Se hace buen cine en España, aún a riesgo para el autor de condenarse al suicidio comercial y a la marginación de entre las niñas bonitas de la academia. Esta vez es Javier Rebollo. En su haber, un puñado de magníficos cortometrajes (El equipaje abierto, El preciso orden de las cosas, En camas separadas…), una forma de hacer cine que se ha encargado de reivindicar como género mayor (en sus propias palabras: “No considero el cortometraje un trampolín ni salto a nada sino un sitio del que ir y venir como otros directores europeos hacen de manera saludable como Agnes Vardá o Chantal Akerman“) y un excelente largo “Lo que sé de Lola” (2006) nominado en su día a los premios Goya como mejor director novel y premiado en algunos festivales, europeos.
Tres años en el dique seco. Valió la pena la espera, porque La mujer sin piano es una de las propuestas más interesantes y convincentes de la cartelera actual. Los personajes son una peluca, una maleta, unos zapatos de tacón alto, una excelente Carmen Machi en su primer papel protagonista para el cine (fascinante capacidad para desprenderse rápidamente de la estela “cómica de serie televisiva”) y un polaco que encuentra en medio de la noche, muy bien interpretado por el guionista, músico y actor checo Jan Budar.
La acción transcurre en 24 horas de la vida de Rosa, ama de casa tipo que agota una monótona rutina cotidiana y decide dar un giro radical a su aburrida existencia, largarse de casa, abandonar al patético marido, el gabinete de depilación laser y su inexistencia sexual. Ahora es una mujer sola, ataviada y con maleta, caminando por una ciudad vacía, en busca de un viaje a no sabemos dónde. Callada, introvertida, de rostro inexpresivo, se comunica de manera escueta, seca, dando a entender las situaciones a base de gestos y silencios. Parece que todo cuanto la rodea le es hostil: la obtusa lógica de una empleada de la oficina de correos, le apatía de la camarera del bar o los elementos de esa élite que puebla a determinadas horas la estación de autobuses de cualquier ciudad. Rebollo nos sitúa en este punto inicial y aparentemente solo contemplamos el transcurrir de las horas, sin que poco o nada suceda. No hay tensión dramática, el discurrir es pausado y tanto los personajes como las situaciones resultan grises y de una economía verbal notable. ¿Dónde está el secreto? ¿Qué tiene de interés para nosotros las contradicciones de una mujer de tantas que decide escapar de su monotonía? Probablemente la respuesta sea la contundencia narrativa con la que Rebollo describe -de modo tan minimalista- tanto los personajes como los ambientes en los que están inmersos. Probablemente Rosa se nos antoja cualquier maruja o marujo de los que poblamos este siglo XXI, demasiado indiferentes a todo, hasta para con nosotros mismos. Javier Rebollo observa a sus personajes desde la suficiente distancia para hacer posible que en noventa minutos nos involucremos en el mundo desafecto que tan hábilmente retrata. Y Probablemente porque la película invita a reflexionar sobre la realidad que nos es cercana: la creciente deferencia, mutua, entre cada individuo, el medio que nos rodea y nuestros vecinos de especie. Armoniosa mezcla de tragedia y comedia absurda, dadas las coordenadas de los escenarios y la característica popular del personaje, a la que hay que sumar cuidadísimos encuadres y una cámara que observa y nos devuelve con detenimiento hasta el más mínimo detalle. Ella, y el polaco que se encuentra una noche en una estación gris y sucia, van ganando minuto a minuto nuestra simpatía. Sales del cine con una medio sonrisa, aroma a coñac y bocata de calamares, y dándole vueltas a lo que has visto. No se la pierdan, mucho más rica de lo que aparenta.

Hasta para los que nos gusta descubrir ese cine menos comercial o con escasa distribución, al que solo hemos tenido acceso gracias a las nuevas tecnologías y a este medio de difusión que es internet, nos cuesta pensar en directores de cine filipinos porque son pocos los nombres que acertaríamos a pronunciar: Lav Díaz, Raya Martin o Brillante Mendoza, poco más, amén de otros que apuestan por una narración cinematográfica lejos del cine con sustancia y bastante más próxima a lo que para la India sería la industria Bollywood, pues se trata de cantantes más o menos reconocidos allí que aprovechan el tirón para, de paso, ganar dinero con algún musical no demasiado trascendente dentro y, por supuesto, sin eco alguno fuera de sus fronteras. El otro filón que explota el cine filipino es el erótico explícito (más o menos pornográfico, eso depende) pues resulta uno de los géneros con mayores beneficios comerciales en el país. Serbis, cuyo título internacional es Service, -esto es, Servicio- significa exactamente eso: servicio de prostitución. Pero Serbis no es una película pornográfica, siquiera erótica, a pesar de que incluye escenas explícitas en las que se ofrecen este tipo de servicios y alguna otra que ha tenido como consecuencia que se la haya tildado de obscena por una parte de la crítica o que en algunos países se prohíba la exhibición en salas comerciales al uso, relegándose a lo que aquí se conoce como cines con calificación para películas X. Sin embargo, juzgar este film de pornográfico es, desde mi punto de vista absolutamente superficial y no atiende al verdadero sentido de la película, que va mucho más allá de una mera exhibición de sexo gratuito y que es tan profunda en sus distintas capas de contenido como lo son los problemas inherentes hoy a la sociedad filipina.
Serbis transcurre casi íntegramente dentro de un edificio cuya actividad es el pase de películas porno llamado, acertada e irónicamente, Family. La película se centra en el día a día de una familia compuesta por varias generaciones en su lucha por sobrevivir en la Filipinas de hoy. Los dos personajes principales son la matriarca (Gina Pareño) y la hija (Jacklyn Jose), quien juega el papel de hija y madre al tiempo, y el empeño de ambas mujeres por sacar adelante la familia manteniéndola unida en todo momento. La lucha por impulsar el negocio familiar, un marido inepto que regenta la parte hostelera, dos sobrinos en plena efervescencia hormonal y la mirada de un niño pequeño configuran el frágil ecosistema base del que entran y salen prostitutas adolescentes de ambos sexos que acuden a los pases cinematográficos de la planta primera como abejas a la miel; mientras, la familia tiene su batalla particular en un frente diferente, atendiendo el negocio y defendiendo el honor y la integridad de los suyos frente a la crisis moral y la traición de un patriarca que hace años les abandonó.
No quiero desvelar demasiados detalles de la trama, pero sí decir que no son las dos mujeres, a pesar de su excepcional trabajo, las que imprimen una actuación sólida a la película. La verdadera estrella, el auténtico protagonista y quien da sentido completo a este interesante film es el propio edificio; un antiguo cine que es hoy una sombra de sí mismo, cuyas paredes ruinosas albergan las cicatrices del pasado que capa sobre capa la pintura no ha conseguido ocultar. La cámara en mano sigue a esos personajes escaleras arriba y abajo, a su sala de proyecciones, a los pasillos repletos de carteles de películas que han conformado su historia, a los oscuros rincones donde se comenten actos prohibidos en este lugar al que llaman Family, porque eso es seguramente Serbis: Una mirada hacia la Filipinas de hoy, en la que las mujeres son y han sido las que proporcionan el sustento principal a sus familias, las que han llevado la pesada carga de servir a los suyos, en lo que se incluye la prostitución de sus jóvenes con demasiada frecuencia. Rodada en video, Serbis no es una película perfecta, de hecho está tan plagada de defectos que resultarían difíciles de enumerar. Pero es fascinante la mirada de la cámara de Mendoza a ese edificio, como muchos de los que seguro pueblan el centro de Manila, auténticos vestigios de un pasado que sobrevive hoy gracias al pase de sesión doble de películas pornográficas. Porque Serbis no es sino una valiente alegoría de Filipinas y su estado actual, de un lugar y unas gentes que viven su presente a costa de sacrificar su futuro y enterrar su pasado. Los personajes deambulan entre paredes, prostitutas y procesiones de fe católica cada uno con su propia historia, tan complejas como los laberínticos pasillos del ruinoso cine que regentan. Mendoza desgrana esa realidad sin demasiados eufemismos, con un presupuesto absolutamente impensable aquí, a través de estructuras narrativas nada convencionales y mostrando unos personajes que no son sino producto de la descomposición de una sociedad del mismo modo que se descompone el viejo edificio donde cotidianamente transcurren sus vidas.
Hace unos días publicaba aquí uno de los cortometrajes nominados a la presente edición de los Goya: Alma, de Rodrigo Blaas. No es que la que escribe confíe demasiado en que el estar nominado a algún premio importante sea sinónimo necesario de calidad, pero sin duda es una forma de reconocer el trabajo que, a veces durante años, realizan jóvenes artistas y que de otro modo pasaría para la mayor parte del público inadvertido, como es el caso de la animación fuera del ámbito estadounidense y mucho más si nos referimos a su formato en cortometraje.
Ayer conocíamos la noticia de la nominación de un trabajo español a los premios de la academia norteamericana, que también compite a los próximos Goya en su categoría. Se trata de “La dama y la muerte“, un trabajo de poco más de ocho minutos cuyo proyecto ha costado más de dos años y que es el primer film de este tipo realizado con técnicas de 3D en España. Dirigido por el granadino Javier Recio Gracia y apadrinado por Antonio Banderas en la producción, nos ofrece una dinámica muy bien ambientada y realizada en clave humorística. Dejo una copia, pero podéis ver el corto si lo deseáis en su página con mayor calidad de resolución, así como el making of y abundante información gráfica en el enlace al blog oficial de la película. Desde aquí deseamos a todo el equipo mucha suerte en las próximas galas de los premios a los que opta.
Tras el éxito de The Host, película más taquillera hasta el momento en Corea del Sur, y su posterior colaboración en Tokio con el corto Tokyo Shaking, Bong Joon-ho estrenó en 2009 su cuarto largometraje, Mother, consiguiendo ser elegida por su país como representante en los Oscar de este año, pasando por delante del cantado reconocimiento a Park Chan-wook y su Thirst y, aunque ha llegado a figurar entre las preseleccionadas por la academia estadounidense a la candidatura para la estatuilla, finalmente no ha logrado colarse en la lista de las cinco finalistas. Bong es hoy una de las grandes promesas del cine coreano, que ya ganó renombre internacional con su ópera prima, el thriller Memories of Murder, que exploraba los rincones más oscuros de un caso real, una brutal sucesión de asesinatos en serie y violaciones en la zona rural de Corea en los años ochenta. Mother se aparta del género de terror y monstruos de The Host para acercarse más a la primera propuesta. A caballo entre el thriller policiaco y el melodrama social que tanto gusta hoy en Corea, la película se centra en los desvelos de una madre para con su excéntrico y algo retrasado hijo- ya adulto-, quien depende de ella para cualquier asunto relacionado con su cotidianeidad más básica. Todo se complica cuando aparece asesinada una chica en extrañas circunstancias, `momento en que la película da un hábil giro narrativo: el chico es acusado del homicidio y acompañamos a la madre y su incondicionalidad para con la defensa del hijo frente a la laxitud y manipulación policial, que la llevará a un auténtico periplo e incluso al asesinato a fin de recabar pruebas que demuestren su inocencia, complicándose también el asunto con acontecimientos pasados que aparecen y desaparecen de la memoria del joven.
Al igual que en Memories of Murder, la madre sirve para dar varias vueltas de tuerca al guión de modo más que eficaz, especialmente en el momento final de la película. Sin embargo, en esta ocasión tal vez Bong se toma demasiado tiempo para entrar en materia, recreándose en escenas muy bien filmadas pero cuyo único objeto es detallar la edípica relación madre-hijo; relación extraña, obsesiva, casi enfermiza y algo ingenua, en lugar de seguir la interesante trama que propone y a la que no ayuda demasiado en la primera parte de la película. Pero una vez sobrepasado este meridiano, la narración se desencadena rápida y con bueno ritmo, para desembocar en un final poco predecible en lo que al thriller se refiere y a la vez muy alejado de lo esperado en un melodrama convencional. Acompaña el conjunto una bellísima fotografía -a la que sólo se le puede reprochar el elevado número de escenas oscuras- y un más que correcto trabajo de Kim Hye-ja en el papel de la madre. Respecto al de Bin Won interpretando al hijo, y a pesar de que la crítica ha alabado suficientemente el papel, personalmente no llegó a convencerme por su utilización en exceso de la boca casi siempre abierta y la mirada inexpresiva para representar un personaje inocente y abiertamente nulo.
Me quedo con esa segunda mitad. Buen trabajo, mantiene la tensión y la expectativa precisa a fuerza de ocultar e insinuar para obtener conjeturas del espectador alrededor de la trama, dosificando la información para lograr la tensión necesaria. Tiene en este sentido la película una clara referencia al mejor cine clásico estadounidense a la hora de elaborar un thriller sugerente en dos áreas y sin hacerlo de manera obvia: por un lado la resolución del asesinato, en la que están inmersas viejas lagunas del pasado sin resolver y que emergen como leitmotiv en el subconsciente de los culpables; por otro la extraña relación entre los dos personajes. Ambos elementos funcionan paralelos porque se dedica la atención suficiente a desarrollarlos con detalle como partes relevantes del misterio que encierra la película, sin necesidad de recurrir a sustos superfluos para mantener al espectador al borde de la butaca y concluyendo la resolución de ambos de manera efectiva: el culpable, victima y a la vez monstruo, y el desvelo del secreto que encierra el personaje de la madre. Con todos los adornos orientales incluidos, caben pocas dudas de que Bong debe ser gran admirador del cine de Hitchcock…
Como hoy hace dos años que comenzó su andadura este blog, me voy a permitir como homenaje y regalo a quienes lo visitan colgar completa en la página On-line la película “El Verdugo“, de Luís García Berlanga, auténtica obra maestra del cine español y una de mis predilectas -junto a “Plácido“- del director y de su guionista, Rafael Azcona.
«Todas mis películas», decía Berlanga en una ocasión, «son crónicas de un fracaso, protagonizadas por antihéroes. Son disecciones crueles de la realidad pero con risas. Creo que su intemporalidad reside en que a través del humor en el cine puedes llegar a tocar temas muy graves, como aquí la pena de muerte. El verdugo funciona porque contiene un sainete». Por ello, Berlanga se sentía precursor de Roberto Benigni. «Se magnificó mucho lo de su Oscar y yo creo que mucha gente ha abordado antes problemas como éstos. Para mí, es más tremenda la pena de muerte que el Holocausto».
La pena de muerte existió en España hasta que fue abolida por la Constitución de 1977. Su modo más común de ejecución era el garrote vil y pocos son quienes se explican porqué los censores franquistas permitieron la circulación de la película que, aunque venía etiquetada como comedia, es uno de los mayores alegatos jamás rodados en España contra la pena capital, además de dinamitar como pocas la lúgubre y mísera sociedad española fruto del régimen imperante por entonces.
- Me hacen reír los que dicen que el garrote es inhumano. ¿Qué es mejor la guillotina? ¿Usted cree que se puede enterrar a un hombre hecho pedazos?
- No, yo no entiendo de eso.
- …Y qué me dice de los americanos. La silla eléctrica son miles de voltios. Los deja negros, abrasados. ¡A ver dónde está la humanidad de la silla!
- Yo creo que la gente debe morir en su cama. ¿No?
- Naturalmente, pero si existe la pena de muerte, alguien tiene que aplicarla.
Luís García Berlanga y Emma Penella tuvieron que soportar una lluvia de tomates y abucheos cuando fueron a la Mostra de Venecia en 1963 porque gran parte de su público pensaba que la película era oficialista y la ciudad estaba llena de carteles que rezaban “Verdugo = Franco“. Casi al mismo tiempo, el embajador español en Roma, Alfredo Sánchez Bella, envió una airada carta al Ministro Español de Asuntos Exteriores en la que calificaba el filme como “uno de los mayores libelos que jamás se han hecho contra España, un panfleto político increíble, no contra el régimen, sino contra toda una sociedad“. Cabe recordar que por aquel entonces una marea de turistas europeos comenzaba a invadir el país cada verano, por lo que turismo y construcción, perfectamente retratados también en el film, podía sentirse afectados por tan mísero relato de las relaciones sociales puestas de manifiesto la película. Claro que los censores no podían ver a priori nada malo en observar a los ciudadanos absolutamente privados de cualquier atisbo de libertad, doblegando sus voluntades y conformándose en definitiva con todo aquello que no desean y sometiéndose a un modo de vida en el que nadie tenía el control de su destino más cotidiano. No pudieron verlo porque esa sociedad, de una pequeñez desesperante, en la que casarse, soportar a la suegra o la cuñada, o dejarse manipular hasta ejercer de verdugo por el afán del padre de figurar entre los elementos destacados del círculo administrativo, esa era la sociedad que pretendían y durante demasiado tiempo lograron.
El Verdugo es mucho más que una película contra la pena de muerte. La anulación de la libertad individual por un cúmulo de intereses sociales y cotidianos que impiden cualquier libertad personal convierten la obra de Berlanga en un film de doble adscripción: al tiempo que sirve a la memoria histórica, recordándonos algunos de los elementos más oscuros de la dictadura franquista no demasiado lejanos en el tiempo, es un alegato a la libertad individual que nos muestra cómo existieron otras víctimas de la dictadura: las personas que no podían elegir su destino, estranguladas por esa red de circunstancias sociales que escapaban al control de los individuos atrapados en un sistema de justicia y castigo que imprimía las relaciones sociales creadas y de la que muy pocos lograban escapar.
Hace ya algún tiempo quería dedicar una entrada a los trabajos de la productora valenciana Conflictivos Productions, que viene desarrollando una labor metódica desde 2003 en el terreno de la animacion stop-motion de nuestro país. A pesar de contar con muy poco presupuesto y escasas subvenciones (el tema de las subvenciones y la macarronería que las envuelve en el caso de la C. Valenciana daría para un blog completo) han conseguido colocar algunos de sus cortos en el palmarés de algún festival nacional. Es el caso de “The Werepig”, un cortometraje realizado íntegramente en plastilina que ha sido preseleccionado para los Goya de este año, aunque desafortunadamente no ha conseguido colarse en la final. “The Werepig” ha tardado dos años en completarse, desde la primera idea hasta su estreno, y es algo así como un remake de “Un hombre lobo americano en Londres”, aunque ambientado en España. Su autor es Sam (Samuel Ortí Martí, 1971), una interesante personalidad dentro del panorama del stop-motion español actual y uno de los padres de Confllictivos Productions, junto al también valenciano José Atienza. Varios son ya los cortometrajes que llevan su sello: “Encarna” (2003), “Hermético” (2004), “Semántica” (2005) o “El ataque de los Kriters asesinos” (2007), a los que imprime su sentido del humor para la comedia de terror tan particular y con los que ya ha conquistado varios premios internacionales. Sus cortometrajes suelen reunir conceptos cinematográficos de lo más variados, aunque en todos destila un gusto especial por el cine fantástico de los 80, entremezclado siempre con personajes muy cercanos al costumbrismo español, lo que les convierte en un buen medio para la sátira y la parodia social. Desde aquí les animamos a seguir en su empeño para con este hijo huérfano del cine que es hoy día la artesanía en la animación.
The Werepig, 2009
Encarna, 2003
Hace unas semanas terminaba el comentario en este blog sobre “Barton Fink” preguntándome si volverían algún día los Coen a hacer cine como antaño. Antes de nada, decir que he sido una incondicional de todo lo anterior a Clooney, Zeta-Jones y la infumable “Crueldad intolerable“, serio punto de inflexión en su carrera hasta la llegada de “No es país para viejos”, que logra retomar levemente el pulso de aquello que algún día nos ofrecieron. Hoy, que vengo de ver “Un tipo serio“, parece un buen momento para justificar el porqué de mi pregunta, aunque la respuesta se me antoja pesimista, pues decepción es la palabra que tal vez mejor define mi estado ánimo tras ver esta su última película. Es verdad, no vamos a negarlo nadie, que los Coen vienen abusando, también en algún film más o menos brillante, de recursos, planos y discursos repetitivos, en particular para con sus comedias; elementos muchos que ya hemos visto demasiadas veces, independientemente de que sean muy personales -pues ellos son los creadores- y les supongan un valor seguro a la hora de vendernos la moto reportándose, además, las consabidas alabanzas. Al fin y al cabo, también definen ese modo característico de hacer cine que indudablemente lleva su firma. “Un tipo serio” no es una excepción; es más, diríase que es la confirmación de un discurso recurrente y quizás ya agotado bajo el manto de comedia original, personalísima y aparentemente distinta de todo lo anteriormente rodado. Se trata de poner a prueba la resistencia de un buen hombre, que vive una vida tranquila como profesor en el Medio Oeste y cuya existencia se convierte de la noche a la mañana en un caos: Su esposa le abandona poniéndole los cuernos con su mejor amigo, obligado a convivir con su hermano que es un tarado problemático, el hijo suspende y fuma marihuana, la hija hace pellas para cuidar su melena y le roba, y para colmo se ve envuelto en un chantaje que pone en peligro su carrera a cargo del clan familiar de un alumno asiático por negarse a regalarle el aprobado. Con este comienzo (obviaré la escena inicial para no hacer escarnio) y rebozada hasta el empacho de simbología y vocabulario religioso hebreo, más de una vez al alcance sólo de duchos en la materia, la película consiste en conducir al tipo serio de peregrinación pidiendo consejo hasta a tres rabinos, en busca de respuestas a aquello que todo hijo de vecino se ha preguntado alguna vez a lo largo de su vida y para lo que ningún predicador ha tenido nunca una sola respuesta concluyente. Todo empaquetado, eso sí, de su faceta más negra y punzante, cinismo grotesco y paradojas existenciales, una buena puesta en escena, una meritoria actuación del protagonista (Michael Stuhlbarg) y de algún secundario (los vecinos, que casi no abren la boca, y que están impagables) y una ambientación de finales de los 60 más o menos lograda, con alguna que otra licencia. Dice la crítica que es la película más personal de los Coen. Indudablemente, y lo es hasta tal punto que da la constante sensación de estar hecha para el disfrute propio y exclusivo de sus creadores, mofándose, sanísima práctica de reírse de los orígenes de uno mismo y los rigores impuestos por las propias tradiciones. Claro que, al espectador le queda el chiste sobre la desgracia ajena, presentado mediante personajes y situaciones infinitamente más cercanos a American Pie o alguna sandez de Mel Brooks que a cualquier comedia menor de Allen, y el discurso pretencioso en el que el nihilismo es impulsado a niveles casi frenéticos pero donde siquiera se pretende cuestionar los rasgos fundamentalistas de ciertas actitudes religiosas, que aquí solo funcionan como mero escenario de una aparente y superficial brillantez.
Primera entrega en España de este thriller de Kang Full (Kang Do-yong), filólogo coreano que ha decidido vivir de su pluma y sus dibujos. Comenzó hace algunos años publicando historietas en su propia web y ha llegado a convertirse en un autor referente entre el comic online en su país. Uno de sus éxitos, Manhwa Sentimental fue incluso llevado al cine en 2008. Además de trabajos en la red, Kang Full es hoy un habitual de la prensa coreana, donde publica con regularidad tiras cómicas de contenido social y político.
Antes de la publicación en nuestra lengua de este manhwa (manga coreano) ya pudimos deleitarnos con otro de sus trabajos: “El Idiota”. Tras leerlo, había tomado buena nota del autor porque logró atraparme con una historia aparentemente muy simple pero que esconde reflexiones, hechas con gran sensibilidad, sobre la vida y lo que esperamos de ella. Nada que ver argumentalmente con “El apartamento“. Esta vez se trata de un apasionante thriller de terror psicológico cuyo protagonista es un joven de 29 años, periodista para más señas, quien en su insulsa existencia encuentra entretenimiento mirando por la ventana al edificio de apartamentos que hay frente a su casa. Mal pasatiempo, porque su actividad le llevará a ser testigo de una espiral de crímenes que se suceden noche tras noche al apagarse las luces y -la curiosidad mató al gato- a la búsqueda de una explicación para calmar la inquietud y desasosiego que le causa el descubrimiento. La verdad es que Kang Full logra el interés in crescendo del lector en esta historia de terror y suspense, pues una vez comenzada resulta difícil abandonar la lectura. El dibujo sencillo, casi infantil, con el que acompaña el relato, no delata a primera vista los misterios que encierra, pero me ha encantado. O tal vez la que escribe no esté demasiado habituada al cómic coreano. De cualquier modo, es el primero de cuatro más que saldrán a lo largo de los próximos meses y ya estoy deseando hacerme con el siguiente número para ver cómo continua.
Más información sobre “El apartamento” en dosier pdf
Alma es uno de los cortometrajes de animación candidato este año a los premios Goya en su categoría. Su creador es Rodrigo Blaas, animador granadino que trabaja desde 2002 en California, concretamente en la factoría Pixar, donde ha colaborado en el equipo creador de películas tan taquilleras como “Buscando a Nemo“, “Los increíbles” o “Cars“, por citar algunos ejemplos. Esta es la primera vez que se aventura en un proyecto independiente y en solitario, después de su reciente colaboración para Planet 51.
Cuenta la historia de una niña que se aventura en una tienda de juguetes y… no cuento más. Sí diré que bajo la apariencia delicada de la niña, invierno dulzón y tonos pastel se esconde una historia que poco tiene que ver con la idea de tierno cuento navideño con el que se está publicitando en la red. La factura técnica es impecable y los encuadres de cada plano están muy logrados, aunque quizás sus cinco minutos de duración resultan un tanto escasos.
Alma ya tiene en su palmarés algún que otro premio, como en Italia, donde ha obtenido el galardón Mejor Opera Prima en el festival Il Castelli Animati. No he visto aún todos los cortos nominados, pero le intuyo muchas opciones al Goya, a ver que os parece.
A disfrutarlo!
Entro en la sala de cine a ver una película ambientada en Portugal y lo hago alimentada por dos motivaciones: El pasado verano hice una ruta por el centro de ese país, desde Oporto a Lisboa, ciudad esta última en la que me quedé más tiempo del proyectado porque reconozco me atrapó como pocas. La otra razón, de no menos peso, es que seguramente Manoel de Oliveira sea el cineasta vivo más veterano que actualmente continua ofreciéndonos sus trabajos para nuestro deleite. El maestro luso cumplía 101 el pasado 11 de diciembre, pero ya anda manos a la obra ultimando su próximo largometraje: El extraño caso de Angélica. El respeto, con ochenta años de cine a sus espaldas, se lo tiene bien ganado, aunque muchas de sus películas hay que reconocer tienden a la espesura narrativa y a mantener en exceso la cámara estática, hecho que unido a su inconformismo y la nunca sencilla postura de optar por hacer el cine que le da la gana sin demasiadas miras a taquilla o posibles menciones festivaleras, quizá le hayan restado popularidad fuera de su país y haya tenido como consecuencia una difusión menos amplia que la merecida de su extensa obra. Sin embargo, Singularidades de una Chica Rubia opta por un metraje nada habitual en su trayectoria, 64 minutos, además de ofrecer un relato argumentalmente sencillo, cuidado en las formas y la estética como era de esperar, pero en el que no se esconde nada más que lo que la cámara nos ofrece en cada una de las secuencias. Oliveira adapta un relato de Eza de Queiroz publicado en la década de los 50, que cuenta la historia de un joven llamado Mauricio enamorado de la chica rubia que espía en la ventana de enfrente. Su placer voyeur le llevará a descubrir algunas de las singularidades que esconde, bajo su dulce apariencia, la que quiere sea su futura esposa. La película desprende Lisboa por cualquier lado, se la observe por donde se la observe: despliegue de luces y aromas ocre y oliva unidos al clasicismo modernista de sus gentes y al contraste de una ciudad en lucha constante por sumarse al carro de la modernidad frente a las aspiraciones de esa burguesía empeñada en mantener una buena posición sin renunciar a sus tradiciones, al dinero y también al lujo. Oliveira imprime al relato su tradicional ritmo pausado, su constante ironía y humor a la hora de observar el comportamiento humano y nos da una auténtica lección de cómo elaborar una composición en el espacio y en el tiempo (no utiliza ni un solo flash-back y toda la película lo es al mismo tiempo) en la que cada uno de los detalles en los encuadres es determinante a la hora de encadenar los elementos narrativos. Los planos de las ventanas discurren para mostrarnos los puntos de vista y ánimos de cada momento; la doble inmersión, cine y literatura, viene acompañada de la lectura de textos del propio Queiroz en alguna sala de rancia alcurnia, aderezadas de piezas al arpa o recitales improvisados de poesía al tiempo de alguna partida de poker, y queda en el aire aroma a Buñuel en El discreto encanto de la Burguesía (al fin y al cabo no andamos tan lejos de nuestros vecinos) y a trabajos anteriores del propio Oliveira en los que ya adaptaba literatura lusa a la pantalla grande. Para quienes aún no estén familiarizados con la filmografía de Oliveira, puede resultar un buen punto de partida tanto por la brevedad como por la sencillez -que no simpleza- de lo contado, regalándonos además un paseo por la Lisboa de ayer, que bien pudiera ser la de hoy, de la mano este maestro veterano de entre veteranos.
Park Chan-wook se aventura esta vez en el terreno de los vampiros, aunque lo hace de modo realmente pintoresco. Por supuesto nada que ver con la saga Crepúsculo, pero lejos también del rigor y trascendencia de la sueca Déjame entrar. Thirst es una película de vampiros inclasificable dentro de lo que la que escribe ha podido ver sobre el género (no demasiado, pero tampoco neófita en la materia). El protagonista es nada menos que un cura católico en Corea, quien deviene en vampiro al prestarse voluntario en un experimento cuyo fin es encontrar una vacuna para un virus mortal que afecta únicamente a los hombres, matándolos con lo que parece ser un acné que destruye su fisonomía y sus órganos. Nuestro sacerdote, único superviviente de entre 500, pasará a ser venerado por los pobladores locales, uno de ellos un amigo de la infancia, quien vive con su madre y su esposa Tae-joo, una auténtica loba con piel de cordero.
Mientras el curita va descubriendo la sed de líquido rojo y de su libido, la chica se presenta como víctima de los abusos del marido y de la suegra, quienes la humillan constantemente tratándola como una esclava. No transcurre mucho tiempo para que el sacerdote y la esposa se pongan a esas cosas que los curas y las mujeres casadas no deben hacer, incluyendo el asesinato de vez en cuando. Claro que, mientras él está poseído por un gran sentimiento de culpabilidad y resuelve sus necesidades de hemoglobina chupando del catéter de algún enfermo en coma del hospital donde presta sus servicios, ella carece de cargo de conciencia alguno y su nueva vida le permitirá sacar a la luz sus instintos asesinos más primarios, también sexuales.
Park Chan-wook siempre sorprende por el manejo narrativo que imprime a las secuencias en sus películas, independientemente del tema tratado, y esta no es una excepción: es posible a veces contar más con la cámara que con los propios diálogos. Otra constante es el tratamiento de los elementos costumbristas de la sociedad coreana (familia, tradiciones, creencias, sexo) siempre con fragrante ironía, rozando lo grotesco, sin que la acidez le reste elegancia y caiga en la vulgaridad. Una horda de enfermos espera ser tocado por las manos del padre Sang-Hyun, quien es incapaz de asesinar a nadie para sobrevivir, pero que al tiempo niega unas gotas de sangre a su padre ciego para que recupere la vista: menos de dos minutos y ya sabemos como se las gasta el bueno del protagonista. A destacar también la habilidad -esta es una constante en todas sus películas- con la que retrata las contradicciones y conflictos morales, la metáfora matrimonial y el dibujo de la concubina, abiertamente demoníaca, frente a las bondades de él, justificado permanentemente en la fe: ambos son monstruos de la naturaleza, pero al menos ella no lo disimula en absoluto. Los adornos procedentes de la mitología de vampiros (dormir en un ataúd, capacidad para volar o la mortal exposición a la luz solar) están presentes en la película como referencia explícita a la naturaleza monstruosa de ambos seres.
Originalidad, buenas actuaciones en general, secuencias de rigor formal notorio y grandes dosis de mala leche son los pilares en los que se asienta este interesante trabajo. Con todo, la película no solo no llega al nivel de Oldboy o Sympathy for Lady Vengeance, sino que en mi opinión está en un tramo inferior a Soy un Cyborg, con la que descendió algún que otro peldaño en el listón de lo ofrecido en las anteriores. Hay que reconocer que Park Chan-wook es un maestro cámara en mano, que cada uno de sus movimientos imprime a la película planos extraordinarios y que probablemente el mismo guión de la mano de otro director mucho menos hábil la relegaría directamente a la serie B. Pero no basta con eso, hay que contar una historia que enganche por su contenido, independientemente del modo en que se haga o de que elemento narrativo tenga más peso, ahí es cada autor. Y Thirst es una película alargada innecesariamente, con muchas más escenas superfluas de las deseadas, de esas que no cuentan ni aportan ningún elemento interesante al espectador y cuya única justificación son con toda probabilidad el propio recreo del director: la parte inicial de cómo contrae la enfermedad -milagros incluidos, y hasta que es consciente de ella-, la casi media hora intermedia de relaciones sexuales (para lucimiento del desnudo de Kim Ok-bin, juzguen ustedes los hombres) e incluso la última parte, a la que imprime mayor ritmo pero sobrecarga de paja hasta el momento final. Dos horas de película que sin 45 minutos sobrantes hubiese funcionado mucho mejor y el ritmo narrativo no se vería mermado en favor de que saquemos la conclusión que Park es un virtuoso de la cámara, pero que puede llegar a cargar en muchos momentos.
La cinta blanca (Das weiße Band, Eine Deutsche Kindergeschichte) – Michael Haneke, 2009
Una cinta blanca en el brazo de un niño, recordatorio de la pureza requerida por el bunker espiritual del lugar, el calvinismo, previo a ceremoniar la fe en la confirmación. Niños que son la cara amable de la crueldad humana en este relato subtitulado “Eine Deutsche Kindergeschichte” (Una historia de niños alemanes), escrito en los créditos con los que se abre la película, en letra cursiva Sütterlin, ortografía con la que se enseñaba a los escolares en Alemania hasta 1941.
Un hombre voz en off comienza a contar la historia de un pequeño pueblo alemán, probablemente con posterioridad a la toma del poder por los nazis y de su caída, después de la guerra. Nos remite al verano de 1913. La voz es la del joven maestro que enseña los rudimentos del conocimiento al hijo del médico, del pastor protestante, al hijo del barón y a los de los campesinos de la aldea. Pequeños delitos se suceden: el médico sufre un grave accidente en su hacienda, abusos al hijo del terrateniente, vejaciones a un retrasado, la ceguera de la partera… El bisturí de Haneke disecciona los personajes y la cámara es el terrible laboratorio donde los lanza unos contra otros para mostrarnos una vez más el lado oscuro del alma humana. El guión es exacto, preciso, denso, venenoso. Pocas palabras, las justas, pero no hay tregua ni lugar para el sosiego. La nueva generación da una vuelta de tuerca a los terribles rigores del calvinismo, a la dependencia feudal, y son los críos más peligrosos si cabe que los adultos. Es el retrato social del cambio inminente, el germen del fascismo. Años de represión y rencor grabado a fuego en su sangre, no hay paz en sus conciencias llenas de secretos, el miedo es palpable. Sin una sola escena explícita de violencia (a excepción de la conversación del médico y la partera, que solo con palabras es escalofriante), Haneke deja que la cámara llene el vacío de los silencios y el horror se hace insoportable. Los diálogos son precisos, contundentes, de todos ellos, el del tutor con el hijo de barón sobre la masturbación y la pureza banal es desgarrador. Los niños quedan impunes de sus maldades, la culpabilidad de los delitos y la cuestión de un delincuente que aparezca al final de la película es aquí trivial: la guerra siempre viene de fuera en las películas de Haneke. Aunque tal vez este hecho carece de importancia porque sabemos que muchos de los integrantes de este microcosmos en blanco y negro morirán años después, en la guerra. Los que no, son el prólogo a los horrores que depararía la primera mitad de ese recién comenzado siglo XX.
Galardonada con la Palma de Oro en el último festival de Cannes, merecidísima a mi juicio, he tenido oportunidad de verla durante las vacaciones navideñas y casi me atrevería con la afirmación de que se trata de la mejor película de Haneke hasta la fecha, quien demuestra una sólida madurez como cineasta sobre todo a la hora de retratar la violencia y la ambivalencia del ser humano y de ser capaz de ofrecer un plato terrorífico sobre hechos lamentables de nuestra historia reciente, penoso espectáculo que Haneke retrata con belleza austera, pero con imágenes de esas que quedan para siempre grabadas en la mente. Esperemos que la distribuidora cumpla su compromiso y podamos verla estrenada en España el próximo 15 de enero, sin retrasos ni dilaciones, pues ya se ha exhibido en la mayoría de países europeos, a excepción del nuestro y creo que Finlandia. De otro modo no nos quedará más remedio, con permiso de la señora ministra, que pedir prestado el DVD -a punto de salir- a algún internauta vecino, o cruzar los Pirineos para verla en pantalla grande -suena práctica de tiempos lejanos, o quizás no tanto-.
Se acercan fechas navideñas y este blog se toma unas mini vacaciones hasta el año nuevo, no sin antes dejar algunas recomendaciones que, por razones de tiempo, no han cabido en una reseña completa pero que en mi opinión merecen al menos esta pequeña mención.
La fiesta salvaje se distribuye como un cómic aunque no es exactamente eso. Se trata de una adaptación gráfica hecha por Art Spiegelman de un poema erótico firmado por el neoyorkino Joseph Moncure Marche en 1928. El autor también fue ensayista y columnista para New York Times y New Yorker, y es más conocido por otra de sus obras, The Set-up, un poema largo sobre boxeo que fue adaptado por Robert Wise para el cine. Tras su éxito, Moncure se trasladó a Hollywood, donde escribió y adaptó numerosos guiones, entre otros para Howard Hudges.
La fiesta salvaje es un poema largo a base de pareados, un clásico perdido que fue censurado tras su publicación en Estados Unidos por pornográfico, hecho que le llevó a convertirse en una obra de culto. No se recupera hasta 1968, año en que se publica junto a una pequeña biografía, pero en una versión censurada que elimina cualquier referencia antisemita. Esta es su primera edición en España, a cargo de Mondadori, y salió a la venta el pasado noviembre. Ambientado en los locales de jazz de los años 20, supone una avanzadilla del cine negro venidero de tono ciertamente pulp. Una reina del vodevil, un payaso homosexual y un escritor, Black, se entremezclan para tejer el retrato del ambiente lumpen de los tugurios musicales de la época;
una época que hoy se nos presenta como baluarte del romanticismo y que ha ocupado numerosas páginas del cine y la literatura. Sexo, alcohol, violencia conyugal y prejuicios sexuales y raciales son hilvanados por el autor en este poema en casi 100 páginas de ritmo vertiginoso, donde asoman influencias del expresionismo alemán y del incipiente cine negro norteamericano. Las poderosas ilustraciones de Art Spiegelman a base de ángulos y curvas desgarradas pero a la vez elegantes, todas en blanco y negro, combinan a la perfección con el tono underground del trabajo.
La segunda recomendación es también un libro. Ya sé que no tengo perdón, porque todavía a estas alturas no he visto la película, cosa que haré en cuanto tenga algo de tiempo y me sea posible. De cualquier modo creo que no se ha dado suficiente importancia a la novela de Francisco Pérez Gandul, ensombrecida quizás por el éxito, seguramente justificado, de su adaptación a la pantalla. Porque además de ser un buen libro de género, Celda 211 es un relato fantásticamente narrado y con un sorprendente manejo de la voz narrativa que merece su lectura independientemente de haber visto la película. Su estructura está compuesta a base de monólogos que se alternan en sucesivos capítulos con el relato de las situaciones, todos escritos en primera persona que a su vez corresponden a los personajes del relato. Cada uno está hecho con estilo literario y registro lingüístico distinto, acorde con el personaje que en cada momento vive las diversas situaciones, hecho que difícilmente puede recoger un guión de cine que, por lo que he podido leer, se ciñe al desarrollo de los hechos de manera más o menos fiel, pero que no nos traslada a la piel de cada uno de sus personajes como tan bien logra hacer el libro. Y si la película es un oasis dentro del cine patrio de género, la novela merece ser destacada en el actual panorama de la narrativa española contemporánea.
Y la última recomendación, para no perdérsela y muy acorde con las fechas es la última producción de Spike Jonze estrenada recientemente en los cines: Donde viven los monstruos. Una adaptación del clásico infantil obra de Maurice Sendak, publicado por primera vez en 1963 y que ha reeditado Alfaguara. Cuenta la historia de un niño rebelde y muy poco paciente que se escapa tras una discusión con su atareada madre y se interna en el bosque en busca de la Tierra de las Cosas Salvajes, donde poder dar rienda suelta a su imaginación y a sus travesuras. La película mezcla técnicas de animación informática con muñecos reales y se puede disfrutar en familia, aunque con reservas para el público demasiado pequeño. Tiene un toque muy poco convencional, grandes dosis de imaginería y sólo se le escapa algún tono excesivamente moralizante que desmerece el conjunto; conjunto que a pesar de todo hace merecer la entrada pagada en la sala. Una fábula sobre la infancia y el crecimiento que, además de resultar visualmente fantástica, explora sentimientos humanos con grandes dosis de realismo (de ahí que tal vez no sea demasiado recomendable para llevar a niños muy pequeños). Los personajes y sus conversaciones no solo están muy bien trabajados, sino que son de una profundidad psicológica notable. Me gustó especialmente el diálogo sobre la muerte del Sol, pero hay muchos elementos del guión que no tienen desperdicio y que van bastante más allá del simple relato del libro, pues consigue llevarnos muy de cerca a la mente de un niño hiperactivo como es el protagonista. Es un trabajo en el que guión, dirección, puesta en escena y banda sonora confluyen casi a la perfección escena tras escena, aunque quizás el excesivo perfeccionismo le resta naturalidad y credibilidad suficiente para llegar a conmover.
Felices fiestas a todos y hasta el año venidero
Confieso que tenía mis reservas a la hora de pagar una entrada para ver el nuevo film de Carlos Sorín, porque si bien “Historias mínimas” me pareció una película pequeña -como su título- pero magnífica y de la que disfruté cada minuto, el segundo trabajo que tuve oportunidad de ver, “Bombón, el perro” me decepcionó sobradamente. Pero parece que con “La ventana” ha querido dar un notable giro estilístico optando por una puesta en escena de lejos mucho más trabajada, en la que no se limita al recreo aletargado de paisajes pampeños que en Bombón daba como resultado largos y soporíferos planos fijos a base de cámara puesta sobre el trípode, hay que suponer que a fin de lograr el retrato realista de las situaciones, pero a fuerza de dimisión en el trabajo de guión e incluso actoral (Sorín trabaja con elenco no profesional) en favor de evidenciar el máximo naturalismo -o de haberse ido a echar la siesta, vaya usted a saber-. Pues bien, todo esto no tiene nada que ver con “La ventana”, película que sin abandonar el tono minimalista y personalísimo que constituye ya una seña de identidad de su cine, nos ofrece escenas mucho más elaboradas en las que la cámara se mueve cadenciosamente acercándose y alejándose de los personajes, que a su vez están trabajados con gran sensibilidad y atendiendo a los pequeños detalles que hacen atractivo un film de estas características: el piano que esconde tantos recuerdos de la infancia, la mujer buscando constantemente cobertura para su móvil a pesar de las circunstancias vividas, el afinador de pianos ayudando al anciano a ponerse las zapatillas, el plano de las manos del protagonista, la escena orinando en el campo o la conversación con el médico, por citar algunas -no todas- pequeñas joyas mediante las que va componiendo lenta y armoniosamente la película. El resultado es un film bellísimo que relata las últimas horas de un anciano cuyo único nexo con el exterior es precisamente la ventana de su habitación desde la que ve el campo, vínculo que separa la continuidad de la vida de la enfermedad que le conduce a la muerte. Mientras espera la llegada de su hijo, al que hace décadas no ve, rememora la infancia, el frágil recuerdo de sus afectos y las irremediables reflexiones sobre su soledad final. Sorín desmitifica la muerte presentándola como una parte del ciclo de la vida, nos muestra la vejez como un retorno a los buenos momentos disfrutados tantas veces fugazmente, el reencuentro con recuerdos escondidos en los pliegues de la memoria y la necesidad de hallar en la naturaleza el impulso vital al final de una vida que se apaga.
Sin adjetivos para calificar la impresionante actuación de Antonio Larreta, quien aporta innumerables matices al personaje. Escritor, guionista y actor uruguayo, al que debemos su colaboración en guiones de películas como “Los santos inocentes” o “Las cosas del querer”, sin participar directamente en la idea de “La ventana” -que firma solo Sorín-, se entusiasmó con el guión y aportó muchos de los pequeños detalles que fueron conformando la película. Vale la pena sentarse y dejarse llevar por el delicado conjunto que ambos nos ofrecen, en realidad parece que en los 80 minutos nada sucede y sin embargo, imagen a imagen, alternando silencios y sutiles sonidos, están continuamente contando cosas. Una película hermosa, sencilla, que se disfruta a pesar de la primera pereza que pueda dar ponerse delante de un tema tan adusto como este. Ese logro solo puede estar al alcance de cineastas con mucho talento.




Nueva York, 1941. Barton Fink (John Turturro), autor teatral socialmente comprometido triunfa en Broadway. Su reconocido éxito y prestigio como escritor deviene en el gran salto, al ser conntratado por Hollywood como guionista en una película de lucha libre. Sacrificará el humo de la ciudad y su ascendente carrera teatral por el estrellado cielo del mundo del celuloide.
Barton se muda a L.A. y decide hospedarse en un hotel lúgubre en lugar de hacerlo en los bungalows preparados para guionistas, pues su visión intelectual de la escritura le dicta sumergirse entre gente normal y corriente para obtener la inspiración que necesita. Sin embargo, en Hollywood parecen contar poco las aspiraciones intelectuales de nuestro amigo, pues los escritores no son sino meros junta-clichés que vomitan guiones pare el consumo masivo y la taquilla inmediata. Allí conocerá a Charlie Meadows (John Goodman), un vendedor de seguros que vive en el hotel y que jugará un papel determinante en el devenir de Barton. Barton parece bloqueado para la escritura, sufre el miedo a la página en blanco, hasta que conoce a Audrey (Judy Davis), con quien encontrará la inspiración necesaria en las fuentes más siniestras. Esa ambientación noir que los Coen saben tan bien representar, los lugares opresivos, asfixiantes, el hedor que casi puede respirarse a través de la pantalla y la sensación de calor palpable gracias a la virtuosidad de la cámara recorre toda la película, que hace gala, además, de un agudo sentido crítico a la hora de atacar la industria cinematográfica, las ingenuas aspiraciones del protagonista e incluso a la crítica especializada, amén de las referencias literarias a escritores Faulkner, Keats u O´Connor o al ambiente socio-político imperante en Estados Unidos en plena Guerra Mundial. Una impactante y nada convencional comedia negra que cuenta, con grandes dosis de sarcasmo, la historia de las penas de Hollywood, de los magnates que sostienen la industria del cine y de sus muchos cadáveres sin rostro.
Joel Coen y Ethan Coen en uno de sus mejores logros; una historia compleja, sugerente, magníficamente narrada y recorrida de un ambiente claustrofóbico y delirante que en 1991, como no podía ser de otro modo, arrasó en Cannes. John Turturro se llevó el premio al mejor actor, el mejor director para Joel Coen y la Palma de Oro a la mejor película. ¿Volverán los Coen a hacer cine como este?
- Dedicado a Sergio, quien me regaló el DVD
Entretenerse con el cine de Atom Egoyan es como jugar con muñecas rusas: sus historias permanecen envueltas una dentro de otra y al hilo de un tema principal que continúa encerrado en la última escala del juego, tenemos que recomponer todas las piezas como si de un puzle entre comedia pesimista e inquietante drama se tratase. No es esta su mejor película, ni tampoco la más ambiciosa, de hecho en Adoration los campos abarcados en el tiempo, en los temas y en sus personajes son sustancialmente más reducidos que en films como Ararat, Exótica, El dulce porvenir, El viaje de Felicia o una de mis preferidas, El Liquidador (The Adjuster). Sin embargo conserva esa característica perversa de su cine que es el coqueteo a la hora de jugar con temáticas muy actuales y manejar sus personajes como sólo él sabe hacerlo.
Adoration está inspirada en una noticia publicada en 1986, cuando un terrorista jordano embarcó en un avión a su novia irlandesa embarazada con una bomba oculta en el equipaje de mano, con tal suerte que el artefacto no llegó a explotar y fue hallado al registrar a la chica a su llegada a Tel Aviv . El protagonista, Simón, se identifica con el niño todavía no nacido que viaja en el vientre de su madre para presentar un ensayo en el aula de francés del instituto al que asiste. Su implicación es tan grande y lo hace con tal verosimilitud que se les escapa de las manos, tanto al alumno como a la profesora, y el texto se filtra en internet como si fuese cierto, provocando una avalancha de respuestas desde ópticas muy diversas. El punto de partida es cómo se siente un niño al crecer con el conocimiento de que su padre quería matarle. Pero la identificación de Simón con ese niño no es el único tema. La película explora hasta qué punto la red es capaz de invadir nuestra privacidad y nuestra vida cotidiana. La relación de los individuos con los medios de comunicación ha cambiado radicalmente en los últimos años, ya que cualquier persona con una línea y un ordenador tiene la capacidad no sólo de acceder a multitud de información sino de comunicarse para ofertar su punto de vista e incidir en el de otros, a pesar de que el chat en grupo no esté todavía (como se da en la película) al orden del día y para ello aún tengan que pasar unos años. Adoration es también una historia sobre la edad y la búsqueda de la verdad. Simón perdió a sus padres en un accidente y vive a cargo de su tío. Se enfrenta, además, a algunas revelaciones hechas por su abuelo en el lecho de muerte que todavía no comprende. El juego entre esa verdad y lo posible, entre la ficción y la simple imaginación son las armas de Egoyan para explorar el mundo interno del personaje. Todas estas piezas convierten a Adoration en un film complejo que aborda la temática de la comunicación en el mundo actual, las caras que adoptan las limitaciones a la libertad académica en la enseñanza moderna, las múltiples posturas ante una realidad de primer orden como es el terrorismo suicida y los entresijos de una familia sumida en la tarea de resolver sus mitos y misterios, al menos en parte. Recuerdos reales, otros imaginarios, se mezclan para hallar su punto de inflexión y ofrecer un final a mi modo de ver fascinante, a pesar de no abordar los temas con la resolución estética de muchos de sus anteriores films y de tratar algunos asuntos de soslayo sin detenerse demasiado en ellos. Pero no deja de ser interesante tanto por lo que aborda como por cómo lo hace, sin maniqueísmo y dejando absoluta libertad al espectador de tomar aquello que le interese. Si ese espectador está dispuesto a hacer el esfuerzo que no se exige en los estrenos de multisala, merece la pena adentrarse un poco en la genial locura que Egoyan propone con la película, pues mientras resuelve el enigma de Simón, deja abiertas muchas preguntas que estimulan el debate y el pensamiento.
Adam Elliot, director australiano de animación premiado en diversos festivales por su corto Harvie Krumpet , regresa con sus figuras de arcilla esta vez con un largometraje, su primera película. Mérito no le falta pues son muy pocas las productoras que se animan en la actualidad con el laborioso stop-motion, corren tiempos donde los trabajos de animación sucumben a novedosos placeres informáticos y los colocan en clara extinción, así que no se puede sino aplaudir y reconocer el trabajo personalísimo que implica y las grandes dosis de cariño y horas de trabajo necesarias para crear y dar vida a cada una de estas figurillas y escenarios. Personalísimo porque la verdadera estrella de todo esto es Adam Elliot, su maravillosa imaginación y su casi infinita paciencia: los personajes se hicieron uno a uno, los interiores y paisajes de Australia y Nueva York son maquetas de escenarios reales y la película cuenta con alrededor de 132.480 meticulosos fotogramas montados secuencialmente.
Mary and Max nos cuenta la historia de una niña de 8 años que vive en Australia. Para escapar de su soledad inicia una amistad por correspondencia con un desconocido de Nueva York que padece síndrome de Asperger. Entre ambos surge gradualmente una fuerte y sincera amistad que se consolida a lo largo de los años. Al hilo de esta relación vemos cómo ambos van evolucionando y hacen frente de manera muy distinta cada uno a su propia realidad. Hay que decir que, al igual que sus anteriores trabajos, es una animación orientada para adultos. El rechazo social, el suicidio, la depresión, el alcoholismo, la agorafobia, distintas patologías psicóticas, la orientación sexual o las creencias religiosas son algunos de los temas que aborda la película.
De particular interés es la estética, utilizada aquí por Elliot como elemento narrativo de primer orden. Es un trabajo casi monocromático, en el que como contraposición al mundo de la niña, al que dota siempre de una paleta de tonos marrones, encontramos los grises de la ciudad donde vive el adulto y el color rojo, que aparece circunstancialmente para poner de relieve los elementos más importantes y simbólicos. Todo utilizado siempre sin abuso de estridencias y manteniendo una estética lo más minimalista posible, acompañando y enfatizando a los personajes de modo absolutamente eficaz. En cambio la música es utilizada con mayor moderación y sirve más como cambio de ubicación entre las distintas escenas que para representar un estado de ánimo o enfatizar el guión. La narración se desarrolla por acumulación de distintos matices y rarezas de cada uno de los personajes más que por la propia acción. Prestan su voz destacados actores como Philip S. Hoffman, Toni Collette o Eric Bana, hecho que rompe la tónica de los trabajos anteriores de Elliot en los que no existía el diálogo y la voz en off del narrador era el vehículo de conexión entre la imagen y el espectador. Hoffman me gustó especialmente, en mi opinión el más convincente con su peculiar voz interpretando a ese hombre deprimido y sin esperanza, y aunque sólo podemos escucharlo, su aportación al papel es innegable.
La película se presentó en Sundance con muy buena acogida. Desconozco si algún día será posible verla en España o habrá edición en DVD en nuestro idioma, pero merece la pena conseguirla (se ponga como se ponga nuestra señora Ministra) porque es una de esas joyas imperdibles de esta técnica en extinción de modo lamentable. Es un placer visual que recomiendo no perderse, porque además de ser encantadora, irónica y conmovedora casi a partes iguales, cada uno de los personajes, con sus imperfecciones y casi siempre al borde de la autodestrucción, están tratados con esa inspiración y cariño especiales que se palpa en todas las escenas, y seguramente sea esto y no sus particularidades lo que hace que la película resulte realmente conmovedora.
Este interesante cortometraje, que seguramente muchos conoceréis, fue dirigido y escrito por el brasileño Jorge Furtado en 1989, pero a pesar de haber sido creado hace 20 años encaja perfectamente en la realidad actual. Mezcla de documental, comedia y ensayo poético-político, sigue la pista de un tomate desde el cultivo, pasando por su venta y transformación, hasta su llegada a la Isla de las Flores, todo mediante secuencias y animaciones hechas en clave de humor para mostrarnos de modo sencillo los mecanismos de la globalización. Ingeniosa parodia dirigida a extraterrestres como medio que ayude a comprender algo de nuestra civilización, y que alberga un mensaje tan contundente como vigente.
ILHA DAS FLORES
35 mm, 12 min, Brasil, 1989.
Dirección: Jorge Furtado
Producción Ejecutiva: Mónica Schmiedt, Giba Assis Brasil e Nora Goulart
Guión: Jorge Furtado
Dirección de Fotografía: Roberto Henkin e Sérgio Amon
Dirección de Arte: Fiapo Barth Música: Geraldo Flach
Dirección de Producción: Nora Goulart
Montaje: Giba Assis Brasil
Asistente de Dirección: Ana Luiza Azevedo
Uma Producción de la Casa de Cinema PoA
Elenco Principal: Paulo José (Narración) Ciça Reckziegel (Dona Anete)
La rabia, tercera película de la directora argentina Albertina Carri, es un trabajo extraordinario y brutal sobre la vida rural y las gentes que forman parte de ella. Contada desde la perspectiva de una niña muda y de un adolescente obligado a ser adulto a edad muy temprana, arrasa con cualquier visión romántica o idílica que los urbanitas podamos albergar sobre la vida en el campo. Casi sin diálogos, porque la niña no habla, intercalando animaciones que salpican tinta negra y sangre sobre el fondo marrón y verde de la Pampa, muestra la violencia con que la pequeña percibe las relaciones entre adultos, obligados a entenderse y compartir para su supervivencia. Las escenas más violentas están rodadas con animales que recrean el sacrificio, a modo de metáfora, de manera tan grosera como despiadada (la película advierte, sin embargo, que ninguno estos animales sufrió daños). Carri habla de la imposibilidad, en un mundo de adultos, de ser y actuar como un niño. De cómo las personas, aisladas y forzadas a convivir solas con la naturaleza adoptan comportamientos muchas veces tan irracionales y crueles como cualquier otro animal. El tema: la rabia, la crueldad que parece alberga el fondo de todo individuo, a la espera de romper las frágiles rendijas de la vida para desatarse camino de la oscura fatalidad.
La película se toma su tiempo para mostrarnos las relaciones entre cinco personajes. El pulso es lento, aparentemente nada sucede, pero desde los primeros minutos el genio de Carri crea una atmósfera de miedo y brutalidad tan densa que se palpa hasta en el recreo de las imágenes de la naturaleza (oscuras, bellísimas) o la simple realización de las tareas cotidianas. Insistente, tranquila, plano a plano (nada es baldío), deslocalizada (no hay referencia alguna al lugar donde estamos), atemporánea, casi se podría decir que instintiva, nos hace adivinar que se desatará, tarde o temprano, lo inevitable. El chico golpea contra un árbol el saco que después vemos contiene un comadreja, su mascota. La niña muda juega en el campo: le gusta quitarse la ropa y expresa mediante el dibujo su miedo y aquello que no puede hacer con palabras. Asistimos a escenas de sexo explícito en una granja; sexo ajeno a cualquier tipo de romanticismo, a pelo, aderezado de correas o collares de los que se utilizan con los animales, sexo de violencia medida, pero suficiente. No se trata de una familia común, aunque es la primera impresión que se obtiene. A partir del sacrificio animal, la matanza del cerdo, una de las más agrias de la película, la venganza, la crueldad, el arrebato implacable encuentran el camino por donde colarse.
La niña y sus dibujos marcan el ritmo y la temperatura de la película. Se desnuda como si quisiese con ello deshacerse de todo cuanto detesta a su alrededor. A veces grita, grita tan fuerte como el animal al que degüellan ante la realidad que inevitablemente se le presenta. Y dibuja rayas y manchas con su lapicero que expresan todo cuanto no puede hacer con su voz. Los inquietantes dibujos de Nati hacen de detonador de las escenas más dramáticas y trágicas, de la fatalidad venidera. Violentas animaciones, de las que se encargó la misma Albertina Carri, añaden comprensión al espectador y señalan el tono en cada momento, actuando de catalizador para el acto final, único momento donde la música hard-rock sustituye los sonidos ambientales en la banda sonora.
En mi opinión, una de las películas más logradas de entre las que he tenido oportunidad de ver de lo que se ha dado a llamar nuevo cine argentino. Tiene algo, en el tratamiento del tema que me recordó “Los santos inocentes”; el tempo y cómo están resueltos algunos planos (la comida campestre) traen a la memoria quizás “El Sur”, de Érice. Cine de arte y ensayo, pero volcado en su fin argumentativo, sin perder el norte del espectador: Las dilatadas imágenes del entorno natural, el recreo de la cotidianidad, de la soledad o de los deseos se hacen como un todo integrador de la narración, sin fisura alguna. No existe el suspense como elemento narrativo. La rabia encuentra en la exploración de la naturaleza y de la vida en el campo su modo de expresión. Cinco personajes y cuanto les rodea en estado puro, casi primitivo. Sus relaciones de camaradería son sólo el telón que oculta la presión, tremenda y evidente. Es aquí donde el paisaje juega su papel protagonista. Sabemos que la crueldad se va a desatar, lo intuimos desde el primer plano de la película. Y esperamos inmóviles, mientras contemplamos secuencias brutales y a la vez maravillosas, que se desencadene la tragedia.








































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