
Mi primer contacto con este libro fue a mediados de mes, en una librería próxima a donde trabajo, y me llamó la atención por su portada y por el creador de las viñetas, Kim (Martínez el facha, única tira que se publica en El Jueves desde su inicio), ya que del autor del guión, Antonio Altarriba, no conocía prácticamente nada. Se trataba de una primera edición, limitada a mil ejemplares, que en principio se me antojó excesivamente cara para adquirirla así, sin tener demasiada idea de qué iba aquello. Como disponía de algo de tiempo, comencé a leer allí mismo. Llegué del tirón hasta la página 39, momento en que reparé en la empleada de la tienda, observándome con ánimo de encontrar el modo de llamarme la atención, dado que llevaba algo más de media hora absorta en la lectura. ¿Le puedo ayudar en algo?, preguntó con cierto tono agresivo y cara de pez al notar que me había percatado de su presencia. No se preocupe, ya me he decidido. Y el libro se vino conmigo en dirección a la caja.
Lo cierto es que el relato engancha desde la primera viñeta, tanto por el dibujo como por el texto, ambos magníficos. Antonio Altarriba narra de modo biográfico, basándose en las notas que durante años había escrito su padre, y añadiendo algunos elementos de ficción, la vida de su progenitor, que no es sino un recorrido personal por prácticamente el último siglo de la Historia de España.
“La política se apoderaba de todo y la vida se nos hacía Historia… Y la Historia hace más difícil la vida…”
Relatado en primera persona, a modo de memoria, elaborado desde el punto de vista de un hombre cuya existencia estuvo marcada por el fracaso y la frustración, a nivel personal y también en cuanto al anhelo de construir un mundo más justo, como tantos otros alguna vez soñaron, ataviados en la lucha con las alas de la confianza y el empeño, mientras la Historia les daba constantemente la espalda.
“Había una gran ebullición ideológica y todos hervíamos en la salsa agridulce de la penuria y la ilusión…”
El punto de partida es un hecho real, el suicidio de Antonio Altarriba padre, que se lanzó al vacio desde un cuarto piso de la residencia geriátrica en la que vivía voluntariamente, para poder -dijo- al fin volar libre. A partir de su muerte, Antonio Altarriba -hijo- elabora la crónica de toda una generación de españoles, relatada a través de las circunstancias y los sentimientos de su padre, quien a pesar de tratar de dirigir su destino se vio siempre arrastrado por los acontecimientos que la Historia de su país le mandó vivir.
“Supe que la guerra iba a ser larga y cruel, porque las guerras en las que interviene Dios siempre lo son…”
El padre de Altarriba, un desterrado al igual que tantos otros perdedores de la guerra, fugitivos, exiliados, prisioneros en campos como el de Arlés en la Francia del Pacto de No Intervención unos meses antes de estallar la Segunda Guerra Mundial, luchará en la resistencia francesa, regresará a la España vencida para sumirse en el multitudinario exilio interior de los miles de españoles que se quedaron, vivirá la pactada caída del régimen cuarenta años después, la restauración monárquica, la nueva democracia, sin encontrar nunca el horizonte del otro mundo por el que siempre continuó luchando. El relato, muy bien documentado, es intenso a la hora de retratar la condición humana; pero también respetuoso y sincero, y trata quizá de buscar los motivos o la coherencia a muchas de las decisiones del padre, sin entrar a juzgarlas, pero en las que a modo de espejo se representa un despiadado dibujo del siglo XX español que sin duda alguna conforma la sociedad no demasiado estable en la que vivimos actualmente y, quien sabe, si todavía tendrá algo a añadir a nuestro futuro.

Mención aparte merece Kim, artista grafico de esta historia, porque es simplemente espléndido, no se le puede otorgar un calificativo menor. Con trazo sencillo y sin demasiadas florituras, el dibujo es enormemente expresivo, revelador, capaz de mostrar desde las situaciones más trágicas a los sentimientos más profundos con asombrosa simplicidad, pero desbordante de la sensibilidad que caracteriza a los grandes de la historieta, dejando patente página a página su dominio absoluto de la expresividad para con la figura humana, aunando con maestría las situaciones más trágicas con un más que hábil sentido del humor. El conjunto, argumental y gráfico, dan como resultado un relato conmovedor y complejo, que eleva sin duda el nivel del cómic español y hace de esta una obra imprescindible, no sólo para los que gustan de la historieta o la novela gráfica, sino para cualquier amante de la cultura. Agotada en muchos sitios esta primera edición limitada y numerada, Ediciones Ponent ya ha sacado al mercado una segunda en formato más pequeño y económico. Yo estoy más que satisfecha de poseer el número 428 de la primera tirada, y convencida de que en lo sucesivo se hablará, y mucho, de este recomendable trabajo, porque es una joya comparable si quieren al “Maus” de Art Spiegelman, al que en mi opinión nada ha de envidiarle. Al tiempo…

This Way Up es un fantástico corto animado creado por los publicistas británicos Adam Foulkes y Alan Smith para el Sundance Film Festival. El corto gustó tanto que fue uno de los nominados a los Oscar del 2009, aunque finalmente no consiguió hacerse con la estatuilla.
Con un humor negrísimo y muy británico, narra las peripecias en las que se ven envueltos dos enterradores para dar digna sepultura a una clienta,
construido a modo de repertorio de gags, a cual más macabro, y extrañas cadenas de peligros, incluyendo un épico viaje de ida y vuelta al infierno. Su tono oscuro y surrealista quizá fuese una desventaja a la hora de optar al premio, pero después de haber visto los que fueron nominados, a mí es el que más gusta, con diferencia.
Adam Foulkes y Alan Smith no cuentan todavía con demasiado currículum a sus espaldas; pero seguro que, de seguir así, en adelante se oirá hablar de ellos.
Foulkes, guionista y codirector, sólo había trabajado hasta la fecha en el mundo de la publicidad. Smith, quien sólo dirige, sí cuenta con alguna experiencia, sobre todo en la televisión británica, pues participó en algunos capítulos de la serie de animación “Monkey Dust” en 2003 y ha hecho algunos pinitos en el cine, teniendo a su cargo secuencias animada de la película “Una serie de catastróficas desdichas” (suyo es el pequeño elfo) y algunos títulos de crédito para diversos films juveniles.
La caja de Pandora, quinto film de la cineasta turca Yesim Ustaoglu, galardonado con la Concha de Oro en el pasado Festival de San Sebastián, destapa la caja de los truenos cuando la vida de tres hermanos que ya no cumplen los cuarenta se ve momentáneamente alterada por la desaparición de su anciana madre, enferma de alzhéimer, y tienen que partir en su búsqueda hacia su pueblo natal, en la costa montañosa del Mar Negro. Un viaje físico donde se destaparán viejas rencillas, diferencias en cuanto a modos de abordar el presente o el futuro, incluso el pasado; una prueba de la vida en la que deseos, miedos y frustraciones saldrán necesariamente a la luz cuando, por fuerza, la nueva situación hace necesario aunar esfuerzos y relajar diferencias para lograr salir airosos adelante. Pero también es un viaje hacia el interior de las relaciones humanas, hacia como se afronta la incómoda realidad de la vejez, la enfermedad, los prejuicios acompañantes y, en definitiva, la soledad que acarrea casi siempre la cara b de la vida, esa parte menos grata que de vez en cuando a casi todos, de un modo u otro, nos toca afrontar.
Relato contundente, radiografía dura y demoledora que no incurre en el melodrama lacrimógeno, hecha con ritmo pausado pero con suficiente sensibilidad, logra adentrarse en cada uno de los personajes y transmitir de forma más que correcta sus contradicciones y sus sentimientos. Y al tiempo que lo hace, nos ofrece un buen retrato de algún que otro asunto latente en la sociedad contemporánea, de la hipocresía, insolidaridad e individualismo frente a los débiles o enfermos cuando ya no cumplen un papel social activo, de los grandes contrastes todavía existentes entre el medio urbano industrializado y el rural y, como no, de la relaciones generacionales siempre conflictivas que, en este caso, se resuelven mediante un extraña pero positiva sintonía entre la abuela, excelentemente interpretada por la francesa Tsila Chelton, papel que le valió la Concha de Plata a la Mejor Actriz, y el nieto, un adolescente que todavía no ha encontrado su rumbo, a cargo del joven actor Onur Unsal , con una interpretación menos brillante, aunque aceptable.
Hasta aquí los aspectos más interesantes y destacables, porque la película fracasa a la hora de abordar los temas con pulso y ritmo narrativo suficientes. No se trata de que sea excesivamente dilatada, que lo es, ni de que abunden o no los largos silencios; el cine está lleno de ejemplos con construcciones en la que solo intervienen determinadas miradas o gestos cargados de contenido y significado, y se pueden construir magníficas secuencias basadas únicamente en imágenes, precisamente el mejor arma del lenguaje del cine. Lo que sucede es que la película insiste machaconamente durante casi dos horas en la misma idea, a base de hacer pasar a la abuela por la casa de los tres hermanos y posteriormente regresándola al pueblo con el nieto, para decir una y otra vez lo mismo, sin avanzar hacia ninguna parte. Y lo que durante la primera media hora resulta interesante, decae en la segunda; hacia mitad del film miradas al reloj y cambios de postura en la butaca porque no se nos ha contado absolutamente nada desde hace demasiado tiempo y no se ha ofrecido otra cosa que reiterarse en los aspectos más grises de la realidad humana. Y la sensación que queda es la de haber asistido a una buena radiografía de personajes, tal vez demasiado apagados, intrincados, ásperos, y a un retrato de la vejez que no por su obstinada sensibilidad deja de caer en el exceso enfático sobre un mundo observado desde cierta óptica exageradamente triste y amarga.
“Den Brysomme Mannen” es el título original de este film del cineasta noruego Jens Lien; película que describe la soledad en un mundo ideal, aparentemente equipado con todo lo deseable, y que no es sino una magnífica sátira sobre la fantasía consumista de la sociedad del primer mundo. Imaginad por un momento un mundo donde los problemas cotidianos han sido eliminados, las relaciones entre las personas son sencillas, sin sobresaltos, esforzadamente armónicas, el trabajo está garantizado, los jefes se muestran siempre solícitos y agradables, las ciudades están cuidadas, no hay demasiado ruido y nada resulta molesto ni exasperante, las calles están eternamente limpias, todo ha sido construido a la medida para que simplemente podamos disfrutarlo cuando queramos y hasta la pobreza ha sido erradicada. Andreas (Trond Fausa Aurvag) llega a esta ciudad modelo, que parece directamente sacada de un catálogo de IKEA, sin saber cómo ni porqué, un lugar donde todo está hecho a la medida para él: un puesto de trabajo, una vivienda, una esposa que le quiere y a su disposición toda clase de entretenimiento prefabricado a la espera para su disfrute. Sin embargo, el precio es alto. Debajo de esa perfección y fachada de continuas y forzadas sonrisas, las personas parecen no tener emociones, se comunican a través de una cortesía artificial y sus relaciones se antojan puro plástico. Escapar, atraído por el olor que ya no existe de un plato de comida caliente o una simple melodía lejana que martiriza su recuerdo, pasará a convertirse en una necesidad. La otra alternativa no es sino el suicidio…
Brillante y muy entretenida fábula que se pregunta sobre la naturaleza de nuestra cultura posindustrial, consumista, obsesionada con la belleza mediática y las apariencias. Las actuaciones son exageradamente teatrales, con personajes definidos desde un principio que asumen un rol posmoderno en su máxima expresión. La iluminación es fría, los colores grises y azulados, poco saturados, logran el efecto de estar filmada dentro de un congelador. El aspecto visual de la película y su factura técnica es lo más logrado, con encuadres casi perfectos y una fotografía realmente extraordinaria. Y la música acompaña el tono de la película dándole el tinte pretendido de experiencia surrealista a vez que horrorosa.
Sin ser una historia demasiado original, la película transmite un constante fluir de ideas sobre nuestro presente, hacia dónde vamos en un mundo tendente cada vez más a lo aséptico y también sobre los deseos de las personas en el contexto en que vivimos. Un film alegórico que, sin embargo, huye de maniqueísmos y no pretende ser instructivo o revelador de otro tipo de sociedad, quedando sólo en una sátira a modo de comedia negra acerca de eso que durante mucho tiempo se nos ha vendido como pretendido bienestar. En este sentido, tiene cierto aire metafórico que recuerda mucho a “Brazil” de Gilliam, aunque comparte las referencias al cine con algunas ideas evocadoras a Milton o Kafka, junto a cierto aire fílmico mezcla entre Tarkovsky (Stalker), en el aspecto dramático, y la soledad del hombre al modo que lo hiciera Jacques Tatí en su faceta de comedia, con aquellos personajes que nos hablaban sobre los sencillos placeres humanos, el deseo de escapar de lo cotidiano y su lúdico afecto por la naturaleza humana.
Hace escasas semanas podíamos presenciar el apuñalamiento en directo de un muchacho por parte de un ultra mientras comíamos viendo el telediario. Lo había grabado una cámara de seguridad y se pasaba por La 1, televisión que pagamos con nuestro impuestos, pero también se hacían eco otros canales privados, paradójicamente alguna cadena que presume de no ser sensacionalista como La 4, o algún periódico más o menos serio y con alardes progresistas como es El País en su edición digital. Pero ya de estas cosas ni nos asombramos, nos tienen tan habituados los telepredicadores a la barbarie informativa, que el público nos hemos vuelto casi inmunes. Pensándolo bien, no deja de ser triste, pero este es el mundo en el que vivimos, guste o no, quizás por ello tendemos cada vez más a encerrarnos en nuestra propia parcela existencial y ocuparnos en menor medida de los asuntos colectivos que en definitiva nos atañen a todos. Y lo peor, quizás ello haga que las generaciones futuras sean más impermeables a la manipulación informativa, pero al mismo tiempo mucho menos sensibles a lo cotidiano siempre que puedan cerrar la puerta de su parcela hipotecada a los sentimientos ajenos. Casualmente anduve revisando Network, una película que cada vez que veo descubro facetas nuevas, no sólo por lo que atañe a su contenido, también a sus formas y a su factura, y cada vez se me antoja más perfecta. ¡Salid todos y gritad por las ventanas lo jodidos que estáis! bramaba aquel presentador de televisión que levantaba la audiencia hasta que se cansaron de él, bajaron los índices y le propusieron el despido. Claro que, un propagandista de tamaña envergadura no se iba a conformar con el finiquito y la jubilación anticipada. Así que nuestro profeta, loco de las ondas, Beal (Peter Finch), impermeable empapado y gomina hasta las cejas, se harta. Preso de una crisis nerviosa, mientras se emborracha con su jefe bromea con suicidarse, pide se le de la oportunidad de despedirse en antena: “Me he quedado sin tonterías que decir” y anuncia su suicidio en directo.
Pero en realidad nuestro teleapóstol no es sino un personaje secundario, porque el auténtico protagonismo se centra en Diana Christensen (Faye Dunaway), ejecutiva del canal de televisión, mujer voraz, hambrienta de índices de audiencia que hará lo que sea, lo que sea, para mejorarlos y trepar en la cadena; sin dudar, si es necesario, en convertirse en amante de Max Schumacher (sensacional William Holden) para lograr aquello en lo que se empeña. Increíbles escenas donde sus labios se humedecen cada vez que piensa en los índices y sus ojos brillan cuando intuye cómo aumentarlos. En la cama, discute sobre la audiencia mientras se acuesta con su jefe y llega al orgasmo al tiempo que jadea algo sobre su programa “La hora de Mao Tse-tung”
“¡Y usted se ha entrometido con las fuerzas primitivas de la naturaleza! ¡Y usted debe repararlo! ¿Me entiende usted señor Beale? Usted aparece en su pequeña pantalla de 21 pulgadas y grita sobre América y la Democracia. No existe América, no existe la democracia, sólo existe la IBM, la ITT, la AT&T, y DuPont, Dow Unión Carbide y Exxon. Esas son las naciones del mundo de hoy día.”
Sátira extravagante, drama tenso y comedia visionaria convergen todos en uno en Network para mostrarnos el mundo real, la manipulación de las masas y también el desprecio con el que se llega a tratar a los profesionales de la comunicación cuando dejan de ser útiles o no están dispuestos a seguir la voz de su amo. A nadie le importa lo que se diga en televisión mientras no se amenacen los beneficios, la libertad de prensa y de información no es sino papel mojado frente a las inmorales maneras que existen para luchar por unos cuantos puntos de rating.
Cualquiera que lea esto y no sepa nada de este film podría pensar que se trata de la última escapada del cine indi, pero no, la película se rodó en 1976, cuando el auge del medio televisivo se pensaba pondría en seria amenaza los intereses económicos del mundo del cine para el dorado Hollywood. Y ganó cuatro Oscars, aunque estaba nominada a 10, con bastante probabilidad gracias en parte al mensaje contra el medio que representaba, aunque a mí me parecen sobradamente merecidos, sobre todo el otorgado al mejor guión y a Peter Finch, quien no pudo disfrutarlo pues falleció poco antes del reconocimiento. Una película que convendría que todo el mundo viese o revisase, caso de haberla visto, por su mensaje que hoy día resulta completamente vigente (aunque las situaciones y decorados obviamente nos remitan a los 70) y también porque pone de manifiesto la capacidad de Lumet para moverse en terrenos muy distintos dentro de una misma película; asunto nada fácil este y que seguramente, en manos de cualquier director menos eficiente, hubiese hecho del film un amasijo insalvable, pero que bajo la dirección de Lumet se convierte en un todo perfectamente equilibrado a la altura de otras cuantas obras maestras con las que cuenta en su haber.
The thrill is gone away
The thrill is gone baby
The thrill is gone away
You know you done me wrong baby
And you’ll be sorry someday
The thrill is gone
It’s gone away from me
The thrill is gone baby
The thrill is gone away from me
Although I’ll still live on
But so lonely I’ll be
The thrill is gone
It’s gone away for good
Oh, the thrill is gone baby
Baby its gone away for good
Someday I know I’ll be over it all baby
Just like I know a man should
Dicen, y es una enorme verdad, que nadie muere mientras no muera la última persona que le recuerda
Casi seis años y, aún a ratos, ya ves…
“Cuando miles de hijos ajenos fueron asesinados lo llamamos victoria y lo celebramos con cerveza.
Y cuando miles de hijos nuestros fueron asesinados ellos lo llamaron victoria y lo celebraron con vino. ¡Padres brindando por la muerte de hijos! Mi corazón ya no está con ustedes, ancianos. Mi corazón está con los jóvenes, muertos y vivos, de todas partes, de cualquier parte.
Delante de este hotel vi pasar a mi hijo desfilando. Iba camino de la muerte. Y yo aplaudía…”
El nombre de Ernst Lubitsch es recordado sobre todo por un par de sus trabajos más tardíos: Ninotchka, de 1939 y To be or not to be, de 1942. Sin embargo, su extensa filmografía y sus aportaciones a los inicios del cine sonoro, sobre todo por lo que a la comedia se refiere, son imprescindibles para entender el cine moderno. Lubitsch nació en 1892 en Berlín y a los 15 años ya trabajaba en el teatro. Después hizo de actor en diversas películas mudas y empezó a dirigir en 1915. Su obra más importante del período alemán es Madame DuBarry (1919), que le valió la reputación tanto a él como a la actriz protagonista, Pola Negrín, en los EEUU. En 1923 se trasladó a Hollywood, donde rápidamente cosecharía éxitos. Allí hizo quizás su mejor película muda; una adaptación de la obra de Oscar Wilde, El abanico de Lady Windermere (1925), que según algunos críticos mejoró sustancialmente la original. A final de la década de los 20 y principios de los 30, fue uno de los principales directores de la Paramount, estudio que dirigió, además, durante un año. En la Paramount asumió el advenimiento del sonido en el cine con reconocidas comedias como Un ladrón en la alcoba, Una mujer para dos, El bazar de las sorpresas, Ninotchka con Greta Garbo y, finalmente, Ser o no ser, con Carole Lombard y Jack Benny, una comedia que apuntaba explícitamente contra Hitler.
Sin embargo, a pesar de que su género habitual es la comedia romántica, casi nunca exenta del mensaje contra la guerra, en 1932 se salió de esta tónica general para hacer una rara incursión en el drama creando Remordimiento (Broken lullaby o The man I killed). Una película en la que también incluye una enamorada pareja, pero esta vez va a actuar como bisagra de la ansiedad de una sociedad hostil, dividida por la estupidez de la guerra, en la que un soldado francés, recién acabada la Primera Guerra Mundial, inicia una relación sentimental con la novia de un soldado alemán (Nancy Carroll) al que mató en el frente.
Paul Renaud (Phillips Holmes) es un soldado francés profundamente dolido por haber asesinado a un joven alemán en la trinchera. Junto al cadáver, una carta dirigida a su novia. Torturado por la culpa, busca consuelo en la iglesia, pero al no hallar ni esto ni las respuestas que necesita, decide visitar a la familia en Alemania en busca del perdón. La película está repleta de escenas impagables: Lubitsch es un auténtico maestro de la cámara, que sabe aprovechar cada escena para, además de ponerla al completo servicio del argumento, representar mediante un fondo, un gesto o una mirada fugaz, un conjunto de conceptos mucho más allá de lo que simplemente estamos oyendo o viendo.
Es difícil, por tanto, seleccionar las mejores, porque la película dura sólo 70 minutos y no hay lugar para el desperdicio en ningún rincón se mire por donde se mire. Pero la secuencia de la iglesia, con el cura hablando mientras los soldados rezan y se ven sus bayonetas ordenadas rozando el suelo, ruido de sables tras el confesionario; o la confesión del francés, que no es sino un claro discurso sobre la doble moral de la iglesia, o la escena de las madres en el cementerio (Louise Cartell, Emma Dunn) conversando aparentemente de recetas de cocina cuando en realidad están dejando patente su sufrimiento, como el de toda la población, alemana o francesa ajena a los intereses de quienes provocan el enfrentamiento; todas y cada una de las expresiones de la madre y el padre del soldado fallecido; o las palabras del médico (Lionel Barrymore) en la taberna, no más de dos minutos, pero quizás el mejor alegato antibelicista jamás oído en el cine:
Desconozco las razones por las que “Remordimeinto” es la película olvidada de Lubitsch, que siquiera existe en DVD en EEUU, sólo hay una edición que salió a la venta en noviembre de 2007 para la zona europea (no se puede ver en América del Norte) con subtítulos en castellano. Esta suerte hemos tenido por aquí, así que no dejéis de verla si tenéis oportunidad porque es una auténtica maravilla, de una envergadura artística e intelectual como pocas películas, que la elevan a mi modo de ver a la categoría de auténtica obra maestra. Y, a pesar de ser un drama, no está exenta del famoso “toque Lubitsch“, término que se usa con asiduidad para sus comedias (aunque nadie lo ha definido todavía, quizás porque se le ocurrió a un publicista, no a un crítico). Lubitsch dota a todos sus personajes de ese algo que las hace especiales, que logra se note quien es su autor, tal vez porque poseen cierta carga de dramática que sabe resaltar sin hacerlo demasiado evidente, pero queda ahí, traspasando a los propios protagonistas y lo que está contando. Remordimiento, a pesar de prestarse a ello, escurre el drama fácil y lacrimógeno, los personajes asumen cierto aire cómico, entrañable, como si la vida se riese de ellos constantemente y, aún a costa de su dolor, decidiesen cínicos y refinados seguir adelante. Tal vez tenga esto algo que ver con el toque Lutisch, o no, en cualquier caso, la siguiente escena es un ejemplo de cómo este genio transforma el material cinematográfico con ese estilo tan personal, tan propio y tan genial que hace de su cine una experiencia inolvidable.
Como durante los próximos días no voy a poder actualizar el blog en la medida que me gustaría, por razones laborales, he subido (añadiendo subtítulos) este perturbador y conmovedor cortometraje escrito y dirigido por el británico Peter Mullan en 1955. “Fridge” se desarrolla en Londres, en un sórdido conjunto de edificios de un barrio marginal del extrarradio. Un niño se esconde dentro de un frigorífico abandonado que accidentalmente queda atascado, y una pareja -Gary Lewis (Billy Elliot, Gangs of New York) y Vicky Mansson- intentarán ayudarle. A partir de aquí, Peter Mullan desarrolla un drama psicológico que recuerda mucho el estilo de Elia Kazan tanto en el tratamiento de la imagen como en lo que al retrato perfecto de las clases sociales más abandonadas se refiere.
Esta pequeña fábula, rodada en blanco y negro con magistral realismo, nos sumerge hábilmente en el corazón del odio y la miseria cotidiana que no solo pertenece a los suburbios y que, desafortunadamente, es cada vez menos infrecuente en las grandes ciudades.
El primer contacto con el mundo del cine de Peter Mullan fue como actor con el film “Riff-Raff“· de Ken Loach, al que le siguieron Braveheart y Trainspotting. Antes del reconocimiento en Venecia con el polémico trabajo de guión y dirección “Las hermanas de la Magdalena“, galardonada con el Leon de Oro y la contundente condena del Vaticano, había debutado dirigiendo la elogiada “Orphans“, película que recomiendo sin duda alguna y de la que tengo pendiente hablar algún día aquí, que le valió cuatro premios menores en el Festival de Venecia en 1998.
“Fridge” (El Frigorífico) se incluyó en el trabajo recopilatorio “Cinema 16“, homenaje al arte del cortometraje que incluye 16 cortos seleccionados entre algunos de los mejores y más galardonados de Von Trier, Moretti, Godard, Kieslowsky, Leconte, Svankmajer o Moodysson, entre otros. Hasta tres horas y media de los fascinantes primeros trabajos de algunos de los mejores directores europeos actuales, imprescindible para cualquier amante del séptimo arte, del que ya publiqué en este blog el título “Talk” de Lukas Moodysson, y del que os dejo ahora esta segunda entrega. A disfrutarla!
Belfast, verano de 1970. Micky Boyle (John Joe McNeill), inquieto, vitalista e imaginativo, es el más pequeño de una numerosa familia católica. Su mejor amigo, Johnjo (Niall Wright), el único hijo de una protestante que vive al otro lado del puente, cuyos padres se encuentran inmersos en plena desintegración matrimonial. Las bombas detonan a ambos lados de la ciudad y un puente separa los dos bandos del conflicto. La situación política del país es algo más que un mero telón de fondo para narrar lo difícil que es crecer en Irlanda del Norte. Los chicos son amigos, pasan juntos gran parte de su tiempo libre, protegiéndose del acoso de bandas juveniles o simplemente jugando, imaginando aventuras que les lleven a escapar de un medio y un tiempo que no terminan de aceptar. Una noche se cuelan en un cine donde se proyecta “Dos hombres y un destino“. Fascinados por Robert Redford y Paul Newman, pretenden vivirla al máximo, trasladándola a su día a día cual Butch Cassidy y Sundance Kid.
Y deciden iniciar su viaje a tierras australianas, imitando el tipo de vida de rebeldes renegados de sus héroes favoritos del cine, revolucionando Belfast más allá de las fronteras irlandesas. En su fuga, perseguidos por la ley y los medios de comunicación, los críos viven su particular “al margen de la ley“, ignorantes del sentido real de su amistad en una sociedad que les convierte en forajidos que en realidad sólo pretenden escapar de las cadenas que encarcelan su infancia.
Terry Loane explota el potencial cómico de la película, basada en una popular obra de teatro de Owen McCafferty, retratando el dramatismo de la época en Irlanda desde la comedia más desenfadada, por momentos muy divertida (los críos consiguen liarla más allá de los límites de su propia imaginación), basando el relato en las dos encantadoras y convincentes actuaciones de los protagonistas. El resultado es una comedia inteligente, en la que las vivencias de los chavales están siempre integradas en el trasfondo de una época difícil y sombría que se retrata con honestidad y credibilidad suficiente, hasta en los mínimos detalles, entre los que cabe destacar el trabajo de escenografía a cargo de Tom McCullagh en cuanto a ropa, peinados, muebles, decorados… que evocan el período de la década de los 70 de modo muy realista.
Mickybo and me no llegó a estrenarse en España, aunque se puede encontrar en DVD subtitulada. El director irlandés construye un producto generoso y esforzado que, sin ser una gran película, resulta agradable y por momentos, imaginativa y divertida. Su estilo realista y directo, alejado de las sutilezas y complejidades con el que suele etiquetarse el cine europeo, hace del film un producto fresco y muy entretenido que, sin embargo, no permite demasiada profundización en los personajes y sus conflictos más allá de sus resortes melodramáticos. Una película bienintencionada y honesta, buen retrato de una sociedad y una época, recomendable para pasar un rato muy entretenido, aunque con claras limitaciones en cuanto a aprovechamiento de contenido.

Frankenweenie es uno de los primeros trabajos de Tim Burton, en el que se muestran muchos de los elementos que caracterizarían el resto de producciones de su carrera: el ansia en temas mórbidos, la combinación entre horror y comedia, los personajes con costuras y en general una buena factura cinematogfráfica que cuenta con pocos trucos tecnológicos y grandes dosis de personalidad e imaginación.
Burton creó Frankenwire en los estudios Disney, donde por entonces trabajaba pintando acetatos o como animador, hecho que le dio la oportunidad de realizar esta adaptación de Frankenstein en la que un niño da vida a su perro que acaba de morir atropellado por un coche. Pero la productora lo consideró excesivamente macabro para el público infantil y el trabajo no salió a la luz hasta pasado algún tiempo, cuando la suerte se alió con Burton, el comediante Paul Reubens vio el trabajo y decidió que Burton era el hombre ideal para dirigir un proyecto sobre el popular personaje Pee-Wee. “La gran aventura de Pee-Wee” resultó un éxito en taquilla y fue el trampolín de lanzamiento del director. En España, Frankenweenie se exhibió por primera vez en algunas salas durante el estreno de “Pesadilla antes de Navidad” y se incluyó en la primera edición en DVD de la película junto al primer cortometraje de Burton: “Vincent“, de 1982.
Parece que Tim Burton tiene intención de adaptar este corto al formato de largometraje para 2010, una vez concluya el rodaje de “Alice in Wonderland“. Todavía no han trascendido demasiados detalles sobre el proyecto, pero se sabe que ha contratado a John August (con quien ya trabajó en “Big Fish“) para que elabore el guión, y que Victor Frankestein, el niño protagonista del cortometraje, se convertirá en adulto para la futura película, lo que equivale casi a afirmar que será Johnny Deep quien encarne el papel protagonista…
Mientras esperamos que se confirmen las noticias, dejo el cortometraje original para que quienes lo conozcan puedan recordarlo y los que no descubrirlo, porque vale la pena verlo al menos una vez. Los actores no son demasiado relevantes, ya que en aquella época Burton era un cineasta del todo ignorado, pero destaca la interpretación de Shelley Duvall en el papel de la madre de Víctor, a quien ya se la había visto trabajando en 1980 con Kubick en “El resplandor” como la inolvidable Wendy y anteriormente con Woody Allen en “Annie Hall” en un papel secundario. Taambién hace una breve aparición de Sofía Coppola dando vida a la histriónica jovencita Anne Chambers.

Si hay una película cuya polémica le precede, esa película es Saló o los 120 días de Sodoma. Ampliamente aclamada como el film más repugnante de todos los tiempos es, de hecho, una experiencia visual no recomendada al público más sensible, pues resulta profundamente inquietante. Tarde o temprano había que hablar en este blog de Pasolini, controvertido poeta, novelista, autor teatral, crítico y cineasta, quien construye en este film (considerada por él su mejor película) un retrato de la tortura y la degradación de la Italia fascista en 1944 que sigue siendo generador de apasionados debates, una reflexión e investigación en los ámbitos político, social y en la dinámica sexual que, más allá de la época objeto de la denuncia, definen el mundo en que vivimos. Censurada en muchos países, la película adapta el famoso texto de Sade, “Los 120 días de Sodoma”, al periodo final del fascismo y lleva a las últimas consecuencias los discursos que el autor hacía sobre el genocidio del pueblo perpetrado por el Poder en nombre del desarrollo y de la homologación al consumismo. Violaciones, torturas, coprofagia y mucho más se muestran de forma evidente mediante imágenes que hieren sin miramientos y dejan dura huella en el espectador: para muchos, el resultado es deleznable, para otros, simplemente atroz, pero en cualquier caso el gran valor formal de la película es casi incuestionable.
Es imposible juzgar “Saló” desde los parámetros del cine tradicional, y hasta el mismo Pasolini declaró que sería perverso interpretarla. Lo que parece claro es que se trata de transmitir todo el horror del fascismo; en particular, de los 18 meses del reinado de Mussolini en Saló, período en el que 72.000 personas fueron asesinadas. Pasolini, a través de uno de sus medios de expresión, el cine, trata de dejar patente el sentido de las atrocidades perpetradas por los nazi-fascistas hacia el final de la Segunda Guerra Mundial. La obra de Sade en la que está basada es la historia de cuatro libertinos ricos que encarcelan a varios jóvenes en una elegante villa para someterlos a una variedad inimaginable de torturas sexuales. La novela, al parecer escrita en una larga tira de pergamino mientras Sade permanecía encarcelado en la Bastilla, es esencialmente un catálogo de perversiones que al final recae en una crudísima lista de atrocidades. En Saló, la efímera república italiana creada por Mussolini entre 1944 y 1945, Pasolini mueve a los libertinos sádicos en el tiempo y en el espacio, y cuatro hombres son alentados por las autoridades fascistas para satisfacer sus más depravadas proclividades. Secuestran varios jóvenes y les encierran en un palacio suntuosamente decorado, donde la locura, la tortura, el abuso de poder, las vejaciones y la muerte se convierten en norma.
La narración rescata la estructura de círculos del infierno de Dante Alighieri y está relatada en cuatro capítulos denominados “Círculo de manías”, “Círculo de mierda”, “Círculo de sangre” y un epílogo, a través de los cuales transcurre un horroroso festín de aberraciones: del incesto a la necrofilia, pasando por la coprofagia, la urolagnia, el bestialismo, la pedofilia o la gerontofilia, sin olvidar un notable surtido de torturas, como la castración, la infibulación, la extracción de ojos, la amputación y quema de pechos, nalgas o manos. Cabe decirlo como advertencia, porque la película es explícita y brutal a la hora de mostrarnos todas su crueldad: un lento descenso a los infiernos, una magistral representación de la parte más oscura del alma humana, tal vez desagradable de ver y difícil de aceptar pero no por ello menos real; aunque, habiendo leído la novela, tampoco se le pueda negar a Pasolini cierta capacidad de síntesis en el recreo de determinadas prácticas, ni dejar de agradecer la distancia suficiente con la que aborda algunas imágenes, sobre todo para escenas particularmente agrias hacia el final de este trabajo
A estas alturas cualquier buen observador habrá deducido que se trata de una película muy extrema que logra herir la sensibilidad de los estómagos más duros y las mentes más abiertas.
Personalmente, me fue imposible verla completa, de hecho la primera vez que la puse no aguanté más allá de la primera media hora, e iba retomándola en determinados momentos, alejados en el tiempo y en pequeñas dosis, pues siempre lograba colmar pronto el límite de mi resistencia. No deja de ser curioso, sin embargo, que a la mayoría de personas con las que he podido comentar este film (y a mí también), nos resulte más repugnante ver a alguien obligado a comer mierda (eso sí, con cucharilla de plata) que muchas de las vejaciones insoportables que en la película se manifiestan.
La película estuvo protagonizada por algunos actores profesionales, modelos, y actores no profesionales.
Los 4 señores fueron Paolo Bonacelli, que interpretó al Duque (poder político, uno de los actores profesionales, que ha actuado también en “El expreso de medianoche”, “Calígula”, o “Misión Imposible”, entre otras), Giorgio Cataldi, como el Obispo (o poder eclesiástico, solo ha hecho una película más), Umberto Paolo Quintavalle, como el Magistrado (poder judicial, un escritor que no ha trabajado nunca más en el cine) y Aldo Valletti, como el Presidente, (poder ejecutivo, escritor y amigo de Pasolini). Los actores que interpretan a las víctimas, estaban elegidos entre modelos juveniles, para que no tuvieran problema en salir desnudos, y tenían entre 14 y 18 años, siendo quizás este uno de los elementos que más hayan contribuido al rechazo o el escándalo. Uno de los chicos era Franco Merli (que interpretó a Nur-ed-Din en “Las mil y una noches”, también de Pasolini). La música, compuesta por Ennio Morricone, es en mi opinión de sus mejores trabajos, destacando el tema principal y el tema a piano de cuando va a empezar el final, indiscutiblemente bellos.
El 2 de noviembre de 1975, Pier Paolo Pasolini era asesinado en Ostia, cerca de Roma, poco antes del estreno de su película. Siempre fue un intelectual incómodo, comunista confeso, hecho que unido a su declarada homosexualidad le convertía en blanco perfecto de los sectores de la derecha conservadora más recalcitrante, a pesar de que el asesinato se atribuyó a un crimen pasional perpetrado por una prostituta masculina con la que había mantenido relaciones.
Viendo la película, no pude evitar pensar en la eficacia de Pasolini como visionario a la hora de predecir la alineación fruto del consumismo o el aumento de la pornografía y el vouyerismo, palpable sin ir más lejos en sitios web que venden y explotan este tipo de conductas. Como botón de muestra, estas declaraciones hechas unos meses antes de su muerte, durante una entrevista publicada en la prensa italiana:
“La aparente permisividad de nuestra sociedad de consumo es una falsedad y Salò es una prueba para demostrarlo. Hay una ideología real e inconsciente que unifica a todos, y que es la ideología del consumo. Uno toma una posición ideológica fascista, otro adopta una posición ideológica antifascista, pero ambos, antes de sus ideologías, tienen un terreno común que es la ideología del consumismo. El consumismo es lo que considero el verdadero y nuevo fascismo. Ahora que puedo hacer una comparación, me he dado cuenta de una cosa que escandalizará a los demás, y que me hubiera escandalizado a mí mismo hace diez años. Que la pobreza no es el peor de los males y ni siquiera la explotación. Es decir, el gran mal del hombre no estriba en la pobreza y la explotación, sino en la pérdida de singularidad humana bajo el imperio del consumismo. Bajo el fascismo se podía ir a la cárcel. Pero hoy, hasta eso es estéril. El fascismo basaba su poder en la iglesia y el ejército, que no son nada comparados con la televisión”.
La adaptación de Murnau para el cine, en 1922, de la novela de Bram Stoker, “Drácula“, está considerada la primera película de terror de la historia. Tanto el título como el nombre de los personajes fueron cambiados debido a que la viuda de Stoker les denunció por usurpación de la obra de su marido, negándose además a la venta de los derechos. El juicio lo ganó la viuda, pero para entonces ya estaba en fase de distribución. Los originales de esta polémica película sufrieron un auténtico calvario, porque el tribunal ordenó que se destruyesen todas las copias de la cinta, aunque algunas lograron sobrevivir permaneciendo escondidas en casas de particulares, motivo por el que hoy existen diferentes versiones, dependiendo del montador y de los trozos de cinta que encontraba.
El vampiro que interpreta Max Shereck tiene poco que ver con la mayoría de los que a posteriori fueron llevados al cine encarnados por reconocidos actores como Christopher Lee, Gary Oldman, Bela Lugosi o Langella. Cuando hablamos de Drácula, casi siempre nos viene a la mente de modo recurrente ese flamante hombre preso de una extraña y espantosa maldición que le obliga al consumo de sangre. Sin embargo, el vampiro de Murnau se aleja de casi todos los clichés que a lo largo de la historia del cine han conformado el personaje. Shereck no es un tipo apuesto y seductor, sino un enfermo cuyas reacciones son más parecidas a las de un animal que a las de un ser humano; incluso la diferencia con el estereotipo de Drácula llega a ser física, ya que el conde Orlock (nombre que recibe en la película) que dibuja Murnau es un ser permanentemente en la sombra, con orejas semejantes a las de un murciélago, uñas como garras y colmillos centrados en la dentadura. Sólo Werner Herzog construye un personaje de similares características artísticas en “Nosferatu, la noche del vampiro” con el inolvidable Klaus Kinski en el papel protagónico. Y más tarde, en el año 2000, E. Elias Merhige en “La sombra del vampiro” reinventa el rodaje de film con una ficción que cuenta con John Malcovich en el papel de Murnau y un excelente Willem Dafoe que da vida a Max Shreck, reavivando la leyenda de que se trataba de un actor con verdadero gusto por la hemoglobina humana.
Nosferatu es una auténtica obra maestra del expresionismo, portadora de una atmósfera maravillosa, capaz de manipular las emociones que desea crear a golpe de cámara. No asusta tanto por lo que muestra como por lo que sugiere, oscuros temores asistidos por un estilo visual a base de sombras y claroscuros que soportan gran parte de la película. Murnau utiliza a menudo las esquinas del encuadre, lugar desde el que los personajes acechan y que le sirve para crear la tensión necesaria al no ser vistos en el centro de la escena, como venía siendo habitual hasta entonces en el cine. También es la primera vez que se utiliza el montaje en paralelo de diferentes secuencias que representan un mismo tiempo, intercalándolas para referir cómo diversos acontecimientos suceden a la vez en la narración. Y lo más increíble: el empleo de determinados efectos especiales, pura imaginería, realmente sorprendente para la época; efectos del todo manuales pero que consiguen crear esa atmósfera inquietante impresa en la película y que denotan la mágica capacidad creativa de Murnau: los movimientos rápidos del conde Orlok, la escena de la desaparición del carromato, cuando más tarde el conde surge en medio de la pantalla de la nada o el particular uso del negativo fotográfico para dar la sensación del color blanco en los árboles bajo un ennegrecido cielo.
De la película completa circulan actualmente dos versiones en la red; una de ellas en inglés, que parece se acerca más a lo que pudiera ser la originaria (en blanco y negro-copia, perdiendo los probables tonos originales), y otra restaurada con intertítulos en castellano y quizás demasiado saturada de color, además de que hoy día se desconoce si Murnau llegó a utilizar la película pancromática para el rodaje, capaz de otorgar los tonos azulados o sepia con los que se muestra esta versión. Ante el dilema de atenerme a la que más me gusta u ofrecer la más fácilmente entendible por razones de idioma, he optado por acercar ambas a la página On-line y que sea cada cual quien decida la que mejor se adapta a su gusto particular. Y en este enlace, los que estéis interesados y dominéis algo el inglés, hay una interesante transcripción del guión de Henrik Galeen con muchas notas de rodaje hechas por el propio Murnau. A disfrutarla!
Vacaciones de Ferragosto es una película escrita, interpretada y dirigida por Gianni di Gregorio, guionista de “Gomorra”, cuya producción corre a cargo de Mateo Garrone y que ha gozado de gran acogida por la crítica en diversos festivales. El Ferragosto, fiesta que se celebra a mediados de agosto y que supone el éxodo de la mayoría de habitantes de la ciudad de Roma, es el contexto donde se nos presenta a Gianni, hombre maduro y sin trabajo, quien entiende la vida entre cuidar de su anciana madre, compartir alegrías con buenos bebedores de vino y acumular facturas impagadas que ponen en jaque el techo del quinto piso de un antiguo y ruinoso edificio del barrio romano de Trastévere, bajo el que vive. Esta festividad va a ofrecerle la posible solución a sus problemas pecuniarios cuando su casero, uno de sus amigos e incluso su médico le persuaden para aparcar en la casa a sus respectivas ancianas durante el período vacacional. A pesar de que en principio no está dispuesto a asumir la función de improvisado canguro, la tentación frente al alivio de sus dificultades financieras le vence, y un surtido de señoras de avanzada (alguna, avanzadísima) edad desciende sobre el pequeño apartamento.
No sé si recomendar esta película. A lo largo de los escasos 70 minutos de duración, me ha envuelto la extraña sensación de estar asistiendo a dos relatos bien distintos que poco tienen que ver el uno con el otro, como si no corriesen a cargo del mismo autor. Hay un conjunto, que se corresponde con la primera media parte, junto a algunas secuencias intermitentes de la segunda, en el que se asiste a un trabajo bien hecho, hermoso, irónico y por momentos brillante. Sin embargo, hacia la mitad, la película gira a un tono triste y gris que me ha dejado un sabor amargo e incluso ha llegado a incomodarme. Con un punto de partida banal, el comienzo e imbricación de la historia recuerda mucho a las geniales comedias a la italiana de los años sesenta, perfecto equilibrio entre ironía costumbrista y tragedia en la que la escuela de cine italiano se mostró siempre insuperable. La trama, con un enfoque divertido y su tradicional acompañamiento musical, presenta una familia cuya cabeza es la anciana madre, en su día adinerada, venida a menos, obligada ahora a mantener la dignidad ferrogostiana en el centro de Roma, de la que nos retrata calles adoquinadas, ruinosas construcciones, la venta y consumo nocturno de pescado o los bares en los que se bebe en la calle sobre un viejo barril amancillado mientras se entrecruza oratoria de discreta sintaxis y compleja semántica. Los personajes transmiten generosidad y sus defectos están dibujados con humor, sarcasmo y carga de crítica social a base de elementos tragicómicos, representando con exageración premeditada la sociedad actual en su no poco cierto desapego para con los ancianos.
Pero una vez aterrizan las viejecitas en el inhóspito apartamento, la película da un vuelco importante. Sé que probablemente sea una simple cuestión de gustos cinematográficos, y que quizás muchos encuentren precisamente en esto su originalidad, pero a poco menos de media hora del final la farsa deriva hacia el letargo y he de confesar que estaba deseando que acabase cuanto antes. Varias personas se levantaron y marcharon de la sala; otros comenzaban a revolverse en la butaca, cuchichear o buscar entre bolsos o bolsillos; señal inequívoca de cierto abandono por un sector del público en el interés por el film. Lo que sucede es que llega un punto en el que el director confía el guión a la improvisación de los actores. El cambio de rumbo es deliberado, y la huella garroniana se hace poco menos que evidente. Ninguna de las cuatro ancianas son actrices profesionales, alguna jamás interpretó ningún papel, están sacadas de la vida real. Hacen y dicen literalmente lo que quieren, cabe suponer que dentro de unas pautas para las escenas en curso. El tono se transforma en pseudo documental, incluso la cámara se mueve más de lo debido, y asistimos a una suerte de cruces entre nonagenarias muy realista, con algunos destellos bien logrados (interesantes las recetas culinarias de la abuela), pero que carecen de los elementos artísticos con los que comenzó. La calidad del diálogo se elude a un segundo plano, se torna parco, y el retrato de la senectud se eleva a un tono que abandona amabilidades y se me antoja roza el mal gusto, suavizado a fuerza de un final positivo pero desentonado, donde la amistad y buena avenencia se jusifican al dinero que las ancianitas parece que, pese a sus tristezas, poseen y disfrutan. Comenzamos riéndo de la comedia de la vida y acabamos haciéndolo de las propias protagonistas, aunque no importa, es sólo una película, pero la realidad de los mayores es a menudo más bien contraria: enfermedad, invalidez, escasos recursos y, sobre todo, mucha soledad; tal vez demasiada como para, bajo la pretensión de naturalismo cinematográfico, se alcance a frivolizar sobre las personas que la soportan, que no son pocas y, dadas las perspectivas y hacia dónde se dirige nuesra sociedad, probablemente sean cada vez más.
Este cortometraje australiano, que para variar he encontrado buscando otro, cuenta la historia de un hombre solitario y algo depresivo que halla en la aburrida rutina cotidiana el cambio que necesitaba en su vida gris y monótona. Realizado por Patrick Hughes para el Schweppes Film Festival, su contenido está narrado visualmente y con grean sencillez. Sin apenas diálogos ni demasiadas pretensiones o trascendentalismos, Signs (señales) comunica un punto de vista positivo sobre la vida, quizás algo inocente, decididamente romántico, y con las dosis justas de ternura.
Buen fin de semana…
Frozen River es la carta de presentación de la norteamericana Courtney Hunt, responsable del guión y dirección de esta doble historia, personal y social, galardonada con el Premio del Jurado en Sundance, que logró colarse en la final de la selección a la candidatura a los Oscar en la categoría de mejor guión y mejor actriz protagonista (Melissa Leo). Noventa minutos exactos necesita Frozen River para contarnos esta inquietante historia de inmigración ilegal, indios confinados en reservas, racismo, precariedad económica, soledades, ludopatías, tabaquismo y, por encima de todo, dos mujeres empeñadas en sacar adelante, como sea (en sentido literal) a sus respectivas familias. Hunt, sin demasiadas concesiones a créditos iniciales, presenta en unos minutos casi todas las cartas y nos sumerge de lleno en materia: Ray, madre de dos hijos, sin apenas recursos para afrontar sus necesidades básicas, se ve cada vez mas ahogada en facturas por pagar y amenazas de embargo, y Lea, madre soltera, capea entre las tradiciones de la reserva donde vive y el vacio legal para con los indios.
Frozen River no es un film de realismo social modernizado, bajo fríos paisajes canadienses a lo Fargo, ni tampoco es una película éticamente edificante, a pesar de que sus mensajes rocen demasiadas veces cantos a la esperanza o a la comprensión. Melissa Leo, protagonista indiscutible, tampoco interpreta precisamente el arquetipo patrón del sueño americano, más bien se acerca a la versión femenina de Mickey Rourke en su reciente “El luchador”: mujer fracasada,
al borde del abismo, con la piel manchada y tatuada, fumadora empedernida, a la que no le queda nada excepto dos críos y una roulotte en lamentable estado, sin trabajo ni perspectivas, sin amigos y muy lejos de ser la madre perfecta, conduce su viejo vehículo a través del helado rio St. Lawrence, fronterizo con Canadá con chinos o pakistaníes en el maletero a cambio del parné que le permitirá salvar sus deudas y sin plan B sobre qué hacer con su familia en caso de ser detenida o asesinada. Siempre proponiéndose dejarlo, claro, aunque nunca lo cumpla o tal vez no pueda permitirse hacerlo. Película oscura que se convierte en el conmovedor retrato de una mujer cuya vida es un continuo precipicio, pero que sin embargo logra resultar un personaje incómodamente simpático para quien la observa en la sombría atmósfera del hielo que cruje bajo sus pies, paisaje helado manchado por marcas de neumáticos, donde el aliento queda suspendido en el aire entre el humo lóbrego de un forzado tubo de escape, seguramente porque el papel es tan creíble que en no pocas ocasiones se tiene la sensación de estar delante de un documental sobre una persona al límite de lo soportable. La otra protagonista es Lila, socia de negocios mohawk, correcto trabajo de Misty Upham, quien la supera en precariedad y no dispone de coche para ir a trabajar. La situación de ambas mujeres establece la razón por la que decidirán colaborar en el contrabando de personas ilegales a través del rio congelado que separa Canadá de Estados Unidos.
El guión entreteje el rol personal de cada una con la realidad de la inmigración ilegal y la precariedad en la que subsiste la cara oculta del país más poderoso del mundo.
El amenazante crujido de la capa de hielo que cubre el rio bajo el coche no es sino una gran metáfora de la delgada línea que separa lo correcto de lo que no lo es, la lucha por la supervivencia del inevitable abismo, la reserva india del mundo de los blancos o la poco apreciable diferencia entre las esperanzas que anhelan los ávidos de una vida mejor en el primer mundo y la triste realidad que les espera en la supuesta tierra prometida. La película tiene numerosos defectos, pero también algunas escenas muy bien logradas y emotivas. Las principales actuaciones, sobre todo la de Melissa Leo, cuya nominación me parece sobradamente merecida, justifican el notable, a pesar de cojear en los papeles de los secundarios y de desaprovechar el tono in crescendo del que hace gala con un final tal vez demasiado predecible. Defectos que pueden justificarse por tratarse de una ópera prima y que no ensombrecen la seductora perspectiva de que hoy en EEUU también se realiza un cine de calidad más allá del inflado espectáculo para la inmediata taquilla.
Cuando resido en este país que no sueña
cuando vivo en esta ciudad sin párpados
donde sin embargo mi mujer me entiende
y ha quedado mi infancia y envejecen mis padres
y llamo a mis amigos de vereda a vereda
y puedo ver los árboles desde mi ventana
olvidados y torpes a las tres de la tarde
siento que algo me cerca y me oprime
como si una sombra espesa y decisiva
descendiera sobre mí y sobre nosotros
para encubrir a ese alguien que siempre afloja
el viejo detonador de la esperanza.Cuando vivo en esta ciudad sin lágrimas
que se ha vuelto egoísta de puro generosa
que ha perdido su ánimo sin haberlo gastado
pienso que al fin ha llegado el momento
de decir adiós a algunas presunciones
de alejarse tal vez y hablar otros idiomas
donde la indiferencia sea una palabra obscena.Confieso que otras veces me he escapado.
Diré ante todo que me asomé al Arno
que hallé en las librerías de Charing Cross
cierto Byron firmado por el vicario Bull
en una navidad de hace setenta años.
Desfilé entre los borrachos de Bowery
y entre los Brueghel de la Pinacoteca
comprobé cómo puede trastornarse
el equipo sonoro del Chateau de Langeais
explicando medallas e incensarios
cuando en verdad había sólo armaduras.Sudé en Dakar por solidaridad
vi turbas galopando hasta la Monna Lisa
y huyendo sin mirar a Botticelli
vi curas madrileños abordando a rameras
y en casa de Rembrandt turistas de Dallas
que preguntaban por el comedor
suecos amontonados en dos metros de sol
y en Copenhague la embajada rusa
y la embajada norteamericana
separadas por un lindo cementerio.Vi el cadáver de Lídice cubierto por la nieve
y el carnaval de Río cubierto por la samba
y en Tuskegee el rabioso optimismo de los negros
probé en Santiago el caldillo de congrio
y recibí el Año Nuevo en Times Square
sacándome cornetas del oído.Vi a Ingrid Bergman correr por la Rue Blanche
y salvando las obvias diferencias
vi a Adenauer entre débiles aplausos vieneses
vi a Kruschev saliendo de Pennsylvania Station
y salvando otra vez las diferencias
vi un toro de pacífico abolengo
que no quería matar a su torero.
Vi a Henry Miller lejos de sus trópicos
con una insolación mediterránea
y me saqué una foto en casa de Jan Neruda
dormí escuchando a Wagner en Florencia
y oyendo a un suizo entre Ginebra y Tarascón
vi a gordas y humildes artesanas de Pomaire
y a tres monjitas jóvenes en el Carnegie Hall
marcando el jazz con negros zapatones
vi a las mujeres más lindas del planeta
caminando sin mí por la Vía Nazionale.Miré
admiré
traté de comprender
creo que en buena parte he comprendido
y es estupendo
todo es estupendo
sólo allá lejos puede uno saberlo
y es una linda vacación
es un rapto de imágenes
es un alegre diccionario
es una fácil recorrida
es un alivio.Pero ahora no me quedan más excusas
porque se vuelve aquí
siempre se vuelve.
La nostalgia se escurre de los libros
se introduce debajo de la piel
y esta ciudad sin párpados
este país que nunca sueña
de pronto se convierte en el único sitio
donde el aire es mi aire
y la culpa es mi culpa
y en mi cama hay un pozo que es mi pozo
y cuando extiendo el brazo estoy seguro
de la pared que toco o del vacío
y cuando miro el cielo
veo acá mis nubes y allí mi Cruz del Sur
mi alrededor son los ojos de todos
y no me siento al margen
ahora ya sé que no me siento al margen.Quizá mi única noción de patria
sea esta urgencia de decir Nosotros
quizá mi única noción de patria
sea este regreso al propio desconcierto.(Mario Benedetti, 1963)
Una de las cosas que estoy decidida a hacer es conseguir la filmografía completa de Winterbottom. Sólo he visto de este director “In this World” (gracias, Jorge, por la recomendación) y “Génova”, que acabo de verla. Llego tarde pues, al que parece es un cineasta consagrado; “In this world” es una pelicula extraordinaria, con una temática compleja que se prestaría complaciente al drama social fácil y maniqueo, pero de la que Winterbottom saca, casi de la nada, sentimientos delicados y hermosos transformándola en una obra reflexiva y de estética radical como pocas. Confieso que he asistido con cierto recelo a “Génova”, porque conocía su temática de antemano y probablemente porque esperaba bastante de ella, y tengo que decir que no me ha decepcionado en absoluto, aunque sea muy distinta a la anterior, mucho más intimista, menos radical en cuanto a temas sociales, pero en la que también se recurre a esas metáforas visuales de la desesperación en la que viven sus personajes e igualmente hace gala de un manejo ejemplar de la cámara y del sonido que tan buenos resultados le dio en el anterior trabajo. “Génova” es el viaje a la ciudad italiana de lo que queda de una familia que accidentalmente ha perdido una pieza angular: la madre. Es la búsqueda de la reconciliación con el mundo de un hombre, también con él mismo, el remontar de tres personas que, de distinto modo, viven el drama de la pérdida. Toda ella es una concienzuda descripción psicológica de esos personajes que carece del esperado guión con trama y desenlace, porque “Génova” es como asomarnos a través de una pequeña ventana a la vida cotidiana de las personas, tal cual, sin demasiados artificios, enfatizada no tanto por los diálogos o construcciones del guión ausente como por los pequeños detalles que hay en sus gestos, en las miradas y en los silencios que intercambian de manera constante. “Genova” es algo así como un desgarrador grito de socorro, en el que la ciudad se convierte en terapia ante el hundimiento anímico de ese hombre para el que el mundo tal y como lo concebía hasta entonces desaparece: una mujer a la que ama, dos hijas que se pelean constantemente pero se quieren, un trabajo que le gusta, las vacaciones… la burbuja de la felicidad que le proporcionaba bienestar y seguridad se desmorona de repente, estalla en mil pedazos, y el espectador es el invitado de piedra que asiste a la tragedia, al cambio de rumbo en sus vidas cuando deciden reconstruir su futuro en otra ciudad, asomarse al nuevo entorno que les permita comenzar desde cero. Y cada uno lo hace a su manera: él, mediante su nuevo trabajo, su vieja amiga y sus recientes pupilos; la joven, con el despertar a la adolescencia y la niña llevando a cuestas el espectro recurrente de su madre desaparecida. Es la manera de capturar y retratar los sentimientos y las actitudes, la culpa y el dolor tras la ausencia, sin necesidad de ser explícitos ni de recurrir al drama lacrimógeno de mal gusto, con una naturalidad y veracidad fuera de cualquier duda aunque la mayoría de veces se haga mediante los gestos o unas contadas miradas. El bellísimo paisaje de Génova, su casco antiguo, sus playas, su historia o su arte se funden con las vivencias en un muestrario alejado de cualquier prejuicio, abierto, para que observemos y extraigamos nuestras propias reflexiones, nunca exentas de tristeza y de, en alguna medida, frustraciones siempre llenas de esperanzas. Valientes o temerosos, íntegros o cobardes, conformistas o rebeldes, los personajes no son sino un puñado de seres humanos haciendo frente a lo que les toca vivir. Y sorprende, mucho, el acercamiento a esa humanidad exento de hilo argumental que nos conduzca a ninguna parte, sólo con su cámara en mano, su intuitiva estética y un soberbio montaje a modo de collage de esos pequeños retazos de vida aquí retratados. Para mí, una película enorme, pocas veces me he podido identificar con un contenido sin sentirme en alguna medida invadida o atropellada. A lo mejor, si la vuelvo a ver le encuentro hasta defectos, pero recién vista y en caliente, la palabra más acertada que me sale para calificarla es… impresionante.
Monólogo de Woody Allen para la televisión británica en 1965, tres años antes de rodar el que sería su primer largometraje: “Take monkey and run” (Coge el dinero y corre).
Subtítulos en castellano por cortesía de exatrax
Lucha de gigantes convierte
el aire en gas natural,
un duelo salvaje advierte
lo cerca que ando de entrar
en un mundo descomunal,
siento mi fragilidad.
Vaya pesadilla, corriendo
con una bestia detrás,
dime que es mentira todo,
un sueño tonto y no mas.
Me da miedo la enormidad,
donde nadie oye mi voz.
Deja de engañar,
no quiero ocultar
que has pasado sin tropezar,
monstruo de papel.
No se contra quien voy,
¿O es que acaso hay alguien mas aquí?
Creo en los fantasmas terribles
de algún extraño lugar,
y en mis tonterías para
hacer tu risa estallar.
No quiero ocultar
que has pasado sin tropezar,
monstruo de papel.
No se contra quien voy
¿O es que acaso hay alguien mas aquí?
Deja que pasemos sin miedo.
(Antonio Vega)
Pocas noticias llegan por estos pagos sobre el cine que se hace en nuestras antípodas, aunque a poco que uno se informe, casi siempre que se habla de cine neozelandés encontraremos referencias a su diversidad, independencia y originalidad. En pocas películas son tan evidentes estas tres características como en “Jack be nimble”, un extraño thriller psicológico realizado con escasísimo presupuesto en 1993, escrito y dirigido por Garth Maxwell (autor de series como Xena o Hércules), convertido por aquellas tierras en una película de culto y que viene a demostrar que el género de terror más bizarro puede albergar tanto un buen guión como una implícita crítica social. El título hace referencia a una famosa canción de cuna en inglés, porque nuestro protagonista, Jack (Alexis Arquette) es una especie de Hansel o Tom Thumb (Pulgarcito) que, antes de poder regresar con su hermana Dora (Sarah Smuts-Kennedy), de la que fue separado siendo muy pequeño en el orfanato, se ve obligado a vivir con una familia adoptiva que son algo así como la élite extrema de la casa de los horrores, donde crecerá a base de inimaginables abusos y humillaciones (la típica biografía de un asesino en serie) hasta que logra escapar y poder decidir sobre su vida. El tema que subyace es la denuncia del abuso infantil y el vínculo entre hermanos, incombustible a pesar de los años: él nunca la olvidará y ella, poseedora de poderes extrasensoriales y marginada por sus compañeras de escuela, allanará el camino para que el hermano se acerque a pesar de la distancia kilométrica que les separa; relación fraternal que acaba convirtiéndose en una delirante (aunque oculta) historia de amor incestuoso. Terrorífica, explícita y bastante gótica, se presenta a modo de cuento de hadas inspirado en el mundo de los hermanos Grimm, pero a medida que se desarrolla la trama se vislumbra el homenaje indirecto a alguna de las mejores películas de De Palma o Peter Jackson. La película entreteje la denuncia del maltrato infantil (en la familia, abuso o indiferencia; en la calle, la alineación con lo que es popular o el bullying escolar), aunque lo hace en un ambiente de terror psíquico cargado de simbolismos y con un estilo visual que recuerda en numerosas ocasiones el mundo onírico de Lynch o la brutalidad extravagante de Cronenberg.
Incatalogable, rarísima, brutal e inolvidable, es una de esas curiosidades cinematográficas, muy bizarra, en la que se aúnan situaciones que pocas veces se ven juntas en un film, y sin duda una de las películas más extrañas que he visto en mucho tiempo. Ganadora en Fantasporto’94 de los premios Mejor Actriz (Sarah S. Kennedy) y Mejor Guión (Garth Maxwell), así como candidata a Mejor Film, la cinta es recomendable para aquellos que busquen curiosidades dentro del género fantástico de terror, porque además de divertida y siniestra, es el antídoto perfecto para los desencantados que crean que ya está todo visto en este género.
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