película que cada vez que veo descubro facetas nuevas, no sólo por lo que atañe a su contenido, también a sus formas y a su factura. Y cada vez se me antoja más perfecta. ¡Salid todos y gritad por las ventanas lo jodidos que estáis! bramaba aquel presentador de televisión que levantaba la audiencia hasta que se cansaron de él, bajaron los índices y le propusieron el despido. Claro que, un propagandista de tamaña envergadura no se iba a conformar con el finiquito y la jubilación anticipada. Así que nuestro profeta, loco de las ondas, Beal (Peter Finch), impermeable empapado y gomina hasta las cejas, se harta. Preso de una crisis nerviosa, mientras se emborracha con su jefe y bromea con suicidarse, pide se le de la oportunidad de despedirse en antena: “Me he quedado sin tonterías que decir” y anuncia su suicidio en directo.network

Pero en realidad nuestro teleapóstol no es sino un personaje secundario, porque el auténtico protagonismo se centra en Diana Christensen (Faye Dunaway), ejecutiva del canal de televisión, mujer voraz, hambrienta de índices de audiencia que hará lo que sea, lo que sea, para mejorarlos y trepar en la cadena. No duda, si es necesario, en convertirse en amante de Max Schumacher (sensacional William Holden) para lograr aquello en lo que se empeña. Increíbles escenas donde sus labios se humedecen cada vez que piensa en los índices mientras sus ojos brillan cuando intuye cómo aumentarlos. En la cama, discute sobre la audiencia mientras se acuesta con su jefe, y llega al orgasmo al tiempo que jadea algo sobre su programa “La hora de Mao Tse-tung”

“¡Y usted se ha entrometido con las fuerzas primitivas de la naturaleza! ¡Y usted debe repararlo! ¿Me entiende usted señor Beale? Usted aparece en su pequeña pantalla de 21 pulgadas y grita sobre América y la Democracia. No existe América, no existe la democracia, sólo existe la IBM, la ITT, la AT&T, y DuPont, Dow Unión Carbide y Exxon. Esas son las naciones del mundo de hoy día.”

Sátira extravagante, drama tenso y comedia visionaria convergen todos en uno en Network para mostrarnos el mundo real, la manipulación de las masas y también el desprecio con el que se llega a tratar a los profesionales de la comunicación cuando dejan de ser útiles o no están dispuestos a seguir la voz de su amo. A nadie le importa lo que se diga en televisión mientras no se amenacen los beneficios. La libertad de prensa y de información no es sino papel mojado frente a las inmorales maneras que existen para luchar por unos cuantos puntos de ratting.

Cualquiera que lea esto y no sepa nada de este film podría pensar que se trata de la última escapada del cine indi, pero no, la película se rodó en 1976, cuando el auge del medio televisivo se pensaba pondría en seria amenaza los intereses económicos del mundo del cine para el dorado Hollywood. Y ganó cuatro Oscars, aunque estaba nominada a 10, con bastante probabilidad gracias en parte al mensaje contra el medio que representaba, aunque a mí me parecen sobradamente merecidos, sobre todo el otorgado al mejor guión y a Peter Finch, quien no pudo disfrutarlo pues falleció poco antes del reconocimiento.

Una película que convendría que todo el mundo viese o revisase, caso de haberla visto, por su mensaje que hoy día resulta completamente vigente (aunque las situaciones y decorados obviamente nos remitan a los 70) y también porque pone de manifiesto la capacidad de Lumet para moverse en terrenos muy distintos dentro de una misma película. Asunto nada fácil este que, seguramente, en manos de cualquier director menos eficiente, hubiese hecho del film un amasijo insalvable, pero que bajo la dirección de Lumet se convierte en un todo perfectamente equilibrado a la altura de otras cuantas obras maestras con las que cuenta en su haber.