Los fantásticos libros voladores de Mr Morris Lessmore

The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore es un cortometraje animado de 2011 dirigido por William Joyce y Brandon Oldenburg. Ganó un premio Óscar en la categoría de mejor cortometraje animado.

La cinta fue creada por Moonbot Studios, un estudio radicado en el estado de Luisiana. Según el sitio oficial del cortometraje, el filme está inspirado en igual medida por “el huracán Katrina, Buster Keaton, El mago de Oz, y el amor por los libros”. Para su realización, los creadores emplearon diversos estilos de animación, incluidos el stop motion, las imágenes generadas por computadora y la animación tradicional. La idea original era que el cortometraje tuviera una duración máxima de siete minutos, pero los artistas se dieron cuenta que no podían disminuirlo a menos de 15 minutos sin “perder todo su impacto emocional”.

La historia es protagonizada por Morris Lessmore, quien vive en Nueva Orleans. Un día, mientras estaba en el balcón de un hotel escribiendo un libro, el hombre es atrapado por un huracán que lo lleva junto a su libro e incluso a toda una ciudad, a un mundo en blanco y negro. Al llegar al lugar, descubre que las páginas del libro que estaba escribiendo se encuentran en blanco. Mientras recorre los alrededores, Morris ve un grupo de libros voladores, los cuales son guiados por una joven. A diferencia del entorno en blanco y negro, tanto la joven como sus libros tienen colores. El hombre intenta hacer volar su libro, pero sin éxito. Tras esto, uno de los libros del grupo -en cuyo interior tiene una ilustración de Humpty Dumpty- va donde Morris y le dice que lo siga.

El libro lo guía hasta una casa a colores, que se encuentra repleta de libros voladores. Morris decide vivir en la casa, donde se encarga de cuidar a los libros. Un día, mientras está remendando un ejemplar viejo y moribundo de De la Tierra a la Luna, Morris comienza a leerlo, lo que le otorga mayor vitalidad al libro. Tras esto, el hombre decide volver a escribir su libro. Con el pasar del tiempo, Morris comienza a regalar libros a los habitantes de los alrededores, quienes adquieren color al leerlos.

El hombre, ya anciano, termina de escribir su libro, y decide irse de la casa. En la entrada de la misma, un grupo de libros comienza a volar a su alrededor, lo que rejuvenece a Morris. Luego de esto, el hombre se va volando del lugar junto a aquellos textos. Los libros que permanecen en la casa están tristes por su partida, pero recuperan el ánimo al descubrir que donó a la casa el libro que escribió. Tras esto, llega a la casa una niña en blanco y negro, que se vuelve de color cuando el libro de Morris se posa sobre su brazo. La niña se sienta en la entrada y comienza a leer el libro en compañía de los demás ejemplares de la casa.

El cortometraje finaliza mostrando una fotografía de Morris, colgada junto a las de otras personas que vivieron en la casa, incluida la joven que vio el primer día que llegó a aquel lugar.

Kafka en el Cine (4): La Metamorfosis

Publicada en octubre de 1915 en la revista Die weissen Blätter, que dirigía René Schickele, La Metamorfosis se perfila, junto con El Proceso, como una de las piezas de mayor calado en el conjunto de la obra de Kafka.

A medio camino entre el relato existencialista y la fábula de la incomunicación, es uno de los textos que más juego ha dado en el cine, ya que cuenta con un buen puñado de adaptaciones a la pantalla aunque ninguna demasiado popular. No pretende este post abarcar todas las realizadas hasta la fecha, tan solo destacar las que, por su fidelidad al relato, su calidad plástica o su originalidad narrativa, puedan resultar de interés a la hora de acercarse a la influencia del escritor checo en el séptimo arte. De lo contrario, la nómina sería demasiado extensa y sobrepasaría el objeto de este estudio. La idea es investigar sobre aquellos films que tienen directamente como protagonista a Gregor Samsa y las adaptaciones más o menos fieles a la obra del escritor.

1.

Por tratarse de una obra breve, la mayor parte de esas adaptaciones, más o menos libres, se han realizado en formato de corto o mediometraje. De las pocas aventuras en el terreno del largometraje, destaca Prevrashchenie -metamorfosis, en ruso-, una película con guión y dirección de Valerie Fokin.

La película se construye como metáfora de la exclusión del individuo del resto de la sociedad, utilizando los diferentes elementos narrativos para crear la imagen de aislamiento autodestructivo .

Para la transformación de Samsa no se utilizaron efectos especiales. El peso narrativo recae en la composición escénica, realizada como si de una obra de teatro de tratase, y en el impecable trabajo del protagonista principal, al que vemos ir adoptando extrañas y retorcidas posturas, a la vez que repta por el suelo para conseguir comida, emite diversos sonidos y agita las patitas y las manos tumbado boca arriba. Las reflexiones de Samsa se representan por medio de visiones oníricas del subconsciente y para distinguirlas del hilo argumental se utiliza un filtro lechoso, que le da el tono surrealista en concordancia con el espíritu de la historia.

La técnica de la película no es para nada original, porque Prevrashchenie no es sino un remake moderno de la homónima sueca comentada a continuación, con la que por otra parte resulta imposible compararla por la dificultad de encontrar copias. La película se estrenó en 2002 y no se ha comercializado en España, siquiera en DVD, aunque gracias a internet se puede conseguir sin demasiada dificultad en versión original. Como reclamo, el trailer de su estreno…

2.

Como decía, el de Fokin no es el primer largometraje que adaptaba La metamorfosis, ya que este mérito corresponde a la original del sueco Ivo Dvorák, allá por el año 1976. El intento contó con un presupuesto interesante para el cine de la época, y con uno de los actores estrella de la Suecia de entonces, Peter Schildt, en el papel de Samsa, ademas de incorporar otros más consolidados en el mundo del teatro como Ernst Günther y Gunn Wållgren en el papel de padre y madre respectivamente, actores estos que en 1982 volvería a rescatar Ingmar Bergman para Fanny y Alexander.

FörvandlingenTransformación, en sueco- parte de una escenografía teatral, como imitaría décadas después Prevrashchenie, y también carece de efectos especiales. El protagonista tampoco se transforma, sino que actúa adoptando el papel de insecto gigante que el espectador ha de imaginar, ya que ha de hacerse a la idea a base de mímica gestual acompañada de extrañas onomatopeyas insectiles realizadas con más o menos acierto. La película, sin embargo, no cumplió las expectativas esperadas y no solo no se hicieron versiones en otros idiomas sino que en la actualidad ni siquiera parece posible conseguir una copia de esta primera aventura en el largometraje. Una pena.

3.

Al margen de estos dos largometrajes, Die Verwandlung, del checo Jan Nemec, es en 1975 el primer intento cinematográfico conocido de adaptar La Metamorfosis. La película, un mediometraje de 50 minutos, es de producción alemana, y su punto fuerte consiste en que en ningún momento vemos físicamente a Gregor Samsa, tampoco su trasformación, que solo se intuye a partir de las reacciones de su familia y de la ambientación que crea el director.

¿Cómo se las ingenia entonces para llevar adelante la narración? El discurso está elaborado a base de cámara subjetiva la mayor parte del metraje, con la que nos obliga a adoptar el punto de vista del protagonista, consiguiendo crear una situación asfixiante y de desasosiego muy sugerente, que ha tenido bastante que ver en que la película se haya convertido en una obra de culto objeto de estudio e imitación técnica por parte de otros cineastas.

4.

Dos años más tarde, en 1977, la animadora estadounidense Caroline Leaf crea un corto de 6 minutos titulado The metamorphosis of Mr. Samsa. Un trabajo muy interesante, cuya técnica consiste en utilizar arena de playa sobre una placa de vidrio con fondo de luz para crear el movimiento de los personajes. Unos años más tarde, Leaf idearía otra técnica de animación sobre cristal a base de mezclar pintura con glicerina, pero esto sucedía una vez fichada por la National Film Board of Canada. La NFBD ha jugado en la última parte del siglo pasado un importante papel a la hora impulsar nuevas técnicas cinematográficas en el terreno de la animación, motivando, ensalzando y subvencionando la innovación a voluntad de los creadores que consideraba válidos, sin demasiadas restricciones formales y presupuestarias. Aquí se puede ver el cortometraje completo.

5.

En los años 80, dos son los trabajos cortos que se ruedan sobre esta obra de Kafka. El primero, en 1983, del director de televisión francés Jean-Daniel Verhaeghe, quien también se encarga de la adaptación del guión. Bajo el título La Mètamorphose, Verhaeghe trata de recuperar las formas que Nemec innovó en 1975 y tampoco nos muestra en ningún momento a Samsa, aunque sí se puede oír su voz emitiendo los extraños fonemas insectiles una vez transformado. Un telefilm que no obtuvo resonancia más allá de los márgenes televisivos de su país.

6.

La otra adaptación de la década ochentera vendría de la mano de Jim Goddard, en 1987, quien solo un año antes acababa de rodar Shanghai Surprise, película esta que a pesar de contar con Sean Penn y Madonna en el reparto, obtuvo un fracaso rotundo de crítica y taquilla. Pero los británicos no iban a ser menos, y Goddard vuelve a poner la carne en el asador jugándosela con Metamorphosis, un remake a pies juntillas de la película que Ivo Dvorák rodara una década atrás y que más tarde versionaría el ruso Valerie Fokin. Al remake calcado tratará de darle alas con la incorporación de Steven Berkoff – el Lord Ludd de Bary Lyndon– en el papel del padre de Gregor, y para encarnar al transformado Samsa se fichó nada menos que a Tim Robins, que empezaba por entonces a despuntar como actor estrella en el panorama cinematográfico británico.  Se deja ver, siempre que no se haya visto antes la rusa. Pero cada cual que saque sus propias conclusiones… Este es el trailer

7.

En 1993, el galardonado premio BAFTA y Premio de la Comedia Británica, Peter Capaldi, construye en un corto de 23 minutos un divertido juego sobre la autoría de La Metamorfosis. Lo tituló Franz Kafka’s It’s a Wonderful Life, y se llevó para su casita un Oscar al mejor cortometraje. Mientras Kafka recela y decide la forma bajo la que su personaje Gregor Samsa habrá de despertarse, es interrumpido constantemente por extraños visitantes que quieren venderle cuchillos y todo tipo de objetos, o por el jolgorio de una fiesta que surge de manera imprevista, muchachas de variada condición, gentes disfrazadas y otras extrañas visiones. Raro pero impecable, divertido y completito en tres partes:

8.

El barcelonés Carlos Atanes, escritor y cineasta independiente, rodaba en 1994, recién concluidos sus estudios La metamorfosis de Franz Kafka, una versión de 30 minutos sobre la obra que nos ocupa tan libre como controvertida. Libre porque Atanes decide no ceñirse al texto y salpimentar el film con numerosas alusiones y referencias a la vida privada y familiar de Kafka, en particular al padre y a su hermana Hermann -con quien Kafka mantuvo una relación complicada-. Buena parte de la crítica que reparó en este trabajo –que no es muy numerosa, pero sí muy sesuda- lo tachó de exceso de subjetivismo y falto de documentación. A la identificación de ambas familias -los Samsa y los Kafka- se suma un cambio de contexto histórico, que sitúa la acción en la Europa central sometida a Hitler, régimen que Kafka nunca llegó a vivir y sufrir directamente, ya que falleció en 1926, aunque posteriormente los nazis asesinaron a toda su familia. Controvertida porque la Metamorfosis de Atanes es la propia metamorfosis del checo a la vez que la del personaje de ficción, identificando en exceso a Kafka con este personaje y otorgando al guión un doble sentido que exasperó a de los sectores kafkianos más ortodoxos. El guión es de Joan Lluró y Gemma Delgado.

9.

En una línea argumental similar, Matthew Saville, desde Australia, también se atreve en 1997 con Franz & Kafka, otra versión un tanto libre de solo 6 minutos. En este caso la controversia gira en torno a un talentoso escritor al que llama Ernst Franz, esforzado en la redacción de su primer relato. Al otro lado el también talentoso, aunque egoísta, Franz Kafka, retratado como una especie de alter ego de Ernst, quedando en el aire la idea de que La metamorfosis pudiera haber sido escrita en realidad por dos personas.

10.

El cineasta gallego Fran Estevez, impulsor de la productora independiente Hipotálamo Films, rueda en 2004 Metamorfosis, corto de 20 minutos en el que personalmente se encarga de la dirección, el guión, el montaje y la música. Rodado en blanco y negro y con escasos recursos económicos, el trabajo intercala imagen real con dibujos a lápiz, y se llevó un total de 11 premios internacionales. El guión es, en principio, bastante fiel al nudo central de la historia. Estevez vuelve a utilizar el punto de vista de la filmación desde los ojos de Samsa, recurso que, aunque no era novedoso a esas alturas, es lo más logrado de la película.

11.

Metamorphosis: Gregor Samsa’s Nightmare, de 2006, es el último título conocido, a saber, que guarda cierta fidelidad con el relato original del escritor checo, aunque se podría decir que se sitúa en el punto de inflexión entre la adaptación y la referencia. El autor de este cortometraje, de algo menos de diez minutos, es el animador húngaro Peter Orban, fue su primer trabajo y lo preparó para graduarse en la Academia Húngara de Bellas Artes. Orban trata de dar una explicación de porqué Samsa se despierta una buena mañana convertido en un enorme insecto. Toma como punto de partida el relato de Kafka para añadir la idea de la fusión genética, y el resultado es una historia a medio camino entre La Metamorfosis y La Mosca. La animación utiliza tonos oscuros y dibujos con influencia gótica. La verdad es que La Mosca, de George Langelaan, tiene una deuda importante con La Metamorfosis de Franz Kafka.

Kafka en el Cine

Kafka va al cine: Kafka en el Cine (1)

Los espectadores se quedan petrificados cuando pasa el tren.

El Cine y Kafka recorren caminos paralelos en el tiempo. Kafka nace en 1883 y fallece en 1924: la emergente forma de contar historias a través del lenguaje de la imagen acompaña y crece con los primeros pasos de Kafka como escritor. La editorial Minúscula publicó en 2008 una traducción de la obra de Hanns Zischler titulada Kafka va al cineKafka geht im Kino-, traducción de Jorge Seca-, un libro que indaga en los diarios del escritor checo sus notas e impresiones como primer espectador del naciente arte cinematográfico.

Hanns Zischler, además de actor conocido por sus papeles en films como El rey de la carretera, de Wim Wenders; Dr. M, de Claude Chabrol; Europa Europa, de Agnieszka Holland; Munich, de Steven Spielberg y Sunshine, de István Szabó, entre otros, estudió filología alemana, etnología, musicología y filosofía. Ha trabajado también como director teatral, escrito variados ensayos y críticas de cine y ejercido como traductor de varias obras al alemán. En 1978, durante el rodaje de Les rendez-vous d´Anna, halla en los diarios del escritor algunas declaraciones sobre el incipiente arte cinematográfico. Fascinado, decide recopilar toda la información posible: visita archivos durante años, hemerotecas y restauradores de películas e indaga en cines antiguos de diversas ciudades europeas. Durante el transcurso de su labor de investigación descubre los originales de la olvidada Zischler Shiwath Sión, película que habla sobre la vida de la población judía en Palestina, de la que Kafka hace una de las anotaciones más extensas en su diario, en el año 1921. Zischler pasó cerca de 15 años entre archivos y bibliotecas tratando de localizar algunos de los ya desaparecidos films que Kafka menciona en sus diarios. En unos casos lo logra, en otros, desafortunadamente no. Con todo, consigue elaborar un documento imprescindible para los cinéfilos y entusiastas del escritor checo. Un ensayo de marcado carácter descriptivo, anecdótico, que recopila impresiones de Kafka sobre el celuloide suficientemente variadas y heterogéneas a lo largo del tiempo. Además de en el libro, el trabajo también quedó recogido en un documental para televisión dirigido y producido por el propio Zischler en 2002 bajo el título Kafka va au cinéma.


Son curiosas las anécdotas en Paris ante los Cines Pathé cuando, con su inseparable amigo Max Brod, se dispone a ver una película de no más de cinco minutos titulada Nick Winter y el robo de La Mona Lisa, que trataba sobre la sustracción del lienzo en el Museo del Louvre:

Justo la noche que nos habíamos propuesto descansar, después de tantas fatigas nocturnas […] dimos en el bulevar con un portal lleno de bombillitas incandescentes y un pregonero no muy apasionado que digamos. Pero la inscripción que llevaba en la gorra nos atrajo con una magia superior a la que habrían podido suscitar todas sus palabras: Omnia Pathé…

y después de algunas consideraciones sobre su decisión de acudir a aquella sala, concluye

Una chica con uniforme militar de opereta, que lleva en la gorra la inscripción ‘Omnia’, que ahora apenas se lee bien, nos acompaña a nuestros asientos y nos vende un programa (inexacto, como es costumbre en París). Y ya estamos hechizados ante aquella pantalla temblorosa deslumbradoramente blanca. Nos golpeamos con el codo el uno al otro. ‘Oye, aquí los cines son mejores que los de casa.

El recorrido también sigue el rastro de Kafka en Praga, Munich, Milán o Berlín, describiendo los efectos que generaban en el escritor las películas que vio en aquellas ciudades y distintas curiosidades sobre cómo se proyectaban en cada lugar, un punto de vista interesante y único sobre la evolución del arte cinematográfico en las dos primeras décadas.

No se trata de averiguar en qué modo afecta al checo la prosa de la narrativa cinematográfica, porque el texto tiene un objeto puramente descriptivo y recopilatorio del trabajo de documentación del autor. Pero no deja de resultar curiosa la primera reacción de los escritores ante el nuevo medio, con independencia de la polémica no siempre demasiado bien resuelta entre cine y literatura. De hecho, la opinión de Kafka parece ir variando a medida que el arte de la pantalla crece y se generaliza en la sociedad de entonces. Y así, podemos observar cómo el primer entusiasmo se transforma paulatinamente en decepción cuando unos años más tarde recoge en sus escritos esta reflexión

Es cierto que es un juguete extraordinario, pero yo no lo resisto, tal vez porque tengo una predisposición demasiado óptica. Soy un hombre visual. En cambio, el cine impide la mirada. La fugacidad de los movimientos y el rápido cambio de imágenes nos fuerzan constantemente a echar un simple vistazo. No es la mirada la que se apodera de las imágenes, sino que son éstas las que se apoderan de la mirada. Inundan la conciencia. El cine supone ponerle un uniforme a un ojo que hasta entonces había ido desnudo.

Network, un mundo implacable. Sidney Lumet

networkHace escasas semanas podíamos presenciar el apuñalamiento en directo de un muchacho por parte de un ultra mientras comíamos viendo el telediario. Lo había grabado una cámara de seguridad y se pasaba por La 1, televisión que pagamos con nuestro impuestos. Pero también se hacían eco otros canales privados, paradójicamente alguna cadena que presume de no ser sensacionalista como La 4, o algún periódico más o menos serio y con alardes progresistas como es El País en su edición digital.  De estas cosas ni nos asombramos, nos tienen tan habituados los telepredicadores a la barbarie informativa, que el público nos hemos vuelto casi inmunes. Pensándolo bien, no deja de ser triste, pero este es el mundo en el que vivimos, guste o no, quizás por ello tendemos cada vez más a encerrarnos en nuestra propia parcela existencial y ocuparnos en menor medida de los asuntos colectivos que en definitiva nos atañen a todos. Y lo peor, quizás ello haga que las generaciones futuras sean más impermeables a la manipulación informativa, pero al mismo tiempo mucho menos sensibles a lo cotidiano siempre que puedan cerrar la puerta de su parcela hipotecada a los sentimientos ajenos. Casualmente anduve revisando Network, una película que cada vez que veo descubro facetas nuevas, no sólo por lo que atañe a su contenido, también a sus formas y a su factura. Y cada vez se me antoja más perfecta. ¡Salid todos y gritad por las ventanas lo jodidos que estáis! bramaba aquel presentador de televisión que levantaba la audiencia hasta que se cansaron de él, bajaron los índices y le propusieron el despido. Claro que, un propagandista de tamaña envergadura no se iba a conformar con el finiquito y la jubilación anticipada. Así que nuestro profeta, loco de las ondas, Beal (Peter Finch), impermeable empapado y gomina hasta las cejas, se harta. Preso de una crisis nerviosa, mientras se emborracha con su jefe y bromea con suicidarse, pide se le de la oportunidad de despedirse en antena: “Me he quedado sin tonterías que decir” y anuncia su suicidio en directo.network

Pero en realidad nuestro teleapóstol no es sino un personaje secundario, porque el auténtico protagonismo se centra en Diana Christensen (Faye Dunaway), ejecutiva del canal de televisión, mujer voraz, hambrienta de índices de audiencia que hará lo que sea, lo que sea, para mejorarlos y trepar en la cadena. No duda, si es necesario, en convertirse en amante de Max Schumacher (sensacional William Holden) para lograr aquello en lo que se empeña. Increíbles escenas donde sus labios se humedecen cada vez que piensa en los índices mientras sus ojos brillan cuando intuye cómo aumentarlos. En la cama, discute sobre la audiencia mientras se acuesta con su jefe, y llega al orgasmo al tiempo que jadea algo sobre su programa “La hora de Mao Tse-tung”

“¡Y usted se ha entrometido con las fuerzas primitivas de la naturaleza! ¡Y usted debe repararlo! ¿Me entiende usted señor Beale? Usted aparece en su pequeña pantalla de 21 pulgadas y grita sobre América y la Democracia. No existe América, no existe la democracia, sólo existe la IBM, la ITT, la AT&T, y DuPont, Dow Unión Carbide y Exxon. Esas son las naciones del mundo de hoy día.”

Sátira extravagante, drama tenso y comedia visionaria convergen todos en uno en Network para mostrarnos el mundo real, la manipulación de las masas y también el desprecio con el que se llega a tratar a los profesionales de la comunicación cuando dejan de ser útiles o no están dispuestos a seguir la voz de su amo. A nadie le importa lo que se diga en televisión mientras no se amenacen los beneficios. La libertad de prensa y de información no es sino papel mojado frente a las inmorales maneras que existen para luchar por unos cuantos puntos de ratting.

Cualquiera que lea esto y no sepa nada de este film podría pensar que se trata de la última escapada del cine indi, pero no, la película se rodó en 1976, cuando el auge del medio televisivo se pensaba pondría en seria amenaza los intereses económicos del mundo del cine para el dorado Hollywood. Y ganó cuatro Oscars, aunque estaba nominada a 10, con bastante probabilidad gracias en parte al mensaje contra el medio que representaba, aunque a mí me parecen sobradamente merecidos, sobre todo el otorgado al mejor guión y a Peter Finch, quien no pudo disfrutarlo pues falleció poco antes del reconocimiento.

Una película que convendría que todo el mundo viese o revisase, caso de haberla visto, por su mensaje que hoy día resulta completamente vigente (aunque las situaciones y decorados obviamente nos remitan a los 70) y también porque pone de manifiesto la capacidad de Lumet para moverse en terrenos muy distintos dentro de una misma película. Asunto nada fácil este que, seguramente, en manos de cualquier director menos eficiente, hubiese hecho del film un amasijo insalvable, pero que bajo la dirección de Lumet se convierte en un todo perfectamente equilibrado a la altura de otras cuantas obras maestras con las que cuenta en su haber.

Una mujer en la arena (Suna no onna), de Hiroshi Teshigahara (1964)

Un hombre (Eiji Okada) busca insectos en una región aislada y desértica de Japón. Es profesor, entomólogo. Pierde el autobús, el último autobús del día que vuelve a Tokio. Los lugareños le ofrecen hospitalidad en el pueblo: “Me encanta hospedarme en casas particulares“, dice el hombre. Le llevan a una casa excavada en la arena. Hay que descender por una escalera de cuerda. Una mujer (Kyôko Kishida) vive allí, sola. Le prepara cama y cena. A medianoche, el hombre despierta y observa a la mujer cavando, fuera. Si no cava, la arena inundará la casa. Por la mañana, ella duerme. Su cuerpo está desnudo y cubierto de una fina capa de arena. Entonces quiere marcharse, pero la escalera ha desaparecido. La música martillea mientras el hombre trata de ascender por las paredes de la duna. Tarea imposible, si continua, perecerá bajo la arena que desprende más y más de la ladera a medida que lo intenta. Se espera que el hombre permanezca en el agujero, esclavo para siempre, unido a la mujer. Recogerá cada día la arena que se subirá en cestos que se venderán en una cooperativa. Ilegalmente, más barata, para la construcción de vigas. Contiene demasiada sal y no es apta. El hombre se ve forzado a trabajar en la sima para su propia supervivencia, de lo contrario la arena terminará por tragárselos. La mujer sigue allí, forma parte del paisaje y de su existencia. Él buscaba la soledad con su afición, lejos de la ciudad, y la ha encontrado.

Las situaciones que narra la película tienen diferentes lecturas. Hay abundante contenido erótico en el film; al fin y al cabo, además de trabajar para sobrevivir, su vida se reduce ahora a dormir, comer  la ración que se les facilita a ambos y al sexo. La mujer ofrece su cuerpo a cambio de una servidumbre de por vida a un hombre errante que quedó atrapado en su tela de araña. La relación entre ambos está muy bien descrita, aunque no se expliquen los motivos fehacientemente. Al principio hay cierta desconfianza mutua, pero ella va invadiendo la vida del protagonista de modo tan lento como implacable, del mismo modo que lo hace la arena en el inhóspito lugar. La primera vez que aparece cierta tensión sexual es durante una pelea por el agua, pero el tira y afloja se mantiene a lo largo de la película por medio de la hostilidad, el primer inconformismo convertido en resignación y la esclavitud que somete a ambos en su hábitat común. Una de las relaciones afectivas más absurdas y extrañas que jamás se han visto en el cine; relación que Teshigahara desarrolla magistralmente con asombrosa habilidad a la hora de filmar escenas inimaginables en un entorno tan pequeño, pero que reflejan a la perfección la cambiante atmósfera que se da en esta peculiar relación.

También puede entenderse la película como la metáfora de una sociedad indiferente, donde las individualidades poco importan. De hecho, los protagonistas carecen de nombre, han sido retenidos por la fuerza y no pueden escapar. Forman parte de la escena del mismo modo que la arena forma parte de sus vidas y, al igual que ésta, sus movimientos están determinados por la necesidad natural de supervivencia. Las voluntades, los deseos, tienen poca relevancia. La frase en la que él pregunta a la mujer “¿Excavas para sobrevivir o sobrevives para excavar?” recoge bastante bien el contenido filosófico de la película. Lo cierto es que toda ella recuerda mucho al mito de Sísifo (La Odisea), castigado a empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, pero antes de alcanzar la cima de la colina la piedra siempre rueda hacia abajo. Sísifo se ve obligado a empezar de nuevo, desde el principio, una y otra vez, o a perecer aplastado por la enorme losa unida a su destino.

La película, a pesar de las situaciones que describe, está narrada con grandes dosis de realismo, y a la vez es deliberadamente lenta. La vida en la duna es relatada mediante innumerables sutilezas con las que el espectador va conformando su idea de la cotidianidad de los protagonistas. La fotografía (Hiroshi Segawa) subraya constantemente el clima de desasosiego que vive el hombre hasta que, casi al final, termina por aceptar la situación. Entonces Teshigahara recurre a otros elementos para desatar la tensión: La escena del foso de arena convertido en escenario de violencia sexual mientras los aldeanos les rodean con sus tambores y máscaras practicando antiguos rituales; o esa otra en la que ruega le devuelvan a la casa, atrapado entre las arenas movedizas; o la escalofriante escena de la huida, cuyo mezquino objetivo resulta ser ver el mar, son una buena muestra de la inquietante tensión que sabe sobradamente crear el cineasta.

El guión pertenece al escritor nipón Kobo Abe, y está basado en una novela homónima que él mismo había publicado unos años antes. Kobo Abe siempre se declaró incondicional admirador de Kafka y, aunque no he leído su libro, viendo un film tan extremo y desafiante, no me cabe la menor duda de ello. Porque, además de radical es enormemente absurdo, y la angustia que logra generar consigue, como en el caso de las narraciones del checo, mantener el pulso y los nervios in crescendo. Una experiencia tan única como extraña, tan hermosa como hipnótica. En ningún momento queda claro si la mujer está en el agujero por voluntad propia o fueron los lugareños quienes la obligaron a estar ahí, como le ha sucedido al hombre. Lo que es evidente es que ambos están cautivos, al margen de que uno lo acepte como natural y otro intente huir constantemente de su destino. Comparten el trabajo y no pueden escapar de él. Tampoco deben, porque de su trabajo depende, además de su propia existencia, la economía de la comunidad.  Tal como le relata la mujer una noche mientras cenan, por extensión, dependería de ello el resto del mundo. Consuelo ciertamente poco tangible, pero dadas las circunstancias, el único posible. Más vale tener ese que ninguno para tratar de mantener la cordura, porque sus vidas, al igual que ocurre con la arena, seguirán su propio proceso, el establecido como natural, en el que podrán variar los términos pero no el acuerdo ya que, como sucede con la naturaleza (simbolizada por la arena), la vida termina desarrollándose al margen de la voluntad de quienes traten de abrir caminos para cambiarla.

Vivir (Ikiru) – Akira Kurosawa

Watanabe es un burócrata que lleva 30 años trabajando en el Ayuntamiento de Tokio. Su vida es idéntica día tras día, igual que lo es su trabajo. Nunca consigue terminar nada de lo que comienza. Con el paso de los años, ha llegado a jefe de su sección y se sienta entre columnas de papeles a ambos lados de su escritorio, frente a estantes todavía más repletos de documentos. Su mesa está flanqueada por otras más pequeñas, de sus ayudantes, que ordenan y desordenan papeles una y otra vez. Nunca se decide nada y nada cambia en esencia. Su trabajo es escuchar las quejas de los ciudadanos, pero se limita a estampar un pequeño sello de caucho en cada uno de los papeles.

La película comienza con un plano fotográfico de una radiografía de alguien. Una voz dice: “Tiene cáncer gástrico, pero todavía no lo sabe. Va vagando por la vida. De hecho, está medio muerto“. Y los rayos X se van difuminando, fundiendo en el rostro de Takeshi Shimura, uno de los iconos del cine de Kurosawa, también de otros memorables directores, que interpreta magistralmente su papel en este film. Parece cansado, gris e insignificante como la pequeñez de su propia vida.

Una de las escenas memorables de la película sucede cuando Watanabe se encuentra en la sala de espera de la consulta del médico. Todavía desconoce su enfermedad. En la sala hay otro paciente que charla descuidadamente con todos, no necesita conocerlos.  Se dirige a Watanabe y comienza a describirle síntomas idénticos a los que padece, atribuyéndolos al cáncer de estómago. Watanabe enmudece, lentamente, aterrado… Cuando su expresión ya está completamente desfigurada por el miedo, el charlatán hace este comentario: “Si le dicen que puede comer lo que quiera, eso significa que le queda menos de un año“. Ya en la consulta, el doctor repite estas mismas palabras; entonces el viejo burócrata se aleja, despacio, caminando hacia atrás. El médico habla pero no le mira, está situado de espaldas, sólo la cámara puede ver su desesperación. Regresa a casa, en el camino solo se oye la lluvia y su silencio . Exhausto, llora desconsolado hasta quedarse dormido. La cámara enfoca ahora una condecoración que acaba de caer al suelo. La recibió por sus veinticinco años de trabajo. Piensa que va a morir, aunque el médico no dijo nada de eso; en realidad, el médico solo dijo la frase, la misma que antes había escuchado del charlatán en la sala. Que vaya a morir no es tan malo. Lo peor es que nunca ha vivido. Y antes de morir decide hacer al menos una cosa que merezca la pena.

En este momento de la película, las escenas dejan de sucederse en orden cronológico, pasando a ser flashbacks a partir de su funeral. Familia y conocidos se reúnen y le recuerdan, bebiendo, fumando, intentando desvelar su misteriosa muerte (que no será de cáncer de estómago) y su extraño comportamiento que le condujo a ese final. El esfuerzo de un hombre por hacer simplemente lo que desea, a pesar de su trabajo, de sus compañeros, de las mujeres, de su hijo, de sus conocidos, puede confundir, tal vez frustrar, enfadar o inspirar a los que ven todo esto desde la óptica de sus vidas, sin cuestionarlas. Y es aquí donde reside el mérito y la grandeza de la película: La maestría de Kurosawa logra que mentalmente apremiemos a los supervivientes a alejar su mezquindad, a ver las cosas de otra manera, a querer acercarlos a nuestras conclusiones. Y el viejo Watenabe deviene cada vez menos sórdido, cada vez más parecido a nosotros, a pesar de que siguió siendo el mismo de siempre, y de que no logró concluir aquello que deseaba…

El pulso del film es deliberadamente lento, acrecentando la tensión con los minutos a base de primeros planos del rostro de Shimura, enorme interpretación de las emociones y los sentimientos del protagonista, de su rabia contenida por la muerte de su vida. Pocos diálogos, pero la cámara de Kurosawa se mueve como un mazazo que hace innecesarias las palabras para expresar la soledad, la tristeza, la ternura de su personaje. La historia de un hombre que estuvo muerto los veinticinco años que “mataba” el tiempo para asegurar un trabajo que creía su vida. Tremenda reflexión, madura y dramática, sobre el oficio de vivir; y, sin duda, una de esas memorables obras maestras del cine que nadie debería dejar de ver.

Los números de 2013

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2013 de este blog.

Aquí hay un extracto:

El Museo del Louvre tiene 8.5 millones de visitantes por año. Este blog fue visto cerca de 92.000 veces en 2013. Si fuese una exposición en el Museo del Louvre, se precisarían alrededor de 4 días para que toda esa gente la visitase.

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Una vida nueva, de Ouine Leconte

De puntillas y sin ruido, con tres años de retraso desde la fecha de producción,  ha pasado por cartelera esta ópera prima con tintes autobiográficos escrita y dirigida por Ouine Leconte, cineasta nacida en Corea, al igual que la protagonista, pero criada en Francia por unos padres adoptivos que la sacaron a los nueve años de un orfanato cerca de Seul.

Cierto es que el tema del abandono infantil ha sido más que recurrente en el cine. Sin embargo, la joven directora se estrena marcando unas cuantas diferencias. La vida de este particular orfanato, católico para más señas, es mejor que en muchas instituciones privadas occidentales de pago; la comida y los regalos, abundantes; la clásica rivalidad entre las chicas, aquí todo camaradería, y el personal se muestra atento y genuinamente preocupado por el bienestar de las niñas.

Es más, todos los detalles ante los que el espectador occidental espera que el guión encamine por derroteros sentimentaloides van abortando a lo largo de la película. Las manchas de sangre, que podrían inducir alguna catástrofe venidera, culminan en una nueva relación de amistad; el juego nocturno, a hurtadillas de las cuidadoras, que en cualquier otra producción desencadenaría una trama paralela, jamás será descubierto ni intervendrá en el destino de la protagonista más allá de contribuir a su madurez y toma de conciencia de la situación; o la particular y justificada rebeldía de la chica más veterana no tendrá el final trágico que cabría esperar en otra producción al uso.

Lo que de verdad es una auténtica sorpresa es cómo la película se las arregla para, casi sin palabras, sin estridencias ni efectos añadidos, sin adornos ni golpes de efecto, ofrecer una crónica emotiva que muestra la incomprensión y la crudeza del abandono infantil y la posterior adaptación a la vida en el orfanato sin recrearse innecesariamente en el drama de la pequeña.

Sencilla y sin pretensiones, escasa en presupuesto y sin apenas promoción, resulta ser uno de los films más elocuentes de la cartelera, para el que tenga la suerte de poder todavía encontrarla en alguna recóndita sala de nuestra geografía.

Mad Doctors, nuevo monográfico de La Caja de Pandora

La figura del Mad Doctor es el tema monográfico de la quinta entrega de la revista digital La Caja de Pandora, publicación en la que este blog aporta su granito de arena de manera habitual. En este número se ofrece un repaso a la figura del científico loco desde su primera forma, el Doctor Frankenstein, hasta la actualidad, abordado desde la perspectiva del cine, la literatura, el cómic, la ilustración, el manga o el anime.

Para la ocasión, la revista ha contado como valor añadido con la inestimable colaboración del escritor gaditano Ángel Torres Quesada, autor de reconocida trayectoria en la ciencia ficción patria, con un relato inédito titulado La tienda de los sueños que la revista publica íntegramente.

Podéis descargarla de forma gratuita o disfrutarla on-line en este enlace:

http://cajadepandoramagazine.blogspot.com.es/2012/10/mad-doctors-descarga-del-nuevo-numero.html

Boker tov, adon Fidelman (Joseph Madmoy, 2010)

Una de las experiencias más fascinantes es perderse unas horas por los viejos mercadillos, las tiendas de antigüedades y los talleres que restauran objetos a los que solo el paso del tiempo otorga el valor de haber sobrevivido hasta nuestros días y a lo irrecuperable del método en que fueron concebidos. Contemplar esos viejos artilugios y muebles de madera real e imaginar el momento en que habitaban un salón de techo prominente del que pendía una majestuosa lámpara de araña, aunque tal vez tuvieran que conformarse con unas de queroseno. O aquella vieja oficina repleta de armarios y clasificadores, con su formidable mesa dominando la estancia, olor a encáustico y chupatintas enterrado entre toneladas de papeles incluido .

Mientras bancos y políticos contribuyen al alimón a endurecer nuestra realidad cotidiana, esas escapadas te devuelven a un pasado más humano, quizás romántico, sí, pero el ejercicio no deja de ser gratificante. El cineasta Joseph Madmoy consigue, en cierta forma, dejando de lado guiones demasiado alegóricos y dirigidos, habituales hoy en el cine israelí de puertas a afuera, apostar por un relato sensible, agridulce, humanista y secular. La sangre, más espesa que el barniz, y más cáustica, pone el toque shakesperiano a esta nudosa historia doméstica de ritmo pausado y tono malhumorado donde la trama tarda en aparecer tanto como el piano Steinway de 1882 que el aprendiz descubre bajo la herrumbre y la polvareda de la tienda de Fidelman. El viejo e irascible señor Fidelman (magistralmente interpretado por Sasson Gabai, actor nacido en Irán, para más señas), un hombre totalmente dedicado a su oficio cuya vida da un vuelco cuando su socio Max muere repentinamente.

Fotografía, iluminación y personajes, bien definidos y genuinos en sus emociones, se aúnan para ofrecer planos realmente inspiradores de sentimientos y delicadeza envuelta en aroma vintage. La tienda-taller, en pleno centro de Tel-Aviv, donde transcurren la mayor parte de las escenas, las herramientas preindustriales, el polvo acumulado, el bocadillo de la mañana, dos vasos de vino entre frascos de trementina… captan a la perfección la cotidianidad del protagonista, reducto del perfeccionismo artesanal, viejo y solo, cuyo único instrumento de supervivencia es cierta metódica capaz de desafiar a un mundo cada vez más ajeno e indiferente. Boker tov, adon Fidelman, comercializada en prácticamente toda Europa –en España solo se proyectó en el Festival de Valladolid– como Restoration, cuya traducción literal del título original sería Buenos días, señor Fidelman, es un trabajo arriesgado y conmovedor que, con todos sus defectos, merecería no pasar desapercibido.