Kafka en el Cine (3): El castillo

Kafka poseía el don, más que cualquier otro escritor de la época, de capturar la realidad con toda su crudeza, los aspectos más ridículos de la vida moderna junto a sus absurdas y burocráticas reglas. Uno de los mejores ejemplos es la inacabada Das Schloß, fielmente llevada a la televisión europea por Michael Haneke en 1997. El castillo es el clamor de un hombre que lucha por todos los medios por el reconocimiento de su trabajo, dirigiéndose y confiando en las autoridades, de las que espera el permiso para radicarse en el pueblo donde acude a ejercer de agrimensor. Pero quienes allí gobiernan lo hacen encerrados en un misterioso castillo en el que se aíslan de sus súbditos, a los que jamás escuchan y atemorizan imponiendo reglas sin sentido.

La primera adaptación de El castillo data de 1962. Se trata de una producción para la televisión alemana bajo la batuta de Sylvain Dhomme, único trabajo de este director que realizaría en solitario al tiempo que rodaba uno de los capítulos de Los siete pecados capitales, una obra colectiva en la que  participaban, entre otros,  Godard y Chabrol, todo en el mismo año.

También de nacionalidad alemana, se rueda en 1968  Das Schloß, largometraje dirigido por  Rudolf Noelte y protagonizado por Maximilian Schell , Trantow Cordula , Daniel Trudik y Qualtinger Helmut. La película fue seleccionada para competir en el Festival de Cannes, pero la edición de ese año se cancelaba debido a los acontecimientos de mayo del 68 en Francia.

Habría que esperar hasta 1984 para ver la siguiente adaptación, esta vez de nacionalidad francesa.  Una serie para televisión titulada Le Château, bajo la dirección de Jean Kerchbron, una de las figuras más importantes en el nacimiento de la televisión pública francesa. El guión es de Serge Ganzl.

En 1986 vería la luz el segundo largometraje para el cine, cuando el director finlandés Jaakko Pakkasvirta rodaba su versión titulada de Linna –que también significa castillo-. En 1990, el cineasta georgiano Dato Janelidze dirige y guioniza Tsikhe-Simagre. Es muy poca la información que se puede encontrar sobre estas dos película. Sí sabemos que Janelidze estudió filología y que su experiencia procedía del teatro. Actualmente trabaja para la Georgia Film Studio y ha realizado series y documentales para la televisión en su país, algunos de ellos versionados por canales de países vecinos con bastante éxito.

Zamok, dirigida en 1994 por el ruso Aleksei Balabanov, es un adaptación más moderna y según la crítica bastante fiel, con un toque de sofisticación, pues al parecer el film ata algunos cabos que en la novela de Kafka quedan en el aire. La película participó en las secciones oficiales de loa festivales de Montreal y Rotterdam y obtuvo varios premios nacionales en Rusia. Destaca la banda sonora, original de Sergey Kuryokhin y el vestuario. Entre el elenco se incluyen Nikolay StotskyMamma mia-, Svetlana Pismichenko y Viktor SukhorukovLa Isla (2006)-.

Pero la adaptación más conocida de El castillo es la realizada por Michael Haneke para la televisión de Austria en el año 1997. Das Schloß, completamente fiel al libro, encuentra una convivencia mágica con la particular visión del mundo del director, que representan a los individuos cediendo ante un progreso mecánico cada vez más frio e indiferente a la sociedad que les rodea, manifiesta en trabajos como El Séptimo continente, Codigo desconocido, Funny Games o Cache.

K (Ulrich Mühe), viaja a un poblado contratado como agrimensor. Cuando llega se le trata como un vagabundo y le es casi imposible encontrar alojamiento donde pasar la primera noche. Seguramente es un malentendido, se dice a sí mismo, que podrá resolver en los días sucesivos, pero nada más lejos de la realidad, porque a medida que pasa el tiempo su situación se complica alcanzado cotas absurdas inimaginables. Ha de cargar, además, con dos asistentes irremediablemente idiotas, Arthur –Frank Giering– y Jeremías –Felix Eitner-, y mientras trata desesperadamente de ponerse en contacto con el castillo va sufriendo una serie de experiencias cada vez más degradantes. La lucha de K es la de los individuos tratando de buscar el sentido racional a una insondable burocracia que le impide encontrar una posición en el mundo.

Kafka, además de no terminar la obra, dejó algunas lagunas en la narración, representadas en la película por apagones, fundidos a negro que suponen un salto narrativo y que son más frecuentes a medida que avanza la película, hasta el punto de que algunas veces se hace complicado seguir el argumento. La película no tiene final, y termina en mitad de una frase, tal como lo hace el manuscrito. Haneke no ofrece ninguna sugerencia de cual podría haber sido la solución de K, concluye tan abruptamente como lo hace Kafka: una traducción de la novela a la pantalla totalmente literal, sin música -a excepción del acordeón en el bar- y manteniendo una formalidad austera en cuanto a narrativa cinematográfica, pues no veremos ninguna de las concesiones o licencias que habitualmente utiliza el cine en las adaptaciones literarias para llegar de manera más fluida al espectador.

Muchos son los que tildan la película de aburrida, seguramente porque son también muchos quienes se acercan a Kafka con una idea bastante inexacta del sentido global de su obra, esperando personajes y situaciones irreales, oníricas, plagadas de escarabajos gigantes y personajes al borde de la locura, muy a lo metamorfosis. Un concepto bastante alejado del mundo kafkiano, que si por algo se caracteriza es por una visión estrictamente realista de la sociedad moderna, de su burocracia y de las reglas del poder, que captura en sus relatos como eminentemente absurdas, auténtica pesadilla para la lógica y la razón humanas. El K de Das Schloss lucha por ser reconocido, trata de preservar desesperadamente su identidad mientras se enfrenta a siniestros e invisibles burócratas que gobiernan el pueblo desde el interior del castillo, y quiere creer, a pesar de las circuntancias, en la posibilidad de que se le ofrezca una solución racional a su desconcertante situación.

K, el sistema burocrático y la consecuente imposibilidad de que las cosas tomen un rumbo lógico, teniendo que enfrentarse a figuras imposibles, encarnadas principalmente por Klam, con quien tratará de entrevistarse  de manera infructuosa día tras día. Un pueblo regido por normas atípicas y un hombre exahusto ante una figura inalcanzable como única solución para poner orden a su existencia, conforman tanto la obra literaria como la película. Nadie mejor que Haneke, seguramente, para llevar al cine El castillo, ya que su característico estilo parece complementarse a la perfección con el del autor, de modo que en la película podemos ver los rasgos usuales del director -hay mucha de la ambientación de La cinta blanca idéntica a Das Schloß– y la influencia clara del escritor. A lo que se añade la plasticidad gestual del gran Ulrich Mühe para encarnar a K como un ser agotado, apenas capaz de reunir la ira necesaria contra la irracionalidad de un sistema que consume una tras otra sus posibles respuestas. Una lástima que éste también haya tenido que morir demasiado joven.

Kafka en el Cine

La imagen de cabecera pertenece al catálogo de la exposición, “Franz Kafka,  1883 -…. fotografías.  1.924 manuscritos y documentos  incunables”, Academia de Bellas Artes de Berlín. De izquierda a derecha, Kafka, con Otto Brod -Riva, Italia- y el castillo de Wossek, sospechoso de tener que ver con la novela. Fuente.

Tokio Blues (Norwegian Wood), de Tran Anh Hung (2010)

Fuera de su país, Haruki Murakami es el escritor japonés más leído de su generación. Considerado hoy como figura de culto en el mundo literario, se podría decir que ha ganado popularidad en base a dos pilares fundamentales: su particular mundo, descrito con sencillez pero a la vez con extremada sensibilidad, y su adhesión a la cultura occidental, ya que contrariamente a la mayoría de escritores japoneses actuales, que han logrado prestigio en el extranjero por su japonesidad, Murakami ha confesado en numerables ocasiones una admiración clara por escritores como Scott Fitzgerald, Raymond Chandler o Kurt Vonnegut, a los que considera sus maestros. Pero si muchas de sus novelas están recorridas por un estilo post-modernista y plagadas de elementos surrealistas, ciencia-ficción y paisajes de ensueño, Noruwei no Mori es probablemente uno de los trabajos que más se distancia de cierto aire pop para adoptar un enfoque deliberadamente realista.

La novela es la historia de un estudiante introvertido, Toru Watanabe, que ha perdido a su mejor amigo y que se ve envuelto en una compleja relación con su ex-novia, en ese momento de efervescencia vital que transita entre los dieciocho y los veintitantos, marcado por la pureza de sentimientos que el tiempo y el transcurso de la vida tarde o temprano disolverán. Muchos son los que opinan que es la novela más autobiográfica del autor, quien como Toru creció en Kobe y fue a la universidad en Tokio, en la que permaneció durante el periodo de agitación estudiantil de finales de los 60. Él lo niega, declarando que no sentía excesivo interés en involucrarse en las protestas estudiantiles, y que en aquella época transitaba entre confrontaciones sociales y políticas como un lobo solitario, pero también esta es una característica de Toru, que navega constantemente en su propio mundo, quedando la situación exterior como telón de fondo, y las revueltas son el mero paisaje donde se desarrolla su particular batalla interior.

Noruwei no Mori vendió en 1987 dos millones de copias en Japón y otras tantas a nivel internacional. Se convirtió en una novela de culto para muchos, por lo que no es demasiado sorprendente que finalmente alguien haya decidido adaptarla al cine. Cuatro años le ha costado al vietnamita Tran Anh Hung persuadir a Murakami, quien finalmente accedió, dejando cierta libertad de adaptación al cineasta. Lo cierto es que quienes hayan visto alguna de sus películas, como El olor de la papaya verde o Cyclo, conocen el don para la sensualidad de este director y su manera tan especial de crear atmósferas lánguidas y poéticas que parecen venirle como un guante al tema de la novela.

Tokio blues es el título con el que se ha distribuido en España la película, heredando el nombre con el que también se publicaba la novela en su día en castellano. Internacionalmente, sin embargo, se la ha titulado como Norwegian Wood, en alusión al tema de los Beatles que se escucha en una de las escenas de la película y al que también refiere la novela.

Es un film relativamente largo, de 133 minutos, recorrido por el tempo pausado y poético que caracteriza al director, adaptándose perfectamente a una historia atormentada y compleja que, como el libro, va bastante más allá de un simple romance adolescente trágico ambientado en el agitado Japón de los 60. Comienza con una narración en la que Toru Watanabe (interpretado por Kenichi Matsuyama) nos cuenta cómo él, su mejor amigo Kizuki (Kengo Kora) y su novia Naoko (Rinko Kikuchi) crecieron juntos. Inexplicablemente para todos, Kizuki se suicida a los diecisiete años.

Dos años más tarde, Toru se encuentra en Tokio, donde estudia literatura occidental al tiempo que trabaja en una tienda de discos para apoyar económicamente sus estudios. Para su sorpresa, Naoko aparece en la universidad. Forman una relación inicialmente platónica, caminando juntos y hablando de todo menos de lo que más les atormenta: la muerte de Kizuki. Una relación que se irá complicando debido a la inestabilidad emocional de Naoko, que se debate entre salir adelante o quedar atrapada para siempre en el limbo del tormentoso pasado.

Aunque la acción se sitúa a final de los 60, la película está llena de resonancias válidas para cualquier lugar y momento, con personajes muy bien construidos e interpretados y una arquitectura cinematográfica espectacular, de la que se podría estudiar cada escena milimétricamente, a lo que cabe añadir un meticuloso ensamblaje del conjunto. Pero, sobre todo, a pesar de ser una adaptación del texto original con muchas licencias, temporales (la novela se narra como un recuerdo del protagonista maduro, mientras la película elimina el sentido de la nostalgia y nos sitúa directamente en los años de juventud) y de contenido (son abundantes los pasajes del libro que se obvian), pues a pesar de todo ello, Tran Anh Hung consigue lo más difícil, que es trasladar los enérgicos sentimientos del original literario con una impecable habilidad a la hora de plasmarlos en el cinematográfico, haciendo uso de movimientos de cámara, localizaciones, encuadres, diálogos, los silencios o la música como un auténtico maestro de las artes cinematográficas.

Naoko es tal vez el personaje más difícil de construir de toda la película, también es el más complejo de la novela. Aquí, si bien el director sale bastante airoso, es de los pocos aspectos donde no logra la profundidad de Murakami,  porque la magnitud de la angustia y la lucha mental de la joven, recluida en un sanatorio por su complicada estabilidad emocional, solo se llega a apreciar como una sensación descriptiva, mediante recursos como el viento azotando el pelo, nieve o lluvias torrenciales que nos transmiten a través de la pantalla el limbo mental del personaje, enfatizado por los acordes de una banda sonora que se adapta muy bien a cada momento anímico en el film, aportada por el guitarrista de Radiohead, Jonny Greenwood, muy bien utilizada, sin excesos, en su justa medida para destacar los principales puntos de inflexión en las relaciones de los personajes.

En conjunto, Tran Anh Hung logra una película notable de la adaptación de un texto de un autor complejo como Murakami, a pesar de lo obviado, lo añadido y las condensaciones que exige un medio como el cine. Hay algunos pasajes que el director ha eliminado, como incidentes en el pasado de Naoko que hacen su inestabilidad mental más explicable. Hay también ciertos ángulos ásperos, revestidos del particular estilo inquieto de Murakami, que se han suavizado, probablemente debido a los rigores que impone realizar un film más comercial. Pero la película tiene una construcción impecable, momentos excelentes y mucha belleza. Cine imprescindible, y una adaptación de la literatura cuidada y respetuosa, a pesar de que no logra captar esos aspectos que conforman la genialidad de Murakami, que no son sino su manifiesto sentido del humor, incluso en los momentos más tristes o melancólicos que embargan a sus personajes.

Constatación brutal del presente, de Javier Avilés

¿Quién ahora sino yo? Aunque no sé qué yo. Me imagino avanzando por túneles húmedos, arrastrándome por tuberías estrechas, mimetizándome con una maraña de cables y tubos, lleno de polvo y suciedad posados sobre mí a lo largo de los años. Sobre mi ropa, sobre mi arma. Tengo un arma. Aunque no sé por qué yo. Me observo desde mi posición. Hace años que me observo enredado entre cables y tuberías; me observo mientras trabajo y mientras escribo y mientras me camuflo fingiendo no ser yo, construyendo una ficción en torno a la ficción. Todo acabó, durante trece años todo acabó. El texto demostró la imposibilidad de narrar, la imposibilidad del narrador. Luego lo intentó otra vez. Lo vi desde mi posición entre el polvo y la mugre, vi cómo lo intentó y fracasó. Quizás sería mejor acabar con el lector para reinventar la narración. ¡Acabad con todos! ¡Lanzad la bomba! Parece que al final ocurrió, ya no me veo desde mi escondite. Preparo el arma. Me veo escribiendo sobre la muerte de la narración, sobre la muerte del lector, sobre la imposibilidad del narrador y del lector; luego no me veo más. Veo a un hombre con una chaqueta marrón raída avanzando apresurado con unos papeles en la mano, gritando «¡Así no, imbécil, así no!». O algo parecido.

Era la constatación brutal del presente según ha quedado ya recogida. La idea era como sigue. Se empezaba por el final. Primero la imagen de tres hombres caminando por un paisaje en ruinas. Tal vez evocara la descripción de una idea literaria a propósito de una novela que nos conduce al caos y la destrucción. El Apocalipsis está por llegar. No en nuestro tiempo, en el narrativo.

Primero, los hombres y la constatación de la destrucción y la búsqueda de la cúpula (La Cúpula). Después (antes, cronológicamente), la Sección 9 en La Cúpula, donde el fracaso de un experimento coincidía y concluía con la destrucción total. Se narraba desde una conciencia múltiple, no la de un narrador colectivo sino la de un único narrador con la mente y el comportamiento de un enjambre. El narrador debía morir, el lector debía morir. Desde esa perspectiva la única narración posible era aquella en la que todos los narradores fuesen los propios lectores. Demasiada repetición del concepto. Creo que todavía estaba en construcción cuando todo terminó.

El primero y, por tanto, el último de los relatos versaría sobre un documental de Allen Smithy, Sigma Fake. Desde mi escondite vi cómo lo escribía. Ahora no hay nada que ver. Una fábrica vacía en los sótanos de La Cúpula en la que la inercia del sistema automático hace que las cajas de madera circulen en un bucle sin fin por cintas transportadoras. Aun así mantengo el arma limpia y preparada. Me llega un hedor a podredumbre y descomposición de las cajas circulantes. Soy yo, aunque no sé qué yo. Sigma Fake es un documental que trata sobre la realización de un acto acrobático en lo más alto de un edificio. Como se dice en el texto: «La intención del director, apoyado en numerosos testimonios y documentos, es demostrar no tan sólo que dicho acto no tuvo lugar jamás sino que, en contra de lo que todo el mundo cree, el edificio nunca existió, constituyendo él mismo, su inexistencia, la ferviente creencia en la solidez de su construcción y la trágica catástrofe que lo destruyó símbolos de la falsedad de nuestros tiempos y anuncio de nuestro fin». Nuestro fin. Vuestro fin. No. No todos hemos terminado.

Veo al hombre del traje marrón. Lo vi. Vi a tres ridículos personajes apestando a humo, con ridículas máscaras (de cerdo, de pájaro y de nada), huyendo de un hombre con disfraz de koala. Ésa era otra historia.

Transcribo este fragmento del inicio de Constatación brutal del presente, novela que recientemente ha publicado Javier Avilés, a quien sigo a través de su blog de literatura y cine, El lamento de Portnoy, que viene editando desde 2005. Espero no se moleste por el copia-pega, es solo un breve fragmento que creo invita a la lectura inmediata. Hubiese sido lo suyo una reseña, pero algunas se resisten ferozmente a ser escritas.

Un par de puntualizaciones: Allen -aka Alan- Smithee es un pseudónimo que se acuña en 1968 por el sindicato de directores de cine norteamericano y que asumieron algunos cineastas cuando no querían aparecer, por la circunstancia que fuese, en los créditos de una película. Don Siegel fue el primer caso documentado, debido a sus diferencias artísticas con Robert Totten en Death of a Gunfighter (La ciudad sin ley), diferencias que desembocaban en que ninguno de los dos quería hacerse cargo de lo que había filmado. Posteriormente se ha usado en diversas ocasiones, y existe en IMDB un número razonable de títulos –73- firmados por el tal Smithee, además de videos musicales, mediometrajes y algún spot publicitario. He llegado a esta información interrogada por el documental al que recurre Javier Avilés constatando la presumible falsedad de otro documental, Man on wire, de James Marsh, que narra el periplo del funámbulo Philippe Petit en su empeño por cruzar las desaparecidas Torres Gemelas neoyorkinas a través de un cable a 400 metros de altura, allá por 1974. ¿Quien diablos es el tal Allen Smithy y su supuesto documental, Sigma Fake?

Duele. Lo que no impide, por otra parte, que el conjunto me haya parecido brutal, extraño, magnético, con una narrativa cercana a lo experimental, esa que raras veces, cabe decirlo, da de comer en el mundo editorial.  ¿Quién narra? ¿Cuál es el objeto de lo narrado? Deudas literarias al margen, decía Saer que la mirada del narrador, más allá de incorporar la realidad al texto, consiste en «penetrar y traspasar los bordes de la espesa selva de lo real». Lo narrado es presentado como consecuencia de la indagación en la propia realidad contada, y la voz del narrador sufre un desplazamiento -casi nómada-, porque durante la lectura hay un cambio de punto de vista, un proceso de descomposición de la voz narrativa inicial que renuncia al papel  tradicional de dar coherencia al relato para transigir en la representación de la realidad adentrándose, bajo diferentes formas, en otros puntos de vista y situaciones suficientemente alejadas del inicio.

Hay mucho de su blog en Constantación brutal del presente, y abundan las referencias cinematográficas, entre otras, a Kubrik –La chaqueta metálica– o Coppola –Apocalypse now-,  influencias de Lynch, Donnie Darko o de la también claustrofóbica Haze de Shinja Tsukamoto, y alusiones explícitas, además de la mencionada más arriba, al personaje principal de Executive Koala, de Minoru Kawasaki, al que refiere el final del texto transcrito, película en la que Tamura, un koala gigante, siempre perfectamente trajeado y que ejerce como ejecutivo en una empresa de Tokio, es acusado del asesinato de su novia. Acompañado de una rana y de su jefe el conejo, Tamura  es perseguido por su propia realidad y se pregunta, entre otras cosas, porqué existen lagunas en su memoria: acaba por no estar convencido ni de su propia inocencia.

Bilbao – New York – Bilbao Kirmen Uribe

Dice Kirmen Uribe que podemos calcular los años que ha vivido un árbol por el número de anillos que contamos en su tronco. Que podemos medir la edad de los peces por la cantidad de escamas, pues no son sino el rastro de leves heridas que laceran su piel en invierno por la falta de alimento. Y que el hombre también acumula heridas. Las heridas del hombre son sus pérdidas y, a diferencia de los peces, las pérdidas humanas son invisibles, pero dejan su particular rastro hasta convertirse en la medida de nuestro tiempo, pudiendo recuperarse de manera simbólica a través de la memoria y la escritura.

Cuando el abuelo, Liborio Uribe, comprendió que le quedaban pocos meses y ya no podía escapar a la muerte segura, pidió a sus familiares que le llevasen a ver por última vez un cuadro del pintor Aurelio Arteta. Años después, su nieto Kirmen esta delante de ese mismo cuadro, dispuesto a reconstruir, durante el trayecto de un viaje a Nueva York, la historia de su familia, una historia con profundas raíces en la tierra, pero también en el traicionero mar. Kirmen Uribe es, al mismo tiempo el narrador y el protagonista de esta novela que transcurre en el tiempo que dura su viaje desde Bilbao al aeropuerto JFK de Nueva York. A través de cartas, diarios, e-mails, poemas, museos, diccionarios y cuadros, el autor hace un ejercicio de memoria que recorre la historia de las ultimas generaciones de su familia: la vida del abuelo nacionalista y un poco franquista al mismo tiempo, la muchas veces dolorosa existencia de los marineros que viven con el mar como hogar la mayor parte de su vida, las aventuras y penalidades de su padre José, patrón del Toki Argia, la relación de Ondarroa con el pintor Aurelio Arteta, Arteta y el arquitecto Bastida, sus comienzos como escritor… trazos de vida que confluyen en la reconstrucción de un cuadro devorado por el tiempo, el de la familia Uribe.

Es el primer libro que leo de Kirmen Uribe. Había oído hablar porque Bilbao-New York-Bilbao ganó el premio Nacional de Narrativa en 2008. La verdad es que no me atraen a priori los libros sobre viajes, pero comencé a leerlo en la misma librería y se vino conmigo. Aunque transcurre durante un viaje, en realidad no es un libro de viajes en sentido estricto, ya que en el trayecto encontramos también cuentos, pequeñas historias que se le van ocurriendo, cartas y hasta alguna poesía escrita al hilo de un recuerdo. La lectura es muy agradable, porque está narrado con una prosa fácil y directa pero a la vez cargada de un tono poético que la hace especial. Uribe nos hace partícipes completamente de sus pensamientos o de su estado de ánimo, consiguiendo una sensación muy cercana y estimulante. Posee una enorme capacidad para transmitir, con un estilo conciso y la mar de sencillo, sin grandes descripciones ni complejos recursos retóricos. Confieso que me ha sorprendido mucho, que tendré en cuenta en adelante cuanto publique Kirmen Uribe y que la recomiendo sin ninguna duda porque es una gozada. Leyendo la sinopsis puede parecer que el tema quedará distante a quienes, como la que escribe, no conoce Euskadi ni sus gentes, pero tengo que reconocer que, a pesar de la distancia existente con la historia, algunos capítulos han llegado a emocionarme.  Bilbao-Nueva York-Bilbao se publicó originalmente en euskera en 2008 y ya existe edición en castellano traducida por Ana Arregui.

Cineclub, de David Gilmour

cine-club-portada1Acabo de terminar la lectura de este libro autobiográfico y os confieso mi entera satisfacción por haberme fijado en él y haberlo adquirido en la reciente Feria del Libro; sin duda alguna, es un texto que merece la recomendación absoluta porque, además de muy entretenido, elegante y ameno en su lectura, se construye como una suerte de ensayo subjetivo sobre cine clásico y moderno que incita a la reflexión, tanto en lo que a la cualidad educacional del séptimo arte se refiere, como al posible uso de determinado material cinematográfico como elemento didáctico que hoy día carece de plasmación en los planes de estudios en cualquiera de los niveles en los que se divide nuestro actual sistema educativo.

Lamentablemente, el cine como arte no es la única materia ausente en la vida escolar de nuestros jóvenes; hay, y probablemente habrán muchas más mientras se tecnifiquen aceleradamente las consideradas necesarias para formar los futuros pilares del sistema. Las matrículas universitarias han descendido un 14% en el último lustro, y son las facultades de Humanidades las que más se vacían. Por eso la salida ha sido (bajo la bandera de Bolonia) reducirlas (de 14 filologías a tan sólo 4) o eliminarlas (como es el caso de Historia del Arte), aunque el proceso se vea afortunadamente frenado, hasta el momento, gracias a las continuas protestas de la comunidad universitaria. Mientras tanto, profesores y padres siguen sin poder explicarse el absentismo escolar, el fracaso, la agresividad del alumnado o el empeoramiento de la calidad de la enseñanza… Quizá se debiera comenzar a atender e investigar los motivos de un sector cada vez más amplio de ese alumnado, pararse a analizar el porqué del no entiendo, no me interesa, es un rollo o simplemente me aburre hacerlo. Pero no: múltiples encuestas, foros, medios de opinión, etc, se encargan, como única respuesta, de formar el clima de opinión de lo que sucede es que los chicos son muy malos. Por lo visto últimamente lo que hay detrás de esta generación no son adolescentes, sino una banda de pseudo-delincuentes de botellón y messenger que le zurran a todo el que se le ponga por delante, profesores o padres incluidos. Quizá lo que suceda es que hayamos aumentado demasiado su pasividad (que no es sino la nuestra) a la hora de enfrentarles a los retos de la propia adolescencia, que no son sino crecer y ser independientes. Dame, cuídame, diviérteme, protégeme… no existe el aprendizaje sin esfuerzo, pero también es imposible sin la implicación del individuo. Esa posición activa para acceder al aprendizaje se encuentra diluida por las necesidades de la vida actual, donde la falta de tiempo, el agobio y la comodidad producen una situación, desde su tierna infancia, en la que se les exige más bien poco en relación a su autonomía y capacidad personal, presentándoles un mundo donde casi todo viene resuelto, nostalgia del “paraíso perdido” en la que no existen preocupaciones ni obligaciones, reflejo natural del ideal social de bienestar que nos coloca, desde niños, en la posición de natural consumidor de todo tipo de objetos y nos aleja convenientemente de tomar más implicación para con el entorno que el necesario para la propia y cómoda individualidad: pagamos nuestros impuestos, respetamos la ley, votamos cada x años, y es el Estado quien decide y se encarga prácticamente de todo lo demás. Y lo más peligroso: la continuidad de ese bienestar, garantía de tan presunta como vacua molicie y prosperidad, sobre todo en tiempos duros y de crisis, reside, ni más ni menos, en la capacidad del sistema para crear un grueso de población culturalmente analfabeta, que trabaje mucho, cobre poco y, sobre todo, opine menos.

david-gilmourEvidentemente (ya sería bonito), un libro no nos va a ofrecer todas las respuestas, aunque sí permita la reflexión y quizás el comienzo de toma de conciencia, por algo se empieza. Cuando Gilmour, crítico de cine y escritor canadiense, permite que su hijo de 15 años abandone la escuela secundaria, dado su constante y evidente desinterés de los temas académicos, lo hace bajo un condición: “Podrás abandonar el instituto, no tienes que trabajar, no tienes que pagar alquiler, puedes dormir hasta las cinco todos los días y nada de drogas”, y lo único que le exigió fue ver juntos tres películas a la semana, elegidas por el padre. “Es la única educación que vas a recibir”, le dijo Gilmour, quien mantuvo esta estratagema durante los siguientes tres años de la vida del joven Jesse. Títulos como Los 400 golpes, La dolce vita, Desayuno con diamantes, El padrino, Annie Hall, Psicosis, Gigante, El último tango en París o Un tranvía llamado deseo, y otros menos relevantes pero interesantes para la conversación como Alerta máxima, Showgirls o Corrupción en Miami (así hasta cien películas que se enumeran al final, en la edición en catalán con indicación de página) le servirán a Gilmour para permitirse un acercamiento a su hijo y a la vez ser parte activa en su educación con el arma que es su profesión, el cine, y le facilitará, sobre todo, implicarse y pasar más tiempo con el joven desencantado. El padre pone su mirada, curiosa y diferente a la del chico, pero a la vez le va pidiendo que se fije en un determinado plano, en un silencio, en un movimiento de las manos o de los ojos, y también aprende a conocer sus inquietudes manifiestas en las diversas reacciones, a hablar con él y a acercarse para ayudarle a resolver sus contradicciones de adolescente. Y aunque en algunas ocasiones esta relación paterno-filial se presente algo idealizada, lo cierto es que parece que sí consigue lo que en principio era su propósito, ni más ni menos que afianzar su relación con él, poder hablar de todas esas cosas que tantas veces suelen, por diversos motivos, silenciarse o eludirse y educar en el cine no sólo por lo que respecta a su faceta artística sino como medio esencial a la hora de interpretar nuestra reciente historia y el mundo en el que vivimos. Confieso que después de la lectura, me entraron unas ganas enormes de volver a ver algunas de estas películas, porque además de haber aprendido bastantes cosas sobre ellas, Cineclub es sin duda una gran memoria de la historia del cine que aborda los últimos 50 años, hecha desde la óptica de un entusiasta del séptimo arte del que no sólo podemos beneficiarnos de su sabiduría en la materia sino de su implicación como padre en la educación de su hijo. Un libro que se lee con gusto, aunque hay que decir que argumentalmente recuerda en algunos pasajes a esas convencionales novelas para adolescentes no exentas de moralina (algunas veces explicita) y ciertamente costumbrista. El final es poco menos que de cuento de hadas, cuando Jesse dice querer volver al instituto y se matricula en un intensivo de tres meses que incluye aquellas horrorosa materias que siempre rechazó aprender, resulta tener además un gran talento musical y sale bien parado de los enredos amorosos que le llevaron a coquetear con las drogas.

Pero provechoso o no, me gustó el relato a la hora de llamar la atención sobre esa dimisión cultural a la que los adultos demasiadas veces abandonamos a los jóvenes, limitándonos a exigirles cómo deben ser, y también desde el punto de vista de la radiografía del sentimiento de paternidad, del que se ha derrochado mucha menos literatura que no del de maternidad, “una época mágica que normalmente un padre y un hijo no tienen ocasión de disfrutar en una fase tan tardía de la vida de un adolescente”, afirma Gilmour. No se trata de buscar en el libro una guía para reconducir adolescentes descarriados, pero sí hace posible la necesaria reflexión sobre que la enseñanza de la vida no depende únicamente de un boletín de notas, de la necesidad de la presencia de los padres con su tiempo en la educación de los hijos y de lo irrecuperable de ese tiempo si, como en demasiados casos sucede, se sigue justificando su ausencia bajo el manto de garantizar el bienestar de lo meramente material y, definitivamente, se derrocha.

El vampiro de Ropraz

El relato

Ropraz es una pequeña población suiza, en el Haut-Horat valdense. En 1903, la joven Rosa, de 20 años, hija de Émile Guillíeron, juez de paz y diputado del Gran Consejo, muere de meningitis. Sólo unos días después de la exhumación del cadáver, la tapa del ataúd es encontrada abierta, los restos de la virginal criatura profanados y vioilados, y sus miembros, esparcidos por los alrededores, parcialmente devorados. El horror despierta. En Carrrouge y Ferlens, vecinas localidades, se encontrarán más tumbas profanadas, todas de tiernas muchachas de similares características: jóvenes, finas, morenas, vírgenes… Resurgen las supersticiones en estas tierras aferradas al calvinismo más rancio, amanece la obsesión por el vampirismo y la necrofilia, la fascinación asesina, los fantasmas, ancestrales pesadillas supuestamente por siempre ya enterradas. Es la mala conciencia social de la época, la miseria moral, el recelo desatado como una coreografía salvaje animada por el sexo, la sangre, el canibalismo, la brutalidad en su estado más puro.

La necesidad obliga a señalar un culpable, labriegos convertidos en delatores y todos sospechosos, cada cual espía de los demás en el crudo invierno de la Suiza profunda. El elegido es Favez, joven huérfano con un estremecedor pasado, casi analfabeto, hombre huraño de ojos enrojecidos y extraños apetitos sexuales, se presta cómodamente a la acusación colectiva. Blanco perfecto de cierta moral al acecho de chivo expiatorio para enterrar fantasmas colectivos, a él le han sorprendido en el establo violando al ganado. Juzgado por la urgencia popular, es condenado, encarcelado y sometido a un paradigmático estudio psiquiátrico. Pero en 1915, ya comenzada la Primera Guerra Mundial, se pierde su rastro…

El autor

Jacques Chessex es novelista, ensayista y poeta. Nació en Payerne, cantón de Vaud, Suiza, y siempre ha estado fascinado por la literatura de terror y el impacto del reaccionario calvinismo en la sociedad de su país. Su libro más conocido, “El Ogro”, fue ganador del premio Goncourt en 1973, aunque su extensa producción en el terreno de la poesía, la novela y el cuento de terror tiene gran impacto en la literatura francesa actual. “El vampiro de Ropraz”, publicado en francés por Grasset & Fasquelle en 2007, tuvo una extraordinaria repercusión en Francia y está en vías de traducción en numerosos idiomas. En España ha sido publicado por la editorial Anagrama en octubre de 2008.

Literatura

Amén de su interés por resultar revelador de la estrecha mentalidad reinante en la profundidad del país hace apenas un siglo, el libro es un relato terrible, horroroso por momentos, de una región, una época y el destino de un hombre víctima de la crudeza de las propias condiciones que han conformado su pasado. No es un libro para todos los estómagos; las salvajes descripciones de aspectos recónditos de la mente humana, lo explícito de la narración de algunos detalles del vampirismo necrófilo, la crudeza en la descripción de sádicas y zoófilas prácticas sexuales y la brutalidad con la que hace patente los entresijos de las reacciones humanas más primitivas, hacen de este un relato crudo y con escenas no aptas para los espíritus más sensibles. Sin embargo, se trata de un libro, más que de terror, del horror de esos fantasmas colectivos, magistralmente narrado, en el que la acción se desarrolla sin rodeos y de modo absolutamente directo, pero cuya economía argumental no merma un ápice su estilo narrativo, en el que abunda la prosa lírica, con ritmos muy marcados y frases hilvanadas con gran cadencia, para narrar una historia intensa, reveladora y con cierto aire sarcástico que convierten esta pequeña obra en una exquisitez literaria innegable:

… Mientras tanto corre el vampiro de Ropraz, corre el primo lejano de Drakul y tan parecido a él, maestro lunar de las escarpaduras de Valaquia y de la Transilvania desolada de crímenes. Tiene a su favor el parentesco aterrador de los Cárpatos y las estribaciones valdenses de las selvas negras donde se esconde, vigila, sacia la sed y el hambre, el devorador de la Rosa pura. Podéis estar seguros de que, acurrucado en la maleza, donde se esconde hasta la caída del sol, en la caverna de una pendiente, una falla en el risco sombrío, ha oído traquetear el carro del pastor sobre el camino abrupto. Y de que, más tarde, ha visto apagarse la lámpara de la ventana del castillo de Ussières, la lámpara del Café Cavin, la de las casas de piedra maciza, de las granjas en sus soledades. Ahora, la noche le pertenece…

… El viento se ha levantado en la cañada. Sopla sobre la noche, el viento mojado y frio que ata a los perros en sus cabañas y endurece los caminos helados… Tantas vírgenes jóvenes duermen su sueño de lis en tantos lechos vertiginosamente tibios. Tantas jóvenes muertas van a reposar, en su primera noche de enterradas, bajo la cubierta de su tumba fresca. ¡Es hora de ponerte en marcha, Drácula, maestro de la sombra, por los burgos y campos! ¡Tú que conoces todos nuestros gestos, nuestras pausas, nuestros titubeos, tú que beberás la sangre de nuestras hijas y las registrarás, las devorarás antes de que el alba te obligue a refugiarte en tu guarida inhallable!…”

No abunda en el mundo editorial literatura actual del género que no se parezca a un guión para un film de serie B. Por eso, cuando se encuentra una joya literaria como esta, una cabaletta sublime, oscura, pero condenadamente bien escrita, una no puede sino recomendarla. En mi modesta opinión, se trata de un autor del que seguramente se seguirá hablando pasados los años, capaz de crear pequeñas joyas como esta que destaca, y mucho, entre otras obras vampíricas o de terror actuales cuyo fin único es el argumento y desenlace en sí mismos, pero que carecen de los ingredientes mínimos para ser consideradas auténticas obras literarias. Si, además, os gusta el género, no dejéis de leerla porque resulta una delicia; si no os gusta tanto, tal vez encontréis párrafos demasiado crudos o explícitos, aunque siempre cuidados en su estilo y registro, que os acercarán a la mugre de la mentalidad de una época, narrado todo en clave de ficción a partir de un hecho real que asoló las conciencias centroeuropeas de principios del siglo XX.

El niño con el pijama de rayas, de John Boyne

Advertencia: Esta reseña puede contener spoilers

Una de las cosas que más me ha sorprendido leyendo las críticas del reciente estreno de la película basada en este libro es que dicen que falta profundización en los personajes. No puedo hablar del film porque confieso que no lo he visto (ni probablemente lo haga), pero digo que me ha sorprendido porque un ahondamiento en personajes adultos no sería en realidad demasiado fiel al libro, puesto que es algo de lo que la novela carece por completo. Es un libro que leí hace algún tiempo (las estanterías de las librerías, con una cincuentena de ejemplares en vertical, hacen que no pase desapercibida e invitan a ello) y, táchenme de insensible o de prosaica si quieren, pero no causó en mí tanta conmoción como las críticas se han venido a adjudicar.
La historia, después de su magna promoción, casi todos la conocerán: Bruno, el hijo de un alto cargo militar nazi, describe sus vivencias cuando su familia se traslada a vivir a Auschvitz al ser destinado su padre a la dirección del campo de exterminio. Allí establecerá una curiosa amistad con otro niño, judío y prisionero en el campo; amistad que se desarrolla a través de una valla electrificada, cada uno en su lado, y que desembocará en un final trágico.
De la lectura se deduce que el objeto de la novela es dibujar la inocencia infantil frente a los horrores de la guerra: ya se sabe; los niños son siempre inocentes y víctimas de la sociedad que les toca vivir. Ellos no eligen en qué bando están, del mismo modo que no eligen en qué familia nacen. En el fondo, descubrimos en este libro que no son tan distintos; es más, sus inquietudes son similares a pesar de ser uno el hijo de la víctima y el otro del verdugo.
No hay más. El niño con el pijama de rayas no descubre nada nuevo acerca del holocausto nazi. En realidad, no creo que su autor tuviese la intención de hacer un libro sobre este tema, tema que sólo es el escenario en el que se desarrolla la historia del pequeño, pero en el que no profundiza ni hace denuncia alguna que invite a pensar que ese fuese el objeto de la narración. Consecuentemente, los personajes adultos (el padre-jefe del campo de concentración, el lacayo Pavel o incluso el médico judío venido a camarero y sirviente en la casa) están dibujados tal como los ve el niño, sin pretender hacer un análisis exhaustivo de ellos, y narrando tan sólo las vivencias del protagonista en su interrelación diaria con ellos.
Lo primero que no encaja en la historia es que un chaval de 9 o 10 años viva durante casi un año en la misma casa que quien dirige el horroso exterminio en el campo de concentración y no se percate en absoluto de cual es la situación. Él contempla, a través de la ventana de su terrible casa, circular montones

de personas en pijama, establece amistad con un niño del campo, con los sirvientes de la casa (todos prisioneros)… y sigue tan inocente como antes. Más que inocencia, la visión que el autor otorga al chavalito es ciertamente cándida: todos los días lleva comida para su amigo de detrás de la valla sin percatarse de que es un prisionero; es más, el niño judío (de su misma edad) tampoco es consciente de que lo es, creyendo que está allí por decisión de su familia. Estos y otros detalles hacen de este un relato poco creíble; un relato que se comienza a leer con interés pero que va decayendo a medida que avanza, porque lo hace sin verosimilitud y da la sensación de estar utilizando un tema tan importante como lo es el exterminio planificado de 6 millones de personas, para acabar narrando una historia sensacionalista que, además, carece de credibilidad de modo evidente. Pero, es más, ni siquiera puede decirse que haya la más mínima denuncia o puesta de manifiesto de la barbarie, porque lo que realmente conmociona al lector, no nos engañemos, es la muerte del niño alemán… su amigo, el del pijama a rayas, y todos los miles de individuos que vestían pijama y caminaban en círculo, parece que ya estaban, de antemano, destinados al crematorio.
El niño del pijama con rayas no es sino un producto más prefabricado y que engorda la producción de novela consumista tan habitual del mundo editorial. Y aunque Miramax/Disney traten de aprovechar el tirón de ventas que ha supuesto el libro, no creo que dentro de algunos años forme parte de la historia de la literatura del recién comenzado siglo. Su éxito reside en saber tocar la fibra sensiblona del lector al escoger como protagonista al inocente niño, sacando filón esa idea tan extendida en la actualidad de que en la guerra no hay buenos ni malos, que en realidad todos somos víctimas. Y, personalmente, comienzo a estar harta de tanto pseudo-humanismo facilón; porque, señores, sí hay víctimas y sí hay verdugos, no nos engañemos. Porque una cosa es la guerra ejército contra ejército, y otra muy distinta es la guerra contra la población civil, desarmada, cuyo único delito consiste en haber nacido en un determinado país, pertenecer a una etnia o practicar una religión. La diferencia es obvia: en unas guerras se dirimen intereses políticos o económicos de las clases dirigentes de los países (con víctimas civiles, como en todas las guerras), y en otras se masacra a las personas indiscriminadamente y se llama genocidio, y merece ser recordado y enseñado a las nuevas generaciones como lo que es, con sus víctimas y con sus verdugos, si no queremos abrir la puerta a que la historia se repita.